"Nicolás, un joven universitario. Carlos, un niño que crece a la sombra de una tragedía familiar. Dos épocas e historias distintas, pero con un mismo destino. El nexo que los une es un extraño poder llamado Foco, capaz de destruir o influenciar a cualquier hombre. El consejo vela por su encubrimiento, pero mantenerlo en secreto se cobra su precio en sangre."
Antes de descartarla como "otra obra de autopiublicación que no se podrá ni leer" creo que valdría la pena leer la parte de Review
http://www.lulu.com/shop/miguel-prats/el-foco-en-la-sombra/ebook/product-21060509.html
Comentarios
–¿Cuánto falta para que todo empiece?
–Alrededor de seis meses.
–Puede que necesitemos más tiempo.
–No sé si son consientes de la magnitud de los acontecimientos que se avecinan. Ustedes son solo una pequeña parte de un inmenso entramado. No podremos retrasarlo todo debido a su incapacidad. Deben tener claro que la operación se realizará estén o no preparados.
–Todo sería más fácil si estuvieran dispuestos a proporcionarnos la ayuda que hemos solicitado.
–Estamos en un momento muy delicado. No podemos vernos envueltos en actividades de organizaciones ajenas. Todo podría venirse abajo en caso de que nuestra intervención saliera a la luz. Tendrán que ocuparse ustedes mismos. Recibirán la ayuda acordada una vez todo termine. Será entonces cuando se inicie la nueva etapa.
–Haremos todo lo que podamos.
–Por su propio bien, esperamos que así sea. Tienen seis meses, les sugerimos que los aprovechen. Seguiremos en contacto.
Capítulo 1
La dirección resultó ser de una casa unifamiliar a las afueras de una urbanización. Le había costado media hora llegar hasta allí con su motocicleta. Un viaje poco agradable si se tiene en cuenta que era de noche y que había tenido que utilizar carreteras secundarias con un mantenimiento deficiente.
Ahora se encontraba ante la puerta de la casa, llevando las cuatro pizzas en la mano. La escasa iluminación de la calle le rodeaba de una inquietante penumbra. El hombre vestido de repartidor no quería estar allí más de lo imprescindible, así que pulsó el timbre.
–¿Quién es? –preguntaron a través del interfono.
–Soy el repartidor –respondió–. Le traigo las cuatro pizzas que ha encargado.
–¿Pizzas? ¿Qué pizzas? Aquí nadie ha pedido nada.
–Perdone, pero creo que se equivoca. Hace como tres cuartos de hora recibimos el encargo de cuatro pizzas barbacoa para esta dirección.
Se escuchó una maldición. Pasaron unos momentos y la puerta de la casa se entreabrió. Por ella se pudo ver a un hombre de mediana edad que mostraba una actitud contrariada.
–Mira, lo siento. Pero yo no he encargado nada.
–Pero no puede ser, recibimos el pedido.
–¿No te habrás equivocado con la dirección?
–No, estoy seguro –le contestó convencido el repartidor.
Le enseñó la dirección que tenía apuntada y el hombre pudo comprobar que coincidían.
–Entonces, es muy posible que fuera una broma –contestó–. Ya sabes, una dirección falsa que te haga venir para nada. No creo que nadie te haya dado la dirección por error. Ahora mismo soy el único que vive en esta calle.
La cara del repartidor reflejaba la pena y el fastidio propio de quien es víctima de un engaño. La indignación le encendió el rostro.
–Mis jefes ya me habían dicho que podía ser una broma. Una zona tan apartada y a estas horas… Pero el pedido era grande y me habían prometido una buena propina por venir hasta aquí. Cuando vuelva con las cuatro en la mano me van a matar. –acabó diciendo desolado.
–Son cosas que pasan… –dijo el hombre intentando consolarlo.
El repartidor se animó con una idea que parecía habérsele ocurrido en ese mismo momento.
–¿Por qué no se las queda usted? –preguntó entusiasmado.
–Pero yo no quiero cuatro pizzas –respondió el hombre dubitativo
–Quédeselas por favor. Se las dejo más baratas. Le cobro solo tres. No puedo volver con ellas al restaurante.
La petición rezumaba patetismo. El hombre parecía dudar. El repartidor abrió una de las pizzas y el agradable olor que desprendía le hizo decidirse.
–Bueno, venga. Ya que has venido hasta aquí, me las quedo. Así las congelo y tengo para una temporada. –acabó diciendo
El repartidor dirigió hacía él una amplia sonrisa, acompañaba con efusivos agradecimientos.
–Espera aquí un segundo que voy a por la cartera. –le dijo el hombre
Movió un poco la puerta, sin llegar a cerrarla del todo, y se marchó. Cuando desapareció por un pasillo que daba a la derecha, el repartidor abrió lentamente la puerta y se introdujo en el recibidor. Cerró suavemente tras de sí.
En menos de un minuto se oyeron las pisadas que anunciaban la vuelta del dueño de la casa.
Apareció con una cartera en la mano y mostrando sorpresa por encontrar al repartidor en el interior.
–¿Hace frío fuera? –Preguntó con una sonrisa tensa en los labios.
La primera bala le atravesó el estómago. El segundo disparo alcanzó su cuello. El asesino torció el gesto con desagrado. La trayectoria de las dos balas debería haber terminado en el cráneo de su objetivo. La culpa la tenían las pizzas. Era difícil apuntar teniendo un peso tan grande en una de las manos, pero necesitaba las cajas para ocultar su arma hasta el último momento.
El hombre cayó aparatosamente. El suelo se llenaba de sangre con rapidez. El asesino se acercó a su víctima, que gimoteaba intentando hablar. La segunda bala debía haberle destrozado la garganta. Apuntó a su cabeza mientras el futuro cadáver levantaba la mano en un gesto de súplica.
El asesino apretó el gatillo solo para escuchar como su pistola se encasquillaba.
Golpeó la recamara, pero no consiguió nada. Se dijo a sí mismo que esa iba a ser la última vez que usara ese modelo de arma. Debería volver a los revólveres. Aunque las pistolas de recámara automática modernas las habían desbancado por su alta cadencia de disparo y la facilidad de recarga, no existe nada más fiable que el tambor manual de un revólver.
El asesino podría dejar que su víctima se desangrara hasta morir, pero eso llevaría demasiado tiempo. Sabía que debía rematarlo y acabar el trabajo cuanto antes.
Para estos casos el ejecutor siempre llevaba una pistola de repuesto escondida. Era silenciosa y de reducido tamaño, lo que la convertía en el perfecto as en la manga que debía tener todo buen profesional. Sacó el arma y volvió apuntar a la cabeza del moribundo.
Apretó el gatillo y esta vez sus sesos decoraron el suelo.
El verdugo se quedó mirando fijamente el cadáver. Aunque ya tenía experiencia, el acto de matar a un hombre le seguía pareciendo mágico. Haber sido capaz de quitar una vida le producía una agradable sensación de poder. No se consideraba un psicópata, pero siempre disfrutaba de esa efímera emoción.
Debía ponerse a trabajar.
Lo primero era deshacerse del cuerpo. Para hacerlo, se agachó juntó a él y se concentró en obtener energía. Fue solo cuestión de unos segundos que la tuviera en sus manos. Después las apoyó en el cuerpo y consiguió que empezara a consumirse.
Si un observador cualquiera tuviera que describir lo que estaba ocurriendo, diría que el cadáver estaba ardiendo, pero al momento se daría cuenta de que el fuego no se extendía y que este no producía humo. Si el mismo observador anónimo se quedara hasta el final del proceso, que llegaría pasados unos dos o tres minutos, observaría que el fuego consumía también los huesos, no dejando ningún resto. Era como si nunca hubiera existido un cadáver.
Habiéndose ocupado ya de él, el asesino recogió la cartera y limpió toda la escena de manera minuciosa. Tenía tiempo. La observación de las costumbres de su víctima le permitía saber que los martes por la noche no recibía ninguna visita, pero no quería correr riesgos. Realizó el trabajo con extremada rapidez. Cuando terminó, recogió las cajas de pizzas y salió de la casa.
A los pocos minutos ya estaba saliendo de la zona con su moto de repartidor. Se detuvo a una considerable distancia y usó el teléfono móvil con tarjeta clonada que acababa de estrenar.
–¿Dígame?
–Hola. Ya le he dado la tarta de crema a nuestro hermano –respondió el sicario.
–¡Qué bien! ¿Le ha gustado? –Preguntó la voz.
–Sí, muchísimo
–Me alegro mucho. Vuelve a casa cuanto antes, así podremos cenar juntos.
–Bien, voy para allá.
Confirmada la realización del trabajo, el hombre se dispuso a apagar el móvil y quitar la tarjeta cuando, para su sorpresa, recibió una llamada del mismo número con el que acababa de contactar. Eso estaba fuera del protocolo. Se suponía que se debía usar un móvil y tarjeta SIM nuevos para hacer una única llamada, después se tenían que desechar ambos objetos. El sicario contestó, diciéndose que debía tratarse de algo importante.
Le hablaba una voz diferente a la anterior. Su tono era de una frialdad glacial.
–Mejor no vengas ahora a casa. Vete a ver a tu abuelo de Barcelona. Te espera dentro de dos días en su casa.
¿Ir a Barcelona para un nuevo trabajo dentro de solo dos días? No podía ser.
–¿Estás seguro? Yo creía que ahora tenía que estar en casa una temporada.
–No, es muy importante que vayas a verlo. Te echa mucho de menos.
Parecía que por mucho que le molestara, debía ir.
–Está bien. Avisa al abuelo diciendo que ya voy. Adiós.
Apagó el móvil, lo desmontó en varias piezas y las guardó para deshacerse de ellas después. Aún tenía trabajo que hacer con la moto y toda la ropa que llevaba puesta. Después tendría que preparar su equipo para ir a la ciudad condal.
Le surgió un nuevo interés por la ciudad. Algo importante debía estar ocurriendo allí, y quería descubrir de qué se trataba.