Uno
Emisario
El terreno era árido, rocoso y hacía un frío insoportable. Vagaba sin rumbo en aquel desierto yermo y hostil. Una voz familiar le llamó a su espalda, se giró y la vio. Tan hermosa como siempre, con sus relucientes ojos mirándole con ternura.
__ Kiya –pronunció sin fuerzas.
Pero era un espejismo. La hermosa zabrak se desvaneció como el humo en una corriente de aire.
__ ¡Kiya! –gritó, volviendo a nombrarla.
Cayó arrodillado y golpeó la tierra una y otra vez, hasta que sus nudillos se desgarraron y tiñeron el suelo de rojo.
Rojo.
Su visión se sumergió en aquel brillante color, atravesando capas y capas de rojo intenso y ardiente, hasta llegar a un lugar oscuro, siniestro, sobrecogedor. El dulce rostro de una niña twi’lek lo observaba con pena y compasión. Había tristeza en ellos.
Juntos caminaron por aquellas soledades hasta llegar a una tumba sin nombre, enterrada y olvidada con el paso de los milenios. Ella lloró de pesar, él sonrió de gratitud y alivio. Entonces, una luz carmesí iluminó las tinieblas que allí se abatían, una luz que provenía del sable que aferraba con temor.
__ Nanel –dijo.
__ Maestro –contestó ella.
__ Tengo que llegar a Dantooine, tengo que avisar del horrible destino de Iridonia. Tengo que...
__ No, Maestro. Iridonia no escapará a su destino, así como tú tampoco escaparás del tuyo.
__ ¿Qué dices, chiquilla?
__ Mira esta tumba, Maestro. Aquí yace la Oscuridad, aletargada desde hace miles de años, esperando a ser liberada, esperándote a ti. ¡Ríndete a su poder!
__ ¡Calla! –rugió.
Trazó un veloz arco con el brazo y observó con rabia la pequeña cabeza de la niña caer al polvoriento y negro empedrado.
__ Varus… –la voz de la muchacha resonó en sus oídos, al principio tenue como un susurro, luego creció hasta ser un aullido insufrible. Un mareo repentino le provocó náuseas y vomitó. Miró su piel, pálida, sin vida.
Cerró los ojos y gritó aterrado.
__ ¿Eso eres? ¿Un Jedi? ¿Un maldito despojo de una extinta Orden de pusilánimes y cobardes? –exclamó alguien.
Su vista se topó con un hombre envuelto en una túnica negra, su corrupción le asfixiaba, podía sentirla intentando llegar hasta él, adherirse, someterlo.
__ ¡Aléjate! –ordenó.
El hombre abrió sus ropajes y sacó la cabeza decapitada de la pequeña twi’lek, mostrándosela. Los ojos, blancos de muerte, le observaban indiferentes. Sus agrietados labios se abrieron en un mudo gemido.
__ Tráemela, Jedi…
__ Nanel, no –murmuró.
Entonces despertó.
La niebla narcótica que embotaba sus sentidos se fue disolviendo poco a poco, y a medida que los efectos fueron menguando, fue recordando en lenta sucesión de imágenes los últimos hechos acaecidos. Alguien le había tendido una trampa, y la ignorancia de ese alguien estaba condenando al olvido a millones de almas inocentes.
Intentó dilucidar quién poseía los recursos necesarios para estar detrás de todo aquello, pero aún no podía pensar con claridad. Por el momento le bastó saber que estaba en posición horizontal, tumbado sobre algún tipo de superficie metálica, ligeramente caliente. Escuchó un tenue ronroneo.
Estoy en una nave, en la bodega de carga cerca de los motores estelares. Hay más gente a mi alrededor, los escucho respirar. ¿Unos quince? ¿Dónde demonios estoy?
Abrió los ojos. Un súbito mareo le obligó a cerrarlos momentáneamente.
__ ¡Eres tú! –una voz terriblemente familiar susurró a su lado en un extraño dialecto twi’lek.
Percibió desconcierto y un ligero temor en el tono a la vez que asombro. Era una voz infantil.
¡No puede ser!
__ ¿Nanel? –preguntó él, sin saber siquiera porqué.
__ ¿Eres Varus? –dijo ella, sosteniendo en su regazo la banda neural.
__ ¿Qué significa esto?
__ Eres el que sales en mis sueños, ¿verdad?
A su alrededor había una quincena de harapientas figuras que lo observaban con apatía y resignación.
Esclavos. Estoy en una nave de esclavistas.
Estaba en una jaula de supresión, el habitual confinamiento para este tipo de “mercancía”. Un campo de energía aseguraba el aislamiento de los cautivos, e imposibilitaba cualquier intento de evasión.
__ ¿Dónde estoy? –preguntó.
__ Estamos en el Emisario, vamos a ser vendidos.
¿Qué pensarán hacer con un Jedi? Tengo que salir de aquí, tal vez aún pueda mandar el mensaje, pensó.
Se intentó incorporar y se quedó sentado junto a la chiquilla que no dejaba de mirarle abrumada. Percibía en ella la misma confusión que lo perturbaba, pero él tenía un propósito, y debía enterrar por el momento aquel extraño asunto. Por el momento.
Analizó el lugar. No había forma de escape.
No la hay para un recluso corriente.
__ ¿Cómo se te ocurrió quitarme eso, pequeña? –señaló el collar que tenía en las manos, sabedor de que lo habría mantenido vulnerable indefinidamente.
__ Tú me lo pedías en los sueños –replicó sin más, frunciendo el ceño.
La Fuerza intenta mostrarme algo, lo siento en los huesos.
Se puso de pie y se acercó al campo de energía.
Le habían arrebatado su sable láser al registrarlo, pero aunque hubiera sido una herramienta muy útil en su actual situación, le habían despojado de todo salvo de la túnica y las botas. En su profesión, ser prevenido era la diferencia entre vivir o morir. Así de simple.
1ª PARTE CAPÍTULO 1
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Chelo
Varus Darsay era un espía, aunque dentro de la Orden preferían llamarlos vigilantes, centinelas desplegados en lejanos mundos con el objeto de observar, actuar según sea necesario e informar al Consejo de todo. Y él era hábil en lo que hacía.
Rebuscó en uno de los innumerables bolsillos interiores que se había hecho y sacó una pequeña caja de metal.
__ Déjame el collar, pequeña –solicitó.
De la caja extrajo una herramienta puntiaguda y comenzó a trastear con el collar. Una vez abierto, entrecerró los ojos observando la entrada de la celda.
__ Estos diseños no han cambiado mucho. Debería haber un panel de circuitos por aquí. El campo de energía son realmente dos capas paralelas que dan soporte y estabilidad. Aquí –explicó.
Usó la misma herramienta para manipular el cuadro de cables. Una sonrisa se dibujó en su rostro cuando encontró el cable correcto.
De pronto, una brusca sacudida hizo crujir toda la estructura de la nave. Algunas explosiones lejanas acompañaron a una incesante alarma que empezó a resonar con fuerza. Todo se apagó en ese instante, y acto seguido, la enrarecida atmósfera se llenó de luces escarlatas que giraban sin cesar. Los gritos de terror de los esclavos intentaban en vano solaparse con el estridente chillido del sistema de alerta.
No podía quedarse allí.
Cuando el campo de fuerza desapareció, estalló la locura.
Los resignados cautivos se pusieron histéricos, apretándose contra las paredes unos con otros. Pudo sentir el terror que flotaba en el aire, pero no todo era miedo.
__ ¿Qué vamos a hacer? –dijo alguien.
__ Vamos a morir en esta lata –exclamó una sollozante nautolana.
__ Hemos salido del hiperespacio, pero no ha sido algo controlado. Si queréis sobrevivir no basta con quedaros ahí quietos. Os aconsejo que intentéis huir, aquí no estáis a salvo –explicó Varus.
__ No estaremos a salvo en ninguna parte de esta nave –replicó un joven altanero.
__ En la sección de estribor, dos cubiertas más arriba, están las cápsulas de salvamento. No sé en qué sector estaremos, pero ¿sentís esa fuerza que nos empuja? No son los motores. Es la fuerza de gravedad de algún cuerpo planetario. Puede que haya más posibilidades de sobrevivir –indicó.
__ Eso si el planeta es habitable –volvió a decir el muchacho –estamos condenados.
Varus lo miró de soslayo y se encogió de hombros.
__ Yo voy a irme –dijo sin más.
__ ¿Conoces esta nave? –preguntó, con cierto recelo en su voz, la nautolana.
__ Conozco su diseño.
Salió al pasillo, pero estaba desierto. Examinó todo a su alrededor y corrió hacia el ascensor que había al fondo. Tenía que encontrar la manera de llegar al puente de mando, tenía que completar su misión.
Se detuvo.
Los percibió, a todos, a su espalda.
__ ¿Os habéis decidido? –preguntó volviendo la mirada.
__ Estaremos más seguros moviéndonos –respondió alguien.
__ Vamos.
Aquello era un problema para él. Siempre había actuado solo. Era más práctico y sin la atadura moral de proteger a nadie. Desde que era un padawan había abrazado la soledad, le gustaba, y solía sentirse incómodo cuando estaba rodeado de gente. Tal vez por eso fue que lo escogieron para su labor. Un Jedi sin ataduras, sin relación de ningún tipo, más que con un puñado de conocidos, sin compromisos morales salvo para con la propia Orden, era un eficaz instrumento. Lo asumía. A pesar de que la Orden lo sacó de su hogar y le dio uno nuevo en la Academia, veía a otros compañeros, sus amistades, su confraternización. Él era ajeno a todo aquello, pues había sido siempre una persona solitaria. Lo había decidido él mismo, la compañía lo irritaba. Daba igual el lugar al que lo mandaran, cuanto más remoto y primitivo, mejor se sentía, rodeado de la Naturaleza y alejado del ajetreo de la civilización. Entendía que eran sentimientos y pensamientos no muy propios de un Jedi, pero también comprendía que él no era un miembro normal de la Orden. Los apacibles tiempos de aprendizaje en el Enclave de Dantootine habían dado paso a una caótica época en la que hermanos se enfrentaba con hermanos, los mundos morían asfixiados por el horror de la guerra. Su vida carecía de importancia, hasta que conoció a Kiya.
Fue entonces cuando la soledad dejó de tener sentido. Ya nada importaba salvo ella. Eran esas nuevas emociones las que lo asustaban. Cuando su Maestro le explicaba los entresijos de la Fuerza, o las complejas formas de combate con el sable láser, o la manera que interactúa la Fuerza Viva con todos los seres del Universo, olvidó esa parte.
Cuando se enamoró por primera vez, no tenía defensa ni conocimientos sobre ello, y, cuando lo experimentó más adelante, comprendió lo peligroso que era para un Jedi.
Eso sí se lo recalcaron una y otra vez, pero debía experimentarlo por sí mismo.
__ El apego es el camino de los celos, del miedo por la pérdida, de la ira, del odio. Todo eso lleva al Lado Oscuro, joven padawan, no lo olvides –le había dicho en una ocasión el Maestro Zhar.
Tenía parte de lógica, pero debía sentir ese amor, ese miedo, esa ira, para entender realmente el peligro que suponía, y lo aprendió demasiado bien. Sin embargo, un Jedi tenía que estar por encima de aquello y luchó con todas sus fuerzas para que así fuera, pese a que su propia alma le suplicaba que no lo hiciera.
La vida de un Jedi es una vida de sacrificios, pensó con cierta amargura.
Cuando las compuertas del ascensor se abrieron, dos cubiertas más arriba, un largo pasillo iluminado intermitentemente por aquellas opresivas luces rojas finalizaba en forma de T, bifurcándose en dos direcciones. En la encrucijada, dos hombres montaban guardia, bastante alarmados y confusos. Un coro de pequeños droides de mantenimiento se afanaba en solventar las fugas de energía y el sobrecalentamiento de los circuitos de la nave.
Tenía que actuar para que los cautivos tuvieran alguna opción de escape, aunque en lo más hondo de su ser sabía que no había salvación posible.
Dejó de lado las inquietudes y la incertidumbre y se entregó de lleno a la Fuerza. El instinto controló cada uno de sus movimientos. La sorpresa era vital.
Nanel, la pequeña twi’lek, y el resto de cautivos, observaron incrédulos al extraño salir disparado a una velocidad sobrehumana, convirtiéndose en un borrón oscuro. Uno de los guardias salió despedido contra la pared del fondo mientras su compañero recibía una ráfaga de puñetazos en la cara, golpes que ni siquiera veía de donde provenían.
Cuatro segundos y medio tardó en recorrer los cincuenta metros de corredor y dejarlos fuera de combate.
Con un ademán los instó a que se acercaran.
Explosiones localizadas en distintos puntos hicieron temblar toda la estructura de nuevo. Estallaban chispazos por todas partes.
Los observó a todos. Estaban famélicos y débiles, sin embargo, había dos que parecían en mejor forma que el resto y les entregó las armas de los guardias esclavistas.
__ Iros por ese pasillo –dijo señalando a su derecha –podréis encontrar las cápsulas en esa dirección.
__ ¿No vienes? –preguntó uno de ellos.
__ No. Tengo que terminar un asunto.
__ Aún quedan más esclavos, ¿vas a liberarlos? –dijo otro.
__ Me temo que no. Ahora debéis iros si queréis tener probabilidades algunas de salir con vida –exhortó. No tienen ninguna posibilidad.
Unas voces autoritarias y llenas de rabia gritaron de repente por el pasillo de la izquierda.
__ ¡Alerta! ¡El Jedi ha esssscapado! –rugió un alto trandoshano de oscura piel escamosa.
Sin detenerse siquiera para pensar, alzó su rifle bláster y abrió fuego. Los dos compañeros que lo seguían lo imitaron y cubrieron el pasillo con una maraña de rayos carmesíes.
Una voz metálica surgió del comunicador del esclavista:
__ ¡Idiota! ¡Lo necesitamos con vida!
¿Con vida? ¡Ja!
Uno de los esclavos armados clavó rodilla en tierra, levantó su arma y respondió a los disparos, abatiendo a uno con dos certeros impactos en el pecho.
Varus corrió hacia ellos, esquivando uno, dos, tres, cuatro, cinco haces de luz letal. Mediante la Fuerza empujó al reptil humanoide contra el fondo del corredor. El que quedaba en pie, con el terror asomando en su semblante, dirigió la humeante boca del cañón de su rifle hacia Darsay. Antes de poder hacer nada, se sintió despegarse del suelo y chocar violentamente contra el techo. El crujido de su cuello al romperse fue desagradable, quedando sepultado por los llantos y la confusión.
Otra explosión sacudió de nuevo la nave. Esta vez había sido más cerca.
El grupo de quince prisioneros había sido reducido a cinco. El pasillo tras de sí había quedado sembrado de cuerpos. La nautolana yacía boca arriba, sobre el cadáver de un rodiano, dos niños abrazados habían sido atravesados de lado a lado y así habían quedado tirados, junto a una mujer a la que habían alcanzado en el cuello, quemando parte de la mandíbula.
Vio morir la esperanza en sus miradas vacías.
__ ¡Corred! –gritó.
Nanel, acurrucada detrás de una caja de metal, sollozaba de ansiedad. Percibió su miedo, su pánico a terminar su corta vida en aquel lugar que se estaba cayendo a pedazos.
Miedo, ira... Percibo una siniestra malevolencia impregnando todo. El Lado Oscuro está presente, puedo sentirlo.
Actuó movido por el instinto cuando cogió a la pequeña twi’lek y corrió en pos de los esclavos. Su Maestro le había dicho que había que actuar acorde con la propia intuición, pues era una de las formas de conocer la Voluntad de la Fuerza.
Fue esa misma Voluntad la que lo guió hasta la sección de emergencias, evitando el hervidero de piratas y contrabandistas que se esforzaban por salir de la Emisario.
Los fugitivos que iban delante de él vitorearon cuando llegaron a la puerta de acceso a la cubierta de las cápsulas.
La Fuerza le transmitió el desastre.
__ ¡Esperad! –gritó Varus.
Demasiado tarde.
Al abrirla fueron recibidos por una lluvia de disparos. Darsay saltó con Nanel aferrada a él, se apoyó levemente en la pared lateral de su derecha y se impulsó hacia la protección del marco.
__ Aguarda aquí –dijo bajándola al suelo.
Cerró los ojos por un instante, dejando que la Fuerza fluyera a través de él, y entró.
Nanel se agachó en el resquicio de cobertura que le ofrecía aquel rincón.
Las explosiones se acentuaron. La nave viró bruscamente, y la pared en la que se apoyaba se convirtió de pronto en el suelo.
Varus saltó con los pies por delante y aterrizó sobre uno de aquellos desalmados. Hundió su tráquea de un golpe rápido y certero y se dejó llevar por la inercia cuando el cuerpo cayó desplomado. Rodó por el suelo, echando un fugaz vistazo a su alrededor. Habían tres más, un rodiano con una enorme cicatriz cruzando su rostro asomando medio cuerpo entre varias pilas de cajas metálicas, otro arrodillado cubriendo a un tercero que manipulaba una de las últimas cápsulas que quedaban.
Con un simple ademán de su mano diestra hizo caer las cajas sobre el amenazante francotirador. Su mano izquierda dio un tirón y desarmó al otro, luego lo lanzó contra su estupefacto compañero. El arma voló directamente hacia él, la recogió y disparó una andanada de rayos, abatiéndolos a todos.
Entonces, el sistema de gravedad de a bordo falló y cayó de bruces.
__ ¡Nanel! –llamó.
La niña, aterrada, corrió hacia el hombre misterioso que llevaba habitando en sus sueños desde hacía un tiempo. El acceso a la cápsula se abrió, y Darsay señaló su interior.
Desde la aparente seguridad de la cabina del pequeño cilindro en el que se encontraban, los dos supervivientes pudieron ver cómo la gigantesca nave corsaria de la que escapaban se partía en dos y se despedazaba en violentas explosiones.
__ ¿Qué habrá pasado? –preguntó Darsay en voz alta.
Ahora sí que va a ser complicado entregar el mensaje. He fracasado, maldita sea…Kiya…
Ella lo miró desconcertada, sin saber si responder siquiera. Estaba tan abrumada por todo lo que había pasado, que pensó que estaba soñando, que todo era producto de la misma pesadilla, y como en todas ellas, el salvador aparecía para rescatarla.
Varus se sobresaltó de pronto cuando la pequeña de piel azul se abrazó a él.
El cuerpo planetario hacia el que se dirigía era de un tono entre pardo y gris, y una sombra de maldad parecía recubrirlo, como una sombra que se abate después de la caída del sol. Lo sintió en lo más hondo de su alma, pero no era el único. Nanel se encogió de terror.
__ ¡Me asfixio, me quema por dentro, Varus! Ese planeta es malo –dijo tapando su rostro con las manos. No quiso mirar, el abismo en el que creyó caer era tan negro como el vacío estelar.
El Caballero Jedi acarició la cabeza de la chiquilla. Algo similar a la compasión asomó trémulamente al notar el tembloroso cuerpo de aquella niña.
La Voluntad de la Fuerza es algo desconcertante.
Frunció el ceño.
Centrándose de nuevo en el presente, intentó hacerse con el control de aquel misil antes de que se convirtiera en polvo galvanizado al entrar en la atmósfera.
Gracias, Chelo