Si a cualquiera de los que me conocieron mientras vivía le preguntaran a dónde fue a parar mi alma justo cuando abandonó sus despojos carnales, estoy seguro de que más de uno respondería que cayó en los fuegos eternos de la condenación, donde ardería junto con los demás espíritus de su indigna calaña por los siglos de los siglos. ¿Y deberían sorprenderme tales respuestas? En absoluto, porque hasta yo, que me conozco mejor que nadie y siempre he sido consciente de mi propia maldad, habría contestado lo mismo. Por este motivo, entre otros más que aquí no pienso contar, no era de extrañar que, justo cuando mis pulmones se llenaron de agua y mi corazón dejó de latir, en el momento exacto en que unos brazos parduzcos hincaron sus garras dentro de mí y estrujaron mi alma con vehemente crueldad, no era de extrañar, repito, que yo ya supiera de antemano cuál iba a ser mi próxima parada: el infierno.
A la hora de morir te sientes como cuando te quitan una muela picada o un tumor canceroso; como si arrancaran algo de tu cuerpo y ese "algo" fuera tu parte consciente, tu espíritu. Eso mismo sentí cuando aquellos brazos parduzcos surgieron del fondo marino y me extirparon de mis carnes difuntas igual que se extirpa un riñón sano a un cadáver. Concluida su fúnebre labor, los brazos volvieron al fondo y lo atravesaron arrastrando consigo mi alma recién arrancada. Tiraban de mí a través de los abrasivos estratos del manto terrestre, y sin embargo, yo no sentía roce alguno ni dolor, como si cayera al vacío por un pozo cuyo final era el centro hirviente de la madre gea. ¿Sería aquel pozo el mismo abismo por el que fueron echados Luzbel y sus acólitos después de su derrota?
Permanecí ajeno al espacio y al tiempo mientras me hundía en los vaporosos estratos de aquella tierra hecha caos, hasta que me estrellé contra algo ciertamente tangible. Justo entonces, los brazos parduzcos que robaron mi alma me soltaron por fin y se diluyeron como un humo negro en la sulfúrea atmósfera que nos rodeaba, tan densa que casi se podía arañar. Aquel ambiente insalubre era teñido por el pálido fulgor de un firmamento apagado de color hueso que, más que cielo, parecía verterse como un líquido nebuloso desde las alturas del éter solitario. Más antinatural era, si cabe, el poder maligno que calentaba con saña las rocas que pisaban mis pies descalzos, proveniente de alguna clase de fuerza geotérmica antinatural o, tal vez, de la mano del mismísimo demonio, ¿quién sabe?
Entre las tinieblas grumosas que flotaban a mi alrededor, pude distinguir que estaba rodeado por un burbujeante lago de aguas amarillentas que parecía extenderse hasta el infinito, y de donde emergían diversos islotes algo más pequeños que la roca candente que me sustentaba. El ardor bajo mis pies se volvía más insoportable por momentos, y aunque yo trataba de aguantarlo como bien podía, sabía que tarde o temprano debería zambullirme en aquella laguna apestada (más temprano que tarde, me temo). Primero me apoyaba con un pie y luego con el otro; después sobre los dos, y vuelta a empezar. Repetí la operación hasta que no pude más y no tuve otro remedio que sumergirme en las aguas sulfurosas.
Conforme se templaban mis pies y el ardor de la roca se convertía en un mal recuerdo cada vez más lejano, enseguida me di cuenta de que el poder corrosivo de aquellas aguas tóxicas comenzaba a mellar partes de mi cuerpo que todavía estaban sanas. Era una quemazón química que comenzó como un cosquilleo, y se terminó convirtiendo en un picor agudo que se me filtraba por los poros, llegaba hasta mis huesos y los roía por dentro con la misma virulencia que un ácido sin diluir. Pero lo más horrible de todo fue descubrir que aquellos bultos que había visto desde mi islote no eran rocas, sino los despojos desnudos, deformes y reblandecidos de otros condenados, igual que yo, que flotaban como trozos de carne podrida cociéndose a fuego lento en aquel puchero repugnante.
“Colega, ¿tienes un cigarrillo?”, preguntó alguien justo a mi lado. Me sobresalté y retrocedí, y al retroceder choqué contra uno de aquellos cuerpos flotantes. “¡Mira por dónde vas, imbécil!”, exclamó mientras me abofeteaba. Horrorizado, me aparté de él, y otro, desde atrás, posó su mano en mi hombro y me preguntó: “Oye, ¿en qué círculo estamos?... ¿Por qué no me lo dices?... Vamos, dímelo, ¿o acaso no lo sabes? ¡Serás idiota! ¿Para qué me molestas?”. Solté de mi hombro su mano arrugada y traté de escapar de allí; pero, allá donde fuera, siempre había alguno de ellos dispuesto a molestarme, a insultarme o agredirme. Otros, en cambio, se abrazaban a mí igual que garrapatas y me rogaban que les llevara con ellos.
Agobiado por el asedio continuo de los moradores del lago, que se pegaban a mí como las moscas a un trasero maloliente, y con mi piel a punto de disolverse en aquel caldo sulfúrico, traté de buscar algún pedazo de tierra firme en donde poder poner mi pellejo a secar; y aun sabiendo que, una vez allí, pronto me quemaría de nuevo y debería volver a remojo. Pero nada más me importaba, en ese mismo instante, con tal de librarme de las inmundas porciones de tormento infinito que me inyectaban los condenados y, sobre todo, de la acidez malévola de las aguas que nos bañaban. Por eso, cuando vi a lo lejos algo parecido a un atolón sobresaliendo entre los cientos de torsos mortificados, reuní mi última porción de agallas y fui directo hacia él como un rompehielos entre aquellos islotes de escoria.
Una vez frente a la roca, constaté que era bastante más grande de lo que me había parecido a simple vista, y que no era una roca sino un enorme tronco partido. Con las lorzas casi deshechas y acuciado por terribles picores en cada rincón de mi cuerpo, trepaba como podía por la resbaladiza corteza de aquella imitación decadente del Árbol de la Vida; pero sin éxito, pues la viscosa muchedumbre era más fuerte que yo, y me arrastraba otra vez al agua, con la intención, imagino, de que me pudriera a remojo, igual que ellos, para toda la eternidad. Y por mucho que pateaba, arañaba y me retorcía con tal de quitármelos de encima, siempre había alguno que me agarraba de nuevo y me impedía subir.
De repente, algo me sujetó por los hombros, tiró de mí hacia arriba y me puso en tierra firme; sin embargo, y una vez allí, en lugar de alivio sentí que mis pulmones se encharcaban otra vez, como antes de morir, y dejé de respirar hasta que perdí la consciencia. Gritos alrededor; presión intermitente en mi pecho; litros y litros de agua que salieron de mí igual que entraron; desperté. Me encontré tendido en el suelo y rodeado por decenas de curiosos. El joven socorrista todavía estaba de rodillas sobre mí, y con una mano tras mi nuca me mantenía la cabeza inclinada hacia atrás y con la barbilla en alto. Se incorporó cuando dejé de toser y exclamó: “¡Ha faltado poco, amigo! ¿Se encuentra usted bien?”. En aquel mismo momento, un niño pasó corriendo y tropezó con mi cuerpo; me incorporé y le recriminé enfadado: “¡Mira por dónde vas, imbécil!”.
Si os ha gustado este cuento, podéis leer más aquí:http://cuentosdesdelasombra.blogspot.com.es/
Comentarios
Chelo
Jeremías Wayne (Cuentos desde la sombra)
Me gustó.
SaLuDos
Un saludo