Cuando una cierra una puerta, otras se abren, para hacerte la vida, un poquito más fácil...o difícil, según se mire.Mis viajes lunares, quedaron relegados hasta próximo aviso, dando paso al cuidado de ese hijo que la luna me regaló.Tendría que rebuscar en los baúles, donde deposité mis recuerdos de esos tiempos, pues no fueron caminos fáciles de recorrer y la memoria es selectiva y tan sólo rescata aquello que más le gusta;lo demás, lo descarta a ese rincón del olvido.El país se veía inmerso en una euforia colectiva, por unos juegos celebrados desde la época en que los griegos, eran griegos y nosotros, a ritmo de ópera, cantábamos el estribillo de la gloria.Habíamos entrado ya en una unión de países, que según decían, nos beneficiaban y el mundo, una vez más, andaba loco.Yo, intentaba sobrevivir a esa locura de ser la única persona del mundo, que quería vivir en la luna y andar por la tierra, pero un bebé, hace que ese recorrido lunar, se te haga largo de contar.Entre pañales y biberones, me atreví a coger, el último tranvía hacía el cielo y me subí a un avión, para encontrar un cielo más al sur y plantar ahí mis raíces.Al llegar, lo primero que percibí, fue el olor, distinto al que estaba yo acostumbrada.El mar olía distinto.Era otro mar, otra vida, otra gente, otros sonidos.Me acostumbré a caminar tranquilamente por las calles, antes andadas por árabes, aprendí la jerga del hablar y entre cantes y fogatas, crié a mi hijo, como bien me pareció.
Pasaba el tiempo entre la gente nueva que conocí, el trabajo que me busqué como traductora y enseñando a mi hijo a leer en las estrellas y, volvió en mí, las ganas de escribir aquello que pienso y siento, para que un día, si me falla la memoria de una vez, me recuerden que fui persona.Y entonces, sucedió.Una vez más y a pesar de haberme jurado que no pasaría más y el mundo miraba hacia otro lado, mientras hermanos de sangre se daban achazos, yo, me enamoré de unos ojos, verde aceituna.
Lo leí hace mil. Y abandoné el lugar que hoy retomo, querida amiga.
Mira que enamorarnos otra vez...
Fantástica como siempre.
Ya verás qué hago con nuestro amante. Se va a enterar de lo que valen dos en una, jaja.
Un beso.
El hombre más culto que jamás conocí, aunque no tengo claro si eso dice más de mí que de él.
Un hombre con dos caras, y no me estoy refiriendo al sentido figurado de la expresión. Dos caras físicas. La primera vez que me atreví a decírselo rió por mi comentario; se lo habían referido otras muchas veces. No era un gesto el que provocaba esa transformación; no podría ni acercarme a explicar atinadamente cómo es que, después de un parpadeo, su cara simpática permutaba en otra apuesta. Al siguiente, al revés. Os juro que es cierto.
Sus ojos verdes, en cambio, permanecían inmutables clavados en mí. A ellos acudía cuando me sentía perdida. El primer día que nos acercamos a tocarnos trocó, casi tan mágicamente como lo hacía su rostro, en una semana.
No quise imaginar durante "los siete" el momento en que se iría. Me dio miedo no volver a verle; que las circustancias primasen como si aquel amor pudiera encontrarse a la vuelta de todas las esquinas. Yo las hubiera enderazado por él; apostado toda mi carne en un asador si él no hubiera sido vegetariano; cambiaría mil historias por haber contado sólo esta y averiguado si los días podrían desvanecerse, volver siendo meses y los meses años sin cansarme de su boca, sin cansarse él de la mía.
Marchó y fue la última vez que le vi.
No me preguntéis qué hice o no hice para que así fuera ; sólo sé que sus caras, sus ojos y yo, mudamos todos en invisibles.
No me importa mientras pueda recordarlo como amor. No he querido saber nunca el por qué; sí me ha interesado el para qué, en un intento de aprender; a reconocer cuando vuelva a verlo, lo que me enseñó.
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Un saludo, y a este paso más que hilar, voy a traerme la tricotosa.
Pasaba el tiempo entre la gente nueva que conocí, el trabajo que me busqué como traductora y enseñando a mi hijo a leer en las estrellas y, volvió en mí, las ganas de escribir aquello que pienso y siento, para que un día, si me falla la memoria de una vez, me recuerden que fui persona.Y entonces, sucedió.Una vez más y a pesar de haberme jurado que no pasaría más y el mundo miraba hacia otro lado, mientras hermanos de sangre se daban achazos, yo, me enamoré de unos ojos, verde aceituna.
Mira que enamorarnos otra vez...
Fantástica como siempre.
Ya verás qué hago con nuestro amante. Se va a enterar de lo que valen dos en una, jaja.
Un beso.
Un hombre con dos caras, y no me estoy refiriendo al sentido figurado de la expresión. Dos caras físicas. La primera vez que me atreví a decírselo rió por mi comentario; se lo habían referido otras muchas veces. No era un gesto el que provocaba esa transformación; no podría ni acercarme a explicar atinadamente cómo es que, después de un parpadeo, su cara simpática permutaba en otra apuesta. Al siguiente, al revés. Os juro que es cierto.
Sus ojos verdes, en cambio, permanecían inmutables clavados en mí. A ellos acudía cuando me sentía perdida. El primer día que nos acercamos a tocarnos trocó, casi tan mágicamente como lo hacía su rostro, en una semana.
No quise imaginar durante "los siete" el momento en que se iría. Me dio miedo no volver a verle; que las circustancias primasen como si aquel amor pudiera encontrarse a la vuelta de todas las esquinas. Yo las hubiera enderazado por él; apostado toda mi carne en un asador si él no hubiera sido vegetariano; cambiaría mil historias por haber contado sólo esta y averiguado si los días podrían desvanecerse, volver siendo meses y los meses años sin cansarme de su boca, sin cansarse él de la mía.
Marchó y fue la última vez que le vi.
No me preguntéis qué hice o no hice para que así fuera ; sólo sé que sus caras, sus ojos y yo, mudamos todos en invisibles.
No me importa mientras pueda recordarlo como amor. No he querido saber nunca el por qué; sí me ha interesado el para qué, en un intento de aprender; a reconocer cuando vuelva a verlo, lo que me enseñó.