Así que cuando la misericordia recogió a Ustin y
lo alzó en los brazos protectores de la hermandad, él supo a que se debió todo en un principio.
Cuando la hermandad lo aceptó, Ustin pudo contemplar la oscuridad en el resplandor.
¿Que hizo?. Pidió su perdón sin siquiera entender de que se trataba, pero cuando fue recibido,
sacó una hipótesis que le apuntó a la realidad de los sucesos.
"¡Ah, como brillaba!". Seguía recordando la nueva moneda que ella le había dado, tratando de ignorar
lo que su mente intuitiva por naturaleza, había solucionado.
Recorría una nueva superficie, un desierto lleno de cactus puntiagudos, que se le aparecían cada vez que intentaba
dar un paso. Se imaginó cortándolos con una espada, pero cada vez que hacia un corte, crecían dos ramas más
largas e infectadas con agujas afiladas. Buscó refugio escavando en la arena debajo de sus pies, y encontró
agua fría y refrescante. "¡Seguro, ahora me ahogaré!", rozó por su pensamiento.
Se encontró huyendo del lugar sin mas sospechas. Haciendo el papel de otro mas con prisa en la calle, pero
con cada gramo de adrenalina gastado por kilómetro cuadrado, busco fatídica-mente la estación de policía.
Lo habían descubierto: lo de aceptarlo, sólo era la fachada para acabarlo.
Y ahora Ustin buscaba comunicar el ultimo informe como una torrentosa marea que destrozaba a
su paso todos los papeles de su oficina. No podía encontrar lo más importante para él, un bolígrafo;
quería dar una enseñanza a otros cadetes aún sin experiencia, pero más que todo, hacer el reporte
de como funcionaba las reparticiones de la mercancía, quería dejar algo de todo este tiempo que
gastó investigándolos, como su clase de venganza.
Volteó su mirada hacia atrás para
asegurarse de que nadie lo había seguido hasta la estación. Rebuscando entre la gaveta del escritorio,
su mente oxidada por pensamientos le decía que era su fin.
¿Cuál fue su fatal error?. ¿Acaso el micrófono que puso en su camisa era muy obvio?. No. Fue la otra cara
de la fama la responsable. Volteó hacia la biblioteca y vio su rostro en el periódico del domingo.
"Policía local salva a 20 personas
en robo al banco". Una risa se dibujó en su rostro. Su sospecha estaba en lo correcto,
esa foto de la prensa sí fue publicada. "Maldito John. -pensó.- Le dije que no quería".
Encontró el bolígrafo, y mientras buscaba una hoja pensó el por qué de la obligada disculpa. Las pruebas
comprobaron su hipótesis, pero no probaron la humillación que le hicieron pasar. Recordó la risa del jefe
cuando le dijo a su hijo que él se quería unir. "Tal ves, creyeron que venía
a suicidarme. -pensó.- Seguro ya habían leído el periódico, y por eso se reían.
¡Pero el dejarme entrar sabiéndolo!. Esos malditos probablemente querían enviarme en pedazos a la
comisaría, querían mostrarnos que estarían dispuestos en torturarnos para
que ya le dejáramos de oler el culo."
Se arrodilló para alcanzar el bloc de notas en el que llevaba la investigación del caso, el cual se encontraba en el suelo
por su estúpida y bochornosa respuesta causada al ver su certificado de muerte ya listo para ser diligenciado en su cabeza.
Se levantó con la libreta en su mano. Vio su vida pasarse en el espejo que decoraba la pared de la habitación. Vio
como cargaba un arma en el reflejo. El sudor le chorreaba por los poros, temblaba como una prostituta adicta sin su
dosis diaria. Él habló, pero su voz no llegó a sus oídos. Estaba concentrado escribiendo las relaciones, los contactos,
las direcciones y todo lo que sabia en el poco tiempo unido a ellos. Arrancó la hoja y la guardó en su bolsillo, esperando
que la vieran cuando revisaran su cadáver.
Cuatro disparos interrumpieron el silencioso ambiente del pequeño pueblo...
Dos para Ustin, del matón de la hermandad, y dos para el matón, del policía
guardia.
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