Cierto es que en los primeros tiempos supe ganarme el respeto de crítica y público. Mis libros se vendían en apreciable cantidad, lo cual me permitió renunciar a mi trabajo y dedicar todo mi tiempo a la escritura, algo que ciertamente nunca hubiera soñado.
De no ser por ese curioso y feliz encuentro que me depararon el azar y el tiempo, y que cambió el rumbo que llevaban mis pasos, hoy no me encontraría escribiendo esto.
Los primeros tiempos fueron de un completo disfrute. Escribía la mayor parte de las veces de la mano de la inspiración, aunque los años trajeron consigo un poco de disciplina que redundó en un mayor y mejor aprovechamiento de los regalos de mi musa. Luego de haberse publicado mi séptimo libro, algo comenzó a molestarme.
Supongo que no fue casualidad que eso ocurriera con mi título número siete, cifra que como pocas ha simbolizado tantos misterios y maravillas en la historia de la humanidad.
Imposible sería no hacer mención de las siete notas musicales e imaginarme un mundo sin ellas.
Pero ni siquiera la diaria y majestuosa presencia de la Música en mis oídos, consiguió minimizar la molestia que me produjo notar que mi escritura comenzaba a volverse predecible.
Cada nueva cosa que escribía resultaba ser casi un calco de la anterior.
Si bien los relatos nada tenían que ver entre sí, comúnmente finalizaban estos con su protagonista muerto, encarcelado, internado en un hospital psiquiátrico o con cualquier otro final por el estilo.
Pero era la estructura del relato la que hacía fácilmente predecible su final.
Luego de leídos el comienzo y la parte central, el desenlace era perfectamente deducible, por lo cual el placer que en los primeros tiempos me provocaba escribirlos, fue transformándose primero en una aburrida costumbre, para posteriormente volverse un tedio absoluto e intolerable.
Así que un día decidí realizar un cambio radical.
Comencé a escribir historias que tuvieran finales felices, o que no poseyeran final. Muchas veces la vida nos depara sucesos que transcurren casi en forma atemporal.
En mi intento por cambiar, me subí a uno de los vagones de un tren de moda que pasaba.
Escribí entonces historias de hadas, duendes, magos, príncipes y hermosas doncellas. Para ello debí hacer un enorme esfuerzo. Leí y releí muchísimos libros para obtener el necesario conocimiento que me permitiera escribir una novela acerca de tal gama de seres fantásticos. Cuando la publicaron me sentí dichoso.
No ocurrió lo mismo con la crítica.
Afirmaron que preferían aquellas historias que relataban sucesos más reales y cuyos finales eran más creíbles, puesto que mayormente reflejaban la realidad de la vida. Creo que un poco al influjo de la crítica el público tuvo idéntica opinión.
Las ventas cayeron tan estrepitosamente que el libro fue considerado un rotundo fracaso.
Así que decidí volver a lo mío.
Hace casi dos años publiqué un texto con el tipo de historias que tanto habían gustado a crítica y público.
Las ventas volvieron a la normalidad y hasta es posible que con el próximo, logre superar mi propio récord de ventas.
Ahora estoy enfrascado en el que será mi nuevo título. Es precisamente éste que estoy escribiendo ahora, el relato que cerrará mi nuevo libro.
Se ajusta perfectamente a lo que críticos y lectores quieren de mí, y será, sin duda alguna, un suceso en ventas.
Y creo que a nadie extrañará el hecho de que tengo un treinta y ocho apoyado en mi cabeza, y estoy a punto de apretar el gatillo.-
Comentarios
¡Muchas gracias!
Gracias por compartirlo, saludos!