Acabo de llegar del servicio funerario y admito que, en mi total descaro de la curiosidad más allá de la tristeza, saqué del cajón del difunto una carta muy aleatoriamente, que cierta mano conocida había posado ahí con resaca de lágrimas y convulsiones. Ahora estoy sentado en mi sala, imaginando la voz femenina de la niña (no particularmente pequeña, sino una mujercita, pero mucho más joven que yo, por eso esta clasificación) que me redacta lo que ahora le dejo al lector, por las mismas razones que me llevaron a apoderarme de este escrito. Debo decir que mi avaricia contra la dama de negro (¿por qué la hacen mujer? Nunca comprendí aquello) se encuentra completamente satisfecha ahora que le he sacado una pieza de lo que debía irse con ella a dos metros debajo de la superficie de los mortales. Aquí comparto, en mi generosidad inmortal, la reflexión de una cuasi-escritora, remendada por las partidas sufridas:
Me saqué el sombrero muchas veces en mi vida, pienso yo, para representar que de una vez por todas podía, por fin, entregar esas cosas de mí que no entregaba jamás. Con esto me refiero, entonces, a que no muchas veces me quitaba el nombrado “sombrero”. ¿Símbolo? Sí, claro que sí. Qué clase de hueco podría rellenar el vacío, irónicamente, que habitaba en mi cabeza. Todo es una gran ironía, la vida, el hecho de cuestionarla ya no me parece algo necesario, simplemente un deber, una forma de sobrevivir. Pero sobrevivir… Gente que sobrevive sólo para vivir, sólo para seguir un llamado ciclo en el cual siento que nunca más voy a creer, que es una invención estúpida para poder seguir adelante cuando en realidad ni siquiera está ahí…
Estas palabras ya no son mías, pienso yo, ya no son de la escritora que un día pensé ser. Son de un ser que está decepcionado, entristecido, un ser que no comprende, que ya no quiere tratar de hacerlo más. ¿Digo con esto que cambié? No, yo no cambié. Nadie cambia. Nosotros siempre somos nosotros, la esencia siempre va a ser una esencia: como la proyectamos, que hacemos con ella, como la manipulamos, eso es otro esquema. Pero yo, en este caso solamente yo, quiero estrellarla contra todas mis angustias, quiero que me obedezca, porque ya no quiero obedecer a mi esencia.
Esto no va a curarme. No ahora. No tiene que hacerlo. En el momento en que yo me haya curado, que no será muy pronto, quisiera leer esto para no olvidar lo que sentí en este mismo momento, un 15 de marzo del 2011. El día en que sentí, en el que me di cuenta por fin que el ser humano no pertenece a la vida, sino a la muerte.
“Eres muy chica para saber de lo que estás hablando”. ¿Podrías explicármelo, entonces? ¿Podrías decirme que significa esta furia rabiosa que tengo encima, porque, mientras miraba el cajón, sentía que esto no era obra de Dios ni del Diablo ni de nadie, sino de personas trágicas que dieron un final trágico a la persona menos trágica que lo merecía? ¿Esto es una obra divina? ¿Es esto un plan? ¿Quién me prueba a mí que esta muerte tenía que ocurrir? Pero no, claro que no, todo esto no es parte de algo que nosotros, los simples humanos, que hacemos todo tan complejo como lo estoy haciendo ahora, debamos comprender. Simplemente hay que aceptar, porque la impotencia no nos hace hacer otra cosa más que esa acción mediocre y poco poderosa. Impotencia. Maldita sensación humana, maldita humanidad en sí.
Llenamos nuestros sombreros de monedas planas, poco dimensionales, y a la hora de tocar la guitarra en la calle, ya nos damos por vencidos, esperamos que alguien vea nuestra ropa remendada, esperamos monedas… Y las que caen nunca van a ser suficientes. Nunca un sombrero se va a llenar de monedas lo suficientemente gordas como para rebalsar por los bordes, caer en nuestras bocas y hacernos reír. Nunca.
Nada es suficiente, porque no podemos hacer nada para alcanzar la suficiencia.
¿Paz? Nosotros nos iremos en paz, pero dejaremos a gente sin esa misma cosa. ¿Egoísmo, hasta nuestra muerte consiste de mero egoísmo, o somos nosotros, los que nos aferramos, los egoístas? ¿O somos todos egoístas? ¿Qué clase de filosofía es capaz de analizar tal cosa, de cuestionarse hasta la moral del filósofo? La hay, lo aseguro. Vivimos tan conscientes de estas cosas, pero hacemos tan poco para repararlas, tan poco… Y ahora entiendo porque.
Decepción.
Eso fue lo que me llenó cuando supe de toda esta situación. Todo este sin-sentido monumental, lleno de nada, lleno de mi dolor y el de muchos otros; pero junto a ese velo blanco y su rostro en contraste, mi cabeza gritaba cosas que yo nunca había oído antes: Dios no está, Dios se fue; Dejen de hablar de él, dejen de alabarlo, porque él (sin mayúscula) no está acá, acá no hay nadie, sólo un cuerpo, y un recuerdo de su alma ya ida, ya expulsada hacia otro lugar donde hasta nuevo aviso no voy a ser capaz de sentirla.
¿Por qué están felices? ¿Por qué tratan de convencerse de que esto es una buena acción del Todo Poderoso? No sé si creo eso. Realmente no lo sé. Ahora no lo hago. Cuando toqué su mano no sentí esperanza; o quizás si. Esperaba que se levantase, que todo fuese una gran obra de lo surreal, de lo imposible. Ahí, jugando el papel de viuda sin darme cuenta, empezó todo esto. ¿Qué es esto que siento ahora? ¿Qué son estas cosas que no se supone que tenía que sentir?
De repente, todos los recuerdos eran cosas lindas, hasta poder clasificarlas como hermosas, incluso era capaz de extrañarlas… Ahí, frente a su cuerpo, pasando la vergüenza de reconocer que lo llegué a extrañar, pasando la hazaña de cancelar todo lo que tenía que ver con mi orgullo, mi orgullo ciego y sin razón de existir. Ahí, frente a todos, arrodillándome frente a un hombre que llegué a ¿odiar?, llorando por esta pérdida, llorándolo todo, derrumbándome como tuve que haberlo hecho para, quizás, convencer al destino que no se burlase más de mi y que no me jugase este tipo de pasadas más.
No era un halago para mí el estar ahí. Pero también era verdad que nunca quise irme de su lado, no ahora, que todo había terminado, no ahora que ya no había excusa para dejarlo. ¿Sería eso? ¿Qué clase de hipócrita fui? ¿Cómo puede ser que de repente, ahora frente a él, sentía todas estas cosas que nunca había sentido mientras él vivía, como si lo hubiese perdido todo, como si una parte de mi se hubiese ido con su alma? ¿Qué clase de burla macabra es esta, que clase de “lección” me quieren dar?
Durante su tiempo de vida, no todo iba de lo más bien, por lo menos no conmigo. Discutíamos, claro que si, y nos queríamos otras veces, pero más peleábamos, más rencores que otra cosa, y a veces me preguntaba: ¿Qué puedo hacer para quererte de la manera que lo haces vos hacia mí? ¿Hay forma? ¿Fórmula? ¿Manera? La había. Que yo accediera era otro tema. No, no iba a hacerlo. El miedo, el orgullo, todas esas cosas que tanto me caracterizan, no me dejaron hacer nada, y mis propios sentimientos, ya idos hacia otra parte, no volverían jamás hacia él. Así siguió todo, por ¿cuánto tiempo? ¿Años? Si. Hasta, literalmente, el día de su muerte.
(Continúa en pt. II)
Comentarios
(Continuación de pt. I)
Primero las lágrimas. El dolor, la impotencia, etcétera, una variedad de emociones que clasifico como irresolutas. Después siguió el arrepentimiento, el horrible, inevitable arrepentimiento. El castigo. El masoquismo. La idea de su devoción contra la falta de la mía, el naturalísimo “qué pudo haber sido”, el sentimiento de que perdí algo que realmente, en esa perdida, la sentí completa y rotundamente de mi posesión, de lo que sería “mío”. No te burles más, Dios. No te burles más… No trates de convencerme a través de salvaciones divinas, descansos eternos y palabrerías burdas de biblias y grimorios del más allá. Superficialmente, que es el plano en que estoy, no hay uso para tales consuelos: que todo esto es culpa mía, todo esto es mi obra inconsciente, mi conexión (nuestra conexión) inevitable con la muerte, pero no con el otro lado ni el descanso de verdad.
Las pesadillas no visibles continuaban. Recuerdos, antes asquerosos, se transmutaban tristemente en memorias anheladas, asquerosamente anheladas, y llenaban mi sombrero de marañas y colores particulares que no había vivido en mucho tiempo. Otra burla, otra burla de Dios, debe ser; una conspiración divina de todos las divinidades griegas, nórdicas, patagónicas, caribeñas, ¿qué más?, egipcias, si quieren añadirle todo el repertorio mitológico. Ya no jugaba a las cartas con ninguno de ellos; ya no trataba de engañarlos con mis matices humanas, que yo creía que por inspiración llegarían a su nivel de poder y, cuando eso pasase, yo sería entonces capaz de poner la mesa patas arriba y salirme con la mía, como ellos, siempre que pueden (y hasta cuando no pueden), se salen con la suya. Ya no trataba, entonces, de convencerme de que el epíteto del difunto era “erróneo”. ¿Por qué trataba, con palabras finas, de explicar los sinfines del pensamiento del destino? Intentaba hacerlo complicado, claro, para que de alguna forma los caminos se entrelazaran y más allá de cualquier curva terminasen en la misma conclusión: esto era un error. Él no tenía que morir. Sin embargo, poco a poco, estudiando mis comportamientos y otros aspectos de todas las vidas, me di cuenta de lo siniestro que empezó a sonar el hecho de que estaba plena y absolutamente equivocada en mi teoría. Él estaba mejor muerto. Yo estaba mejor luego de superar su muerte. Y muchas veces (y digo esto de pie, con la cabeza baja, sin capaz enfrentar este hecho a plena boca) deseaba con mi corazón rabioso la partida este hombre, este niño, esta criatura que se había convertido en un insaciable parasito, según lo veían mis ojos. Ahí me asusté en serio; pero nunca pude negarlo, jamás volví a encontrar el sentimiento necesario para desmentir esto último. Aunque mi espíritu quizás lo acompañe, aunque mi espíritu quizás sí lo lamente, porque él no era sólo un combo de talentos insuperables desbordados por todos los poros, sino un gran ser humano, un gran ser humano que en su grandeza también implicaba grandes errores, un gran ser humano no tan humano, posiblemente, un ser excepcional que en su momento me causó tantas marcas a la existencia que puede hacerse posible, para un tercero, el pensamiento de la inmortalidad; a pesar mi espíritu, mi Mente no piensa enteramente así. Mente, bajo mi sombrero lleno de cosas, siente cierta tranquilidad. Ya no existe el cargo de consciencia de antes, ya no existen tan palpablemente los arrepentimientos ni las malas decisiones. La vida, como todo el mundo me repitió anteriormente, “continuaba”. Lo cliché, como pueden ver, se vuelve la única manera de justificación para lo injustificable. Haz lo que todos dicen, y todo quedará explicado: fundamento básico de la religión.
Y así me di cuenta, sin importarme nada más, a partir de un 15 de marzo del año 2011, que el ser humano puede inclinar todos los sombreros que tenga ante la vida, pero al fin y al cabo todo se revela, todo sombrero cae rendido ante lo desconocido que solo conoce la muerte, y por tanto, también conoceremos nosotros. Un 15 de marzo del 2011 encendió en mí el sentimiento de que los brazos siempre estarían abiertos, que el hombre de la capucha negra no te mata, no te hace nada más que abrir la puerta que siempre tuviste al frente, la puerta a la felicidad, la verdad, la puerta de la bondad imaginaria, la bondad cliché. Un 15 de marzo del 2011 empecé a sentir todas estas palabras; pero quizás dejé de hacerlo días después.
No resultan tan cruciales las metáforas poco logradas de piezas de ropa con los vacíos más esclarecidos que nosotros los humanos hemos de sufrir. Pero para la mente simple, respuesta simple, y para la muerte, la muerte misma, y para mí, un poco de esto y un poco de aquello que no va ni viene ni pertenece a nadie. Por el momento, no necesito más que esta pieza de lucidez para contradecir el hecho. Pertenecemos al muerto, por ser vivientes. Y puede ser que la “dama de negro” (que nunca viste esas ropas realmente, sino las de las clases más elevadas, la lingerié más fina del continente) se encuentre acariciándome la nuca maternalmente por haberse encontrado a tal atrevido, más atrevida que ella.
Saludos.
Saludos!
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Puede desilusionarse del texto, pero los modos!!
Si va a realizar una critica literaria tendría que argumentar de manera mas amplia, podría resultar útil al creador del texto, ahora si simplemente va a criticar (es como tomo sus palabras) debería mejorar los modos.
(Eso o cada tanto le lloveran tapones de punta seguramente)