Se acababan de conocer y precisamente, se estaban conociendo. Estaban en el suelo frio, sin luz en la habitación que se añadiera a la que provenía de la casa del vecino. La ventana estaba abierta y hacía ya mucho tiempo que se habían llevado las cortinas porque ahí, en esa casa vacía ya no hacían falta. Era una habitación conocida y a la vez desconocida, jamás la había visto así; le parecía un lugar diferente así sin cosas, sin la cama ni el closet, completamente vacía salvo por lo que no podían remover y claro, ellos dos. Con la respiración agitada aun sin contacto capilar, sabía que hay momentos en la vida en que es mejor hacer que arrepentirse y él, así como ella prefería la primera, cada uno con sus diferentes consecuencias.
Se sintió nervioso pero seguro de lo que hacía, miró a las paredes que pudo distinguir en el cuarto y los recuerdos llegaron a él sin imágenes. Ahí había vivido, antes de que se besaran por vez primera, acercándose quizá por la derrota de las circunstancias e invitados por el “a ver qué”; en esa habitación sin flores ni besos, había cambiado su ropa por la pijama, se había metido a la cama y había dedicado su insomnio a su placer personal imaginando que ahora, con la mano derecha le toca el cabello. Era diferente, como esa rutina quebrada. La maldición de su habitación infantil se rompe porque con la izquierda le toma el mentón y le besa más seguro de sí. Ella se acerca y abre pequeña, sus labios delicados y los ojos bien cerrados.
“En esos párpados, habría de haber algo”, pensó mientras se disponía a sacarle de la boca lo que ella pretendía callar. Bajó mientras ella le mordía un labio y luego besó su cuello, el otro lado y besando despacio se encargó de los hombros. La sensación era curiosa, no era como las ocasiones cotidianas, era de hecho para cualquiera de los dos un mal necesario. ¿Debía pasar? Seguramente era la bienvenida al mundo de los dos, así se dicen “gusto en conocerte” pero se callan los nombres. Una sobriedad de hacer porque “así sé que les gusta”, una estrategia más bien y la animalidad de los dos se vuelve humana en ese tiempo pasado.
Dada la oscuridad, dado el suelo, los sentidos tuvieron que adaptarse a las condiciones. Dejó de sentir las piernas cuando se acostó para que él bajara con la lengua, él le restó importancia a sus rodillas atormentadas al bajar los tirantes de la blusa y los ojos de los dos sufrieron porque no podían verse. En esa oscuridad incómoda que los deja entre distinguirse o las sombras, descubrió sus pechos pequeños y con la boca buscó el pezón que por pura vanidad trató de poner a la luz y recordarlo siempre. Lo mordió un poco, más de la cuenta y a ella no le pareció.
Era un relato, ambos vivían el suyo propio; ella que sin esforzarse planeaba controlar el evento y él que con todas sus ganas quería sacar lo mejor de ella por así decirlo. Ahora ella se subía en él y la cabeza estaba incómoda y el suelo frío, juego de roles, la mano debajo del pantalón para sentirla sin llegar a tocarla. Vello, está muy cerca pero ella, siente que el juego ha terminado. Al sentir traspasado el límite muerde su propia boca y dice que no; el relato es un cuento de ciencia ficción. Ahí están los dos de pronto suspendidos en el centro de una historia que no debía ocurrir, dentro de una habitación abandonada, sin conocerse y ahora sin deseo; las cosas no debían quedar así nada más, piensa él. No, repite ella. Se acabó.
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