Despertó rejuvenecido y con la capacidad de respirar libremente un aire pulcro, tan lejos de lo que se trataba antes que le costaba asimilar esa pureza llenándolo. Nunca hubiera pensado que la muerte se sintiera así de elemental y soportable: más bien esperaba una caída hostil en torbellinos de la consciencia, antes de quedar todo en una nada total. Movió un poco los hombros, porque los huesos de ahí y la espalda alta le incomodaban. Estiró los brazos naturalmente, como uno de esos actos que uno no le tiene que decir a la cabeza que los haga, y al mismo tiempo el impulso nervioso viajó por su columna hacia sus escapulas (fuertemente formadas) para mover, conmocionadamente, un par de alas.
Cada una medía casi el doble de su cuerpo entero, y la primera impresión de estas extremidades fue un pánico excitante, adrenalínico, que cesó de inmediato. No entendió el porqué, pero el miedo se le esfumó al visualizar el plumaje argento cubriendo los miembros. Los acarició con las yemas de los dedos: eran sedosas y delicadas al igual que el talco, pero con este movimiento de la mano derecha, el ala del mismo lado se batió hacia un lado tan fuertemente que le estiró el dorso completo: casi se lo desgarra.
Se puso de pie, intentando hacer equilibrio y palpándose el pecho y el abdomen: sus tejidos eran, definitivamente, más firmes de lo que recordaba de toda su casi veintena de años. Se llevó la sorpresa de ver que se encontraba en una posición muy elevada: observaba la llanura mega-extendida de hormiguitas blancas y doradas, muchas correteando por callejuelas y la avenida anchísima que las cruzaba, venas y arteria. Aún así, continuaba inhalando lo que creía ser oxígeno inmaculado que no pertenecía a ese corazón cosmopolita que miraba.
Trató de estirar las alas, ahora más dóciles y controladas. Palpó el omóplato, deformado por la especie de húmero que unía el alerón a su cuerpo, cuando una urgencia terrible, incontrolable, le sacudió la cabeza entonces, cuando comprobó el control de sus nuevos huesos y el poder que concebían a lo que antes era un “simple mortal”. Y con esta y otras ideas hercúleas, ignorando el vértigo acumulado de las alturas, se izó sobre la cornisa y saltó al vacío.
Iba en caída libre a toda velocidad, el viento ondeándole los cabellos y las plumas a los lados de los antebrazos, también todo la exposición nudista que llevaba consigo, que sólo fue advertida gracias al contacto con el viento. Detrás de él, el mundo pasaba cinematográficamente, y pronto abrió ambas extremidades en un tambaleo: ya planeaba sobre el laberinto. Remontó vuelo al darse cuenta que estaba en una altitud bastante visible. Subió y subió, enfrentando las corrientes de aire rugiéndole en los oídos, de temperaturas que ya le eran insensibles a la piel. En un punto traspasó lo que él creía que era más allá de las nubes, y se mantuvo en esa posición, intacta.
Lloró brevemente ante la exposición de galaxias tanto astrales como civiles que le daba esta bendición aeroplánica. Aunque por más que le suplicase a este escenario, se le vertían las tristezas por las circunstancias de repente recordadas. Se le presentaron en la mente, obvias: la leucemia lo había drenado, y ahora, renacido en la criatura que representaba (creía) lo que solía existir como su más profundo ser humano, el panorama había cambiado en todos los sentidos. No sólo la belleza de su estado le afectaba, sino también el hecho innegable y tangible de que ya no regresaría a la mundanea.
A lo largo de sus vuelos y prácticas sobre el suburbano, aprendió varias cosas sobre su nuevo ser: poseía una fortaleza divina, así como la capacidad de resistencia; su piel era impermeable contra todo tipo de temperaturas, pero aún así su presencia era capaz de cambiar la de su entorno; podía volar tan alto como su voluntad (y si no tenía la voluntad, también) así lo desease, sin que la presión lo afecte; incluso, en una buena posición hidrodinámica, era capaz de sumergirse en vastas profundidades océanicas; nunca se le caían las plumas, a menos que las arrancase, y concebir el sueño meditativo entre sus propias alas resultaba increíblemente reconfortante; pero bajo ninguna circunstancia, jamás de los jamases, podía dejarse ver por las personas. Y este era el mayor contratiempo de toda su gloria.
A ratos sobrevolaba por Flores donde, triste y supuestamente, descansaba su cuerpo. Pensaba “supuestamente” porque nunca se había enterado si caminaba y aleteaba sobre su ex físico, transformado y esculturado, o en otra entidad ajena a su carrocería terrenal. Ver su nombre en la lápida le producía una sensación peculiar, muy palpable, similar a sufrir la ausencia irreparable del mejor amigo o un hermano. Eso quizás le daba una señal de que ya era otra materia en el orden natural de lo indefinible. Pero más allá de todo esto, sentía impotencia. Imposibilidad al ver a aquellos que le dejaban ramales de rosas o girasoles, a veces margaritas de la abuela, cada plantita con su lágrima derramada, su llanto repentino que él tenía terminantemente prohibido cesar. Cuando se dio cuenta que, con el tiempo, esto se le iba convirtiendo en una costumbre un tanto masoquista, se arrancó una de sus plumas entrecanas, y la posó sobre la tumba. Miraba las letras de su nombre inscritas, sabiendo que no volvería a verlas, y cuando no pudo seguir aguantando la incesable presión de dejar que su mundo descubriese en lo que se había convertido, en su existencia beatifica, voló, y se fue.
Navegó mucho, aunque sin la noción tradicional del paso del tiempo que los hombres habían definido para sí. Durante el día permanecía oculto en bosques o llanuras salvajes, convirtiéndose (se nombró él) en un alado noctívago, navegante del plano nocturno. Comprobaba los puntos cardinales por las estrellas cuando la poca contaminación visual lo dejaba, y una noche supo, por el cielo y el relieve de las tierras, que se dirigía cada vez más y más hacia el sur. Pasó villas, puebluchos y cabañas hasta desviarse hacia las montañas, con sus manchas nevadas, siempre en dirección contraria al punto de sus anhelos, y ese vacío, aunque intentaba ignorarlo, no se disolvía en la belleza del panorama o en la totalidad de su libertad. Le causó extrañeza, falta de sentido: ¿no estaba muerto? ¿No tenía que estar tranquilo, en paz con los cosmos, los microcosmos y todo lo demás? ¿No era la muerte el fin?
Frustración fue lo que le siguió a estas cuestiones. Se desvió en extensos valles sin sacarse esta idea del nervio. Cuando vio en la lejanía que, por fin, cruzaría un cuerpo de agua, basó su rumbo en aquella dirección. Probablemente encontraría hosterías, puntos de referencia de civilización patagónica, aunque debía evitarlos a toda costa, aunque quisiera exhibirse, que fuera la demostración prohibida de una nueva anatomía.
No tardó en darse cuenta que, en la abertura que ofrecía la cordillera, una masa eucarística, enorme, impactante, se extendía hacia el lago como una alfombra, desembocando en forma de acantilado, del cual uno fácilmente podría cometer el último salto de su vida. Se sobrecogió en su cuerpo: había llegado, aparentemente perdido, al prodigio consagrado de la Naturaleza, codicioso de ser presenciado y a veces escalado y explorado. Aún siendo de noche, su níveo era intenso, al igual que los témpanos que se le habían desprendido en su vejez; sus marcas sedimentarias y picos apuntando hacia todos los nortes posibles eran de alabanza.
Aterrizó, minutos después, sobre uno de los miradores sobre las rocas frente al glaciar, y esperó. Oía el viento moviendo las olas de la gran laguna como en una canción, con cada detallito y patrón capaz de encontrar… y otra vez, la melancolía esa. El crepúsculo llegó pronto, y, en ese momento oculto en una de las hendiduras más cobaltas y recónditas del helero, plegó sus alas en torno a su torso, brazos y espalda, dejando sólo una rendija para ver cómo la luz iba entreviéndose entre el hielo y el plumaje mientras amanecía. Oyó a lo lejos pasos de escaladores y distintos dialectos. La espera le pareció interminable, con las voces que sólo a intervalos se iban alejando, para que llegasen otras nuevas y se repitiese el proceso y las expresiones de asombro de la mayoría. Cuando llegó la noche, salió de su cuevita, estrujándose. Buscó una ruta con la mirada mientras se deslizaba por el éter, y a su encuentro plantó toda su confianza en la empírea, y siguió el camino serpenteado con la vista.
Un par de autos y camiones pasaron durante el recorrido. Tardó más de hora y media en dar con las cabañas, casas y edificios agrupados que conformaban El Calafate, pero todavía era de madrugada y el poblado estaba meramente activo: alguna que otra luz encendida en el lobby de un hotel, en algún lugar hogareño; restaurantes y parrillas que echaban los humos de los desafortunados corderos o terneras de la noche.
Aterrizó en la bahía desierta, con las montañas estampadas a lo lejos, y esperó. Se miró un rato los pies desnudos. Había descubierto el embeleso de su vivir, tenía la posibilidad de lograr lo que los más insensatos podían alucinar, y aún así, notaba su interior insuficiente, desproporcionado, malogrado. Por momentos ya no quería ni saber de qué se trataba ese juego estelar en el que había caído, el porqué peregrinado casi religiosamente hasta un pueblo turístico lejos de su conocimiento y razón. Estaba ahí, cada molécula seráfica de su cuerpo se lo había sugerido. ¿Y ahora qué?
(continúa en post 2)
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Comentarios
Se preguntó, entonces, que pasaría si alguien lo viese de verdad, con el par de ojos físicos, ningún tercero espiritual. Porque todo lo que había concluido no eran más que teorías, meras suposiciones lógicas de los meses que llevaba subsistiendo de esa manera. Seguramente se asustarían, reportarían que existen fenómenos extraterrestres o pruebas de la divinidad de Cristo, le tomarían fotos, videos, de todo, y sería una polémica internacional por semanas, terminaría congelado en un museo, como había deseado anteriormente. Pero no se sentía nada de eso, no pensaba que fuese el escolta de los dioses, o un Hermes consagrado por alguien mayor. Más bien cayó en cuenta de su situación actual con mucho pesar: era un marginado, de una manera u otra, y estaba en el hilo más delgado que la muerte se podía separar de la vida. Y totalmente por su cuenta.
En un momento, fue tal su desolación que empezó a cavar en el suelo con sus propias manos, corriendo nieve y hielo que le impedían el paso. Tenía un plan, sabiendo que no iba a funcionar, claro estaba; aún así ya no le pertenecía el pensamiento racional que define a los humanos: un tipo de reflexión que ya había empezado a considerar obsoleto hasta descartarlo completamente de su repertorio meditativo. Si fallecido descansaba en una tumba, quizás enterrándose otra vez podría volver a morir; o simplemente podía dejar de escuchar los ruidos y sentir los pálpitos de su sufrir, ahogándolos con la presión del barro-hielo sobre su tórax y sus tristes alas de redentor.
No llegó a hacer el hoyo lo suficientemente grande, pero aún así se recostó dentro, dándole la cara al cielo. En un punto, los sollozos se le salieron del cuerpo en convulsiones dolorosas, a viva voz, casi gritando de la agonía de recordar que ya no era más que ectoplasma sólida de su anterioridad. Una sombra, unos restos, como haber perdido la inocencia sin el consentimiento de uno, haber crecido a la fuerza… incapaz de aceptarlo. En el recuerdo de su tumba decente allá en la capital, ya no le daba la fuerza moral para tirarse la tierra encima y humillarse como un animal herido, buscando la sombra perfecta en el desierto para poder desistir. Dejó de intentar desaparecerse, o pensar que lo hacía, dejó de creerse una miseria terrestre: cerró los ojos hinchados para sumirse en un sueño irreal, poderoso. Sin saber si exageraba sus sentimientos o no (por eso sabiendo que su alma seguía perteneciendo al mundo mortal en el que había muerto, sabiendo que no podía lidiar con la mundología en la que le tocó estar), creyó dormirse, de a poco.
(…)
La temperatura lo apuñaló en cada poro de su ser, algo que lo sobrecogió en un principio, pero siendo verdadero indicio de que la misión era real, la mejor y más ilógica explicación. Vio el otro cuerpo ya hundiéndose a medio camino, flotando en lo nulo fantasmalmente; las últimas burbujas le brotaban de la boca y la nariz, y a la vez que el otro moría, él se mortalizaba aún más. La fuerza se le drenaba, y otra vez estaba en esa camilla gris y empobrecida, con la sangre rehusándose a dar más oxígeno de lo que podía; y ahora el agua abarrotándole la garganta. Vociferó sin ser oído, agitando todo su cuerpo en el rescate. Alcanzó su mano cadavérica, la estrujó y dio un giro para ir a la superficie; pero el peso del cuerpo agregado le era un problema, y los alerones, ahora extendidos como patas de rana, ya no hacían su secuela salvadora. Burbujas surgían de sus pulmones sin demora.
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En general el texto es muy bueno, me da gusto haberlo encontrado por acá.
¡Saludos!