¡Saludos!, Dragón.
Comparto en gran medida lo vertido en tus reflexiones y más que nada tus preguntas.
Siguiendo el símil marinero, podríamos suponer que cuando un barco de pasajeros navega a la deriva -o quizá hacia el naufragio-, cabe responsabilizar de ello a la tripulación y no al pasaje. Sin embargo ‘los oficiales’ al mando parecen empeñados en presentar como responsables de esta travesía a quienes sufren las consecuencias del mal rumbo. En esa actitud, los que gobiernan el navío atribuyen todos los males al personal encargado del botiquín –sector sanitario-, a quienes forman y preparan a los viajeros para el viaje –enseñanza pública- y a la tripulación de máquinas –funcionarios–. Además, demonizando a unos y a otros con argumentos peregrinos, van dejando tirados en los muelles a quienes realizan los servicios básicos de a bordo. "¡Que se jodan!", se atreven a decir quienes no se privan de privilegios y prebendas, en el puente de mando. Este es un barco sin rumbo en el que el comandante y los oficiales exigen penosos sacrificios a los pasajeros, condenan al pasaje al vivir hacinado de las bodegas, mientras ellos se procuran la mejor vida y salvavidas de lujo, por si acaso.
Dejando las comparaciones aparte, quizá podríamos hallar alguna respuesta a tantos ‘por qué’ en la enorme lacra que para los ciudadanos –para el Estado- suponen los políticos. No por mil veces dicho y escuchado ese hecho deja de ser cierto. Echando un vistazo a las cifras de personajes públicos que medran y nos gobiernan en relación con la población gobernada –y jodida por ellos mismos–, descubrimos unas cifras escandalosas. Y en tanto esos personajes exigen sacrificios a los gobernados, ellos conservan todos sus privilegios. Quizá esa realidad "jode" en mayor medida que cualquier otro sacrificio.
Un texto que circula por la Red (se reproduce tal cual), arroja en relación con el año 2011, los datos siguientes:
Resulta que tenemos
445.568 políticos
19.854 bomberos
154.000 policías
165.967 médicos
Tenemos más políticos que médicos, policías y bomberos... ¡juntos![FONT="]
[/FONT]Además, en cuanto a remuneración, conviene considerar lo siguiente:
Maestro: 1.400 euros/mes por prepararte para la vida.[FONT="]
[/FONT]Bombero: 1.800/mes euros por salvar tu vida.[FONT="]
[/FONT]Médico: 2.200/mes euros por mantenerte con vida.[FONT="]
[/FONT]Diputado: 30.000 euros por joderte la vida. Y esos 30.000 son vitalicios.
El 99,5% de los ciudadanos que contribuyen al sostenimiento del Estado, sufren “recortes” en sus sueldos y en los servicios básicos que deberían recibir, mientras el 0,5% restante conserva sus prebendas. Este 0’5 % corresponde a los personajes que detentan cargos públicos. Y resulta que tenemos más políticos viviendo de los presupuestos que ningún país de Europa: EL DOBLE que el segundo país con más políticos de Europa (Italia) y 300.000 políticos más que Alemania, cuya población es el doble que la de España. Además, Alemania está mucho más descentralizada que España. Alemania cuenta con 6 niveles administrativos (Estado - Länder - Regiones Administrativas - Distritos - Mancomunidades - Municipios) y España sólo con 4 (Estado- Comunidad Autónoma - Provincia - Municipio).
Ante este estado de cosas cabría considerar que mientras para acceder a la Función Pública se exigen estudios, cualificación profesional, oposiciones… cualquiera puede acceder sin la menor formación a un cargo político de cierta relevancia –concejal, alcalde, consejero, parlamentario…–. Y a la vista queda la competencia de infinidad de peronajes para desempeñar las tareas que corresponden a sus cargos. ¿En esta tesitura qué otra cosa cabría esperar de quienes nos gobiernan? Quizá por esta entre otras razones, la política se ha convertido en una golosina para los mediocres, en una fuente de frustración para quienes han votado sus candidaturas, en un paraíso para quienes las han promovido y en una pesadilla para quienes sufren sus consecuencias. Y así nos va.
Una persona sensata debería imponerse cierto límite a su capacidad para prestar atención a los asuntos que le son ajenos. Quien aspira a conservar su autoestima y la consideración de otros, quizá debería trazar una frontera que suponga el hasta aquí de la propia generosidad en asuntos de tiempo. La magnanimidad en este aspecto debería acabar allí donde empieza la desconsideración del otro.
Si un bien que se prodiga en exceso tiende a ser infravalorado, una persona pródiga en atención con los demás, podría ser tratada por estos con indiferencia y hasta con cierto menosprecio. A menudo el que se beneficia de la paciencia –o largueza en atención– de un amigo, no da muestras de una razonable gratitud ni de consideración siquiera hacia ese amigo. ¿Quién no ha oído decir o quién no ha pensado alguna vez: «Fulano es tan bueno que parece bobo»? Algunos confunden el altruismo con mera imbecilidad; otros ni siquiera reparan en la renuncia que se desprende de un espíritu generoso. Si en un mundo sin cordura un cuerdo parecería loco, en el universo egoísta quién se desprende de parte de su vida sin beneficio aparente podría ser considerado incauto, memo, pardillo..., cualquier cosa menos buena persona o persona inteligente.
Dejando aparte aspectos de convicción personal y otros matices..., abordando la cuestión desde un punto de vista meramente pragmático, a la persona desprendida en tiempo le convendría dosificar sus muestras de generosidad, sin caer en la cicatería de quienes le corresponden con indiferencia. Ya es paciente y generoso quién escucha, lee mensajes, atiende... hasta más allá de donde el otro empieza a dar muestras de sordera, desconsideración o ausencia. Hasta el ser más espléndido espera recibir al menos cierta gratitud –que no es poco– de aquel a quien le dedica sus minutos, sus horas..., al fin y al cabo parte de su existencia.
«Hasta para recibir de buen grado hay que ser generoso», se podría afirmar, aun a riesgo de parecer cínico. ¿O no es desprendido quién acepta una invitación para asistir a una reunión sin interés, el que acepta un regalo de mal gusto, quién recibe un halago desafortunado con una sonrisa...? Abundando en lo mismo, hasta podríamos considerar generoso al que recibe un insulto sin descomponer el gesto.
En este mundo sin tiempo para compartir, en esta sociedad devoradora de tiempos, quizá convendría rebajar un tanto las muestras de prodigalidad en minutos... y reforzar cierto egoísmo –bien entendido– a la hora del desprendimiento. De este modo contaríamos con algo más de vida propia para ofrecer a quienes nos importan y para corresponder a quienes se muestran generosos.
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Comparto en gran medida lo vertido en tus reflexiones y más que nada tus preguntas.
Siguiendo el símil marinero, podríamos suponer que cuando un barco de pasajeros navega a la deriva -o quizá hacia el naufragio-, cabe responsabilizar de ello a la tripulación y no al pasaje. Sin embargo ‘los oficiales’ al mando parecen empeñados en presentar como responsables de esta travesía a quienes sufren las consecuencias del mal rumbo. En esa actitud, los que gobiernan el navío atribuyen todos los males al personal encargado del botiquín –sector sanitario-, a quienes forman y preparan a los viajeros para el viaje –enseñanza pública- y a la tripulación de máquinas –funcionarios–. Además, demonizando a unos y a otros con argumentos peregrinos, van dejando tirados en los muelles a quienes realizan los servicios básicos de a bordo. "¡Que se jodan!", se atreven a decir quienes no se privan de privilegios y prebendas, en el puente de mando. Este es un barco sin rumbo en el que el comandante y los oficiales exigen penosos sacrificios a los pasajeros, condenan al pasaje al vivir hacinado de las bodegas, mientras ellos se procuran la mejor vida y salvavidas de lujo, por si acaso.
Dejando las comparaciones aparte, quizá podríamos hallar alguna respuesta a tantos ‘por qué’ en la enorme lacra que para los ciudadanos –para el Estado- suponen los políticos. No por mil veces dicho y escuchado ese hecho deja de ser cierto. Echando un vistazo a las cifras de personajes públicos que medran y nos gobiernan en relación con la población gobernada –y jodida por ellos mismos–, descubrimos unas cifras escandalosas. Y en tanto esos personajes exigen sacrificios a los gobernados, ellos conservan todos sus privilegios. Quizá esa realidad "jode" en mayor medida que cualquier otro sacrificio.
Un texto que circula por la Red (se reproduce tal cual), arroja en relación con el año 2011, los datos siguientes:
[/FONT]Además, en cuanto a remuneración, conviene considerar lo siguiente:
[/FONT]Bombero: 1.800/mes euros por salvar tu vida.[FONT="]
[/FONT]Médico: 2.200/mes euros por mantenerte con vida.[FONT="]
[/FONT]Diputado: 30.000 euros por joderte la vida. Y esos 30.000 son vitalicios.
Ante este estado de cosas cabría considerar que mientras para acceder a la Función Pública se exigen estudios, cualificación profesional, oposiciones… cualquiera puede acceder sin la menor formación a un cargo político de cierta relevancia –concejal, alcalde, consejero, parlamentario…–. Y a la vista queda la competencia de infinidad de peronajes para desempeñar las tareas que corresponden a sus cargos. ¿En esta tesitura qué otra cosa cabría esperar de quienes nos gobiernan? Quizá por esta entre otras razones, la política se ha convertido en una golosina para los mediocres, en una fuente de frustración para quienes han votado sus candidaturas, en un paraíso para quienes las han promovido y en una pesadilla para quienes sufren sus consecuencias.
Y así nos va.
Si un bien que se prodiga en exceso tiende a ser infravalorado, una persona pródiga en atención con los demás, podría ser tratada por estos con indiferencia y hasta con cierto menosprecio. A menudo el que se beneficia de la paciencia –o largueza en atención– de un amigo, no da muestras de una razonable gratitud ni de consideración siquiera hacia ese amigo. ¿Quién no ha oído decir o quién no ha pensado alguna vez: «Fulano es tan bueno que parece bobo»? Algunos confunden el altruismo con mera imbecilidad; otros ni siquiera reparan en la renuncia que se desprende de un espíritu generoso. Si en un mundo sin cordura un cuerdo parecería loco, en el universo egoísta quién se desprende de parte de su vida sin beneficio aparente podría ser considerado incauto, memo, pardillo..., cualquier cosa menos buena persona o persona inteligente.
Dejando aparte aspectos de convicción personal y otros matices..., abordando la cuestión desde un punto de vista meramente pragmático, a la persona desprendida en tiempo le convendría dosificar sus muestras de generosidad, sin caer en la cicatería de quienes le corresponden con indiferencia. Ya es paciente y generoso quién escucha, lee mensajes, atiende... hasta más allá de donde el otro empieza a dar muestras de sordera, desconsideración o ausencia. Hasta el ser más espléndido espera recibir al menos cierta gratitud –que no es poco– de aquel a quien le dedica sus minutos, sus horas..., al fin y al cabo parte de su existencia.
«Hasta para recibir de buen grado hay que ser generoso», se podría afirmar, aun a riesgo de parecer cínico. ¿O no es desprendido quién acepta una invitación para asistir a una reunión sin interés, el que acepta un regalo de mal gusto, quién recibe un halago desafortunado con una sonrisa...? Abundando en lo mismo, hasta podríamos considerar generoso al que recibe un insulto sin descomponer el gesto.
En este mundo sin tiempo para compartir, en esta sociedad devoradora de tiempos, quizá convendría rebajar un tanto las muestras de prodigalidad en minutos... y reforzar cierto egoísmo –bien entendido– a la hora del desprendimiento. De este modo contaríamos con algo más de vida propia para ofrecer a quienes nos importan y para corresponder a quienes se muestran generosos.