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Diario de una mujer cansada (capítulos 2)

eucarrineucarrin Anónimo s.XI
editado junio 2012 en Narrativa
Puertollano, viernes 11 de marzo de 2011

Hoy los pasajeros del tren parecían mirar algo invisible en el aire y tan silenciosos como si estuvieran en un avión a punto de despegar. Hoy también partió medio vacío. Julio avanzó por el pasillo con un portafolios bajo el brazo y se le cayó cerca de mi asiento. Volví la cara hacia la ventanilla para evitar saludarle pero él me dio unas palmadas en el hombro. Me preguntó que si en la tarjeta del otro día iba un eslogan para un publicitario de ibéricos. Le dije que no me había fijado. “Es que no tenía otro papel a mano y lo escribí en la tarjeta, sería muy burdo que lo hubiese escrito para ti, ¿no crees?”, y asentí mientras se sentaba.
Discutimos sobre las cámaras de seguridad y me contó una historia increíble sobre un antiguo compañero del colegio, cuyo abuelo fue general de la Segunda Bis franquista y tenía una cámara por la que observaba cualquier rincón del país desde el cielo. Era tan secreta que a la muerte del dictador nadie la retiró de su piso en la Castellana y cuando también falleció el abuelo, su amigo la heredó con el piso. Una tarde, a través de la cámara, descubrió a una chica que se estaba bañando en un río y desde entonces, se dedicaba a observarla. Años después se matriculó en el colegio del novio de la chica y organizó fiestas para que ella acudiese, aunque a pesar de sus esfuerzos, ella nunca se fijó en él. Le aconsejé que podía escribir una novela como la de “Harry Potter y la cámara secreta”. “Es que hay historias reales que si se pusieran por escrito nadie las creería”, me aseguró.
Ayer le comenté a Nacho que me gustaría tener otro hijo. “Tienes a María. A tu edad, no sé cómo piensas en eso”, y se puso a chatear en internet. Debería ser feliz, tengo una hija maravillosa y un buen marido, pero no sé qué me pasa que no me siento satisfecha.
De niña iba con mi familia a río Grande. Empezaba por mojarme los pies y al final me metía hasta la barbilla recogiéndome el pelo para que nadie notase que me había bañado. Entonces, los padres no temían tanto por sus hijos, ni habían cámaras que vigilasen las calles ni las estaciones de trenes. Si Julio tuviera hijos comprendería que me gusten las calles “infestadas de cámaras” si es necesario para que los trenes lleguen a su destino.

Puertollano, viernes 18 de marzo de 2011

Hoy, el tren se detuvo media hora porque el viento había derribado un poste. Me senté en la cafetería cerca de unos chicos que iban cargados de macutos y vi entrar a Julio hablando por el móvil. Levanté la mano y sin mirarme, se fue a la barra. Después, me sorprendió escuchar detrás de mí: “Pensaba que hoy no venías”. Le respondí que había pensado lo mismo de él y que si nunca viajaba en coche. “Mientras vayan en el tren mujeres como la morena que llevo al lado, no. Es una gran lectora, se quedó en su asiento leyendo el periódico. Es que tiene unos ojos que son para perderse con ella en Canaima”, dijo abriendo más los suyos.
De niño sobrevoló esa selva varias veces. “Es que mi padre era...” dijo sin acabar la frase. El tren reinició la marcha, y él añadió mirando por la ventana. “Ya se mueve, me voy con mi morena.”
Volvimos a nuestro sitio y Julio se sentó junto a un anciano que estaba leyendo el periódico. Parece que le encantan las bromas.
¿Qué sería su padre? ¿Piloto?

Puertollano, viernes 25 de marzo de 2011

Hoy en el tren, me senté con una mujer enorme que se llama Esperanza. Cuando conoció a su marido, él estaba casado, pero pronto se dieron cuenta que no podían vivir el uno sin el otro. Después fui a la cafetería y Julio se sentó en mi mesa. Sus piernas sobresalían por el otro lado del tablero y le pregunté si no era incómodo ser tan alto. “Pues en el colegio me llamaban canijo, que en Madrid significa bajo, aunque a los dieciséis años di el estirón y crecí la estatura que tengo ahora.” Le confesé que yo siempre tuve complejo de fea por la nariz. “Ah, ¿sí? Es aguileña, pero guarda armonía con los rasgos de la cara”.
Entre sorbo y sorbo de café, me miraba muy fijo, y yo tampoco podía dejar de mirarle.

Puertollano, martes 29 de marzo de 2011

Esta mañana, Nacho buscaba por los cajones dinero para el periódico y miró en mi monedero. Entró en la cocina con la tarjeta de Julio en la mano y dijo en voz alta: “de Ángel Paz, publicista. En el colegio tuve un compañero que tenía los mismos apellidos”. Le dije que era el hombre que encontró mi neceser. “Tú le gustabas y le viste varias veces”, comentó mientras le dio la vuelta a la tarjeta. Se subió las gafas y fijó la vista encogiendo los ojos como si no entendiera la letra. “¿Y qué quiere, comerte?” El azúcar del café lo derramé en el cenicero. Le expliqué que solo era un eslogan. Me miró por encima de las gafas un poco bizco y me preguntó que si me gustaría tener una aventura. Le contesté que si me enamoraba de otro sería el primero en saberlo y lanzó la tarjeta sobre el mantel.
La mañana que me anunció que nos casábamos también eché el azúcar en el cenicero.

Puertollano, viernes 1 de abril de 2011

Esta tarde en el tren, Julio dibujaba con un carboncillo en un cuaderno. Fui a saludarle y me preguntó que si me importaba que me hiciera una caricatura. Le dije que a Nacho no le gustaría. “Lo que pasa es que eres una pringada y no te atreves”. “Pero, a mí, sí”, susurré mientras me sentaba. “¿Todo se lo cuentas a Nacho? ¿Es tu esposo, no?” Asentí y le dije su nombre con los apellidos. “Ah, ¿sí? ¿Iturbe Goicoechea? ¿Qué es, vasco?”
Le conté lo que pasó con su tarjeta y que él creía conocerle del “Montfort”. Hizo unos trazos en el papel: “Debe tratarse de alguno de mis once primos; nuestros padres eran hermanos y se casaron con dos hermanas, así que tenemos los mismos apellidos”.
Pegó los hombros a la ventana y me miró de frente. “¿No has tenido nunca una noche de amor desenfrenado?”, me dijo con naturalidad. Hice como si no le hubiera escuchado y me concentré en el respaldo del asiento que tenía delante. Después dibujó en silencio. A veces, con una media sonrisa se detenía como si analizara mis rasgos. Justo antes de enseñarme la caricatura me comentó: “En Puertollano hay un museo en el que exponen obras de un amigo mío. ¿Quieres que quedemos para ir a verlo?” Mi zapato taconeó al ritmo de mis latidos acelerados y negué con la cabeza pues no me salía la voz.
En la caricatura apenas se nota el caballete de la nariz y debajo me escribió esta dedicatoria: “Para mi amiga Mónica, de un compañero de viaje”. Será mejor que la guarde en un cajón. Mañana vendrá Nacho y no le hará ninguna gracia verla.

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