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Mientras llega maÑana 28

NefertitiNefertiti Fernando de Rojas s.XV
editado mayo 2012 en Narrativa
Faltaba sólo una semana para terminar mi tratamiento, al menos la primera parte; y estaba animada porque las molestias habían sido menos que las que yo esperaba. Diego me había pintado un cuadro dramático y poco halagüeño, y quizá en comparación, lo que había sufrido no me había parecido tan terrible. Una mañana de principios del mes de abril, cuando ya la primavera había hecho acto de presencia y los árboles revivían de nuevo, llamaron a Daniel por teléfono de su editorial. Habló durante bastante tiempo, y yo me marché a la cocina, a preparar la comida, pero también para no molestarle. Habíamos entrado en una agradable rutina, y aunque sabía que a mi me tocaba mover ficha, me aprovechaba un poco, aunque no me gustase reconocerlo, de la paciencia de Daniel, y continuaba sin tomar ninguna decisión en concreto. Pero era consciente de que no podía seguir así mucho tiempo, ni tenía derecho a darle largas eternamente.
Cuando entró en la cocina traía cara de preocupación y temí que le hubiesen dado malas noticias.
-¿Hay algún problema?-le pregunté. Traes una cara de funeral…
-Tendría que ir a Barcelona dentro de dos días-me contestó, sentándose a mi lado.
-Bueno, ¿y qué? ¿Cuál es la tragedia?
-No puedo dejarte sola, porque precisamente el jueves tienes la última sesión.
-Vaya, me habías asustado, pensé que era otra cosa. Claro que puedo quedarme sola, sin ningún problema. Además, hay algo que quería comentarte desde ayer, pero me daba un poco de apuro. Mi cuñada me llamó hace unos días, porque ella y mi suegro quieren venir a verme; y todavía no les había contestado, porque antes quería hablarlo contigo, por si tú prefieres que se vayan a un hotel.
Se encogió de hombros.
-A mi no me corresponde decidir, es tu casa.
-Y la tuya; la compartimos.
-En todo caso, ¿les has hablado de mi? ¿Saben que existo?
-Saben que tengo un inquilino, nada más.
-¿Y qué vas a hacer? ¿Piensas esconderme, fingir que sólo somos compañeros de piso? ¿Cómo me vas a presentar?
Me entretuve doblando varias veces las servilletas que estaban encima de la mesa. Tenía razón; ese era el principal problema; decidir que les diría. No estaba obligada a darles explicaciones, pero tampoco quería engañarles, porque no había hecho nada malo. Ya tenía incluso el divorcio, así que era una mujer libre; no estaba obligada a rendir cuentas.
-¿Cómo quieres tú que te presente?
-Quiero simplemente que digas la verdad, lo que tú sientas que soy para ti. Igual así me entero yo también, porque no me lo has dicho.
-Ya lo sabes-le rebatí. Hay cosas que es mejor demostrar, no es necesario decirlas.
-Pues eso depende, Nefertiti. Porque cuando hablamos de este tema la primera vez, creo recordar que tenías muchos inconvenientes: ser cinco años mayor que yo, estar enferma, en proceso de divorcio.
Me puse a pelar patatas para tener algo en las manos, y sobre todo para apartar la mirada de sus ojos, cada vez más inquisitivos.
-Daniel, yo te quiero, mucho, como no quise nunca a nadie. Pero mi situación no es fácil, aunque ahora empiezo a ver la luz al final del túnel. Ya estoy divorciada, en vías de curarme y tengo que hablar con Diego para hacer la reconstrucción lo antes posible.
Se echó a reír, aunque creí detectar algo de amargura en el fondo.
-Entiendo que hasta que tengas de nuevo dos pechos y te sientas segura…
-No te burles-le amenacé-porque no tiene gracia.
-No, ninguna gracia, o al menos yo no se la encuentro. ¿Crees que para mi ha sido fácil sacarme la barba, que era mi escudo ante el mundo? La gente, cuando te mira, no sabe si te falta o no un pecho, pero cuando me miran a mi, pueden ver inmediatamente todas mis cicatrices, y no es una visión agradable. Pero no me importa, porque lo hice por ti. Y tú no eres capaz de vencer tus miedos, de permitir que yo, sólo yo, te vea sin un pecho. ¿Crees que lo único que me importa de ti es que tengas dos pechos? Hay millones de mujeres ahí fuera que los tienen. Pero yo te quiero a ti, así, tal y como eres. Así que tú verás como quieres presentarme a tu familia, si es que quieres hacerlo.
Era la primera vez que me alzaba que la voz, que se quejaba de la situación que yo le había impuesto. Y tenía toda la razón del mundo; mi propio dolor y mis miedos me habían vuelto egoísta. Se había vuelto a sentar, y me coloqué detrás de su silla, le abracé, acercando mi cara a su cabeza.
-No tengo nada que contestar a todo lo que has dicho, es verdad. Si tú quieres te presentaré como lo que eres: el hombre con quien quiero pasar el resto de mi vida. Pero no me pidas que diga la palabra novio, porque me resulta ridícula; mi hija está en edad de tener novio, yo no.
-Las palabras no me importan, mientras que no digas que somos amigos, porque eso no lo soportaría.
-Vale. Aclarado. Esta noche haré una cena especial, hay muchas cosas que celebrar. Y también te pediré algo.
-¿El qué? Sea lo que sea, también puedes pedirlo ahora, ¿no?
-No, será esta noche.
Daniel estuvo escribiendo al menos tres horas, encerrado en el salón, y luego me dijo que tenía que salir para comprar unas cosas que necesitaba llevar en el viaje. Su ausencia me vino muy bien; me dejó campo libre para preparar la cena primero, y luego la mesa. No quería algo demasiado elaborado, sino las cosas que a él más le gustaban. Por eso hice una sopa de almendra, canapés de salmón y una ensalada de marisco. De postre, sorbete de limón. Y vino, un buen Albariño. Recordé que en alguna parte tenía un bonito mantel rojo, con cubremanteles a juego; pero la verdad es que buscarlo me llevó más tiempo del que había pensado. Afortunadamente en el jardín ya había algunas flores, y pude hacer un centro pequeño, pero vistoso. Mi casa está toda pintada de amarillo, porque Galicia es un sitio demasiado oscuro en invierno, y así es como si trasladara al interior un trozo de sol. La mesa cubierta con el mantel rojo oscuro hacía un bonito contraste con las paredes, tan luminosas. Saqué la mejor vajilla, esa que solo se usa en las ocasiones especiales; y esta era la ocasión más especial de mi vida, o eso esperaba. Ya solo me quedaba encender la chimenea; y esto iba a ser lo más difícil; porque yo no tenía demasiada experiencia encendiendo fuego; siempre era Daniel el que lo hacía. Afortunadamente el cesto de leña estaba lleno, él lo había acarreado aquella mañana. Me agaché para encender la piña que dejaba luego un aroma delicioso en toda la casa, pero tuve que intentarlo cuatro veces. Parecía muy sencillo, pero no lo era en absoluto, o al menos para mí. Con mucho esfuerzo, varios intentos y bastantes maldiciones por mi parte, al final conseguí que ardiese un hermoso fuego. Ahora todo consistía en alimentarlo; pero ese no era problema; había leña en abundancia. Me coloqué en la puerta, para ver el salón a cierta distancia; y decidí que había quedado muy bien. Sólo faltaba que Daniel no se diese ni cuenta, pues cuando estaba preocupado con algo, como en esta ocasión el viaje, era bastante despistado.
Todo estaba a punto, menos yo. Tenía que ducharme y vestirme con algo apropiado. Pero, ¿qué me podía poner? Como siempre, estaba el ligero problema de que me faltaba un pecho, y había poca ropa que lo disimulase bien. No podía aparecer con uno de los jerseys enormes que llevaba todos los días; eran cómodos, pero de ninguna manera adecuados para este momento. Después de pensar mucho y de casi darme por vencida, me acordé del regalo de Elia para Navidad. Me había comprado una especie de lujoso kimono de seda dorada con ribetes negros en las mangas y en el cuello. Era precioso, y se lo agradecí mucho, pero cuando me lo dio pensé que nunca encontraría la ocasión de ponerlo, porque era demasiado…fastuoso, por decirlo de algún modo. Ahora era el momento, porque además tenía unas chinelas doradas a juego, de tacón alto. Un turbante dorado en la cabeza y cerrado con un broche de azabache me acababa de dar el aspecto de una especie de Mata Hari a la deriva. Me maquillé con mucho cuidado y me perfumé, pero solo lo justo; detrás de las orejas y en las muñecas. No hay nada peor que demasiado perfume.
Acababa de sentarme en el sofá al lado de la chimenea, en una pose que esperaba pareciese atractiva y natural, cuando entró Daniel. Se quedó literalmente sin habla; y me miraba a mí, a la mesa, a mi de nuevo. Entrelacé las manos para que él no se diese cuenta de cómo me temblaban.
-¿Qué es esto?-me preguntó, sin pasar de la puerta.
-La mesa puesta para cenar. Cualquiera diría que no te doy nunca de comer.
-Así, no, desde luego. ¿Celebramos algo que yo no sepa?
-Que estamos vivos, ¿te parece poco?-le dije. Me había acercado a él, y le besé suavemente en los labios.
Me miró de arriba abajo. Decir que estaba sorprendido es poco, se había quedado literalmente sin habla.
-Has encendido tú el fuego-me dijo. Noté que estaba nervioso también, como yo. Los dos sabíamos perfectamente lo que estaba pasando, pero creo que sin decir nada, habíamos decidido ir despacio, con calma.
-Si, me costó, pero fui capaz. ¿Nos sentamos a cenar? Puedes ayudarme a traer las cosas de la cocina.
Había puesto música antes de que él llegara y tuve la precaución de dejar solo encendidas las dos lámparas de sobremesa, con lo cual la luz era tenue. La comida estaba en su punto, pero ninguno de los dos comió demasiado. Sabía que él no tomaría la iniciativa; me lo había dejado claro, nunca forzaría las cosas. Pero para mi no era nada fácil dar el primer paso. Nunca lo había hecho, y con casi medio siglo y todos mis otros inconvenientes, no sabía muy bien cómo enfrentar la situación. Pero tenía que hacerlo; por él, y también por mí.
-Daniel-le dije, tocándole ligeramente la mano. Tengo que pedirte algo.

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado marzo 2012
    Ah, pero el suspenso, al menos valdrá la pena, por lo que se percibe;):p:). la Helenita se tirará al ruedo:p:)
  • NefertitiNefertiti Fernando de Rojas s.XV
    editado marzo 2012
    ¿Tú crees? Eso espero, porque a mi me tiene en un sin vivir esta desgraciada
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado marzo 2012
    jajajaja, pues si no es esta vez, no sé cuando será, ya le está dando muchas vueltas a la cosa, ni porque tuviéramos todo el tiempo del mundo;):p:)
  • NefertitiNefertiti Fernando de Rojas s.XV
    editado marzo 2012
    Es muy burguesa la Elenita. Nos ha salido así, ¿qué le podemos hacer?
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado marzo 2012
    Pues ni modo de ir a ayudarle, tocará tenerle paciencia o darle un empujón, jum si será lenteja:p:)
  • NefertitiNefertiti Fernando de Rojas s.XV
    editado marzo 2012
    Yo no la empujo porque si lo hago es para quedarme con Daniel. Mejor me estoy quieta, que estoy más guapa
  • Necrokimy_VonmortemNecrokimy_Vonmortem Garcilaso de la Vega XVI
    editado mayo 2012
    Nefer! Cuanto suspenso, he de decirte que me sorprende el cambio de Elena, y la gran verdad que le dijo Daniel. Como ves, intento ponerme al dia con las partes que aun no he leido de la historia :D

    Un abrazo!
  • NefertitiNefertiti Fernando de Rojas s.XV
    editado mayo 2012
    Vaya, vaya, que cambio de look más grande amigo. Un beso
  • Necrokimy_VonmortemNecrokimy_Vonmortem Garcilaso de la Vega XVI
    editado mayo 2012
    Pues si, ultimamente estoy menos Necro y mas Humano que de costumbre, pero bueno, que hay que cambiar los habitos a veces para no caer en la rutina no? :D Otro beso para ti, y para nuestra Elena.
  • NefertitiNefertiti Fernando de Rojas s.XV
    editado mayo 2012
    El mío lo tomo agradecida y se que a nuestra Elena le encantará también que te acuerdes de ella.
  • TequendamaTequendama Pedro Abad s.XII
    editado mayo 2012
    Hace poco he entrado al foro, recién te descubro. Me intereso la historia. Voy a ponerme a tono con los anteriores capítulos.

    Me gusta como escribes, narras muy bien, son diálogos naturales, cosa que no siempre se consigue. Te sigo.

    tequendama
  • NefertitiNefertiti Fernando de Rojas s.XV
    editado mayo 2012
    Vaya, pues no se qué decir, salvo que muchas gracias y es un honor para mi que te guste la historia de Elena. Espero no defraudarte. Saludos cordiales
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