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Naturaleza Cíclica - Nuevo Comienzo (cap. 1)

GuardareGuardare Pedro Abad s.XII
editado abril 2012 en Fantástica
bueno, soy nuevo en este foro y también en la escritura. Por tal quisiera que me aconsejaran y criticaran este primer capítulo de mi historia.

De ante mano gracias.

NATURALEZA CÍCLICA
libro uno
nuevo comienzo

Capitulo 1
La huida


<<Caminaban, siempre lo hacían; huyendo de lo que el destino les tenía planeado desde tiempos inmemorables, escapando de un pasado marcado por el futuro; viviendo un presente que imponía el gran final de una de las mas grandes obras: el sabio, el constructor, el dador de vida, el implacable, el autodefinido señor del mundo; el humano. Hacía ya mucho tiempo desde el inicio del gran holocausto, las memorias se habían perdido con el paso de siglos y generaciones, los años de grandeza fueron forzados a desaparecer dejando solamente el orgullo de haber pertenecido a la más grande especie que desde siempre había habitado el planeta; o bien, eso era lo que creían>>.

Estos eran los pensamientos de aquella bestia enorme mientras observaba desde lo alto del cañón; era una vista magnifica que desenvolvía un interminable horizonte de destrucción; se contemplaban gigantescos y esqueléticos árboles distribuidos desordenadamente dentro de la enorme grieta, vestigios de construcciones hechas por los hombres hacía más de tres milenios ya, todo empapado con unos rayos ardientes de un potente e inalcanzable sol. Pero tenía algo de especial, aún y cuando claramente no era un edén, ciertos lugares estaba cubiertos de vegetación. Unos pequeños arbustos por aquí, otros tantos árboles por haya y si aguardabas al instante preciso, un animal salvaje podría dejarse ver.

—Su fin esta cerca pero, ¿por qué no lo aceptan? —seguía mirando atentamente el cansado trote de los seres más orgullosos que podrían haber pisado la faz de la tierra. Era un pequeño grupo, no mas de cinco, alcanzaba a ver, vestidos con pieles de animales y unos cuantos accesorios de tiempos ya muertos. Arrastraban una carreta pequeña hecha completamente de madera donde cargaban todo lo que con ellos llevaban. Les seguía el paso con ojos atentos, lo cual le resultaba desesperante, pues era tan lento que desde esa altura semejaba como si no avanzaran en absoluto. De súbito algo captó su atención, un olor conocido, desagradable, en algunos momentos hasta asfixiante; entonces olvidándose de los pequeños caminantes, y un tanto enfurecido, se escurrió entre las enormes piedras ocultándose a la vista.

—¡Levantate! —gritó un joven hombre con voz potente, mientras tiraba del Uspac, (carro donde llevaban provisiones y demás objetos personales)—, debemos seguir caminando —en el momento de decirlo desvió la mirada hacia lo alto del enorme barranco, desconfiando de lo que sobre el podría estar.
—Estoy muy cansada Licon, no puedo más —respondió Segra en tono cansado, trataba de ponerse de pie implementando todas las fuerzas que le quedaban, y soportando la mirada enfurecida de su acusador.

Ella no era lo que podríamos decir una mujer fuerte, pues con su corta edad aunada a su falta de experiencia no podría ser considerada de tal manera, más bien diríamos que era alegre y entusiasta, bella por sobre todas las cosas y con un carisma capaz de enamorar a cualquiera que con su camino tropezase; por supuesto en aquellas circunstancias no era algo que se apreciara a simple vista; un pelo rojizo largo y enmarañado, una figura esbelta perdida bajo un vestido desgarrado y empolvado, unos ojos azules como el cielo que reflejaban una mirada cansada y deformada la cual ha aguantado más de lo que debería. Él por otra parte era un joven de complexión fuerte, aparentando haber vivido más de los veinte años que en él pesaban, una sonrisa descriptiva propia de la gente positiva, escasa entre los hombres de aquella época, cabello negro, largo y liso que bajaba hasta la mitad de la espalda y un sencillo atuendo hecho de viejas pieles, que no restaba entereza a su dominante personalidad.

En un afán por corregir su infundamentada reacción, se acercó a ella tendiéndole la mano, —perdón, es este maldito calor que hace que pierda la cordura —confesaba en tono cálido; Segra forzándose a esbozar una sonrisa tomó su mano y se puso de pie reanudando la marcha. Ella sabía la temperatura no era una excusa para que Licon se comportara de esa manera, sino que la pérdida de muchos amigos y familiares hacían de su andar una pesada carga, ella sentía lo mismo, y adivinaba que todos en el grupo de una u otra forma hubieran preferido jamás haber dejado su hogar...

Pocos eran los que habían sobrevivido el camino a través de aquel interminable desierto lugar, y no esperaban encontrar tan encarnizado final para parte del grupo. Hacía ya un par se de meses que doce del convoy habían perecido bajo las garras de crueles bestias, que sin remordimiento alguno asesinaron uno a uno sin importar cuantos gritos de piedad y llantos hicieran para mantenerse, aunque fuera un instante más, con vida. Cuando en un principio se arriesgaron a partir no paso por sus mentes el desastroso y mortal primer contratiempo con el que se toparían, pues la mayoría de ellos había vivido escondida en cuevas gran parte de su vida, solo dejando la seguridad de su hogar para conseguir alimento y agua. Entendían que afuera en algún lugar se escondía un ser malvado y cruel; no sabían como era, por que atacaba, ni mucho menos como vencerlo, solo aquellos con suerte de no toparse directamente con él, podían regresar sanos y salvos, pero cualquier persona que ante su merced quedaba no vivía para poderlo contar. Fue así como poco a poco los hogares fueron quedando vacíos, gente salía y jamás retornaba, los ancianos morían, y la inquietud alcanzaba los corazones de aquellos que permanecían; entonces nació el grupo de los veinte.

Los ancianos del solitario refugio, cansados de esperar el tiempo de la muerte concluyeron que sería mejor morir intentando, que vivir sin haber hecho nada; así pues dejando atrás llantos de familiares enfermos, y otros tantos consumidos por el miedo, el entusiasmado grupo dejó la oscuridad de la cueva para adentrarse en la tenebrosidad del campo abierto. Cuanto más tiempo pasaba mas les cautivaba la idea de haber dejado sus tumbas, siendo esto lo que antes llamarían hogar. Los días transcurrían pasivamente, y su camino hacia lo desconocido despertaba en los jóvenes una alegría que nunca antes se había sentido entre el grupo. No obstante las enfermedades, el cansancio y la falta de alimento cobraban la ineludible cuota de la muerte, pues dos de sus ancianos murieron impotentes ante las circunstancias. Y poco después la gran masacre que acabó con la mayoría del grupo.

Días después de que el grupo de los veinte dejó tierras conocidas, todo lo que alcanzaban a ver era, en su mayor parte desierto, una tierra tan seca que quemaba los pies, no había sombras de árboles, excluyendo aquellos pocos días que encontraban unos cuantos casi secos. Los campamentos nocturnos se hacían a campo abierto, pues era difícil hallar alguna roca donde poder esconderse de las inclemencias del mal tiempo, hasta que una noche los gruñidos despertaron a todos.

—¡Huyan! —gritaba una voz, antes de ser apagada de súbito—, ¡están aquí!
Las oscuridad de la noche no permitía ver gran cosa. Solo sombras deslizándose rápidamente entre las tiendas. la conmoción de la gente corriendo de un lado a otro sin saber que hacer, asustados, indefensos, y sin la menor idea de que realmente pasaba.
—¡Hijo, donde estas! —lloraba una mujer.
—Aquí estoy madre —respondió el joven que llego corriendo casi sin aliento que al ver a la mujer empapada en sangre tendida sobre el suelo, calló de rodillas a su lado.
—¿Estás bien, madre? —preguntó atemorizado por la posible respuesta.
—Estoy bien, pero ella no —le contestó su madre llorando amargamente. al dirigir la mirada a donde ella le indicaba, la cruda escena lo obligó a retroceder un poco. En el suelo yacía una mujer, su cuerpo, desgarrado y ensangrentado, sus extremidades esparcidas alrededor de la terrible y carnicera imagen que el espeluznante cuadro mostraba.
Segundos más tarde, el primer impacto pasó, —madre debemos irnos—. Decía el joven sin apartar la mirada del rojo vivo de la sangre aún caliente.
—¡Madre! —dijo estrujando un poco a la mujer que no respondía a las palabras.
Un instante después ambos se encontraban corriendo, tratando de alejarse lo antes posible de tan inconcebible situación.
—Por aquí, vengan —escuchaban el susurro de un hombre mientras se agazapaban para no ser vistos.
La mujer reconoció la voz, —Misma, ¿eres tu?.
—Si, vamos, síganme —y juntos emprendieron la huida.
El hombre se encontraba acompañado de tres personas más. —antes de que cayera la noche he visto un acantilado, tal vez haya forma de bajar por el —afirmaba el hombre mientras seguían corriendo. Para entonces ya habían puesto una considerable distancia entre el campamento y ellos, pero nadie había prestando atención a ello, mucho menos voltear para mirar lo que tras ellos dejaban; así que, olvidándose de todos y todo se escabulleron entre las sombras.
—¡Cuidado! —se oía el grito de una mujer que se abalanzaba sobre una figura sombría intentando acercarse a ellos, justamente cuando llegaban al filo del precipicio.
—¿Madre? ¿Donde estas? —exclamaba el joven al reconocer la voz de su madre en aquel grito, no hubo respuesta.
—Lo siento —se acercó una joven todavía con ojos vidriosos de tanto llorar.
—¿Qué quieres decir? —preguntó el, aún después de saber la respuesta.
—Tu Madre, ella fue quien saltó encima de esa criatura y los dos cayeron por el barranco.
—¡No! —gritaba aferrándose a la orilla del cañón intentando ver el fondo.
—Intentemos bajar —decía Misma mientras observaba al muchacho que se negaba a dejar el lugar sin su madre.
...
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Comentarios

  • GuardareGuardare Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    Al poco tiempo todos bajaban lentamente por la descomunal pared casi vertical, que si no hubiese sido por la poca de suerte todavía rondando sus desdichadas vidas, habría sido imposible el descenso, pues cuando más difícil parecía el camino, una roca los salvaba, o una rama seca de los enormes árboles que ahí había facilitaba el avance. Les tomó el resto de la noche llegar hasta el fondo, el día comenzaba a mostrar señales de claridad, más ya en él, temblorosos del esfuerzo aunado al miedo cedieron ante el cansancio y durmieron.

    El primero en despertar fue el joven que habiendo perdido a su madre la noche anterior, no pudo descansar pasivamente; era casi mediodía y el sol estaba en su máximo esplendor convirtiendo sus rayos en flamas que apuñalaban la piel y la vista. Todavía confundido, intentando ordenar las ideas en su mente, forzándose a creer que todo era nada más que un sueño comenzó a caminar de un lado hacia otro mirando al resto de los desdichados prófugos de la muerte, intentando reconocer el rostro de su madre en alguno de ellos; pero no fue así, y desanimado cayó sentado sobre una roca sollozando. algo lo distrajo, un ave extraña que jamás había visto picoteaba entre las rocas; era grande, enorme para ser más precisos; tenia el tamaño de un humano promedio, un plumaje negro brillante, su cuello corto terminaba con una cabeza pequeña con pico ancho y puntiagudo; sus ojos eran azules claros desentonando con lo siniestro de su imagen. El joven se acercaba lentamente a donde este raro animal se encontraba, parecía no tener miedo, o estaba demasiado entretenido como para prestar atención a la amenaza que le acechaba. Cuando ya faltaban unos pocos metros para alcanzarlo, repentinamente el gigantesco pájaro emprendió el vuelo dejando al joven pasmado ante la belleza de apreciar aquella criatura con sus alas extendidas surcando los cielos, proyectando una sombra que por un instante cubrió varios metros a su alrededor. Después de tan maravilloso espectáculo el joven fijó ahora su curiosidad en aquello que era tan interesante como para mantener a esta ave fuera de guardia por tanto tiempo. Dolorosamente encontró la respuesta, eran los restos de su madre que habían sido arañados hasta el punto de quedar irreconcilliables, siendo un collar y su ropa la única manera de identificarla; a pesar del estado del cuerpo, el joven se abalanzo sobre ella llorando como jamás en su vida lo había hecho, sus gritos despertaron a los pocos que habían logrado escapar, todos ellos deduciendo que podría ser aquello que descompondría al pobre joven de ese modo. Se acercaron a él intentando separarlo de su madre, sin conseguir nada.

    El silencio cayó, las miradas se cruzaban esperando que alguien pronunciara alguna palabra, pero nadie dijo nada, solo se oía el llanto de un hijo que había perdido a su madre de la manera más cruel e impensable.

    —Debemos enterrarla —dijo Misma, rompiendo el silencio abrumador—. Se que te duele —continuó—, pero aquí no es seguro, debemos continuar nuestro camino.
    —¡Nuestro camino! ¿Qué camino? —se aventaba sobre el pobre hombre que sin saber que hacer dejó que el interrogatorio continuara—, ¿Sabes donde estamos?, todos están muertos y tal vez sea mejor esperar lo mismo, entre antes mejor —terminó el joven, liberando el cuello del inmutable hombre.

    Durante las próximas horas se dedicaron a cavar una tumba para la difunta madre. Nadie hablaba, nadie cruzaba miradas; todos exhalaban melancólicamente pensando en aquellos seres queridos muertos en la sima del cañón, pero cuando por fin terminaron con las formalidades del sepulcro, un llanto agudo sonó.

    —¿Un niño? —pensó Misma, negándolo al instante.
    —¿Oyeron eso? —preguntó la anciana del grupo, captando la atención.
    —Yo lo oí —una ronca voz respondía.
    El sonido sordo del llanto se había transformado en grito.
    —¡Por aquí! —se oyó decir. Era el joven huérfano que había regresado al lugar donde encontró a su madre. Ni él mismo podría contar por qué volvió a ese lugar, tal vez quería encontrar alguna cosa, tal vez esperaba hallar, como consuelo, los restos de la bestia asesina, pero en lugar de eso descubrió una canasta casi sellada. La tomó y la colocó en un lugar plano, los llantos provenían de ella; sus compañeros ya habiendo llegado, tomaron lugar alrededor de él.
    —Abrela —dijo la anciana mujer asustada.
    Cuando al destaparla descubrieron su contenido, no podían creerlo, era un niño con poco más de un año de edad, llorando tiernamente, mirando uno a uno los rostros de los ahí presentes.
    —Mi madre tenía esta canasta con ella —decía el joven mientras tomaba entre sus brazos al delicado hombrecito.
    —Es imposible —se oyó la voz de Misma que revisaba al pequeño.
    —¿Qué es imposible? —replicó el joven.
    —Digo que es imposible que haya sobrevivido a la caída sin rasguño alguno, por lo menos debería tener marcas o cortadas, es imposible no sufrir daño ante una caída así.
    —Eso no importa viejo amigo —respondió la anciana—, lo importante es que esta bien. —por un instante olvidaron todo sufrimiento y se concentraron en atender al nuevo miembro de equipo; buscaban comida entre las bolsas que alcanzaron a tomar antes del incidente, le daban un poco de agua y por fin el llanto terminó.

    Los días transcurrían lentamente, pues ellos no habiendo decidido que hacer, si avanzar o regresar a sus hogares, seguían esperando en el mismo lugar. Eran sobrevivientes por naturaleza, sabían que tenían que esperar por algo de lluvia para tener reservas, construían utensilios de cocina, utilizaban restos de pieles para confeccionar una pequeña tienda; en fin se preparaban para tomar una decisión que podría significar la vida, o la muerte.

    La decisión fue tomada, no había manera de regresar, solo quedaba seguir hacia adelante, y así lo hicieron.

    ...Por un instante prosiguieron la marcha en total silencio, pensativos, lentamente avanzando hacia un lugar que no conocían, ni sabían si en realidad existía, solo era un instinto, una inquietud que los hacia avanzar sin importar que fuera lo que al final pudieran encontrar. Fue cuando ante ellos apareció una enorme pila de piedras, un tanto especiales pues pareciese que habían sido colocadas a mano; en el camino alcanzaron a ver algo semejante pero nada como lo que sus ojos veían en ese momento. Tenía cierta forma de cueva pero sin un techo que la cubriera, una pequeña entrada que se ampliaba en cuanto cruzabas por ella.
    —Oye, Licon, que te parece si descansamos, la noche esta por caer y este me parece un lugar adecuado, ademas mis pies me están matando —se interrumpió el silencio—, y esta pobre vieja no creo que aguante mucho más —terminó Sinden.
    —Tu tan sincero como siempre amigo, no entiendo como todos nos hemos contenido de partirte la cara —respondió un hombre mayor, tal vez alcanzando los cuarenta años de edad, fornido y de barba abultada, un pelo blanquecino que le tocaba los hombros y cierto toque en su cara de rectitud que le daba un tono algo misterioso, sobre todo cuando usaba su viejo sombrero y gabardina, fieles amigos de toda la vida.
    —Tranquilo Misma, solo es un comentario —contestó Sinden en tono burrlon—, no es nada personal viejo.
    —Así que todos somos viejos para ti ¿no?
    —Bueno, bueno, el viejo Misma esta de mal humor —soltó una carcajada.
    —¡Guarden silencio! —dice Licon con tono imperante, tratando de no elevar la voz—, lo menos que queremos es llamar la atención y ustedes comportándose como bebes no aportan mucho. ¡Sinden! —él atiende al instante—, ayuda a la señora Cysa a poner la tienda, haremos guardia normalmente. Misma, verifica los alrededores por favor, asegurate de comprobar cada rincón; Segra —hace una pausa mientras ella se dirige hacia él—, ¿cómo esta nuestra pequeña carga? —le pregunta casi susurandole.
    —Estaría mucho mejor si tuvieramos algo apropiado para darle de comer, los niños son muy especiales cuando se trata del alimento.
    —Lo sé, pero no podemos hacer mucho —mientras hablaba se acercaban a una canasta hecha de ramas secas y unas cuantas pieles de animales—, sabes que su madre esta muerta y al menos que tu conozcas alguna receta secreta derivada de tu experiencia como madre, no hay mucho que podamos darle —Segra se sonroja, apenada por el comentario , que a pesar de que era falso pues ella no tenia hijos le causó gracia y un poco de incomodidad.
    Cuando abren la pequeña cuna improvisada, se deja ver un niño adormilado envuelto en pieles, —no se, si el que este callado sea buena señal a estas alturas —dice Licon dirigiendo la mirada a la joven mujer.
    —Tal vez tenga hambre, ¿lo despertamos? —ella pregunta.
    —no creo que sea buena idea, ademas de los pedazos de carne del ultimo jabalí que matamos, no queda mucho por ofrecer.
    —La zona es segura, ¿algo más en lo que te pueda ayudar? —interrumpe Misma la singular conversación.
    —Gracias, y te agradecería pudieras auxiliar a Segra con el pequeño Niel, apuesto a que tienes más experiencia es el campo que nosotros dos juntos.
    —Claro Licon —sonríe él—, será un placer.
    El viejo como Sinden solía llamarlo tenía dos hijos que se habían separado de él, mucho antes de la partida del grupo de los veinte. Recordar aquellos momentos de cuando los tres estaban juntos, hizo que Misma se sintiera un poco incomodo pero de cualquier manera le encantaba atender al pequeño niño huérfano.

    ...
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  • GuardareGuardare Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    La noche llegó, comieron de lo poco que con ellos llevaban, una cuanta carne y algo de agua. Cysa fue la primera en hacer guardia mientras los demás descansaban todos juntos dentro de la pequeña tienda colocada justo en el medio de “la cueva sin techo” como ellos decidieron nombrarle. La segunda guardia le correspondió a Segra, la cual también pasó sin ningún incidente.

    —Vamos niña vete a descansar es hora ya —oyó una voz detrás de ella. Al dar la vuelta asustada en primera instancia pues al ver la cara de Sinden despeinado, con ojos inchados por poco dormir y un semblante que transmitía absoluta desaprobación, pues a él no le hacia nada de gracia levantarse a mitad de la noche para cuidar; siempre decía que si algo iba a pasar con su presencia o sin ella pasaría de cualquier manera. Ella se levantó de la piedra desde donde vigilaba el exterior, y sin decir una palabra se dirigió a la tienda. Ya sentado y a solas en el mismo lugar que la hermosa pelirroja, se tranquilizó aceptando de mala gana la encomienda que muy a pesar compartía con todos los demás del grupo. Las estrellas brillaban espléndidamente alumbrando casi por completo el cañón por donde avanzaban; él, que jamás se había concedido un instante para relajarse contemplaba atónito la majestuosidad que sobre la tierra se apreciaba, por un instante se olvidó de todo, se olvidó de cuan desgastante le parecía la vida, de como cada persona que conoció había muerto de modos inimaginables, en fin por un placentero momento eludió lo que la vida le tenía por destino.

    —¿Quién anda ahí? —preguntó al ver una sombra pasar rápidamente delante de él—, eres tu Licon —nadie respondió.
    Una ráfaga de aire hizo que su alborotada cabellera se moviera de un lado a otro, —¡no es gracioso viejo! —decía con voz asustada tratando de auto convencerse que era Misma—, sal ahora mismo anciano o pagaras por esto —el miedo se transformó en coraje hablando casi al punto de gritos.
    Ya de pie enfocaba a todo su alrededor pero no veía nada, —es solo el viento —quería pensar pero su desconfianza le decía lo contrario.
    —¿Qué pasa Sinden? —el gracioso hombre dio un salto hacia atrás acompañándolo de un estrepitoso grito que levantó a todos en la maltrecha tienda.
    —Mujer me has asustado —dijo cuando volteó y vio el rostro de Cysa—; nada, nada solo creí ver algo, pero no es nada.

    Antes de terminar su conversación aparecieron todos un tanto desconcertados por los gruñidos del no tan valiente hombre; preguntando todo lo referente al suceso y por menores, pidiendo una explicación del alboroto. Ya aclarado el asunto y después de una rápida revisión Misma tomó el siguiente turno y los demás fueron a descansar.

    —Es la hora, andando —dijo Licon poco después de haber tomado la última guardia.
    —¿Qué?, pero si todavia no amanece —gritó Sinden.
    —Tenemos que reanudar la marcha hay algo que no me huele bien y no quiero esperar para averiguar que es, así que dense prisa vamos a seguir avanzando.

    No es que directamente todos vieran a Licon como líder pero desde el terrible incidente donde perdieron a muchos de sus compañeros, lo habían adoptado como tal; fue por esto que nadie digo otra palabra y los preparativos para la partida comenzaron. Como desde hacía ya tiempo los encargados de levantar el campamento eran los mismos destinados a colocarlo, Cysa y Sinden, realizaban sistemáticamente el proceso para esta actividad: sacar y empacar en la carreta todos los utensilios con los que contaban, quitar y enrollar las pieles desgastada que colgaban de una estructura improvisada con maderos y rocas; no era una labor desgastante pero requería su tiempo y precisión, pues antes ocurría que tras dejar un lugar y ocupar algún otro, ciertas posesiones habían quedado olvidadas y nadie recordaba donde o en que momento desaparecieron. En la rutina diaria todos jugaban un papel importante; Segra tenía la tarea de preparar los alimentos y de atender al pequeño Niel. En tanto a Misma y Licon sus deberes iban desde ayudar con los pormenores de partidas y llegadas, hasta alcanzar al más importantes de todos: buscar provisiones para el grupo.

    —Estamos listos —dijo la anciana acercándose al joven líder.
    —Partamos —fue lo único que dijo al momento que apagaba la fogata y entregaba un plato hecho de madera a Segra donde había tomado su desayuno.

    El sol todavía no se alzaba, cuando la pequeña compañía ya habiendo reanudado la marcha, dejaba atrás las ruinas de desconocidos antepasados, jamás mencionados en las historias contadas por sus padres y abuelos. Avanzando con pasos torpes a través de niebla matinal aumentando la sobriedad que de nuestros andantes emanaba. Nadie los veía lo cual era signo favorable en aquellas circunstancias, o al menos esto pensaba la mayoría mientras proseguían la parcha; pero sí había alguien ahí, algo que durante toda la noche fue cuidadoso de no ser visto, algo que sigilosamente acechaba tras las sombras, que observaba comportamiento esperando el instante apropiado de darse a conocer, este no llegó al menos no esa noche, pero el día era largo y no se sabe que peligros pudieran venir con la luz de sol.

    —Oye, Licon —Sinden demandaba atención—, es tiempo de comer amigo, y el chiquillo no deja de llorar. —era cierto, habían pasado ya el mediodía solo haciendo una parada para reparar una rueda del Uspac que se salió de su eje. Además de eso, la mañana pasó sin más contratiempos. El camino había sido tranquilo, lento como siempre, pero nada fuera de los usuales problemas.
    —Esta bien, descansemos por allá —señalando una roca que sobresalía de la enorme pared, proyectando una sombra lo suficientemente grande como para cubrir veinte hombres.

    La comida sucedió sin más, hablaban entre ellos, sonriendo en algunas ocasiones, hasta unas cuantas risotadas se dejaban oír de cuando en cuando. Pero tras la caras felices todos compartían la mista inquietud: ¿Qué hacemos aquí, hacia donde vamos? ¿En verdad vale la pena? ¿Que buscamos?, nadie se atrevía a preguntar, pero era un hecho que no podía ser negado; y ninguno jamás lo haría. Pues sabían que no había respuesta. Solo impulsos, una misteriosa fuerza que los alentaba a continuar.

    Licon se había escabullido después de la comida, alejándose un poco de los demás, algo lo inquietaba, se sentía observado, incomodo a toda hora. En su cabeza los sentimientos encontrados de vivir siempre vigilante y experimentar tantas perdidas, contrastaba con los meses en el fondo del cañón, donde nada pasaba, todo era tranquilidad y calma. Sensación que no lo reconfortaba, sino todo lo contrario, lo hacia sentirse incapaz y desconcertado.

    Ya cuando se alejó lo suficiente como para no ser visto, se dejó caer bajo la sombra de un enorme árbol, o lo que quedaba de él, pues solo quedaba el tronco y unas cuantas ramas secas, este llegaba casi hasta la mitad de la empinada pared, y mirándolo verticalmente se levantaba amenazante de caer en cualquier instante. El joven hombre quedo perdido entre el vaivén de las ramas que se mecían en las parte más altas, y aún más arriba, las nubes a momentos cubrían el ardiente sol. Fue cuando sus ojos comenzaban a cerrarse que una mancha negra atravesó el cielo, figura que recordaba claramente. Puesto que no era otro sino el enorme pajarraco que ante su madre había encontrado. Un rabia invadió su rostro, hasta el punto de deformarlo unos segundos. El ave sin nuevamente percatarse de su admirador, siguió su camino para ir a posarse en la orilla del acantilado, completamente fuera del alcance. Licon fijaba su mirada colérica en el monstruoso animal esperanzado en encontrar respuesta a su postura retadora, pero no la hubo. Así transcurridos unos minutos, se dio por vencido y regreso a donde sus compañeros reposaban la comida.

    —Míralos, ¿Qué les hace tan felices?, ¿la muerte? ¿la resignación? —el gran lobo preguntaba, dejando en duda la retóricidad de la cuestión.
    —Hahahah, por que no lo preguntas hermano —respondió la majestuosa ave.
    —Tal vez lo haga.
    —Más vale que sea pronto, pues cuando lleguen con Leger, no habrá nadie a quien preguntar.
    Los dos grandes animales hablaban en lo alto, mientras examinaban a los humanos cómodamente sentados bajo la sombra.
    —No creo que lleguen hasta él —el lobo contestó.
    —¿Los matarías? —preguntó el ave en un tono burlón.
    El negruzco can mostró los dientes, y en un instante desapareció de la vista de su compañero.

    Nota: Hacen falta correcciones gramaticales, sintácticas y ortográficas; es solo un borrador.

    comenten porfa
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado abril 2012
    Pues me pareció que es una historia de mucha ficción, algunas cosas no cuadran mucho, pero puede ser interesante saber a donde llegaran en su huida, más con un recién nacido de la nada.;):):p
  • GuardareGuardare Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    jajja si faltan muchos detalles por pulir ya los iré corrigiendo.

    y ¿cuál niño de la nada?
    Cuando al destaparla descubrieron su contenido, no podían creerlo, era
    un niño con poco más de un año de edad, llorando tiernamente, mirando uno a
    uno los rostros de los ahí presentes.
    —Mi madre tenía esta canasta con ella —decía el joven mientras tomaba entre
    sus brazos al delicado hombrecito.
    

    Gracias por comentar Amparo.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado abril 2012
    Pues como el papel puede con todo, ya me quieres hacer creer que el niño era conocido, si nadie sabia de su existencia y eso que ya tenia un año, donde se lo guardó todo ese tiempo?
  • GuardareGuardare Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    ¡ha! he ahí el punto, jamás dije que lo conocieran, pera tampoco dije que salió de la nada jejejje. muy diferente ¿no? :cool:.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado abril 2012
    Si tú lo dices, bueno, el caso es que el niño le da cierto sabor a la historia, asi que me parece bien que lo consientan;):):p
  • GuardareGuardare Pedro Abad s.XII
    editado abril 2012
    hahha a los borrachos y locos mejor darles la razón vdd?

    bueno el caso es que no se aclarará hasta mucho muy delante, pero en el cap. 2 se deja más claro el asunto, espero y lo leas, aunque sea por compromiso :(
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado abril 2012
    No creo que seas loco ni borracho y si estoy leyendo la segunda parte, no tengo nada mejor que hacer, asi que no es por compromiso es por falta de oficio:):p:D:p
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