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La pérdida de Alhama

LitteraLittera Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado marzo 2012 en Poesía General
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Del crepúsculo a la hora
en que el Sol apenas raya
con sus últimos heraldos
las cimas de las montañas
y sin otra compañía
que de las brisas las rachas
y de pensamientos mil
las ocultas asechanzas,
con semblante fatigado
y severo paseaba
las coloridas arterias
de la silente Granada
rey moro tan virtuoso
llevando al hombro la aljaba
como baquiano maestro
con mano en la cimitarra.
Armígero combatiente
hecho al fragor de campañas,
cada pelo y cada fibra
de sus desenvueltas barbas
en la sangre de enemigos
hubo de verse mojada
para deleite de Marte
y recreo de Diana.
Si vez alguna temieron
las fuertes tropas cristianas
a sarraceno adversario
en las prolijas etapas
por que la cruenta guerra
de odios en arcos y en lanzas,
de inquinas, celos y duelos
dirimidos por espadas,
a lo largo y a lo ancho
de la gran tierra de España
sin visos de concluirlas
sus penumbras dilataba,
fue a quien en aquel momento
las poderosas espaldas
sobre fría y muda roca
lentamente descansaba.
Ya la miente le traía
suculentas remembranzas
de más triunfos que derrotas,
de episodios y de hazañas
con que los meros mortales
los laureles de la fama
obtienen y de los dioses
el huidizo tacto alcanzan;
ya a los flejes del recuerdo
fervorosas asomaban
narraciones innombrables
de pretéritas jornadas,
cobardes escaramuzas
junto a vibrantes batallas
que galardonan y otorgan
a los nombres resonancia;
ya con placer infinito
las limpias y finas aguas
de la más cándida y tierna,
de la más inocua infancia,
con la dicha por bajel
sin agitación bogaba,
haciendo de tanto en tanto
concisa y somera pausa
para quizás aspirar
de los aires la fragancia
o descubrir el latido
y pulso a la noche clara;
ya de la nutrida mente
los caprichos se extasiaban
en la romántica imagen
de calmosa y fresca sala
dispuesta en de la ciudad
la superior atalaya,
donde, a la luz bendecida
de amable y rica almenara,
las historias de los sabios,
si sus voces agotaban,
eran al oído ajeno
motivo de bienandanza;
ya la grave majestad
de la orgullosa alcazaba
por la injuria de los tiempos
nunca jamás atacada
relucía de consuno
con toda aquella muralla
de lienzos o de cortinas
entre torres albarranas
y tenaces baluartes
bellamente salpicada
a sus ojos clausurados
y a sus pupilas cerradas;
ya al influjo de Morfeo
del Genil y del Guadiana
parecíale escuchar
la sinfonía arrullada,
y cómo cerca de allí,
en de un quejigo las ramas,
pájaros cantores quiebros
hacían con sus gargantas.
Mas vano fuera negar
que por sobre estas estampas
de quietas o belicosas,
de suaves o fieras gracias,
con ímpetu irresistible,
con violencia inusitada,
en la calígine esbelta
y donosa dominaba
su pronunciado onirismo
y fantasía bizarra
la especiosa silueta
de la refulgente Alhama.
Que clavel más exquisita
y a la par más perfumada
que de los campos de Oriente
la secreta y linda alharma,

Comentarios

  • LitteraLittera Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado marzo 2012
    no se sabía en el mundo
    ni de princesa ni dama
    que hubiera el rostro más fino,
    la cintura más lozana,
    el cuello más delicado,
    la sonrisa más gallarda,
    el seno más sugerente
    y sendas manos más blancas.
    Quizás por tales motivos,
    y porque a pecho que ama
    muy poco se le presenta
    en pulcra y bruñida alhaja
    si su púrpura beldad
    no camina acompañada
    de quien la tormenta rompe
    y hace explosionar la calma,
    jurado el moro le había
    con las frases más sagradas
    y los votos más augustos
    que mientras le fecundara
    un señero humor las venas
    no balista o algarrada,
    no fundíbulo o ariete
    a debilitar bastara
    de su afecto, sentimiento
    y pasión inigualada
    la selecta, pertinaz,
    fornida y ardiente plaza;
    pero también que, en perdiendo
    por de Alá la ira y saña
    su sedosa compañía
    y su preciosura ignara,
    no dudaría en pasarse
    sin escrúpulo en el alma
    a través del corazón
    aguda y buida daga.
    Las voces de su protesta
    así en silencio evocaba,
    haciendo de piedra inculta
    olímpica y diva cama
    en cuanto el grácil poniente
    tendía sus muchas galas
    por la atmósfera nocturna
    de luceros recamada,
    cuando los sordos pilares
    estremecieron sus basas
    y las córneas cristaleras
    sobresaltaron sus jambas
    al estrepitoso son
    de añafiles mil de plata
    y al formidable traquido
    de crueles y torvas cajas.
    El alarbe despertose
    cual en medio de borrasca,
    sintiendo de su reposo
    las hojas mustias y ajadas
    y creyendo vislumbrar
    con rotunda reluctancia
    la faz pérfida y astuta
    que revela la desgracia.
    Desenvuelto y puesto en pie,
    la alcaicería cruzaba
    quizá con la roja sangre
    despidiendo azules llamas,
    y, fatigando las piernas
    con de un diablo la rabia,
    fue su carrera a parar
    en el sitio del alcázar;
    ligero, allí dirigiose,
    la vitalidad turbada,
    a su fiel Aynadamar,
    corcel de la mejor raza,
    rápido como gacela,
    renegrido como dalia,
    al que, con amor besando
    en la pujante quijada,
    “Transpórtame, hermano mío,
    hasta la brillante Alhambra,
    pues sin ti y tu energía
    conoces que no soy nada”
    le dijo acordando escenas
    de impetuosas algaras
    por su colosal vigor
    cuando perdidas ganadas.
    Izado sobre la bestia,
    que en las posteriores patas
    como fabuloso grifo
    sin esfuerzo se elevaba,
    no bien afirmó la cincha
    agravió con las rodajas
    los corvejones de aquella,
    dándole con ello alas,
    pues vuelta un negro Pegaso,
    en locura desfrenada
    salió por Bibataubín
    rumbo a la pródiga landa.
    Emperatriz de la esfera,
    la media luna regaba
    huertos, jardines y pastos
    con las más sutiles auras,
    si acariciando olivares
    y humedeciendo naranjas,
    también regalando viñas
    y arrebolando manzanas,
    y hubiese continuado
    en su idilio con las jaras
    de no turbarle la paz
    lúgubre y siniestra mancha
    que, con una vehemencia
    y una intensidad vulcanias,
    recorría sin cuartel
    la temblorosa Alpujarra.
    Siendo más intempestivo
    esmeril u horrible bala
    que entre cerros y colinas
    remedo de sombra humana,
    a un lado ya el Sacromonte
    con melena desatada
    y a otro ya el Albaicín
    el caballero dejaba,
  • LitteraLittera Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado marzo 2012
    cuando, al punto en que más lejos
    parecía hallarse el alba,
    franqueó con diligencia
    la insigne Torre Quebrada
    del distinguido palacio
    en que elitista prosapia
    de Al-Andalus los destinos
    a hierro y fuego mandaba.
    Habiendo dado descanso
    a su équido camarada,
    batió talones, mil gotas
    recorriéndole de nácar,
    por pensiles custodiados
    de arrayanes y de aulagas
    hasta que, de las violetas
    las bondades desechadas
    del mágico mirador
    de la sensual Lindaraja,
    el Patio de los Leones
    confrontole cara a cara
    con figura de alfaquí
    venerable y soberana
    que vino a entregarle entonces
    misteriosa y flébil carta.
    Le sobraron los suspiros,
    le faltaron las palabras,
    al navegar los renglones
    que en cruda letra bastarda
    una pérdida prendida
    de afrenta, dolor e infamia,
    de insulto, oprobio y bajeza
    con amargura anunciaban.
    Ser sus dos pupilas viendo
    de lágrimas tarazanas
    y sus consumidas carnes
    destructible y frágil gasa,
    encomendó a su vasallo
    aquellas líneas quemara
    y a cenizas redujese
    en algunas ígneas brasas,
    e incontinenti, además,
    le elogió con dicción flaca
    cuantos honestos servicios
    hicíesele en la distancia.
    Pues liberado y en salvo
    de toda intrusión extraña,
    “es la muerte una hurí
    que acomete solitaria”
    era idea o raciocinio
    que su angustia moderaba
    y viva luz de repente
    vertía en su ánima opaca.
    Pero en cambio su interior
    bajo furibunda lava
    no tan solamente ardía
    expulsando polvo y granza,
    sino que a los precipicios
    de la demencia y vesania
    con trancos firmes corría
    cuando acaso no volaba,
    conque no su abrupto cuello
    y sí sus rufas entrañas
    fueron quienes dispensaron
    a la emoción lengua y habla:
    “Deidad todopoderosa
    que entre sierpes y alacranes,
    entre jinetas y canes
    germinasteis de la rosa
    cada estípula olorosa,
    escuchad a vuestro hijo
    Abd-al-Basid sin cobijo
    y alabeada su fe
    por cuanto el destino ve
    y aprueba contra él prolijo.
    Si honrasteis de oro las tierras
    de la nación argelina
    y de intrepidez felina
    pertrechasteis en las guerras
    que asolan llanos y sierras
    a la fuerte Tremecén,
    volviéndola en almuedén
    que suministra su canto
    con irrepetible encanto
    a quien le guarda desdén;
    si al errado penitente
    que cruza el hosco desierto
    siendo más fantasma muerto
    que criatura viviente,
    que derrama sobre ausente
    crasos almudes de aljófar,
    le aflojáis el duro almófar
    y halagaisle los sentidos
    con mil humores prohibidos
    que acendran su pobre azófar;
    y si a las hembras de Fez
    en tanto ilustran gamellas
    con manos y risas bellas
    dibujadas en la tez
    las hacéis de vez en vez
    confundirse con el iris
    por brillar cual las de Osiris
    sus enfáticas genillas,
    por enseñar maravillas
    tocantes a casiopiris,
    ¿por qué me abandona hogaño
    vuestra égida y favor,
    vuestra defensa y calor,
    cuando en los tiempos de antaño
    erais la cura a mi daño,
    la corriente a los pulmones,
    la espuma en las abluciones,
    del alfanje la bravura,
    del poder la brosladura
    y del templo los pendones?
  • LitteraLittera Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado marzo 2012
    Noticias me son venidas,
    las cuales a grito herido
    el bienestar prometido
    por vuestras mandas mentidas
    y vuestras voces fallidas
    me arrebatan de los dedos,
    dejando mis sueños ledos
    al presente transformados
    en cálices vaciados
    y en incisivos roquedos;

    noticias que, ¡oh desgraciadas!,
    cuentan cómo el capitán,
    si no buitre o gavilán,
    de las rivales mesnadas
    por suertes afortunadas
    no tan sólo ha debelado
    mas ha del todo arrasado
    de Alhama el emplazamiento
    con furor sanguinolento
    y frenesí extremado.

    En su soberbio recinto,
    cuantos ajimeces eran
    ojos por que se abatieran
    de la pena el laberinto
    y del pesar el instinto
    ahora vense terreros
    en los que hados traicioneros
    han disparado sus cargas
    de culebrinas amargas
    y frías como sileros;

    cuantas solemnes e ilustres,
    nobles y enhiestas columnas
    eran del primor alumnas,
    ya convertidos sus lustres
    en meras algas lacustres
    donde los insectos moran
    y los males avizoran,
    con lamentos desgarrados
    y clamores estragados
    se retuercen mientras lloran;

    y cuantos en las cornisas
    y en las bóvedas lucientes
    mocárabes a las gentes
    extasiadas y remisas
    eran balizas precisas,
    si no plácidas estrellas
    o singulares centellas,
    caen cual de un garzo cielo
    al brutal y necio suelo
    las concreciones más bellas.

    ¿A qué con numeración
    de horrores y ruinas tantas,
    de circunstancias magantas,
    proseguir si el corazón
    la postrer resolución
    ha tomado en esta hora
    de marchar con quien adora
    y sólo salvarle puede
    de tortura que transgrede
    cualquier virtud duradora?

    Sé, pues las piernas me fallan
    y el acorde de mi vida
    en el Mavorte fruncida
    roncos rugidos lo acallan,
    que de las gemas que hallan
    en el cimero entoldado
    de mi ser aniquilado
    los dos vidrios verdinosos
    contemplo los cercos rosos
    por última vez de grado;

    que con cada nuevo instante
    que eterno muere y se extingue
    más mi conciencia distingue
    cuál el agente causante
    de aquesta aflicción cortante,
    de aqueste estertor acerbo,
    en el orbe ruin, protervo,
    atroz y sórdido ha sido,
    y por ello, demergido,
    en pira me abraso y hiervo.

    Sabed vos, puerco profeta
    promotor de falsedades
    que transmiten las edades,
    que si de púas repleta,
    todavía arma secreta
    custodia y serva mi prez
    con que con rotundidez
    librarse de las argollas
    que anillas llamáis zorollas
    bajo falacia rahez.

    Yo, el último abencerraje,
    nombrado por los cronistas
    cual por mil antagonistas
    como adalid de coraje,
    víctima de vasto ultraje
    no a vuestro nombre traidor
    del que ya soy desertor
    mi último servicio ofrendo,
    sino que lo brindo y tiendo
    en el puro del amor.”

    Y en diciendo en modo tal,
    despojose de la capa
    y sustrajo un chafarote
    de bruñida y lisa vaina,

    quien reprodujo en su filo
    el empíreo de la Arabia
    velando baldíos yermos
    de arenas tenues y flavas.

    Trepidó su punta corva
    y titilaron sus cachas
    en medio de un leve halo
    que a la sazón lo bañaba,

    y al momento, cual si hubiese
    derechos en él la magia
    y recóndito conjuro
    privilegios y ventajas,

    transformose sin aviso
    en áspid de ciento escamas
    que, escudriñando al través
    de impenetrables pizarras,

    clavó los letales dientes,
    de tigre mortales zarpas,
    en del islamita el torso
    de piel indefensa y blanda.

    Mordida por el veneno
    la insustituible trama,
    este dobló las rodillas
    ante la tercera parca:

    no en el hilo de la muerte
    padeció que lo abrazaba,
    porque hendido el de la vida
    no padece aquel que ama.
  • DamapaDamapa Fernando de Rojas s.XV
    editado marzo 2012
    Me gusta leerte por aquí, Littera, pero este poema se me hizo difícil de digerir.
    Un saludo.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado marzo 2012
    Es que era una pérdida........:rolleyes:
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