Del crepúsculo a la hora
en que el Sol apenas raya
con sus últimos heraldos
las cimas de las montañas
y sin otra compañía
que de las brisas las rachas
y de pensamientos mil
las ocultas asechanzas,
con semblante fatigado
y severo paseaba
las coloridas arterias
de la silente Granada
rey moro tan virtuoso
llevando al hombro la aljaba
como baquiano maestro
con mano en la cimitarra.
Armígero combatiente
hecho al fragor de campañas,
cada pelo y cada fibra
de sus desenvueltas barbas
en la sangre de enemigos
hubo de verse mojada
para deleite de Marte
y recreo de Diana.
Si vez alguna temieron
las fuertes tropas cristianas
a sarraceno adversario
en las prolijas etapas
por que la cruenta guerra
de odios en arcos y en lanzas,
de inquinas, celos y duelos
dirimidos por espadas,
a lo largo y a lo ancho
de la gran tierra de España
sin visos de concluirlas
sus penumbras dilataba,
fue a quien en aquel momento
las poderosas espaldas
sobre fría y muda roca
lentamente descansaba.
Ya la miente le traía
suculentas remembranzas
de más triunfos que derrotas,
de episodios y de hazañas
con que los meros mortales
los laureles de la fama
obtienen y de los dioses
el huidizo tacto alcanzan;
ya a los flejes del recuerdo
fervorosas asomaban
narraciones innombrables
de pretéritas jornadas,
cobardes escaramuzas
junto a vibrantes batallas
que galardonan y otorgan
a los nombres resonancia;
ya con placer infinito
las limpias y finas aguas
de la más cándida y tierna,
de la más inocua infancia,
con la dicha por bajel
sin agitación bogaba,
haciendo de tanto en tanto
concisa y somera pausa
para quizás aspirar
de los aires la fragancia
o descubrir el latido
y pulso a la noche clara;
ya de la nutrida mente
los caprichos se extasiaban
en la romántica imagen
de calmosa y fresca sala
dispuesta en de la ciudad
la superior atalaya,
donde, a la luz bendecida
de amable y rica almenara,
las historias de los sabios,
si sus voces agotaban,
eran al oído ajeno
motivo de bienandanza;
ya la grave majestad
de la orgullosa alcazaba
por la injuria de los tiempos
nunca jamás atacada
relucía de consuno
con toda aquella muralla
de lienzos o de cortinas
entre torres albarranas
y tenaces baluartes
bellamente salpicada
a sus ojos clausurados
y a sus pupilas cerradas;
ya al influjo de Morfeo
del Genil y del Guadiana
parecíale escuchar
la sinfonía arrullada,
y cómo cerca de allí,
en de un quejigo las ramas,
pájaros cantores quiebros
hacían con sus gargantas.
Mas vano fuera negar
que por sobre estas estampas
de quietas o belicosas,
de suaves o fieras gracias,
con ímpetu irresistible,
con violencia inusitada,
en la calígine esbelta
y donosa dominaba
su pronunciado onirismo
y fantasía bizarra
la especiosa silueta
de la refulgente Alhama.
Que clavel más exquisita
y a la par más perfumada
que de los campos de Oriente
la secreta y linda alharma,
Comentarios
ni de princesa ni dama
que hubiera el rostro más fino,
la cintura más lozana,
la sonrisa más gallarda,
el seno más sugerente
y sendas manos más blancas.
y porque a pecho que ama
muy poco se le presenta
en pulcra y bruñida alhaja
no camina acompañada
de quien la tormenta rompe
y hace explosionar la calma,
con las frases más sagradas
y los votos más augustos
que mientras le fecundara
no balista o algarrada,
no fundíbulo o ariete
a debilitar bastara
y pasión inigualada
la selecta, pertinaz,
fornida y ardiente plaza;
por de Alá la ira y saña
su sedosa compañía
y su preciosura ignara,
sin escrúpulo en el alma
a través del corazón
aguda y buida daga.
así en silencio evocaba,
haciendo de piedra inculta
olímpica y diva cama
tendía sus muchas galas
por la atmósfera nocturna
de luceros recamada,
estremecieron sus basas
y las córneas cristaleras
sobresaltaron sus jambas
de añafiles mil de plata
y al formidable traquido
de crueles y torvas cajas.
cual en medio de borrasca,
sintiendo de su reposo
las hojas mustias y ajadas
con rotunda reluctancia
la faz pérfida y astuta
que revela la desgracia.
la alcaicería cruzaba
quizá con la roja sangre
despidiendo azules llamas,
con de un diablo la rabia,
fue su carrera a parar
en el sitio del alcázar;
la vitalidad turbada,
a su fiel Aynadamar,
corcel de la mejor raza,
renegrido como dalia,
al que, con amor besando
en la pujante quijada,
hasta la brillante Alhambra,
pues sin ti y tu energía
conoces que no soy nada”
de impetuosas algaras
por su colosal vigor
cuando perdidas ganadas.
que en las posteriores patas
como fabuloso grifo
sin esfuerzo se elevaba,
agravió con las rodajas
los corvejones de aquella,
dándole con ello alas,
en locura desfrenada
salió por Bibataubín
rumbo a la pródiga landa.
la media luna regaba
huertos, jardines y pastos
con las más sutiles auras,
y humedeciendo naranjas,
también regalando viñas
y arrebolando manzanas,
en su idilio con las jaras
de no turbarle la paz
lúgubre y siniestra mancha
y una intensidad vulcanias,
recorría sin cuartel
la temblorosa Alpujarra.
esmeril u horrible bala
que entre cerros y colinas
remedo de sombra humana,
con melena desatada
y a otro ya el Albaicín
el caballero dejaba,
parecía hallarse el alba,
franqueó con diligencia
la insigne Torre Quebrada
en que elitista prosapia
de Al-Andalus los destinos
a hierro y fuego mandaba.
a su équido camarada,
batió talones, mil gotas
recorriéndole de nácar,
de arrayanes y de aulagas
hasta que, de las violetas
las bondades desechadas
de la sensual Lindaraja,
el Patio de los Leones
confrontole cara a cara
venerable y soberana
que vino a entregarle entonces
misteriosa y flébil carta.
le faltaron las palabras,
al navegar los renglones
que en cruda letra bastarda
de afrenta, dolor e infamia,
de insulto, oprobio y bajeza
con amargura anunciaban.
de lágrimas tarazanas
y sus consumidas carnes
destructible y frágil gasa,
aquellas líneas quemara
y a cenizas redujese
en algunas ígneas brasas,
le elogió con dicción flaca
cuantos honestos servicios
hicíesele en la distancia.
de toda intrusión extraña,
“es la muerte una hurí
que acomete solitaria”
que su angustia moderaba
y viva luz de repente
vertía en su ánima opaca.
bajo furibunda lava
no tan solamente ardía
expulsando polvo y granza,
de la demencia y vesania
con trancos firmes corría
cuando acaso no volaba,
y sí sus rufas entrañas
fueron quienes dispensaron
a la emoción lengua y habla:
que entre sierpes y alacranes,
entre jinetas y canes
germinasteis de la rosa
cada estípula olorosa,
escuchad a vuestro hijo
Abd-al-Basid sin cobijo
y alabeada su fe
por cuanto el destino ve
y aprueba contra él prolijo.
de la nación argelina
y de intrepidez felina
pertrechasteis en las guerras
que asolan llanos y sierras
a la fuerte Tremecén,
volviéndola en almuedén
que suministra su canto
con irrepetible encanto
a quien le guarda desdén;
que cruza el hosco desierto
siendo más fantasma muerto
que criatura viviente,
que derrama sobre ausente
crasos almudes de aljófar,
le aflojáis el duro almófar
y halagaisle los sentidos
con mil humores prohibidos
que acendran su pobre azófar;
en tanto ilustran gamellas
con manos y risas bellas
dibujadas en la tez
las hacéis de vez en vez
confundirse con el iris
por brillar cual las de Osiris
sus enfáticas genillas,
por enseñar maravillas
tocantes a casiopiris,
vuestra égida y favor,
vuestra defensa y calor,
cuando en los tiempos de antaño
erais la cura a mi daño,
la corriente a los pulmones,
la espuma en las abluciones,
del alfanje la bravura,
del poder la brosladura
y del templo los pendones?
las cuales a grito herido
el bienestar prometido
por vuestras mandas mentidas
y vuestras voces fallidas
me arrebatan de los dedos,
dejando mis sueños ledos
al presente transformados
en cálices vaciados
y en incisivos roquedos;
noticias que, ¡oh desgraciadas!,
cuentan cómo el capitán,
si no buitre o gavilán,
de las rivales mesnadas
por suertes afortunadas
no tan sólo ha debelado
mas ha del todo arrasado
de Alhama el emplazamiento
con furor sanguinolento
y frenesí extremado.
En su soberbio recinto,
cuantos ajimeces eran
ojos por que se abatieran
de la pena el laberinto
y del pesar el instinto
ahora vense terreros
en los que hados traicioneros
han disparado sus cargas
de culebrinas amargas
y frías como sileros;
cuantas solemnes e ilustres,
nobles y enhiestas columnas
eran del primor alumnas,
ya convertidos sus lustres
en meras algas lacustres
donde los insectos moran
y los males avizoran,
con lamentos desgarrados
y clamores estragados
se retuercen mientras lloran;
y cuantos en las cornisas
y en las bóvedas lucientes
mocárabes a las gentes
extasiadas y remisas
eran balizas precisas,
si no plácidas estrellas
o singulares centellas,
caen cual de un garzo cielo
al brutal y necio suelo
las concreciones más bellas.
¿A qué con numeración
de horrores y ruinas tantas,
de circunstancias magantas,
proseguir si el corazón
la postrer resolución
ha tomado en esta hora
de marchar con quien adora
y sólo salvarle puede
de tortura que transgrede
cualquier virtud duradora?
Sé, pues las piernas me fallan
y el acorde de mi vida
en el Mavorte fruncida
roncos rugidos lo acallan,
que de las gemas que hallan
en el cimero entoldado
de mi ser aniquilado
los dos vidrios verdinosos
contemplo los cercos rosos
por última vez de grado;
que con cada nuevo instante
que eterno muere y se extingue
más mi conciencia distingue
cuál el agente causante
de aquesta aflicción cortante,
de aqueste estertor acerbo,
en el orbe ruin, protervo,
atroz y sórdido ha sido,
y por ello, demergido,
en pira me abraso y hiervo.
Sabed vos, puerco profeta
promotor de falsedades
que transmiten las edades,
que si de púas repleta,
todavía arma secreta
custodia y serva mi prez
con que con rotundidez
librarse de las argollas
que anillas llamáis zorollas
bajo falacia rahez.
Yo, el último abencerraje,
nombrado por los cronistas
cual por mil antagonistas
como adalid de coraje,
víctima de vasto ultraje
no a vuestro nombre traidor
del que ya soy desertor
mi último servicio ofrendo,
sino que lo brindo y tiendo
en el puro del amor.”
Y en diciendo en modo tal,
despojose de la capa
y sustrajo un chafarote
de bruñida y lisa vaina,
quien reprodujo en su filo
el empíreo de la Arabia
velando baldíos yermos
de arenas tenues y flavas.
Trepidó su punta corva
y titilaron sus cachas
en medio de un leve halo
que a la sazón lo bañaba,
y al momento, cual si hubiese
derechos en él la magia
y recóndito conjuro
privilegios y ventajas,
transformose sin aviso
en áspid de ciento escamas
que, escudriñando al través
de impenetrables pizarras,
clavó los letales dientes,
de tigre mortales zarpas,
en del islamita el torso
de piel indefensa y blanda.
Mordida por el veneno
la insustituible trama,
este dobló las rodillas
ante la tercera parca:
no en el hilo de la muerte
padeció que lo abrazaba,
porque hendido el de la vida
no padece aquel que ama.
Un saludo.