Un largo y sinuoso camino
Aunque en vardad aparento solo treinta y nueve añitos, nací en la ciudad de Tacuarembó, cuarenta años atrás. Dicha
localidad, que por aquel entonces ya era considerada como una ciudad, por poseer más de 10.000 habitantes, aún hoy está ubicada a trescientos ochenta y nueve kilómetros al norte de Montevideo. Allá, en el hospital de la capital del departamento, que visto en un mapa tiene forma de corazón, lancé al mundo el primero de una larguísima sucesión de llantos que recién hace un par de años disminuyeron, tanto en su frecuencia como en su intensidad, no sé bien si por el hecho de que no está bien que un hombre grande se emocione y llore, o por haber sufrido, al promediar mi tercera década de vida, el primer desengaño amoroso grande, que curiosamente, se trato de un amor puramente platónico.
Este cuerpito de 1.80 de estatura y 86 kilogramos de peso vino al mundo un miércoles 29 de septiembre del año 1971, regido por la constelación de libra al haber nacido en el mundo occidental, y por el Chancho del zodíaco chino al haberlo hecho al oriente del Río Uruguay, palabra que para los charrúas significaba Río de los Caracoles, pero que un siglo más tarde fue bautizado Río de los Pájaros Pintados, por obra y gracia de la inspirada letra del Poeta de una Patria que casi llegó a exterminar a sus habitantes originarios, a causa de la indignación que les producía el hecho de que aquellos indígenas atrasados e ignorantes, desconocieran el concepto de propiedad privada. Como quiera que sea, nací custodiado por dos balanzas y un chancho. No sé si eso tendrá que ver con el hecho de que cada tanto hago una dieta para controlar mi peso y no terminar con una silueta similar a la de mi progenitor, un hombre grueso y panzón cuya madre fue nieta de indígenas venidos del Paraguay, tal vez escapando de la guerra del Pantanal del mismo modo en que algunos charrúas habían conseguido huir hacia el norte, estableciéndose en tierras guaraníes y salvándose así del exterminio.
Al parecer, el primer suceso que me marcó, acaecido en el corto período de vida transcurrido luego de mi nacimiento, fue la araña que caminaba por el tul de la cuna en la que descansaba, y a la que mamá ahuyentó rápida y amablemente con un manotazo, al tiempo que lanzaba un grito que seguramente habría sido suficiente para que el pobre arácnido, emulando a Spiderman, tirase un chorro de tela y saliese volando en otra dirección. Supongo que el temor experimentado por mi madre ante aquella cosita insignificante y maravillosa que caminaba como suspendida en el aire, me fue traspasado por osmosis, del mismo modo en que se lo traspasé a una ex, cuando 39 años más tarde, y curiosamente también estando acostado, sentimos el leve roce de algo que se movía bajo unas sábanas que cual mago, levanté a pronto para descubrir al pequeño arácnido, hecho que motivó la más rápida huída que he presenciado tanto en la vida real como en la televisión; eso claro está, si se exceptúa la increíble carrera del Huguito, que en paz descansa desde hace un par de años, pero que durante una noche de nuestra infancia recorrió los 100 metros es menos de 10 segundos, asustado por el viejo de la bolsa que Gonzalo había asegurado ver dirigirse en nuestra dirección, mientras caminábamos por el oscuro corredor que separaba los fondos de dos de las hileras de viviendas que constituían la cooperativa de ayuda mutua en la que morábamos.
El segundo suceso se produjo cuando contaba cuatro años de edad, aunque en este caso, sus consecuencias perduran, felizmente, hasta el día de hoy. Se trató del primer descubrimiento de real importancia que realicé en mi vida, más allá de que algún tiempo antes ya había descubierto cosas como aquello que se juntaba en la especie de envoltorio que mi madre se obstinaba en colocar y quitar, una y otra vez, de la parte inferior de mi cuerpo, y que para entonces ya había probado y comprobado tenía un sabor poco agradable. Ahora que lo pienso un poco, mi sentido del gusto recién comenzaba a desarrollarse, y con tantas porquerías que he probado hasta el día de hoy, tal vez debería darle una segunda oportunidad, aunque no estoy muy seguro de querer hacerlo. En el caso de que algún día decida hacerlo, puedo asegurar que relataré mi experiencia. De todos modos no creo que llegue a ser algo excepcional. Apuesto el ojo que casi me saco esta tarde con el aprieta papeles metálico cuyo resorte ejerció una fuerza tal que escapó de mis manos, a que mucha gente en el mundo lo hace día a día. Algunos, lamentablemente lo harán a falta de otra cosa que comer, y siempre y cuando hayan comido con anterioridad; otros (acabo de utilizar un punto y coma, cosa que pocas veces hago pero que sentí podía sacar a colación), lo practicarán como parte de un ritual extravagante, porque siempre existen quienes hace cualquier cosa por sobresalir un poco, como en este particular caso en que me encuentro contando cosas que a más de uno avergonzarían, pero que no tuve más remedio que hacer por culpa del severo ataque de Verbitis que me viene aquejando desde hace unos días.
Debo confesar sin embargo, que el mal del Verbo ha logrado hacer reaparecer un ataque de tendinitis que hacía tiempo no me afectaba, y por tanto, he decidido dar por finalizado esta parte del, hasta aquí, más sinuoso que largo camino. Pondré a continuación del título, y entre paréntesis, primera parte, y lo continuaré mañana. Eso en caso de que mi enfermedad mental continué y, por contrapartida, ceda el mal físico. Aunque, pensándolo bien, no voy a poner nada la aclaración de que es la primera parte. Voy a hacer como esas películas que uno se pone a ver, y que luego de un par de horas de emociones, el final nos revela que… ¡continuará!
Estoy muy seguro de que más de uno se quedará royendo las uñas y no conseguirá pegar ojo en toda la noche, ansiosos de que llegue el momento de continuar leyendo el relato para comprobar cómo me estrello en una de las curvas del camino, que es el único tipo de curvas de las que voy a hablar, más allá de realizar alguna distraída mención de esas otras curvas que, como todos saben, existen en varias formas. A saber: curvas planas, onduladas, montañosas o escarpadas. Puedo decir que las he transitado todas, y que si bien son iguales de peligrosas, uno siempre desea el placer de darse vueltas en una de ellas…
Continuará...
http://www.youtube.com/watch?v=Jt-YSHAr7c0
El Largo Y Tortuoso Camino (THE BEATLES)
El largo y tortuoso camino
Que conduce a tu puerta
Nunca desaparecera
Ya he visto ese camino antes
Siempre me trae aquí
Me conduce a tu puerta.
La noche de viento y tormenta
Que la lluvia se llevo
Ha dejado un charco de lagrimas
Llorando por el día
¿Por que me dejas plantado aquí?
Muestrame el camino.
Muchas veces he estado solo
Y muchas veces he llorado
De cualquier forma tú nunca sabras
La cantidad de caminos que he intentado tomar.
Pero a pesar de todo, ellos me devuelven
Al largo y tortuoso camino
Tu me dejaste plantado aquí
Hace mucho, mucho tiempo
No me dejes aquí esperando
Llevame a tu puerta.
Pero a pesar de todo, ellos me devuelven
Al largo y tortuoso camino
Tu me dejaste plantado aquí
Hace mucho, mucho tiempo
No me dejes aquí esperando
Llevame a tu puerta
Yeah, yeah, yeah, yeah.
Fuente: musica.com
Comentarios
He pasado unos minutos agradables.
Saludos.
Agradezco mucho vuestros comentarios:), los cuales me estimulan a continuar un relato que:D, a continuación prosigo...
Saludos
Desde hace algunos años, a la hora de comentar ese desorden mental, que seguramente entre otros, poseo, y que se llama melomanía, suelo comentar que si por algún extraño y retorcido motivo, me fuera dado elegir como compañía hasta el final de mis días, y de forma excluyente, a la Música o la Mujer, me haría el perro puto durante todo el tiempo que me fuera posible, deleitándome con la compañía de ambas para luego emitir un salomónico veredicto: elegir una mujer que además de tener en su memoria un lista infinita de canciones, supiera cantar. Es que el primer recuerdo consciente que tengo de mi niñez, está directamente relacionado con la música y con mi madre, quien solía tener una radio de AM encendida durante todo el día.
Tengo muy presente el recuerdo de aquella reunión familiar que se desarrollaba en la cantina de la sede del Club Wanderers, situado justo debajo del apartamento en que vivía, y en la que además de mi familia, tíos y primos, se encontraba presente mi abuela María Salomé. Si bien entonces lo ignoraba, mi abuela no solo era descendiente de indígenas, sino que además, con su cabello negro y grueso, su tez cobriza y nariz prominente, era el vivo retrato de uno de ellos.
Algunas décadas atrás, mi abuela, en alguno de los continuos viajes que realizaba a la fronteriza ciudad de Santa Anna do Livramento, con el fin de comprar mercaderías que luego contrabandeaba hacia Tacuarembó, había conocido a un brasileño rubio y de ojos celestes, y debido al amor surgido entre ellos y no aprobado por el padre de mi abuelo, un fazendeiro riograndense que quizá hubiera simpatizado con el nazismo, debieron marcharse a vivir juntos a la ciudad en la cual, 34 años más tarde, nacería un servidor.
Como el power point en el que se atribuye a Einstein la idea de que Luz y Oscuridad son una misma cosa, puesto que la oscuridad no es otra cosa que la ausencia de aquella, mi abuelo y mi abuela engendraron un hijo que, 28 años más tarde, puso en su mujer una semillita de la cual salí 9 meses después.
Hace milenios, luz y oscuridad fueron transformadas en dualidades. Las batallas entre ambas han sido épicas, y de ello dan cuenta innumerables obras, tanto en forma de leyendas como de historias.
En genética se dice que el cabello oscuro prevalece sobre el claro, del mismo modo en que lo hacen los ojos. Los ojos claros de tres de mis cuatro abuelos, y posteriormente de mis padres, ganaron la batalla sobre los ojos oscuros de mi abuela, pero el color de sus cabellos, asociado al de mis abuelos maternos, prevaleció en mí, así como su nariz. Esto hizo que, 20 años más tarde de mi nacimiento, y luego de un largo verano de playa que bronceó mi piel, no faltara quien me dijera indio, aunque estoy seguro de que el poder de su ignorancia era mayor que el de su discriminación, pues lo correcto hubiera sido decirme indígena. Eso me hizo recordar la leyenda de Tabaré, escrita por el antes mencionado poeta de la patria, don Juan Zorrilla de San Martín, en la cual un charrúa de ojos celestes se enamoraba de una española llamada Blanca, como me sucedió a mi mismo en segundo año de secundaria.
La palabra secundaria me hizo recordar que estaba por relatar el segundo suceso que marcó mi vida para siempre, el cual se transformó en el primer descubrimiento importante que hice en mi vida. Por entonces contaba la edad de 3 o cuatro años, y ya podía identificar con claridad las voces de mis padres, sobre todo la de mi madre cuando se ponía a rezongar a mi padre, quien hasta el día de hoy suele callar e irse a acostar. De algún modo, aquella fría ignorancia hacia los reclamos que le hacía mi madre, debió también marcarme, puesto que no hay cosa que me fastidie más, que mi pareja me ignore cuando de una discusión se trata. Pero esto no se trata de discusiones, si no del sonido, ya sea calmo o destemplado, de sus voces, así como el llanto de mi pequeña hermanita Ana que por entonces, y para mi felicidad, vino al mundo a hacerme compañía, aunque hasta el día de hoy, y de cuando en cuando, ella se empeña en reprochar el fallido intento de asesinato que ensayé una tarde en casa de mis abuelos, cuando se encontraba durmiendo.
A veces era también capaz de distinguir unas erupciones sonoras que, tanto provenían de la zona en que mi madre solía colocarme los pañales, como de la zona que era propiedad de mi padre, pero que se ubicaba unos cuantos centímetros por encima de la mía. Cierto es que la nariz heredada de mi abuela, en ocasiones lograba captar aquello que mis oídos no. Y mis oídos, por aquellos tiempos, habían comenzado a interesarse en el sonido que provenía de aquella caja de color negro que durante todo el día sonaba en mi casa. Cuando me llevaban a dormir, solía preguntarme si aquellas personas que vivían dentro de la caja no se iban a acostar, hasta que llegó aquella noche de la reunión familiar, y siendo ya tarde, mamá me llevó a acostar. Estaba encendida la radio, y fue cuando escuché por vez primera, aquella frase que me quedó grabada: “Las geniales creaciones de los cuatro de Liverpool… ¡Los Beatles!”, era la introducción con la que todas las noches, excepto los domingos, se emitía una canción en homenaje a los Fab Four.
Del mismo modo en que uno opta por determinado camino, que lógicamente lo llevará en una dirección diferente de la que hubiera tomado de haber optado por otro, de alguna forma la música de los Beatles me depositó en el preciso sitio en el cual me encuentro, sentado al frente de mi casa, tomando mate, oyendo música y escribiendo esto en la agenda que todos los años nos obsequian en la empresa en que trabajo, y que hoy en día, debido al avance de la tecnología, no tiene otra función que la de cuaderno de notas, sin importar si son ésta malas, regulares o buenas, porque lo más importante, como cuando iba a la escuela, es poder disfrutar el momento. Y si se logra disfrutar el momento aprendiendo, lo más lógico es que uno logre avanzar y pasar de año, aun antes de tiempo.
Continuará… (eso espero)
A continuación, link a "In my life", y su correspondiente letra en español.
http://www.youtube.com/watch?v=zI0Q8ytD44Y
En Mi Vida (THE BEATLES)
Hay lugares que recordaré toda mi vida,
Aunque algunos han cambiado.
Algunos para siempre, no para mejor,
Algunos se han ido y otros aun existen.
Todos esos lugares tienen sus momentos
Con amantes y amigos que aun puedo recordar.
Algunos han muerto y otros viven,
En mi vida los he amado a todos.
Pero de todos esos amantes y amigos
No hay nadie que pueda compararse contigo.
Y estas memorias pierden su sentido
Cuando pienso en el amor como algo nuevo.
Aunque sé que nunca perderé el afecto
Por las personas y cosas que se fueron antes,
Sé que a menudo pararé y pensaré en ellas,
En mi vida te querré a ti más.
Aunque sé que nunca perderé el afecto
Por las personas y cosas que se fueron antes,
Sé que a menudo pararé y pensaré en ellas,
En mi vida te querré a ti más.
En mi vida te querré a ti más.
Fuente: musica.com
El tercer suceso de importancia, acaecido en mi infancia, y que cambió el rumbo de mi vida, llegando incluso a determinar mis compañeros de estudios durante quince años, fue el dibujo de una locomotora y sus correspondientes vagones corriendo por los rieles de la vía. Tal vez, si hubiera sabido la inmediata consecuencia que me traería aparejado aquel dibujo, de seguro habría garabateado un sol, flores, a mis padres y a mi hermanita, todo lo cual podía conseguirse fácilmente con redondeles y rayitas, pues como pude observar muchos años más tarde, al parecer todo se trata de círculos y líneas atravesando el río. Pero al dibujar aquella locomotora echando humo por la chimenea, corriendo por las vías con sus vagones numerados del uno al diez, todo cambió. Al parecer, a la maestra Polola no le pareció conveniente aquello que dibujé, porque salió del salón llevándose mi dibujo, para regresar al cabo de unos instantes acompañada por el director de la escuela.
Fue así que entre los dos, me hicieron levantar de la silla, me quitaron los cubre mangas y el delantal, y me llevaron al salón de al lado, en donde se dictaba el curso de primer año escolar. Mi estadía en jardinera había durado una semana, y hasta el día de hoy, suelo preguntarme si no me privaron de una promisoria carrera de pintor, o dibujante de historietas, mundo al cual ingresaría algunos años más tarde.
Con poco más de 5 años, había experimentado emociones que en futuro me llevarían a padecer de afecciones tales como aracnofobia, melomanía, desconfianza de las consecuencias de mis actos, y abandono.
Lo del sentimiento de abandono se debió a una vecina, la primera de unas cuantas que marcaron mi vida. Un par de años antes de entrar a jardinera, había una vecina llamada Yolanda, que supongo se había transformado en mi amiga, y de alguna manera, en mi primer amor. Lo supongo por el hecho de que, cuando se fue a vivir y estudiar a Montevideo, por algún tiempo no tuve consuelo. Me sentí abandonado por alguien a quien quería y a quien ya nunca volvería a ver.
Por esos tiempos, tuve mi primer contacto cercano con el mundo de la palabra escrita, el cual me dejó importantes marcas, y que sucedió en casa de mi abuela.
Además de mis abuelos, vivían en ella mi tía Sonia y su hija Susana, que ya cursaba secundaria. En la pieza de entrada a la casa había un mueble que además de otros objetos, tenía unos cuantos libros en sus estantes, los cuales mucho llamaban mi atención, ya que en mi casa no existían objetos así.
Mientras todos estaban reunidos en el comedor o bajo el techo del patio, en el cual una vez vi a mi abuela matar una víbora apoyando el talón sobre la cabeza del ofidio mientras éste enroscaba el cuerpo en su pierna, solía escaparme hasta aquella habitación que me resultaba un tanto misteriosa y peligrosa al mismo tiempo. Esto último pude comprobarlo el día en que, intentando sacar de un estante situado por encima de mis ojos, un libro grande y de color rojo, cayó sobre mi cabeza provocándome un enorme chichón. Para cuando la hinchazón hubo cedido, ya había tomado la decisión de comenzar mi investigación por aquellos libros que se encontraban en los estantes de abajo, y que al menos en teoría, no presentaban riesgo alguno. Aunque siempre tuve la precaución de inspeccionar minuciosamente el sitio en donde metía las manitos, evitando todo contacto con las telarañas y sus correspondientes propietarias, ya que el mínimo contacto con sus redes, provocaba en mí una desesperación que solo lograba controlar cuando verificaba que apenas había sido eso, un contacto con su tela, y que el arácnido continuaba esperando a su víctima de turno.
http://www.youtube.com/watch?v=oOHQs405XcU
Lullaby (THE CURE)
Sobre sus patas de rayas multicolores el hombre-araña se acerca
Suavemente pasa a través de las sombras del crepúsculo
Deslizándose ante las ventanas del infeliz muerto
Buscando a la víctima temblando en la cama
Descubriendo su temor en la siniestra reunión y
¡De pronto!
¡Un movimiento en la esquina de la habitación!
Y ya no hay nada que pueda hacer
cuando me doy cuenta con espanto
¡De que esta noche soy la cena del hombre-araña!
Silencioso ríe y moviendo su cabeza
Avanza sigilosamente más cerca ahora por la pata de la cama
Y más suave que la sombra y más rápido que las moscas
Sus brazos me rodean y su lengua está en mis ojos
"Estate quieto tranquilízate cállate ahora mi precioso chico
No te resistas de esa manera o te amaré aún más
Porque ya es demasiado tarde para huír o encender la luz
El hombre-araña te está tomando de cena esta noche"
Y siento como estoy siendo comido
Por mil millones de temblorosos y peludos agujeritos
Y sé que por la mañana
Despertaré con el frío del alba
Y el hombre-araña está siempre hambriento...
Fuente: musica.com
Luego de haber finalizado primer año, a los tropezones y con dificultades de todo tipo, cosa que estimo probable por haber perdido confianza en lo que hacía, o quizás por no estar tan maduro para cursar jardinera, cosa que la maestra y el director habían asegurado a mis padres, descubrí algo que me resultó maravilloso y que se repitió año tras año durante mucho tiempo, aunque más tarde, y siendo ya un trabajador, comprobé que desde pequeños nos habían estado engañando, ya que las vacaciones jamás volvieron a ser lo que eran antes, un delicioso período de tres meses sin hacer otra cosa que jugar y disfrutar.
Ese primer año de escuela me había traído un gran disgusto. Por algún motivo, aquello a lo que mis familiares parecían no darle importancia, más allá de aquella frase que mi primo Crispín me hacía recitar, y que decía “el perro de San Roque no tiene rabo, porque Ramón Rodríguez se lo ha robado”, se convirtió en motivo de risa y burla para mis compañeros de clase. En jardinera nadie parecía haberlo notado, pero en aquel salón lleno de niños más avanzados, la letra erre, que hasta el día de hoy es pronunciada por mí como si de un motor se tratara, me causó muchos sinsabores. A partir de entonces me vi en la necesidad de buscar alternativas a aquellas palabras que la contuvieran. Es así que a la hora de pronunciar perro, decía can; cuando quería decir raya, decía trazo; antes que redondel, optaba por la palabra círculo; antes que rojo, elegía decir colorado; en lugar de resorte, espiral de alambre, y así una importante lista de sinónimos que sin embargo no me eran suficientes, pues bastaba con que se me escapara una palabra con ese molesto sonido para que la clase entera estallara en carcajadas.
En segundo año de la escuela noté que el mundo no estaba hecho para zurdos. Aunque mayormente los pupitres eran dobles y solían hacernos sentar junto a compañeros del sexo opuesto, en ese salón que me tocó en segundo los bancos eran individuales, y tenían el soporte para apoyar el cuaderno sobre el costado derecho, por lo cual tuve que hacer un gran esfuerzo para escribir correctamente. Para colmo, o por suerte, según como se mire, la maestra Alma, una mujer dulce y de sonrisa radiante, nos hacía llevar un cuaderno de plana, gracias al cual mi caligrafía se tornó excelente, aunque supongo que mis dotes como dibujante tuvieron que ver. Puede resultar curioso que logre recordar los nombres de todas mis maestras, excepto la de primer año, pero supongo que se debe a que aquel primer año no me resultó muy agradable. Para colmo, en más de una oportunidad me vi copiándole a Alicia, mi compañera de pupitre, una compañerita delgada que solía llevar el pelo en una larga cola torneada, y que se molestaba mucho cuando intentaba mirar su cuaderno. Sin embargo, por motivos que solo pude comprender mucho después, Alicia se quedó tanto que llegó a reprobar cuarto año. Algunos años más tarde, y ya siendo adolescentes, andaba vestida en forma bastante provocativa para la época y llevando bastante maquillaje en su rostro. El padre de Alicia había recibido en herencia un par de estancias de grandes extensiones, pero al cabo de los años las tiró por la borda de los dados, de la taba o de los naipes, y aquella muchachita desgarbada y bastante arregladita que había sido compañera de pupitre en primer año, no llegó a cumplir los 20 y murió a causa de sus excesos.
http://www.youtube.com/watch?v=XgR1LEjsMu8
Alicia (LA POLLA RECORDS)
Oh, Alicia,
En el país de la codicia
De los macarras que la vician
La dulce Alicia.
La poli va buscando a Alicia,
En el país de la malicia
Y no puede salir.
Oh, Alicia,
En el país de la avaricia,
En el país de la heroína,
La dulce Alicia.
Alguna vez será noticia,
Se dormirá en una caricia
Y no despertará
Fuente: musica.com
Durante el año 1978 cursé tercero, y mi rendimiento, que en segundo año había mejorado sensiblemente, se estabilizó definitivamente. De ser el mejor de la clase en jardinera, había pasado a la parte de atrás del pelotón durante primero, a la parte de adelante en segundo, y ya me ubicaba entre los punteros en tercero. Recuerdo a la maestra Ketty, de aire severo pero gentil, y siempre con una sonrisa a flor de labios. El detalle de las sonrisas de mis maestras no es menor, puesto que al cabo de los años he comprobado lo importante que es para mí, ya no solo la sonrisa de las mujeres, sino también la boca.
En aquel tiempo acostumbraba llegar a mi casa, tirar la cartera sobre la mesa, sacarme la túnica, e irme a parar frente al receptor de radio. Sacaba un destornillador del aparador, lo colocaba de punta en la ranura del cajón, y lo utilizaba a modo de micrófono para cantar aquellas canciones que hoy en día, forman parte de una carpeta que en mi computadora lleva el nombre de “La música de mi niñez”.
Existían por entonces dos radios de AM en mi pueblo, cosa que hasta el día de hoy se mantiene incambiada: Radio Tacuarembó y Radio Zorrilla de San Martín. Las emisoras de frecuencia modulada eran por entonces exclusivas de la capital, y mi gusto musical comenzó a edificarse en torno a las canciones que emitían las dos estaciones, y que en su gran mayoría, correspondían al género melódico. Fue así que, gracias a intérpretes y compositores como José Luis Perales, Julio Iglesias, Camilo Sesto, Los Iracundos, y Roberto Carlos, entre otros, comencé a dar forma a un carácter sensible y romanticón que perduró hasta bien entrados los treinta años.
Cada tarde oía la radio y cantaba canciones hasta las seis de la tarde, hora en la cual comenzaban a dar La Pantera Rosa en la tele, y que coincidía con el inicio de un programa llamado “Salsamanía”, cuya música no era de mi agrado. Desde entonces, y durante muchos años, sentí rechazo hacia aquel tipo de música, pero el tiempo me hizo conocer a Rubén Blades y esa reacción terminó por esfumarse. Claro que debieron pasar muchos años para que mis prejuicios comenzaran caer. No hace mucho tiempo, y de la mano de Tabaré Cardozo, se esfumaron mis prejuicios hacia la Murga, lo cual es explicable por el hecho de vivir y frecuentar con asiduidad la frontera con el Brasil, cuya música, principalmente durante los febreros de carnaval, adquiere gran relevancia; y hace cuestión de unos pocos meses, también cayeron mis prejuicios hacia el Reggaetón, al prestar atención a las letras de Calle 13. Este último, estoy seguro está asociado a la fauna que, tanto en Uruguay como en la Argentina, acompaña a tal género musical.
El vecino país, gobernado por una dictadura militar que se mantuvo en el poder desde 1976 hasta 1983, celebraba por entonces la disputa del undécimo Mundial de Fútbol, el cual fue ganado por el seleccionado locatario, dando así una anestésica alegría a un pueblo que a diario sufría desapariciones, torturas y asesinatos, algo común en toda dictadura. Algunos sostienen que ese mundial fue organizado en la Argentina gracias a un trato entre dictadores, ya que los miliares acordaron liberar al hijo de un diplomático brasileño que había sido apresado por el ejército, si João Havelange hacía primar su decisión de organizarlo en el país, más allá de que algunos países europeos se oponían.
Más allá de que esto sea verdad, lo cierto es que me molestaba enormemente cuando interrumpían la emisión de La Pantera Rosa, para transmitir en directo los partidos del mundial.
Un par de años más tarde, entre fines del 80 y principios del 81, en ocasión de realizarse en Uruguay el primer y único Mundialito de Fútbol, también bajo la batuta de una dictadura de crueldad similar a la del otro lado del Plata, la pelota había cobrado para mí, una mayor importancia. Ya me había hecho simpatizante, y más tarde fanático hincha del Club Nacional de Fútbol, más allá de los vanos intentos del novio de Susana, quien insistía una y otra vez en su ridícula intención de hacerme hincha del club Peñarol, al que detestaba, tal vez debido al odio que por entonces sentía hacia el tigre y sus rayas amarillas y negras, principal enemigo de del León, animal hacia el cual sentía mucho cariño.
Continuará...
Aquí, los links a algunas de las canciones que me gustaban en aquella época. Bueno, en realidad, aun me gustan.:o
http://www.youtube.com/watch?v=za8XtVjYGYI&feature=related
http://www.youtube.com/watch?v=8K6BmsH8TI0
http://www.youtube.com/watch?v=SLxrrE6wC5I
A continuación, la sexta parte...
El año 1978 corrió de prisa, y la inmediata consecuencia fue la llegada de 1979. Comenzaba cuarto año escolar sin imaginar que sería esa una etapa fundamental en mi vida.
Fue durante aquel abril de ritmo tibio cuando este chiquito dejó de cantar, al menos por un largo tiempo. Finalizaba la semana de turismo cuando contraje hepatitis A, por lo cual el médico indicó que debía guardar un mes de reposo durante el cual era necesario someterme a un estricto régimen alimenticio, basado en bifes a la plancha, arroz cocido, té de raíz de perejil y mucho, mucho dulce. Durante mi estancia en cama devoré infinidad de latas de duraznos en almíbar, dulce de membrillo y merengues al horno, los que una vecina del barrio cada tanto me llevaba.
Cumplido el mes de reposo y dieta, el médico me dio de alta diciendo que podía comenzar a llevar una vida normal, pudiendo dejar atrás el régimen alimenticio. Fue cuando me sobrevino la brutal recaída que estuvo a punto de trasladarme a un mundo que por aquel entonces aún no comprendía claramente.
El desesperante resultado de la incompetencia de aquel médico, fue un período de tres meses más en cama, y los cuidados debieron extremarse a tal punto que mi padre debió pasar muchas noches sentado al lado de mi cama con un brazo sobre mi cuerpo, como forma de evitar que me moviera durante el sueño.
Estuvieron a punto de trasladarme a un hospital capitalino, pero felizmente las transaminasas bajaron, y al cabo de un total de cuatro meses en cama, pude regresar a clases.
Durante mi convalecencia fui llevando como pude las tareas escolares, y durante los tres meses que restaron para finalizar el año, debí concurrir a una maestra particular para ponerme al día con mis estudios.
Cuando se aproximaba el fin de cursos, la maestra Lilián, una mujer gruesa y cincuentona de voz grave y carcajada estentórea, fue llamando a cada uno de sus alumnos y formó una fila en la que quedó ubicado por la mitad. Una vez llamado al último, me señaló y dijo a todos aquellos que habían quedado detrás de mí en la fila: miren, Javier faltó 4 meses a clases y quedó por delante de ustedes en las calificaciones. Aquella comparación, si bien por un lado me hizo sentir feliz, por otro me produjo una gran vergüenza, y supongo que ese es uno de los motivos por los cuales los halagos producen en mí un sentimiento encontrado.
De todos modos, el hecho que durante aquel año me marcó profundamente, sobre todo a partir de haber caído enfermo, fue lo que hizo mi padre, quien no tuvo mejor idea que comenzar a comprarme revistas de historietas.
Al finalizar el año poseía más de un centenar de revistas con los personajes de Warner Brothers y Walt Disney, además de historietas de superhéroes, Periquita, Los Picapiedras, la Pequeña Lulú, Lorenzo y Pepita, Archie, Daniel el Travieso, Patoruzú y Condorito, que con los años se ampliaron con Nippur, El Tony, D’Artagnan y novelas de bolsillo de cowboys y agentes secretos.
Ese fue el comienzo de una afición que me acompaña hasta el día de hoy, aunque no con la misma intensidad, pero que representó mi primer acercamiento de real importancia al mundo de la palabra escrita.
En meses posteriores, y luego de mi total recuperación, pasé de ser un niño al que todos llamaban por su nombre, a ser uno conocido con el mote de “gordo”, lamentable acontecimiento que durante varios años me llevó a sentir un evidente complejo; y aunque con el estirón de la adolescencia mi gordura fue quedando atrás, el apodo se mantuvo a tal punto de que hoy en día, cuando visito la ciudad en la que nací, y en la cual aún viven mis padres, la mayoría de los amigos, compañeros y conocidos de antaño, me siguen diciendo: ¿Cómo andás gordo? ¡Tanto tiempo!
Puede resultar poco creíble que la culpa de mi gordura la hayan tenido las revistas de historietas, pero a partir de entonces, y durante varios años, unos de mis pasatiempos favoritos fue preparar licuado de bananas con leche. Entonces tomaba un vaso, la jarra de la licuadora, de un generoso litro y medio, y un plato con rebanadas de pan con manteca y queso. Con eso iba hasta mi habitación y me acostaba a leer. Y entre página y página, me levantaba a saborear mi refrigerio y mis exquisitos bocadillos.
Ya lo hubiera liquidado hace un rato Rivera
Y Porky sería 100 gramos
de paleta sandwichera
tiraria del carro de un hurgador
El Zorro sería municipal
Isidoro un senador normal.
(Si puedo opinar)
que sería asi en Uruguay
Walt Disney se quedará de araca
Y acuaman en el río de la plata
Nadaría entre la caca
"Las olas y el viento sucundúnsucundún"
Y por los bares vendiendo curitas
andaría la pequeña Lulu
(si puedo opinar)
Que sería así en el Uruguay
Estaría en el Musto internado
La perra Lasie con hidatidosis
Y popeye en cana
por pelear drogado
Y en un bar de mozo Giro Sintornillos
Y el coronel cañones libre
Porque ganó el voto amarillo
(si puedo opinar)
que sería asi en Uruguay.
La música siempre presente, imprescindible compañera.
Somos nuestra memoria, y la tuya ya ha cobrado cuerpo a través de tus escritos. Enhorabuena, Aljamod.:)
Saludos.
Tu comentario me hizo cagar de la risa, y me alegra mucho que te haya gustado.
Shai:
Muchas gracias por pasarte por aquí. Sí, vuelve a aparecer el león, la música y todas esas cosas que día tras día y año tras año, nos hacen ser lo que somos.
Sinrima:
No hay nada que disculpar. Lo del nombre no tiene importancia. Lo que sí importa, y mucho, es que te haya gustado el texto, que a continuación proseguiré.
Muchas gracias por vuestros comentarios
¡Saludos! ¡Saludos! ¡Saludos!
El año siguiente, además de una gran pérdida y un magnífico espectáculo, trajo también consigo un grave problema.
Comenzaba quinto año en la escuela Nº 11, Brasil, y debido a su nombre, en cada acto patriótico o patriotero como pensaría unos cuantos años después (un poco más tarde diría que de ficción) que celebrábamos, se ejecutaba el himno nacional del Brasil “O grito de Ipiranga”, y aunque en realidad pienso que no lo es, puede resultar muy curioso que el himno brasileño me gustara más que el uruguayo.
Desde un principio, es decir, casi desde el comienzo de mi niñez, la música me había llamado la atención gracias a las canciones de los Beatles, pero a partir de algún instante que aún no logro precisar, comencé a verme atrapado más que por la música, por las historias que me contaban sus letras.
Por su idioma, las letras de los Beatles estaban aún muy lejanas a mi conocimiento, y debieron pasar unos cuantos años para que pudiese comenzar a entenderlas, pero aquellas canciones que eran cantadas en portugués me resultaban más cercanas, y esto les agregaba un poquito de misterio, ya que si bien entendía buena parte de las palabras, había muchas vocablos que no sabía qué significaban, y estos podían terminar cambiando la historia.
En realidad, los dos himnos son de estilos bastante similares, tanto en la música como en el contenido de sus letras, ya que ambos nos dicen que debemos elegir entre la patria o la muerte; hoy en día ambos me gustan como composiciones estrictamente musicales, en donde tanto la voz como los demás instrumentos suenan agradables a mis oídos, pero tanto sus letras como las de todos los himnos del mundo, son ideas de un pasado remoto, cuando alguien comprendió que las personas son más fáciles de dominar cuando se las separa y se las hace confrontar entre sí, porque, como dice el dicho, a río revuelto, ganancia del pescador.
Pero, hagamos a un lado el vetusto concepto de patria, cuyo único aporte positivo es poder observar cada cuatro años, y generalmente por televisión, el mundial de fútbol o los juegos olímpicos.
El año 1980 trajo el mundialito de Fútbol celebrado en Montevideo, en el cual participaron los seleccionados de Holanda, Alemania, Italia, Brasil, Argentina y Uruguay, y fue, sobre todo para los uruguayos, un magnífico espectáculo.
Cualquier lector desprevenido, o feliz y completamente ignorante acerca del fútbol, no podrá entender qué hace el nombre de un país tan pequeño y desconocido al lado de naciones cincuenta o quinientas veces más grandes, pero lo cierto es que aún a pesar de sus dimensiones, la selección de Uruguay logró ganar las copas mundiales de 1930 y 1950 y las olimpíadas de 1924 y 1928, que en aquel entonces eran consideradas campeonatos mundiales.
Por aquellos tiempos los uruguayos vivíamos gobernados por una dictadura, y la consagración del equipo celeste en la final, venciendo por dos goles a uno, fue una bocanada de aire fresco, un motivo de celebración para toda la población, sobre todo para aquellos más directamente afectados por el gobierno de facto. Como vivíamos a 400 quilómetros de la ciudad en donde más se sufrían las acciones de los militares, aunque la angustia económica se evidenciaba en todo el país, no tengo recuerdos de estar atravesando momentos tan críticos, quizá por mi edad o porque mis padres eran votantes del partido Colorado, colectividad política que facilitó el acceso al poder de los militares, y salvo por algún comentario contrario al gobierno que pudiera oírse por ahí, todo era celebración.
La final fue ante la verde amarela, y un cabezazo de Waldemar Victorino le dio el triunfo a los celestes, gallardos defensores de los colores de una patria que no es más que un pedazo de tierra situado entre Argentina y Brasil. Y desde aquella bella y fértil tierra del norte, provenían las bananas con las que me hacía el licuadito que solía acompañar mis tardes de sábado y domingo de lecturas, y que mucha relación tuvieron tanto con mi gran pérdida de aquel año, como con el grave problema que me trajo consigo 1980.
Durante una tarde de verano se me ocurrió, o me sugirió mi padre (cosa que estimo más probable), poner un cambio de revistas. Entonces escribí “Cambio de revistas” en una hoja y la pegué en el vidrio de una ventana, supongo que con la esperanza de que otro adicto a los comics llegara con material nuevo, pero aquel negocio estuvo condenado al fracaso desde sus inicios, ya no solo por el hecho de que había puesto $ 1 en la marquesina, símbolo que seguramente desalentó a todo potencial cliente, si no porque la idea de mi padre apenas fue una forma de librarse de mis molestas y constantes solicitudes de dinero para ir a cambiar revistas a un cambio verdadero. El fracaso de mi primer negocio, no representó especialmente una pérdida para mí; sin embargo, sí lo fue el hecho de regresar a casa durante una desgraciada tarde en la cual comprobé que la gran mayoría de mis comics habían perecido a manos de mis hermanas, sobre todo de Claudia, que por aquel entonces contaba tres años de edad.
Hasta el día de hoy recuerdo el gran disgusto que me supuso ver gran parte de mi tesoro hecho trizas y desperdigado por el piso, cosa que supongo causó en mí una especie de insidia hacia mis hermanitas, tan divinas ellas, pero que durante algunos años continuaron ejecutando aquel horrible acto homicida hacia los personajes que comenzaban a poblar mi mundo de fantasía.
Siendo por entonces tan pequeño, no alcanzaba a imaginar que mis hermanas podían estar haciéndome un favor al pretender romper todas mis revistas, y de haberlo logrado, tal vez no habría engordado tanto y el grave problema que comenzaba a tener jamás hubiera existido.
La primera mujer que me gustó en la vida fue Yolanda, allá por los tres o cuatro años de edad, y me abandonó. De la segunda ni siquiera recuerdo el nombre, y es una suerte, porque me fue más fácil olvidar la vergüenza que pasé una vez que, caminando de regreso hacia mi casa mientras admiraba como hipnotizado su belleza, choqué contra una columna del alumbrado público y caí sentado en la vereda, sufriendo la primera de una larga serie de estocadas mortales que a lo largo de la vida ha recibido mi orgullo.
Aquel fue mi segundo desengaños amoroso, y el primero de los tres tristes accidentes que tuve por ir mirando mujeres por la calle, lo cual es incomparablemente más agradable que ver tigres comiendo trigo en un trigal.
La tercera, una compañerita que había comenzado a gustarme siendo compañeros de clase en tercer año, se llamaba Doris, y mi amor por ella solo se esfumó varios años más tarde. Algún tiempo después comprobé que era posible tener más de un amor platónico a la vez, y ya en plena adolescencia pude enterarme que también era posible tener dos o más amores reales al mismo tiempo, pero para mí, esto último solo poblaba mi mundo de fantasía, ya que en la realidad ni siquiera me era posible tener uno. Con mi especie de acento francés y mi sobrepeso producido por la ingesta de historietas y licuado, me resultaba bastante difícil ligar siquiera una mirada, ya ni hablemos de acontecimientos como tomarse de las manos o recibir una carta de amor.
Ese sentimiento de desamor que comenzaba a experimentar siendo tan joven, fue incentivado y, por qué no decirlo, también disfrutado por causa de las canciones que escuchaba en la radio, y que me decían cosas como: “te quise te quiero y te querré, de la forma que tu quieres que te quiera, y no hay nada ni nadie ni lo habrá, que me pueda hacer pensar de otra manera”, o, “no te asombres si te digo lo que fuiste, una ingrata con mi pobre corazón, porque el fuego de tus lindos ojos negros, alumbraron el camino de otro amor”.
Debieron pasar casi treinta años para que, luego de haber llegado hasta las letras y canciones de desamor de los Buitres, hiciera a un lado mi gusto por ese tipo de composiciones que desde mis años infantiles contribuyeron a exacerbar mi placer por tal sentimiento, lo cual me causó un evidente y grave problema con las niñas.
Bastante tarde comprendí que esas historias de príncipes azules aún continúan sucediendo, aunque en nuestros días la sangre real resulta muy escasa, y los príncipes de hoy, no montan hermosos caballos blancos. Ahora, ellos conducen Cavallinos Rampantes, preferentemente rojos, y no ofrecen sus sedosos e inmaculados pañuelos a las princesas que cortejan; en su lugar, esgrimen una pequeña cartera de cuero que aseguran, tiene poderes especiales, mágicos y hasta afrodisíacos.
Mil novecientos ochenta fue un año de muchos descubrimientos, y es desde entonces que mi compañía casi exclusiva es la música, salvo por aquellos períodos de mi vida durante los cuales las paredes de mi caso no vibran tan solo por su causa.
Continuará…
Dos pares de canciones que vienen al caso:
Niñez
http://www.youtube.com/watch?v=9wJ7G3sup9c
http://www.youtube.com/watch?v=HwoeBxVn7A8
Más de grandecito
http://www.youtube.com/watch?v=3EHhmH8bMyo
http://www.youtube.com/watch?v=mA7Y6nrFAnQ
Quinto había quedado atrás y, a pesar de mi timidez, que comenzaba a cobrar protagonismo en la formación de mi personalidad, volví a estabilizarme en los estudios. El año 1980 me había dejado muchas cosas importantes, entre las cuales también destacó la segunda copa Libertadores obtenida por Nacional, equipo del cual ya era hincha fanático. Por aquel entonces mis juegos preferidos eran, además del fútbol que practicaba en casi cualquier lugar lo suficientemente espacioso, los soldaditos de plástico que en días lindos situaba en el pasto del jardín o en la pequeña quinta que había al fondo de casa, y durante el otoño e invierno en las montañas llenas de cuevas que construía con frazadas.
Tenía además muchos autitos de colección con los cuales solía realizar, entre otros juegos, carreras de fórmula uno. Como tenía solo un majorette que se parecía a un coche de carreras, y los demás eran autos de calle, camionetas o camiones, debía confecciones pequeños carteles con los nombres de las escuderías y sus correspondientes números, distintivos que luego pegaba en el capot y techo de los autos. Siempre hacía que mis autos preferidos fueran conducidos por pilotos franceses como René Arnoux y Jacques Laffite, preferencia que supongo tiene su origen en los colores de la bandera gala, los que coinciden con los del club de mis amores.
Es curioso que unos colores hayan sido el nexo que me llevó a interesarme en cosas tan disímiles como los pilotos mencionados, el seleccionado de fútbol de Francia, del cual me hice simpatizante a partir del mundial de España de 1982, y la historia de la primera y segunda guerra mundial, en las cuales me identificaba plenamente con los franchutes; estoy seguro que de haber sido el francés, un idioma más accesible, también me habría interesado en su música. Las guerras mundiales fueron durante muchos años un tema de gran interés para mí, más allá de consecuencias lamentables que son comunes a todo conflicto bélico.
Ya habían quedado atrás los tiempos en que me dedicaba a experimentar con el sufrimiento y la muerte. Luego de mi primera tentativa de homicidio llevada a cabo en contra de mi hermanita, hubo un período en el cual cazaba abejas con una bolsa de nylon a la que sumergía en el agua de la pileta de lavar ropa para luego abrirla, y permitir que el agua inundara el submarino y terminara con la vida de esos insectos cuyos colores, eran los mismos que lucían tanto los tigres como la camiseta del rival de todas las horas de Nacional. Con tales antecedentes, diríase que en el presente sería un integrante más de esos grupos de anormales que concurren a la cancha para intentar minimizar las frustraciones de sus vidas.
En mi mente, varias dualidades comenzaban a cobrar forma. Si bien mis padres se consideraban creyentes, afortunadamente nunca me inculcaron fe alguna, por lo que los enfrentamientos entre Dios y el Diablo no formaron parte de mi crecimiento, aunque sí lo hicieron otro tipo de rivales, como el león y el tigre, Nacional y Peñarol, o Francia y Alemania. Desde la infancia, e influenciado por el entorno, comenzaba a formarme distintos preconceptos que luego marcarían mi opinión y, de alguna manera, moldearían mi conducta. Quizá en aquellos tiempos no se notaba tanto, pero las décadas fueron transcurriendo hasta llegar a un punto en el cual las diferencias que separan y enfrentan a los seres humanos, son tan incontables como ridículas.
Hoy no solo se trata de disputas por creencias, colores o territorios. Existen demasiados puntos de conflicto entre las personas, y esto hace que cada vez estemos más separados los unos de los otros. Son miles de remolinos que, en su vertiginoso girar, arrastran al enfrentamiento a las distintas tribus en que nos dividimos los habitantes del globo, lo cual permite que los hábiles titiriteros conduzcan a los rebaños humanos hacia donde les conviene.
Nuestros padres, o aquellos que están a nuestro lado durante la primera década de vida, van creando determinados condicionamientos, a veces de forma involuntaria, pero que con el correr de los años pueden acentuarse y llevarnos, debido a una evidente estrechez de miras, a enfrentarnos abiertamente con los demás en estúpidas batallas que a ningún lugar conducen y que solo logran separarnos más. Cuando esos condicionamientos no son inculcados de forma directa por nuestros padres o quienes hagan sus veces, de igual forma, con todo aquello que dicen y hacen, nos influencian de una manera tal que determinan nuestros actos en el futuro, y como son conceptos tan arraigados, a veces cuesta mucho trabajo darse cuenta que estamos equivocados en muchos de nuestros procederes, y que tales errores nos fueron impuestos.
A veces las personas nos damos cuenta que no existen diferencias significativas entre leones y tigres, tricolores y aurinegros o franceses y alemanes, y que todas ellas solo contribuyen a enriquecer la vida, a disfrutarla aún más, porque no quiero imaginar un mundo en el que todos hablen arrastrando la erre, o vayan por las calles gritando en forma enfervorizada por un equipo de fútbol; sería algo patético e intolerablemente aburrido, y, para ser sincero, me darían ganas de arrojarme a las fauces del primer león hambriento que viera por ahí; no, mejor a las de un tigre; no, mejor… ¡Mejor no hablar de ciertas cosas!
Porque… ¡Qué más da que sea un león o un tigre! Al final de cuentas ambos hacen la digestión de forma similar y mis restos van a salir, ya sea por el trasero de uno u otro, para terminar abonando la tierra en la que crecerán los pastos que darán alimento a los herbívoros que servirán de alimento a ambos felinos. En cualquier caso, el final será el mismo.
Sobre finales del 81 terminaba mi periplo por la escuela, y el liceo, que quedaba a una cuadra de mi casa, sería mi destino al año siguiente. Por entonces ya me había fijado en una muchacha que asistía a primer año de secundaria, y de la cual tampoco recuerdo el nombre. Mi fuerte nunca han sido los nombres, eso suponiendo que posea algún punto fuerte. Bueno, ¡no! Casualmente, he recordado que el nombre de la chica en cuestión era Natalia, y cuando al año siguiente cursé primero, tuve a su primo Elías como compañero de clases. También me había fijado en aquella hermosa rubia que, por si fuera poco, cantaba canciones como “para hacer bien el amor hay que venir al sur, para hacer bien el amor iré donde estás tú; sin amantes, quién se puede consolar, sin amantes, esta vida es infernal”.
El 82 vendría acompañado de nuevos descubrimientos como la homofobia, una guerra que se desarrolló no muy lejos de mi ciudad, el primer mundial de fútbol que realmente disfruté, y el camino del engaño que intenté tomar, y cuyas consecuencias perduran hasta el día de hoy. Pero eso es harina, no ya de otro costal, sino de una pizza distinta de la que estoy a punto de comenzar a degustar, y a la que he dividido en ocho trozos.
Continuará…
Dos canciones de aquella época:
“Hay que venir al sur”
http://www.youtube.com/watch?v=iZ4TlzlpPdo&feature=related
“Lucas”
http://www.youtube.com/watch?v=747XqD5SJp8
(Observando este video, me doy cuenta que tal vez faltaban un par de motivos para que mi compañerito despertara)