¡Saludos! Me llamo Pablo, tengo 15 años y me enamoré de la literatura cuando aprendí a leer

Como casi todos a los que nos gusta la literatura, he intentado escribir varias veces, pero esta es la primera que me he puesto en serio y me he atrevido a enseñarlo a alguien. Espero que os guste.
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María dejo de pelar la cebolla. Escuchó las llaves. El silbido, aquella antigua canción que le acompañaba desde que era casi una niña. Las llaves giraron y se abrió la puerta. Dejó el cuchillo sobre la mesa de la cocina y se limpió las manos en el delantal. Podía verlo: su mono azul de trabajo manchado de grasa, la barba descuidada. Se sentaría en el sofá y pondría los pies sobre la mesa. Al principio, cuando se casaron, le decía que no pusiera las botas sobre la mesa, pero después del primer golpe dejó de hacerlo. <<Tengo que hacerlo>>, pensó. Volvió a coger el cuchillo y lo guardó en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero. Salió de la cocina y lo vio, en el sofá, tal y como ella pensaba. Sin levantar la vista del televisor, le indicó con un gesto la cocina y ella regresó. Tomó una cerveza de la nevera, de marca blanca, pues el sueldo de su marido no era importante y solía gastar casi todo en partidas de cartas y burdeles. Volvió donde estaba él y le entregó la cerveza, sin atreverse a mirarle a la cara.
Nuevamente sin dejar de mirar a un estúpido programa de deportes, se llevó una mano a la entrepierna, y María comprendió el mensaje. Se agachó, abrió la bragueta del pantalón de su marido y sacó su pene. Aguantando una arcada, pues el olor no era precisamente agradable, lo metió en su boca y comenzó a hacerle una felación. Con la mano derecha, que tenía libre, palpó el cuchillo que tenía en su pantalón. Decidió esperar a que la erección fuese más evidente, ya que en ese momento habría más acumulación de sangre. Tras unos instantes con el pene en la boca, sintió que se endurecía y sintió que ya era el momento. Recordó su boda, cuando apenas era una niña, y durante un instante pensó en dejar el cuchillo donde estaba y continuar con su vida. Pero pensó en todos los golpes, en su pequeña hija siendo forzada por ese monstruo que, para más inri, era su padre, y no pudo parar.
Con un rápido movimiento que nunca imaginó hacer, sacó el miembro de su boca, apretó los testículos con la mano izquierda y con la derecha sacó el cuchillo y propinó un tajo al glande. El grito que profirió su marido nunca podría compararse al gozo que invadió a María. Una mezcla de miedo, emoción y adrenalina la llevó a atacar otra vez el glande, que esta vez cortó totalmente y calló al suelo en un charco de sangre. Siguió dando tajos a lo largo de todo el miembro, y, cuando se cansó, cortó los testículos.
Más que el miedo o el dolor, lo que reflejaba el rostro de su marido era la sorpresa. Se levantó y, mirándole a los ojos, levantó el cuchillo cubierto de sagre. Esta vez si vio el miedo en su mirada. Le rajó el mono de trabajo y le hizo un profundo corte en el pecho. Luego se dirigió a su pezón izquierdo y lo cortó muy lentamente. Cuando lo tuvo en su mano lo arrojó al suelo. En el sitio donde antes había estado, ahora sólo quedaba un círculo de piel rosada. Luego hizo lo mismo con el otro. Escupió a su marido a la cara, le pateó, le propinó puñetazos. Tras media hora de lucha, se sintió muy cansada y le acuchilló ambos ojos.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, y lloró. Lloró mucho. No era pena. No era miedo. Era tensión acumulada durante veinte años. Cuando no le quedaban lágrimas en los ojos, comprobó que su marido estuviese muerto.
Tras esto, dejó caer el arma y se dirigió al baño. Abrió el grifo del agua caliente y se plantó frente al espejo mientras se llenaba la bañera. Nunca se había sentido tan cansada como en ese momento. Ni siquiera tras las palizas o las violaciones. La cabellera negra, que un día había tenido rizos, caía ahora lisa y se le pegaba a la cara. Los ojos, antaño llenos de vida, no eran más que oscuras cuevas en su rostro; rostro que lucía una palidez mortal.
A pesar de todo, sonrió. Ni siquiera recordaba cómo era eso, sonreír, pero lo hizo. Siguió su examen. Desabrochó su camisa azul y la dejó caer. No llevaba sostén; su marido no se lo permitía. A pesar de ello, los pechos se mantenían firmes. Desde que era joven habían sido grandes y turgentes, con grandes pezones rosados. Eran algo que gustaba a su marido, quizás lo único. Se sacó su pantalón tejano, dejando al descubierto una de las pocas prendas finas que conservaba: una prenda negra, de encaje, regalo de su hermana en su primer aniversario. Volvió a esbozar una sonrisa. Se desprendió también de esa prenda y observó su parte más íntima; su zona de mujer. A pesar de las insistencias de su marido y los golpes que ello había provocado, María depilaba su pubis. No le gustaba de otra manera; así se sentía más limpia, y era una forma de enfrentarse a su marido.
Cuando el agua estuvo preparada, se dejó absorber por ella. Soñó con un mundo mejor. Una vida mejor. Y cerró los ojos.[/OCULTAR]
Comentarios
¡Saludos!
Me gustó tu relato pero no sé... algo le falta y no sé qué sea
en fin, saludillos!!