Siempre salía a dar su paseo a la misma hora. Lloviese, nevase, hiciese frío o calor… a las 7.57 horas en mi reloj, se abría la puerta de la casa grisácea y aparecía su silueta dibujada en el porche. Me imaginaba que achinaba los ojos, porque de pronto, en su frente se dibujaban más arrugas de las obligadas para su edad. Miraba a un lado y a otro y entonces, sólo entonces, cerraba la puerta tras de sí.
Luego, mientras descendía los 2 escalones que le llevaban al pequeño huerto, guardaba las manos en los bolsillos de su pantalón.
Salía a la calle y se repetía la misma escena de todas las mañanas… Hacía el amago de dirigirse hacia la derecha, pero se paraba, mirando al infinito o quién sabe a dónde… Entonces, podía adivinar una solitaria lágrima descendiendo por su mejilla sonrosada. Miraba mi reloj. 1…2…3…4…5… eran los segundos que, según mis cuentas, tardaba la lágrima en cambiar de la suavidad de la piel humana a la violencia del frío suelo en el que ponía fin a su intento de suicidio.
En ese preciso instante, daba un giro de 180 grados y comenzaba a caminar por el camino de la izquierda. ¿Qué le hacía cambiar de dirección? Era la pregunta que me había mantenido enganchada a la ventana durante el tiempo que le llevaba conociendo.
Nunca le veía regresar. Seguramente la casa grisácea tuviera una puerta trasera de cuya existencia desconocía. Tenía ganas de rodear la casa en busca de esa puerta. En busca de ese hombre. En busca del secreto del camino de la derecha…
Una fría mañana de invierno, a las 7.57 horas en mi reloj, me sorprendió un coche negro y alargado, aparcado justo donde el camino que todos los días recorría aquel hombre, se dividía en dos.
Del interior de la casa salieron dos tipos de traje negro portando una gran caja. Creo que era de pino, aunque desde mi ventana no lo podía asegurar. Era un ataúd.
El ataúd giró a la derecha… Se dirigía hacia el lugar de donde él había huído mañana tras mañana… En ese momento, comenzó a llover… Miles, millones de lágrimas caían condenadas a una muerte irremediable.
Ya no volvió a dar su paseo. Seguí postrada en mi cama sin opción de poder girar a la derecha, sintiendo cómo mis lágrimas eran testigo inmutable de la vida muerta…
Comentarios
Y a mí me dices que te pongo los pelos como escarpias!!!!
Muy bueno sí señorita, muy bueno. Consigues llevarnos a tu ventana, que queramos saber también qué narices hay a la derecha.
Sólo una pequeña pequeñísima puntada.
Del interior de la casa salieron dos tipos de traje negro portando una gran caja. Creo que era de pino, aunque desde mi ventana no lo podía asegurar. Era un ataúd.
De este trocito quitaría Era un ataud. Estaba claro, sobra esa precisión y afea un pelín el párrafo.
Por lo demás, perfecto artista!
Besos mil.
Por cierto, lees mis cosas con demasiados buenos ojos jaja. Pon tus ojos normales!!
Besitos
en cuanto a la inclusión o no de ataúd, me decanto por incluirla. como reafirmante de la descriptiva, pero, sí lo sustituiría en el siguiente párrafo, usando la expresión con la que se empieza ésta, usease :caja de madera.
y¿ qué habrá tras la puerta verde ( la derecha)?:D
saludos de Turumbar