¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Perdonadme

UnomasUnomas Anónimo s.XI
editado diciembre 2011 en Fantástica
Buenas a todos, aquí traigo otro trozo que me gustaría compartir. Esta vez he decidido subir un poco el tamaño de la letra, a favor de que sea más cómodo de leer. Si no fuera así, decídmelo y lo cambio encantado.
Perdonadme

Los vestigios del drástico frío en la pasada noche empezaban a evaporarse con la presencia del sol, exhibiendo los primerizos rayos de bienestar tras las montañas nevadas, al norte del Imperio de Arzom. Aquellas fueron las primeras sensaciones acogedoras de la mañana que, tras una invernal noche escoltada por la incesante ventisca, los adormecidos aldeanos aprovechaban ansiosos, regocijándose en sus camas, disfrutando los cálidos minutos restantes antes de comenzar la labor matutina.

Aquella mañana Seraphine se levantó temprano, como de costumbre cuando planificaba sus salidas al bosque, próximo a una de las diversas salidas de Arzom, tras cruzar el gran puente. Tras acicalarse, y sin pretender despertar al resto de su familia, bajó discretamente hasta la cocina con sus zapatos agarrados en su mano izquierda; breves e intermitentes crujidos emergían de la madera vieja por la que pisaba. Se dirigió cautelosa hasta la cocina. Allí terminó de vestirse, cogió unas hogazas de pan recién cortadas y un par de manzanas, las guardó en su bolsa y salió sigilosamente de la casa mientras se la amarraba a su cinturón pardo.

El sol ya llegaba a iluminar parte de las estrechas e innumerables calles de la ciudad de Arzom, irradiando aún más la presencia de Seraphine; su túnica empezaban a cobrar vida propia gracias a las relucientes y doradas filigranas que cobraban vida al contacto con la luz del espléndido día, recorriendo los bordes de su indumentaria, junto a su capucha, la cual se colocaba mientras se dirigía a paso ligero hacia las afueras de la ciudad “¡Ojalá no sea demasiado tarde, debo apresurarme!”.

Mientras su impaciencia aguardaba tras los continuos pasos hasta el gran puente, la principal salida trasera hacia las afueras de Arzom, Seraphine se dejaba cautivar por el silencio de la mañana, cuyos pájaros aprovechaban exhibiendo sus mejores cantares, acompañando al progresivo despertar del poblado de Arzom en las primeras horas de la madrugada. Se abrazaba buscando el calor de su cuerpo que aún le costaba desvelarse. Empezó a cruzar lentamente el puente, despreciando el crujir de la madera del que derivaba y dejándose llevar por el relajante sonido del agua fluyendo incesante bajo la plataforma; atrás dejaba satisfecha los breves llantos de los bebes recién despiertos, cuyas madres acudían fugaces al consuelo, o el de aquellos locos enamorados gimiendo insinuantes, adentrándose deseosos en los misterios de la creación de la vida. Ella bajaba la cabeza, oscureciendo aún más su rostro encapuchado y sus carnosos y sonrientes labios.

Tras cruzar el puente, saltó a un camino de tierra que rodeaba el reino y se dirigió colina arriba, introduciéndose entre la gran fila de árboles que daba paso al gran bosque. Inquieta en sus reflexiones, decidió intensificar el ritmo, siguiendo las marcas de los árboles en forma de flechas que esmeradamente hizo la mañana anterior “¡Qué nervios, qué ganas! ¿Estarán ya?”

Tras la última señal inscrita en uno de los numerosos árboles a su alrededor, empezó la búsqueda del siguiente paso. Y lo encontró.

Un gran rosal, parcialmente cubierto por la nieve, que recubría sus numerosos huecos por una espesa manta de frio “Por fin”. Empezó a bordearlo, sonriente, y mientras acariciaba cariñosamente las rosas, asomó la cabeza hacia el otro lado del rosal, liberando las primeras palabras del alba:

- ¡Buenos días! ¿Hay sorpresitas por aquí? –Sus palabras irradiaban una ilusión incontenible, así como sus brillosos ojos y su sonrisa, mientras sus brazos meneaban su estremecido cuerpo.


Lo siguiente que contempló fue la figura tumbada de una loba adulta, resguardada de las bajas temperaturas entre la gruesa maleza que rodeaba al rosal, junto a los árboles acoplados de alrededor. A su vera estaba su manada al completo, testigos de los próximos hechos, y ellos, su tesoro, que defendía hasta del mismísimo padre, cuyo macho regurgitaba la comida recién apresada en el día y se alejaba, guardando las distancias con la sensible hembra. Una hermosa camada se meneaba hacia ninguna parte entre las patas de su madre, en busca de un primer sustento que llevarse a la boca. Su vista, aún por desarrollar, les encaminaba continuamente en la dirección equivocada, donde la madre los apresaba fatigada pero dulcemente con su morro y los recolocaba en su seno.

Seraphine estaba llena de júbilo. Alejada prudentemente de la madre, observaba como el resto de la manada, junto a las diversas aves que llegaban posándose en las gruesas ramas de los gélidos árboles, disfrutaban del divertido espectáculo de las crías y su madre, severa y reservada, reubicando continuamente a sus cachorros.

El macho avistó a Seraphine, que incondicionalmente dejaba caer algunas lágrimas de felicidad, cayendo en seco en la espesa nieve. Se acercó hacia ella, bordeando a la hembra y se posó sentado a su lado, compartiendo el maravilloso panorama. Ella lo miró una vez antes de redirigir de nuevo su mirada hacia la camada, y mientras acariciaba su suave y oscuro pelaje le comunicó abiertamente:

- Pronto amigo, muy pronto te tocará a ti hacer tu parte. Estoy orgulloso de ti.

El lobo, inmutado, no miró a Seraphine, pero el hecho de que dirigiera su cabeza hacia ella, restregándola en busca del amor y el afecto que parecían faltarle, aparentaba justo lo contrario, dejándose llevar por los claros sentimientos y profundas caricias de Seraphine.

Aquel momento cruzó el umbral de la matutina vida de la manada, que marcaba el inicio de un nuevo rumbo aún por determinar. Verdaderamente fue un momento cúspide, pues una gran e impredecible bandada de pájaros despegó despavorida hacia el cielo, acercándose fugazmente en dirección hacia el rosal, sobrevolándolo y siguiendo la misma dirección, dejando sus graznidos como única pista y previniendo a todo el bosque. Solo uno de ellos, atravesado por una flecha, cayó cerca de la hembra y los cachorros, inquietando ligeramente a las crías.

Comentarios

  • UnomasUnomas Anónimo s.XI
    editado diciembre 2011
    Aquel momento alertó al macho, el cual se giró tenso en la dirección de origen donde los pájaros alzaron su despavorido vuelo. La manada completa hizo lo propio alrededor de la blanquecina hembra, junto a Seraphine, que permanecía agachada. La contenida respiración del grupo y las aves, reservadas y estáticas en las alturas, permitieron que el profundo silencio invadiera los alrededores.

    Las eternas preguntas de Seraphine incordiaban a su estremecido corazón, distrayéndola de la realidad que se aproximaba lentamente desde los lejanos árboles. Un águila cercana que compartía la escena con el resto de animales saltó desde las elevadas ramas y planeó hasta posarse en el hombro derecho de Seraphine, justo en medio de ella y el enfurecido macho, que ya dejaba entrever de entre su mandíbula las puntiagudas razones de su enfado, junto al respetuoso rugido que lo precedía. Seraphine agradeció aquella compañía.

    - ¿Puedes ver algo? Hablaba mientras escudriñaba el bosque junto a su habilidoso compañero.

    El silencio precedió al mismo sonido del viento cortante. No pudieron vislumbrar adecuadamente aquel objeto que se acercaba peligrosamente, despedazando el aire a su paso. Seraphine contempló la escena, sorprendida por el miedo del momento e inmóvil, mientras el águila posada en su hombro se desplomó en seco en la nieve abatida por la flecha, con las alas entreabiertas. El macho alfa solo podía mantener reunida a la manada ante aquella nueva amenaza, mientras sus rugidos tensaban aún más el ambiente y Seraphine, que observaba aquellas dos criaturas ya abatidas, empezó a sustituir sus apasionadas lágrimas por otras más apropiadas al momento “Ni siquiera tuvieron una oportunidad”.

    Cada vez estaban más cerca. Aquellas vigorosas pisadas delataron la presencia de caballos acercándose hasta el rosal. Pocos segundos después aparecieron, alegres y serenos, como dos jovenzuelos que ven pasar el tiempo gastando bromas:

    - ¡Has vuelto a fallar, Burda!
    - Mi señor, permítame intentarlo de nuevo.- Burda hablaba a Zarruk con reverencias y respeto, mientras ambos mantenían ese tono divertido y burlón.

    Zarruk alargó el báculo de su mano derecha, señalando con la esculpida serpiente al final del bastón, en señal de aprobación. Burda exhibía su desdentada risita mientras sacaba otra flecha del carcaj que portaba en su cintura, y apuntaba un poco por debajo de la cabeza de la hembra.

    La manada al completo exteriorizó su descontento, ahora gruñendo todos al unísono. Los pájaros volaron horrorizados, incapaces de contemplar aquella inminente masacre y sometidos a la tentativa de cuál de ellos serían el próximo en golpearse reciamente contra el suelo.

    Seraphine se levantó, haciendo hincapié en sus temblorosas rodillas. Mientras se reponía de aquella postura agazapada, dio un paso hacia delante levantando las manos en horizontal, obstaculizando la trayectoria de aquella flecha. Su grito llegó hasta las zonas más recónditas del bosque:

    - ¡No os mováis! Ellos…-su voz se entrecortaba, buscando entre el despertar de sus lágrimas caídas el origen de una fuerza espiritual, la cual buscaba brutalmente salir al exterior- Ellos nos la van a pagar.

    Burda estaba indignado. Su menosprecio le sobrecogió “Ninguna persona se atreve por voluntad propia a interponerse entre mi flecha y mi presa, y menos aún una banal mujer”.

    - ¡No te atrevas a desafiarme, fulana! – Frustrado por la presencia de aquella mujer, Burda gritó, mientras hacía señas con su arco, ya preparado, para que se apartase.

    Seraphine retiró su capucha, dejando que la luz del sol empapase de calidez su frígida cara. Miró a Burda a los ojos, con el desprecio que se miraban a los asalta vírgenes en aquellos días.

    - En mi opinión, lo único que te hace grande es ese metro de más que ganas con tu montura. En realidad no eres nadie, simple bazofia, servidumbre que quizás sirva para alimentar unas bocas.

    - ¡Haré que te tragues tus propias palabras, escoria!- Hablaba irritado, con el rostro retorcido mientras tensaba la cuerda hasta su máximo, cobrando así la mayor velocidad que el arco podía ofrecerle.

    Seraphine no tuvo que pensar. Los lobos se mantenían a raya tras las manos de ella, observando hambrientos a aquellas jugosas presas pavoneándose, pero un estallido de luz celeste emergió del cuerpo de Seraphine, captando de nuevo su atención.

    Los lobos retrocedieron un poco, ante sus propios miedos y desconocimiento de lo que pasaba. Seraphine mantenía los ojos cerrados, mientras pronunciaba una serie de ininteligibles palabras. De su frente emanaba un surco celeste artificial que dibujaba las líneas de un oblongo escudo pavés, el cual empezó a separarse de su relajado rostro una vez trazado.

    Burda miraba intranquilo “No pensé que me las vería con una hechicera, Zarruk no me contó esto. No dejaré que termine”. No se demoró en soltar la cuerda y lanzar la flecha hacia Seraphine a toda velocidad.

    - ¡No me asustan tus triquiñuelas, furcia!

    Seraphine lo miraba desafiante y le regaló las últimas palabras después de que aquella hermosa filigrana, suspendida en el aire, amplió bruscamente su tamaño al contacto con la flecha, otorgándole las verdaderas dimensiones de un celestial escudo protector y partiendo la flecha en dos, perdiéndose en la nieve:

    - ¿Quién ha dicho que esto sea una ilusión? – Dijo Seraphine, con la cabeza ligeramente inclinada y un semblante serio.

    El rostro guasón de Burda empezó a tornar a sombrío. No salía de su asombro al ver como su flecha ni rozó al objetivo y mientras se reponía, buscando torpemente otra flecha en su carcaj, Seraphine volvió a su anterior postura agazapada, con las yemas de los entumecidos dedos apoyadas en la nieve. Sin perder el contacto ocular con Burda, continuó con su indescifrable discurso.

    De los dos individuos socarrones, Zarruk era quien todavía contemplaba la calma, dejando que Burda fuese quien manifestara los primeros síntomas de miedo y agitación, cuyo caballo traducía sus órdenes torpemente, incapaz de mantenerse en el sitio. El bosque susurraba a su alrededor, contestando a Seraphine en un continuo y oscuro dialecto. La brisa a espaldas de Seraphine se encrespó en dirección a los jinetes, que usaban sus brazos a modo de escudo, protegiéndose de las fuertes rachas de viento y de la nieve que se levantaba violentamente del suelo, reduciendo así su campo de visión.

    Aquella prolongada invidencia obligó a Burda a usar más su deteriorada audición, permitiéndole escuchar vagamente lo que para él serían un incontable número de flechas despedazando el viento, raíces y maleza que encontraba a su paso. Pero le prohibía entrever las numerosas raíces rugosas que avanzaban hacia él a una velocidad vertiginosa desde las zonas más incógnitas del bosque. Los raigones se abrieron paso, con una velocidad y precisión atronadora por detrás de Seraphine y justo entre la manada, lanzándose intolerables hacia Burda y su caballo, el cual empezaba a sentir las fuertes ataduras de las raíces que le enredaban el cuerpo y lo adherían dolorosamente hacia su jinete.

    El arco de Burda se partió, incapaz de soportar la presión de la naturaleza. Su caballo desbocó en un incesante resuello mientras las raíces continuaban su conquista hasta las patas de éste, descolocando sus huesos con un fuerte chasquido, forzando su caída. Burda no cesaba de gritar. Las raíces enredaban su maloliente boca mientras retrocedían como meras espirales estiradas hasta su máximo, volviendo a sus inicios arrastrando violentamente a sus presas con ellas, golpeándolas contra el bosque durante su camino de vuelta.

    La manada los siguió, procurándose algún que otro jugoso bocado, dejando a la albina hembra y a sus crías a merced del destino.

    Zarruk seguía mirando inexpresivo aquella escena “Ya es suficiente, no puedo estar aquí todo el día”. Con habilidad, bajó de su caballo y empezó a acercarse hacia Seraphine y el macho, el cual estaba ansioso por arrojarse sobre su suculenta garganta. Zarruk fue el primero en romper el silencio:

    - Desde luego no esperaba menos de ti. ¡Ya no me acordaba del talento que tenías para deshacerte rápidamente de los hombres! – Sus palabras siguieron a su rostro bromista, a la vez que meneaba su cuerpo con los brazos alzados y contemplaba intermitentemente al paisaje y a Seraphine.

    - Te resultaría curioso saber que no es lo único que soy capaz de hacer desaparecer.

    - Está bien. Ya sabes por qué estoy aquí, ¿qué ha decidido la hija de Zidgeir, consejero mayor de Arzom? – El ultimátum de Zarruk no hizo sino acelerar más la repentina respuesta de Seraphine.

    Seraphine miró hacia la ciudad de Arzom, buscando la posibilidad de huir y reclamar la ayuda de su padre, pero los destrozos de aquellos dos nublaron su mente. Dejó que el orgullo cegara la coherencia y tornó su mirar hacia los cielos. Sus melancólicos pensamientos le dieron seguidamente las fuerzas suficientes para aquella batalla, pues no le quedaban recuerdos más consistentes y esperanzadores que los de su familia y amigos “Perdonadme todos”.
  • UnomasUnomas Anónimo s.XI
    editado diciembre 2011
    Zarruk se impacientaba, apoyando el peso de su cuerpo en su pierna derecha en una pose bastante cómoda, intentando hacer pasar el tiempo lo más agradablemente posible.

    - ¿Y bien? ¿Qué has decidido?

    Seraphine se acercó unos pasos, distanciándose aún más del macho y su recién parida camada. Agachaba la cabeza mientras se aproximaba hacia Zarruk, con un enrevesado lenguaje en cuya boca empezaba a emanar un vaho desmesurado, seguido de un fino hilo de humo que se desprendía de sus comisuras labiales.

    - He decidido que… - Seraphine no terminó la frase, dejando que su energía canalizase todo su cuerpo, procurando un vaivén en su torso y despojando de su boca una llamarada.

    Las llamas desvistieron las ligeras túnicas nevadas de los árboles en pocos segundos, adornándolos con el consiguiente tono calcinado, mientras estas atravesaban a Zarruk, sin intentar evitarlas siquiera.

    Aquella llamarada humana permanecía de pie, inmutada, como un sol que deseaba dar más calor a su tierra resentida por el frio de la noche anterior. Sus palabras aún mantenían el mismo tono sarcástico:

    - Bien, ¿algo más?

    Poco a poco, las llamas empezaron a fusionarse con su cuerpo, integrándose en su interior hasta desaparecer por completo, dejando unos ligeros rastros de humo en su capa y hombreras, las cuales se sacudía elegantemente.

    Seraphine alzó la guardia aún más y sus pensamientos buscaban una nueva forma de atacar, mientras que el lobo se colocaba a pocos metros de la hembra, que a pesar del conflicto, aún se quejaba de las presencias cercanas.

    Zarruk dio solamente dos pasos y dejando que el báculo también descansara en la nieve agujereada. Permitió que el sol calentara la palma de su mano izquierda, otorgándole a Seraphine otro modo de persuasión y evasión del conflicto que disputaban:

    - Querida Seraphine, cuando te decía en mi tutoría que al jugar con fuego podrías acabar quemándote, lo decía por algo. – Seraphine miraba con desprecio ante sus palabras.


    Seraphine escuchaba esas palabras, recordando su infancia y sus largos años de preparación junto a su maestro, donde aprendía a diario los entresijos de la magia “Te odio, maldito”.

    Apenas esperó para exponer su réplica, su odio fue creciendo, abriéndose paso hacia sus manos, provocando un constante humo de entre aquella intensa luz dorada que emergía de sus palmas. Los básicos instintos del lobo macho le insinuaron apartarse un poco más; no podía dar crédito mientras observaba aquella zona tan hostil, pues el calor que empezaba a emanar de las manos de Seraphine, a pesar de la distancia, se asemejaban al fuego que desprendería una antorcha a pocos centímetros de su morro. La calidez del lugar dejó casi dormidos a las pequeñas crías, creyendo haber encontrado el mejor sitio del mundo para soñar.

    Seraphine lanzó un grito insinuante, posteriormente de apuntar sus palmas hacia Zarruk, proyectándole una intensa y desbordante llamarada brillante y azulada que derretía la nieve del terreno, creando un camino entre ellos.

    - ¿Y qué tal esto, maestro?

    Seraphine vio como la llama empezó a cubrir a Zarruk, sorprendido a su vez de la potente ráfaga de energía incandescente que se le venía encima, siendo imposible evitar que las llamas lo sobrepasaran siguiendo su camino. Seraphine continuó arremetiendo contra él, usando sus brazos a modo de látigo que engendraban largos pero diminutos dragones entre el fulgor, que empezaban a ondular incondicionalmente aquella intensa llamarada con sus propios meceos. Las pequeñas bestias no se demoraron en agarrar violentamente a Zarruk de entre la combustión, propinándole un fuerte y calcinante abrazo, a la vez que le agraciaban con contundentes ráfagas en todo su cuerpo.

    Seraphine mantenían intensamente la concentración. El sudor y los jadeos ya empezaron a hacerse notables, y sus rodillas empezaban a notar la tensión del enfrentamiento y su mermado espíritu. Zarruk soltó un grito, pues aquellas estridentes llamas se hacían notar en la mayor parte del bosque, espantando a todo curioso animal.

    - ¡Se me acaba la paciencia Seraphine!

    Seguidamente, la llamarada empezó a expandirse. El poder que Seraphine imbuía a la llamarada no había mermado, pero ésta empezó a retroceder ante el mago.

    Zarruk miraba impasible aquel flameante destino que se mantenía peligrosamente cerca en su decisión de acabar con él, bordeando y partiéndose en dos sin tocarle, y ahora, sin llegar siquiera a percibir su extremas temperaturas.

    Una imperceptible y ovalada capa lo separaba de otra de las ardientes respuestas de Seraphine, cuya protección desprendía un ligero brillo añil al contacto con el fuego.

    Seraphine cesó la ofensiva, incapaz de mantener por más tiempo aquel extenuante ritmo. Sus jadeos la obligaron a apoyarse en el suelo con una de sus rodillas y sus manos, intentando no desmayarse “Maldición, es capaz de controlar el tercer nivel de magia”.

    Zarruk habló mientras daba pasos vacilantes hacia Seraphine, que hacía intentos por no perder el equilibrio a pesar de sus cuatro puntos de apoyo:

    - Creo que con la primera respuesta tenía bastante.
    - Pensé que no lo habías pillado a la primera. Unirse a ti es unirse a una causa que nuestro pueblo abandonó hace largos años. Tu sabes mejor que cualquiera de nosotros que forzar las cosas solo nos ha traído desgracias a nuestro pueblo y semejantes. – Seraphine hablaba entrecortada, intentando recobrar el aliento rápidamente.
    - Si, tienes razón. Solo desgracias... – El rostro de Zarruk tornó reflexivo durante unos segundos, rememorando oscuros sucesos pasados.

    Inmediatamente, Zarruk cerró los ojos y también mostró su maestría en aquel lenguaje inhumano durante unos segundos, y cerró el puño. Al abrir los ojos, sea cual fuese su deseo lo vio cumplido.


    Una minúscula gota de fuego se forjó desde unos metros de altura, cayendo al lado de la hembra. La gota se partió en dos al contacto con la nieve, rodeando a la loba en un surco de fuego, que empezó a extenderse hacia sus adentros, abrasando tanto a ella como a los cachorros.

    Seraphine entró en cólera mientras observaba aquella horrible gala de poderes, mientras el macho hocicaba al lado de las llamas, donde se evaporaba la vida de la hembra y las crías, intentando desesperadamente buscar una solución. Seraphine volvió su mirada hacia Zarruk mientras corría desesperadamente hacia él.

    - ¡Para, los mataras! -Seraphine hablaba mientras golpeaba fuertemente su pecho con sus manos cerradas.
    - Es lo que quiero.
  • UnomasUnomas Anónimo s.XI
    editado diciembre 2011
    Zarruk miró a la desconsolada Seraphine, incesante en sus impactos. Decidió agarrarle la cara con su mano derecha y dejar que la magia hiciera el resto. Seraphine notaba aquella fuerte presión como si le fuese a partir la mandíbula. Un simple golpe seco fue lo que notó.

    Seraphine salió volando hacia el lado izquierdo de Zarruk, impulsada por aquel choque de una manera precisa, pero brutal. Estampó su extenuado cuerpo contra uno de los árboles del lugar y calló ligeramente desmayada al suelo, observando los pequeños fragmentos desprendidos de su túnica, mientras se reponía de aquel brutal choque. Aquél acto colmó la impaciencia del lobo macho, ansioso por tomar partido en la lucha y no dudo en lanzarse ásperamente contra Zarruk, corriendo hasta estar a la suficiente distancia para lanzarse en un mortal salto en busca de su garganta.

    Zarruk no tuvo reparos en librarse de aquel molesto lobo. Se agachó, buscando el contacto con la nieve desde su retaguardia. Recogió e impulsó toda la nieve acumulada en su mano contra el inmediato ataque del lobo, que ya dejaba entrever su babeante lengua y sus puntiagudos colmillos. Zarruk no pronunció palabra alguna. El simple gesto de estirar completamente su mano tras arrojar la nieve, aún en el aire, la imbuyó de vida, acumulándola y estirándola, haciéndola puntiaguda.

    El lobo ni siquiera logró una oportunidad. Su salto se convirtió en su perdición, ensartándose a sí mismo con la gélida lanza. Al caer ya no se percibía ningún vaivén en su vientre, y sus ojos quedaron abiertos, contemplando fríamente a su verdugo.

    Seraphine, incapaz de moverse, dejó que sus lágrimas siguieran brotando de sus colorados ojos, mientras observaba el triste destino de aquellos inocentes seres.

    Zarruk no quitó la vista de encima al inerte lobo, mientras le hablaba a Seraphine.

    -Esto es lo que nuestro pueblo sufrió por culpa de los humanos. Sus prejuicios, su ética y su capacidad de decisión como si se creyesen los dioses de la tierra fue lo que provocó nuestra destrucción. Ahora, es momento de hacérselo pagar, y si no estás con nosotros, estás contra nosotros.

    -En aquel entonces aprendimos a no adentrarnos en los más profundos y oscuros misterios de la magia y al mismo tiempo a guiarlos en su propio camino hacia la sabiduría. Lo único que vas a conseguir si sigues este camino es revivir aquella maldita experiencia.

    -¿Morirías por ellos? –Zarruk miró a Seraphine furioso, con los ojos abiertos y sus dientes, junto la expresión de su cara, mostraba la cólera que acompañaba a su ya quebrada paciencia.

    -¿Qué?

    -¡Contéstame! ¿Morirías por ellos, sí o no?

    -Sí.

    -Muy bien, así sea.

    Zarruk alzó los brazos y la cabeza hacia los cielos, mientras sus incoherentes palabras hacían mella en la moral de Seraphine y, posteriormente, en su cuerpo.

    Los calmados latidos de Seraphine empezaron a galopar hasta su límite, sobrepasando este y obligando a su anfitriona a agarrarse fuertemente el pecho, buscando la protección. Su nariz, pómulos y boca empezaron a alargarse, apartándose cada vez más del resto de su rostro. Su tersa piel se desprendía irremediablemente de su cuerpo, incapaz de contener el nuevo pelaje que recubría la bestia que empezaba a emerger de su interior, desgarrando la frágil túnica que se deslizaba hasta el suelo. La fuerte presión de su garganta le comprimía las cuerdas vocales, entremezclando sus terribles y desesperados gritos por sus nuevas maquinaciones interiores, dando paso, al principio, a una doble voz, más grave y demoníaca, que ahuyentaba todo rastro de presencia animal de los alrededores. Su cuerpo le siguió a su pescuezo, descolocando sus huesos. Sus rodillas se partieron y recolocaron, dejando que ahora fuesen sus cuádriceps y pantorrillas quienes mantuvieran su ya delicado equilibrio. Perdió el apoyo de las pocas fuerzas que le quedaban, y cayó desplomada al suelo, retorcida de dolor, mientras dejaba que los cambios procurasen su nueva postura. Sufría por aquella fina y larga extremidad que se dejaba aparecer de entre la túnica, atravesándola, como si deseara huir despavorida de aquel infierno, entre sus deformados glúteos.

    Durante ese infierno lleno de convulsiones, avistó de nuevo a Decorak con aquellos enfurecidos ojos esmeralda que se bañaban irrefrenablemente en un ácido líquido cobrizo, recubriendo dolorosamente aquella primera ocular capa viscosa. Por un momento, transformó su eterna agonía en sed de venganza; reptó hacia él clavando los dedos en la tierra, más fina y profunda a cada zarpazo que daba. Sus uñas tornaron a un color más blanquecino, y la nueva forma en garfio le hacía ganar en velocidad, a pesar de su posición tendida. Alcanzó a su enemigo, apresándolo intensamente por los tobillos. Su mente y su voz le traicionaban; incapaz de recitar ningún hechizo para defenderse, concentró toda su angustia y dolor en sus manos, que ya empezaban a traspasar la carne de Decorak. El mago refunfuñó; sin mirar hacia abajo, se dedicó únicamente a chasquear los dedos. Una sensación cálida surgió entre las manos de Seraphine hasta avanzar a las mismas llamas, que ya empezaban a abrasar los miembros de la deformada maga. Incapaz de librarse de ella, Decorak estrelló el apoyo de báculo sobre el suelo, haciendo rebotar la tierra donde Seraphine yacía. El primer seísmo la golpeó fuertemente en su cabeza y costillas, rompiendo algunas de estas y dejándola prácticamente fuera de combate. Su nudo alrededor del mago se aflojó enseguida. Decorak volvió a golpear el báculo contra el suelo, con más ímpetu que la vez anterior. El descomunal impulso, que volvió a surgir desde el suelo, obligó a la desfallecida maga volar varios metros atrás, donde se estrelló contra un grueso pino, partiéndolo y perdiendo por completo el conocimiento. Dejó de resistirse y la transformación se completó a ojos del mago, visionando una robusta y enorme loba negruzca, cuyos ojos empezaban a aceptar el cansancio de la batalla. Añadió unas últimas palabras, antes de que la oscuridad que se cernía bajo él, engullera su cuerpo por completo.

    -Tus deseos son mis órdenes. Has ganado más amigos, veremos ahora si los humanos te siguen aceptando en su círculo.- Dijo haciendo una reverencia, a la vez que mostraba los dientes con su maquiavélica sonrisa.
  • UnomasUnomas Anónimo s.XI
    editado diciembre 2011
    Espero que hayáis pasado un rato agradable. Si os apetece, comentad que os ha parecido.

    ¡Un saludo!
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado diciembre 2011
    Si, muy agradable el rato, buena historia, bien narrada:):p:D
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com