Un día cualquiera se estaba tomando un café en algún bar cuando ella pasó a su lado y cruzaron las miradas, unos segundos, lo bastante para quedar atrapado en el brillo y la intensidad de aquellos ojos que prometían mil secretos. Se dejó llevar por el primer impulso, fue tras ella y la abordó antes de que cambiara el semáforo.
-Perdon, ¿nos conocemos de algo? –preguntó ella.
-No, pero me gustaría conocerte. Dame sólo cinco minutos.
A los dos días la invitó a cenar, y al sábado siguiente quedaron para ir al cine. Cuando la llevó a casa, la besó por vez primera y se entregó a sus labios dulces y esponjosa lengua, esa boca que tienen todas las mujeres de las que cualquiera se enamora. En el tercer encuentro se fueron a la cama, pero antes ella le dijo, “supongo que habrás traído el condón”, y cuando las últimas sacudidas del orgasmo le encogían los dedos de los pies, se oyó susurrándole, “eres el amor de mi vida”.
Bebieron en noches que no terminaban nunca, tomaron meta y un verano se fueron de vacaciones a Mallorca. Ella ganó un concurso de miss camiseta mojada y esa madrugada follaron bajo las estrellas, entre unas tumbonas de playa. Justo un año después se casaron. Mes de agosto de calor infernal. Sorprendieron a la madrina haciéndole una mamada a un tío de la novia en el WC, el aire acondicionado se estropeó, y él estaba tan borracho que se quedó dormido bajándole las bragas a su esposa en el lecho nupcial.
Tuvieron dos hijos, dos, con unos nombres de los que no se avergonzaran en el McDonald´s o en la consulta del psicoanalista, de esos nombres que quedan bien en la placa de los despachos y en las tarjetas de visita. Y una vez que nacieron, él quiso comprarse una Yamaha de 900 cc, pero ella, mirándolo a los ojos, le dijo, “cariño, lo mejor es una ranchera, y no se hable más”.
Y no se habló. Se compraron la ranchera, él subió de nivel en el trabajo y ella cambió de despacho de abogados. Luego se compraron una bonita casa en zona residencial, con un amplio jardín y una coqueta piscina ovalada a la que le limpiaba el fondo los fines de semana, después de cortar el césped y podar los rosales. De los niños se encargaba la asistenta ecuatoriana mientras ella iba a un cursillo de feng shui y después a clase de yoga, y mientras él intentaba aprender a jugar al golf, aunque nunca llegó a tener un swing del que no se burlaran los amigos. Ah, los amigos.
Una tarde de junio, ella le dijo, “cariño, tenemos que darnos un tiempo”. Creía haberse enamorado de su profesor de yoga, un hombre espiritual con el que sentía que sus chakras armonizaban. Así que él se marchó de la casa tirando de su Samsonite Spinner, una bolsa Vuitton y sus palos de golf, a un apartahotel de las afueras con cama empotrada, conexión a internet y servicio de lavandería.
La primera noche se sentó en la cama que acababa de abrir, apagó la tele de catorce pulgadas y rellenó de whisky el vaso. Pensó en aquella tarde en que tomando un café en cualquier bar se cruzó unos segundos con una mirada. Pensó en todas las promesas que había adivinado en la profundidad de aquellos ojos, y se preguntó cuántas se habían cumplido.
Empezó a contar con los dedos de una mano, se detuvo y apuró el whisky.
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Comentarios
Saludos
Gracias, Juancho. Te sigo. Eres de los escritores más activos e interesantes de este foro.
sigue asi y suerte
Gracias por el interés, Harry. En el fondo, no creo que el problema esté en el sacramento o la institución del matrimonio, sino en que a menudo queremos creer que los demás nos van a dar lo que no pueden.
Gracias, vladimirlenin. Tienes un nombre que impone. Hay vidas más largas que se podrían plasmar en menos aún de lo que dura mi relato.
Como dice Harry, en su comentario, no sé por qué tanto empeño en casarse, si luego acaban mal. O quizá tendría que inventarse otra forma de relación mujer-hombre. ¿Para cuándo?....
Saludos.
Me ha gustado mucho la facilidad con que fluye tu escritura y el contenido.
Un saludo.
Me ha gustado mucho la facilidad con que fluye tu escritura y el contenido.
Un saludo.
Claudine, tienes razón, no sé de qué se queja el protagonista. Tuvo mucho más de cinco minutos. Yo pido menos incluso y no me hacen ni caso. Qué injusta es la vida...