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El cuervo

LitteraLittera Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado septiembre 2011 en Poesía General
[Cinco meses después, vuelvo sobre el archifamoso poema de Edgar Allan Poe, vertiéndolo, a mi particular manera, en dieciocho estancias octosilábicas de ritmo trocaico y rima asonantada].
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A Gema Carrillo
Una noche fría y muda
en que al filo oscuro y quedo
del instante inerte y vago
al calor me hallaba recio
de un extraño, vivo, fuerte
y a la vez rojizo fuego
repasando antiguos folios
con semblante débil, lejos
pareciome oír llamar
un sonido suave, hueco,
a mi puerta en paso tal.
Confundido, quise entonces
suponer que el frágil ruido
que escuchara absorta y lasa
mi cabeza era, ¡oh sino
proceloso, triste y vil
el del hombre que es herido
del cruel tormento eterno!,
la meliflua voz de lino
de doncella esbelta, impar,
por la cual arrostra impíos
huracanes la alma en paz.
“Leonor –pensé– querida,
en aquesta cruda noche
en que tú y tu cuerpo hermoso
le recuerdan bien al pobre
que te llora días idos
de alegría, dicha y goce,
si quizás hablar pudieras,
si quisieras, dile a tu hombre
si quien llama en hora tal
y dispara el pecho al trote
por feliz suceso impar
tu rosada, joven, fina
y adorada mano sea;
pues que así, si ahora veo
un futuro pleno en fieras,
de terror ahíto, en locos
pensamientos hecho tierra,
te mirando a ti y oyendo
tu reír, tus voces frescas,
volverase el dicho ya
en solaz de flores tiernas
cuan tan solo amores dan.”
Levanteme presto y raudo
al candor de aquese influjo,
recorriendo a grandes brincos,
con afán y anhelo bruscos,
la morada hirsuta, helada,
tan vacía en pompa y lujos
cuan mi amor de suerte y vida,
y encaucé jamás sin susto
a la luz sotil del mal
mi perenne andar enjuto
a la puerta humil de atrás.
En abriendo esta, la ira
animal de Nicte y Érebo
envolvió mis flacas carnes,
y al querer del lindo cuerpo
el hermoso y alto nombre
pronunciar con pira y hielo,
por respuesta sólo espanto
y el terror del duro tiempo
acudieron ya a la par
al valor y a más al credo
zaherir con odio agraz.
Lastimado así, el postigo
pretendí cerrar, mas antes
de que tal pudiera hacer,
formidable cuervo –el ave
que con muerte, cese y bruma
alimenta hostiles males–
penetró en mi cuarto gris
y, batiendo torvo graves
sus remeras, fue a posar
la figura entera grande
en de Palas fiel la faz.
Lo miré curioso y solo
sobre el busto mudo, en mármol,
de la diosa sabia y bélica
sospechando ardid aciago:
ni en delirios hombre alguno
que se precie habrase al lado
de tan rudo, cruel y tétrico
ejemplar de cuervo arcano,
hasta donde alcanza edad,
bajo aquel paraje extraño,
contemplado en modo tal.

Comentarios

  • LitteraLittera Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado septiembre 2011
    “Demandarte quiero –díjele
    recostando el miedo infame
    sobre el grácil, tenue forro
    de un cojín–, vetusto y acre,
    infernal heraldo inculto
    del averno tinto en labe,
    de entre todos cuál tu nombre
    en la tierra sea me hables.”
    Mas tan sólo vino a dar
    por respuesta este grave
    las palabras “Nunca más”.
    Una extensa y amplia risa
    sacudiome entonces la alma,
    pues aquel inmundo y negro
    enviado alado daba
    de repente toscas muestras
    de intelecto vano en cada
    atrevido, avieso gesto
    dirigido ya a mi cara,
    a mis ojos ya que van
    en vivaz, ingente llama
    al abismo atroz del mal.
    “Significa más que poco
    que un premioso cuervo parle
    cantinelas burdas, vacuas,
    aprendidas de amo instable
    cuyas cuitas sólo al ir
    de los días dieron tales
    ominosas, pobres cargas
    de dolor y guerra infames;
    ¡que te marches quiero ya!”
    Mas rompió el foráneo grave
    el silencio: “Nunca más.”
    Pues sus voces sangre hicieron
    en mis huesos mustios, vine
    a encender mi altiva rabia
    con el grito en hiel que sigue:
    “¡Por el cielo curvo y ciego
    que el destino humano rige,
    escupido ser o pájaro
    de la entraña vil de Estigie,
    del pavor del huerco par
    y emisario alado, oíble,
    que en terrores mil tenaz
    apresuras tanta saña
    y furor atán enorme
    que ni Alecto, diosa déspota,
    ni Tisífone, alta en fronte,
    ni Megera cruel e hiriente
    a alcanzar jamás sus topes
    se resuelven, dime enhiesto
    si quizás exista brote
    de descanso y tregua en paz
    tras la pugna en que este pobre
    por usanza siempre está!”
    Estalló centella fúlgida
    en el reino escuro y turbio
    de la noche opaca y bárbara,
    pero el cuervo flaco y sucio
    ni movió una pluma sola
    ni giró sus ojos lucios
    de mi rostro enteco y muerto,
    a su vez con porte turnio
    prorrumpiendo en habla cual
    familiar al pecho bruno
    resultaba: “Nunca más.”
    Por la crasa inquina absorto,
    profiriendo injuria vasta
    dirigime, enfermo, exangüe
    y agotado como estaba
    al postigo gris del cuarto,
    mas queriendo abrirlo, ufana
    la tormenta necia en ira
    de estruendosa, altiva saña
    conformada vino a alzar
    su poder con toda rabia
    en mi ruin y lacio umbral.
    Bajo inmenso horror prendido,
    en cerrando ya la grande
    abertura, fui, a despecho
    del cerval terror infame
    que el aspecto de ese pájaro
    producía en la alma amante,
    a mirarlo allí subido
    en el busto de alto talle
    y, sin otra voz que dar,
    a entonarle al fin si cabe
    la cuestión, la cruz fatal:
  • LitteraLittera Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado septiembre 2011
    “¡Por piedad siquiera sea,
    te suplico, cuervo docto,
    el favor de hablarme hagas
    y me digas ya a los ojos
    si en el rico Edén ventura
    obtendré, si el bello coro
    de los besos suaves, frescos,
    de sus labios tersos, rojos,
    volverá su miel a dar
    en la piel de aqueste sonso
    y perdido ser sin paz!”

    Un fragor mató el silencio,
    un helor quebró el espacio
    y un terror hirió abrupto
    la salud del aire zaino
    y pesado cuando el cuervo
    prorrumpió, soberbio y raudo,
    en chillido altivo y fuerte
    con desdén en cada labio,
    me robando así, bestial,
    el postrer aliento dado
    de esperanza: “Nunca más.”
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