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Nostalgia

LitteraLittera Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado septiembre 2011 en Otros
Me encuentro cansado, inundado por una repentina llovizna de melancolía como resultado de los tenues pero constantes cambios que van conformando mi camino, arrastrándome por él sin yo poder hacer nada para evitarlo. Puedo entrever, de hecho, al invisible agente de policía de los hados ejecutando con pulso firme el plan diseñado para mi sufriente persona sin ninguna improvisación ni desviación, con la certeza de que cada acontecimiento repercutirá en otro en una cadena de aplastante lógica hasta el último y decisivo aliento. Ahora, en esta noche opaca y solitaria, forzando el recuerdo de los efímeros momentos de felicidad del pasado, se me revela la dramática verdad que encierran las palabras del poeta, y todo el lastre de su honda sabiduría cae sobre mi alma con la crudeza de una tromba inesperada: cualquier tiempo pretérito es a nuestros ojos mejor.
¿Dónde ha quedado el agradable bullicio de las mañanas otoñales de antaño, cuando el sol consumido por los excesos del verano calentaba a duras penas los huesos aún adormecidos y, entre bostezo y bostezo, las horas iban transcurriendo a medida que se desperezaban los sentidos? Sus ecos resuenan ya en las concavidades del silencio; cuanto fuese tierno manantial de vida y ejemplo precioso de humanidad efervescente, en permanente frenesí y actividad, se me muestra al presente árido desierto de banal arena e intolerables oquedades. Recorriendo el camino tantas veces andado de vuelta a casa, la luz crepuscular engaña tal vez a mi fantasía con su dorada fisonomía y áurica apariencia, mas no a mi inteligencia, que reconoce ser su hipócrita estirpe cifra de soledad, pesadumbre y distanciamiento.
¿Y ella? ¿Dónde está ella? Su perfil, si no es con el poder de la imaginación, ya no se atisba recortado en el ángulo en que siempre habían de buscarlo las pupilas con amorosa diligencia. ¿Qué haré cuando aquella se debilite tanto como para negarme su representación; cuando su voz huya del laberinto de la memoria, y su sonrisa abandone el más avanzado puesto de la esperanza? ¿Por qué lloro amargamente trayendo a evocación el antiguo día en que la conocí? ¿No debieran descender colores de alegría del pincel que con generosidad resplandeciente pintara mi cielo de un azul fornido y mis sueños de líneas de realidad? Pero en cambio, la experiencia vuelve a enseñarme que la calma es el origen de la tempestad, la ventura de la desgracia y el placer del dolor. ¡Cuán contradictoria puede llegar a manifestarse nuestra condición! Y es que hace mucho menos de lo que la razón se inclina a creer, deseaba histéricamente perderla de vista, que el viento se la llevara y la desarraigara de mi interior como el agricultor ansía la erupción de prolongadas lluvias con las que enterrar la sequía que amenaza sus cultivos, su vida y su futuro. Sin embargo, ahora que temo haber atendido la crueldad de los elementos mis ignorantes y bestiales rezos, con el martirio que da un hierro al rojo besándote las entrañas me doy cuenta de que aun su desdén y el sufrimiento inefable que la lejanía de su proximidad me ocasionaba eran vía crucis exponencialmente más soportable que esta incertidumbre vaga y negra en donde retornan a estallar hinchazones que erróneamente pensé desterradas, en donde el descomunal vacío de todo calor y la ausencia de cualquier sonido bondadoso en mis oídos se empeñan en devolverme al páramo desolado en que nací, en que creció mi fatalidad alimentada de falsas sombras y en que mis cenizas serán asociadas al reflejo del tormento y la aflicción. Si, dios terrible que manipulas a tu antojo los resortes del mundo, estuvieras leyendo desde tu intangible lugar el tétrico llanto de este hombre arrasado en guerras y temporales, sabe que mi única voluntad es la de ser libre en su cárcel antes que vagabundear inútilmente por la infructuosidad de la tierra, muerto de hambre, pendiente de agua, falto de fuerzas y seco de direcciones. Más se regocijan mis manos palpando el frío acero de sus barrotes que la inconsistencia del aire puro, y más le acomoda a la conciencia golpearse contra sus estrechas paredes que correr campo a través un yermo infinito, desamparado, cruel y despojado. Dime, tirano de las alturas, ¿qué clase de labor, de ofrenda en tu nombre, he de realizar para ganar el premio de marchar al reino del olvido y a los dominios de la nada? El talento que me diste (si fuera tal y no una maldición del firmamento) esclaviza mi sangre, deteniéndola, a más de traicionarme con demasías y monstruosidades que hieren la nobleza y austeridad del corazón que le sustenta. Mas era tu designio el de que, arramblado por su yugo inflexible, escalara cotas prohibitivas desde las que despeñarme a las abisales profundidades, ¿no es cierto? Sea así, pues. Y con esta conformidad y sincero propósito, juro a tus plantas que con él construiré un fabuloso castillo de belleza impar y gloria olímpica, grabando a fuego las letras de su nombre, tal como se encuentran en los reservorios de mi espíritu, en la más elevada bandera de la más alta y selecta almena, de modo y manera que, en haciéndolo, descargues de mis hombros el peso de la vida y abras mis párpados, cerrándolos, a la paz y al sosiego carente de sobresaltos, de velos de angustia y de duelos en cada segundo de cada minuto.

Comentarios

  • SinrimaSinrima Miguel de Cervantes s.XVII
    editado septiembre 2011
    Littera, siempre es un placer leerte. Hay arte y sensibilidad en lo que escribes. ¡ Mi enhorabuena!
    Saludos
  • LitteraLittera Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado septiembre 2011
    Gracias, Sinrima. Gratísima recompensa me son tus palabras.
  • ShaiantiShaianti Fray Luis de León XVI
    editado septiembre 2011
    Un gran escrito, como suele ser tu prosa.
    ¡Cuán contradictoria puede llegar a manifestarse nuestra condición! Exacto, condenado a vivir y a recordar.
    ¿Por qué nos enamoramos de lo imperfecto cuando anhelamos lo perfecto?

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