XXIV Premio de Novela Benito Pérez Armas
Autor: Gregorio Javier Hernández
ISBN: 978-84-7985-300-6. Servicio de publicaciones
de la Caja General de Ahorros de Canarias
http://www.laopinion.es/secciones/noticia.jsp?pRef=2008101900_24_175755__2C-XXIV-Premio-Novela-Benito-Perez-Armas
Otros hablarán de mí, como hablaron de Romo cuando ya no podía oír las voces que denigraban su nombre. «Murió amargada y sola, sin un hombre que en su sano juicio derramara unas lágrimas por ella», dirán de mí las comadres, sin pensar que también otros hablarán de ellas cuando sus voces se queden sin aliento. El corazón se ablanda ante el difunto que ha dolido en vida, como si el silencio definitivo pesara más que las razones del muerto. «Si quieres que tu buen nombre te sobreviva, no debes juzgar a quien ya no responde por el suyo», oí decir en uno de esos entierros donde la gente murmura y ríe, como mejor manera de conjurar el miedo. No faltaban rumores durante el velorio de Romo; tampoco faltaron esos lamentos que a menudo se oyen entre suspiros, como si los vivos desfallecieran de tanto airear los tropiezos del finado.
–Era algo desabrido el chico, tenía sus flaquezas, pero en el fondo no era mala persona –dijo una anciana.
–Tampoco era un santo –opinó alguien.
–El Señor castiga a quien se entrega al vicio de la carne –terció una dama de negro.
Unas beatas se santiguaron, entornaron las miradas y asintieron con gesto vacilante, como si enjuiciaran al difunto por unos extravíos que a buen seguro no enfadaban ni al espíritu más puntilloso de la Gloria. Aquellas santurronas elevaban rogativas en favor del alma en tránsito, a su entender errante y descarriada. Ajenas a pésames y condolencias, las viejas departían en animada cháchara, las manos tapando la boca, la injuria aflorando en susurros, como fango vertido sobre el cajón abierto. Las más aleganchinas hablaban todas a una, ninguna escuchaba y aun así se entendían, quizá porque compartían silencios en soledad. Aunque iban forradas de oscuro, aquellas harpías infamaban la memoria de mi sobrino, sin asomo de pesar. «¡No respetan ni a los muertos!», me dije, observando cómo despellejaban el cadáver de Romo.
A quienes lo conocieron no se les ocultaba que el chico había vivido sus últimos años con cierto desatino, más por amargura que por mera intemperancia. El muchacho se perdió por el noble apego del amor, no por vicio ni por esa fascinación que convierte al hombre en esclavo de su más fuerte debilidad. A nadie le interesan los detalles en torno a la muerte que acontece en pijama y en propia cama, pero cuando un joven fallece desnudo y en cama ajena, enseguida surgen los guiños y las medias sonrisas.
–¡El pobre se quedó sin resuello de tanto suspirar en brazos de Irene! –dijo una dama cariacontecida.
–¡Esas cotorras no tienen corazón! Querían saber si Romo…–balbuceó Irene.
–¿Si Romo qué? –inquirí.
–Una me preguntó…–balbuceó la mujer, buscando refugio en mi hombro–, quería saber si Romo…, me avergüenza decirlo… ¡si murió con la hombría apuntando al cielo!
–Esas hocicudas se entregan al fisgoneo por pura ruindad –dije conteniendo la voz.
Sobre un rumor de avemarías se oían sollozos y un frágil silencio de palabras amordazadas. Algunas mujeres preguntaban cómo había ocurrido la desgracia, otras emitían opiniones sesgadas, todas vertían insinuaciones rastreras. En un rincón apartado unas vecinas chismorreaban, se arrebataban la palabra y asentían, relamiéndose al paso de cada confidencia.
–¡Murió en cueros entregado al fornicio! –dijo una vieja postinera, como si para el último viaje se pudiera elegir el momento y el traje.
–Al menos se fue con gusto –opinó alguien.
–Una muerte feliz no hace feliz al muerto –terció una anciana de manos descarnadas. Con gesto sombrío, la mujer entornó la mirada y masculló: «¡Lo terrible no es la desgracia, sino esa manera tan vergonzosa de comparecer ante Dios!».
La insidia concebida en boca extraña permanece en la memoria de por vida, la infamia no se olvida, la decencia no se recuerda siquiera. Hay quien cree que los espíritus melancólicos se dejan ver de noche porque duermen de día, despiertan con las primeras sombras y asoman al sueño de los vivos en horas mansas de la madrugada. Algunos sufren porque les duele el olvido. «Murió con el alma encogida porque nadie lo lloró con sentimiento», oí decir en el entierro de un difunto malquerido. Si Romo se fue del mundo con el alma apocada, no fue por cerote ni por falta de lágrimas, sino porque se acobardó al ver cómo Irene sufría mientras él se quedaba sin aliento.
Fidelio Calandre se inclinó ante el ataúd con el gesto abatido de quien ha quedado en deuda con el difunto. El anciano agachó la cabeza, farfulló unas palabras y se alejó con el andar cansino de la pesadumbre. «¡Se lo advertí!», se diría el viejo, recordando el gesto despreocupado del muchacho, cuando aún no había ocurrido la desgracia. «La Guaxa anunciaba muerto, lo avisé y él no me hizo caso», pensaría el hombre, consternado. Fidelio no solo vislumbraba la muerte en ciernes, también percibía espíritus errabundos y presencias en tránsito. Antes de ver a Romo remontando el camino bajo la noche luminosa, el asturiano barruntaba que no tardaría en verlo cargado a hombros con los pies por delante. «¡Nada se le oculta a estos güeyos!», decía a menudo señalándose los ojos.
Aunque se mostraba ufano mientras contaba sus atisbos de visionario, el semblante se le ensombrecía a Fidelio cuando hablaba del espectro de Juan Guzmán.
–¡Condenado Cachimba! Aparece sin invitación de naide, mete mieu y se pasa los exconxuros por el forro de los cojones –aseguraba el asturiano–. ¡Me tie frayau! ¡M’avasalla en vida y m’amarga les nueches hasta después de muertu! -se quejaba Fidelio, no porque las apariciones de Juan Guzmán le infundieran espanto, más bien porque lo importunaban cuando él se rendía al mandato del sueño.
El mulero no sufría pesadillas de verdad, porque apenas pegaba ojo en toda la noche. Y no se adormecía siquiera, porque ni el aguardiente ni la fatiga aplacaban la inquietud vocinglera que agitaba su fuero interno.
Cuando aún era una niña, Irene ya entreveía la delgada sombra de Fidelio tras la oscura muerte de Juan Cachimba. «A ese ‘Calambre’ le sobran motivos para el desvelo», dijo la chica cuando le conté que mi vecino no dormía ni dejaba dormir.
Si aun muerto Juan Guzmán atormentaba a Fidelio hasta bien entrada la noche, en vida lo hostigaba tan pronto como asomaban las primeras luces del alba. El capataz de los Sanfiel era un bebedor perdulario de ceño avieso y maneras de tratante de esclavos. Temerosos de sus atropellos, los jornaleros apenas le dirigían la palabra. «¡Tragaría un bocado de gofio en polvo con tal de no pedirle agua a ese desgraciado!», dijo con rabia un peón que había sufrido sus desmanes. En los corrillos de la sorriba los jornaleros criticaban las fechorías del caporal sin mentar su nombre. Los pusilánimes agachaban la cabeza y callaban cuando lo veían, los más osados escupían a su paso, los medrosos escondían el gesto y lo despellejaban con la mirada. Cuando se referían a él hablaban del jodido Cachimba, no porque lo vieran fastidiado o rengo, sino por su carácter revirado y humeante, como la pipa que a menudo le colgaba de los labios. Decían las comadres que a Juan Guzmán se le derrumbaba el lomo porque cargaba con el peso de un muerto en la conciencia. Los asalariados más recios desdecían aquel rumor, no porque les pareciera que el hombre andaba recto como un sacristán, sino porque, según aseguraban, la conciencia del capataz debía de ser como él mismo: inútil y poco dada a echarse cargas a la espalda.
Algunos veían la mano de Juan Cachimba tras el ahogamiento nunca aclarado de un tendero entrado en carnes, cuyo cadáver había aparecido tiempo atrás mecido por las olas. Cuando los ecos del suceso languidecían en el olvido, Irene aún desmentía las habladurías que acusaban al caporal. Como alguien recabara su parecer, ella se encogía de hombros, atribuía la desgracia al infortunio, y se preguntaba si aquel bamballo sabría nadar en aguas bravas. «Bien pudo haber caído al mar arrastrado por una ola traicionera…», sugería la mujer con fingida indiferencia. Los charlatanes de tugurio especulaban con la posibilidad de que el ventero pudiera haber ido a parar al fondo del océano, no por falta de habilidad a la hora de mantenerse a flote, sino debido al lastre que cargaba en las nalgas. Los más porfiados sostenían que al tendero lo habían sofocado en tierra firme, lo escondieron hasta bien entrada la noche y lo arrojaron al mar con la boca llena de salmuera. Aunque el mar y los marrajos habían devuelto el cadáver aún sobrado en mollas, ni la autopsia ni las consideraciones más atinadas arrojaron luz sobre la oscura muerte del comerciante. En las comidillas del valle, sin embargo, se barajaron algunas suposiciones teñidas de sospecha. Al parecer la suspicacia nació en boca de un tal Facundo el Cotorra. Facundo Rocío, que así se llamaba el hombre, era un pastor lenguaraz de voz ardorosa, cabello rojizo y tez blanquecina salpicada de manchas. El hombre cuidaba media docena de cabras y vivía rodeado de frutales en las estribaciones de Lomo Tacande. Al cabrero solo se le conocían tres debilidades confesables: la cría de palomas, las torrijas con miel y el gusto por la monserga. Los dulces se los servía María de los Ángeles, su hija, una joven colmenera de busto exuberante y voz delicada. Según aseguraba el pastor, las palomas le prestaban atención, le representaban horizontes cercanos y le describían paisajes entreverados de nubes. Fuera del palomar, solo algunos bebedores ociosos escuchaban las tabarras de Facundo. Sus alegatos, sin embargo, a menudo alimentaban rumores y servían de condimento en las aburridas comidillas de Tacande.
...
Comentarios
Buena la historia de Tacande, como que el chismorreo es mundial:D:D:p:p:):)
Un saludo cordial, Amparo.
La callada de Angelita desató un silencio tan clamoroso, que su mudez pronto se convirtió en la comidilla de Tacande. Entre aromas de café las comadres departían ociosas:
–¡Vaya! ¡Con lo bien que cantaba la hija de Facundo!
–¡Qué pena! Parece que los días amanecen sin color. Ya no se oye ni el canto de los pájaros.
–¿Qué les habrá pasado?
–¿A los pájaros?
–No, mujer, me refiero a la Angelita y al señor…, ya sabes. Dicen que a ella se le destempló la voz de tanto suspirar en brazos del amante.
–¿Y eso?
–¡Ya tú ves! Pegó un chillido tan tremendo, que sufrió un espasmo de campanilla y perdió el habla.
–¿De buenas a primeras?
–Más bien de primeras, diría yo.
–¡Qué falta de delicadeza! En vez de tratarla con jeito, va el muy bruto, la escarrancha y la desvirga al estilo bárbaro, sin ese miramiento que hay que tener con las doncellas.
–¡Con razón soltó la pobre aquel alarido! Parecía que se le deshilvanaban las cuerdas de la voz.
–Ese hombre no se anda con chiquitas. ¡Se la enhebró a cuatro patas a la sombra de un guayabero!
–¡Tremenda brutalidad!
–«¡Tremendo fornicio!», me dije yo. Había que ver a ese tunante en pleno trajín, con el culo hecho un panal.
–Dicen que al hombre se le fortalece el aguijón cuando recibe picadas de abejas en salvas sean las partes.
–En tal caso, a más de uno le convendría ir a por miel.
...
Empujadas por un afán incontenible de meter las narices allí donde olían a enredo, las comadres confianzudas le preguntaron a Romualdo por la repentina mudez de María de los Ángeles.
– ¿Qué le pasa a la Angelita que ya no habla? –quiso saber una vecina
–No es que no hable –respondió el señor, distante–. Simula que no oye por no responder a impertinencias.
Romualdo y Angelita vivían su romance a espaldas de Facundo Rocío y a la vista de todo Tacande. El cabrero no veía, tampoco escuchaba, quizá porque se sentía en deuda con alguien o porque aún no se había ejercitado en la habilidad de escrutar silencios. En cuanto a su hija, las vecinas comentaban que aunque había perdido la voz, gracias a Dios al menos conservaba la vista, a juzgar por los destellos que se desprendían de su mirada. Con los ojos bien abiertos y el pensamiento en flor, Angelita se entendía con Romualdo sin despegar los labios. «Cuando dos se entienden, con uno que hable basta», decía el hombre sin recato. Entonces ella sonreía sin echar de menos la palabra.
María de los Ángeles Rocío era una mujer de esqueleto liviano, caderas sin autoridad y piel evanescente como un espejismo. Pálidas y delicadas, sus rodillas parecían puestas al borde de los muslos para entretener miradas ociosas. Romualdo, sin embargo, apenas se entretenía en otros parajes que no fueran sus labios, sus pechos o su vello íntimo de color azafrán. «¡Tienes una manera de retozar que es gloria bendita!», le decía él, enfervorecido después del amor. Y ella se dejaba halagar sin engreimiento ni sonrojo.
Aun sin voz, Angelita cantaba para sus adentros mientras aguardaba la visita esperada. Romualdo se levantaba al clarear el alba, se refrescaba la cara y subía los escarpes de Tacande con alas en los pies. Jamás se hacía esperar hasta media mañana. Cuando el sol apenas había despuntado sobre las lomas, Romualdo ya se hacía oír silbando al borde del camino. Entonces ella salía a recibirlo y lo agasajaba, como si llevara años aguardando su llegada. A media mañana le preparaba torrijas con miel y se las servía con leche de cabra. El hombre no era dado a endulzar la pasión con miradas tiernas, pero se dejaba mimar como un niño y se miraba en quien le dedicaba su tiempo.
Con el sabor de la jalea aún en los labios Romualdo se dirigía a la sorriba, sermoneaba a Culoprieto y espoleaba a Juan Cachimba. «Hay que apretarles las clavijas a esos gandules, no vayan a creer que el malpaís es tierra llana», insistía el patrón ante el capataz. Al cabo de un rumboso ir y venir entre cuadrillas, Romualdo regresaba silbando al lado de Angelita, tomaba café y pasaba horas enteras con ella. Llegara antes o después, alegre o contrariado, la mujer siempre lo esperaba con una sonrisa en los labios. Cuando los gatos adormilados reparaban en su silbar, él ya había caído en brazos de la mujer, la desnudaba y se consumía con ella bajo algún frutal de sombra fresca. Mientras él se desbravaba, enardecido, la mujer se abrazaba a él con mirada mansa, como si el deseo mudo cobrara voz en sus labios sellados. Después de retozar con Angelita, Romualdo le susurraba obscenidades al oído, mientras ella se dejaba acariciar el vientre y lo obedecía, sin esperar órdenes siquiera.
Pasado el calor del mediodía el señor regresaba a su casa, comía con gesto esquivo y se refugiaba en el cuarto de las siestas. «Dedicas demasiado tiempo a la finca, Romualdo», le decía Ernestina, solícita, como si la ocupación de su marido la inquietara en mayor medida que su propia soledad. Quizá aún no sospechaba que mientras la voz de Romualdo aún retumbaba en los oídos de los jornaleros, él compartía silencios con su amada.
A media tarde las comadres murmuraban entre aromas de café:
–Recogía yo la ropa tendida en la azotea, cuando veo a la Descampanillada en cuero vivo, ¡enredada con el galán a la sombra de un aguacatero!
–¡No me lo puedo creer!
–¡Si tú supieras!
–A ver, mujer, larga por ese pico que esta boca no suelta prenda.
–No había cargado aún con la palangana de ropa, en eso que los enamorados se ponen relajones y se dan un revolcón... ¡que para qué te cuento! Y cuando terminan... ¡Si yo te contara no lo ibas a creer!
–¿Echaron otro?
–Nada de eso. Después del relajo el hombre se pone caprichoso, se descuelga con unos requerimientos, unas exigencias... ¡Ni te figuras por lo que le dio!
–¿Por comer aguacates verdes?
–¡Qué va! Era tiempo de frutos en flor.
–¿Entonces…?
–Pues se le antoja al hombre verla a ella encaramada en el árbol, colgando patas arriba, como los murciélagos que duermen.
–¡Jesús bendito!
–«¡María Santísima!», me dije yo.
...
Transcurridas unas semanas de amorío Romualdo descuidaba la hacienda, se desentendía de parrandas y dormía pendiente de los gallos. Antes de meterse en la cama descorría las cortinas de la alcoba, para despertar con el primera albor. Aún cuando los días amanecían radiantes, Romualdo temía quedarse dormido a resultas de una indisposición en el gallinero o una avería del despertador. El hombre pasaba las noches de espaldas a su mujer, como las había pasado en los últimos años. «Antes no roncabas ni me virabas el culo de esa manera», se quejaba Ernestina, desconsolada. Entonces él se encogía de hombros y apretaba los labios, por no responderle que más le valía callar, que se acostaba a su lado, no por gusto sino por mera costumbre, que si se entregaba a un dormir apresurado no era por apremio del sueño, sino por despertar al borde del alba.
A mediados de la primavera, cuando los alisios alfombraban el patio con flores de jacaranda, Angelita lucía su tez lozana enfundada en colores vivos. A su paso por la huerta, las hojas tiernas se miraban en sus ojos, el aire se distraía bajo su falda leve y las abejas se desentendían de las retamas. Si por capricho de alguna bruma los días amanecían cerrados, la mujer se veía envuelta en nubes de insectos zumbones, como si no hubiera más colorido en el campo que la cálida eflorescencia de su piel. También Romualdo la miraba con ojos de abejón cuando ella reía, mientras se relamía los dedos untados en miel o cuando se despojaba de sus prendas. Mientras Angelita se desnudaba, la blusa, la falda, las enaguas, caían a sus pies, igual que caen los pétalos bajo el calor del verano. A él le fascinaba la desnudez impúdica de la mujer que se sabe deseada, y ella le mostraba su hermosura con desenfado de sacerdotisa, como si su cuerpo fuera una ofrenda.
Desde que María de los Ángeles se instaló en sus querencias, Romualdo dejó de comportarse como el mandarín arrogante que siempre había sido, para dejarse querer con humildad de necesitado. A quienes conocían sus andanzas de noche les extrañaba su aire festivo de buena mañana. Si antes amanecía ceñudo y se conducía por andurriales de vicio, ahora sus pasos transcurrían por las sendas de un vivir plácido y atemperado.
…