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BUTTERFLY (capítulo XL)

HORACIO VICTOR ROCHÓNHORACIO VICTOR ROCHÓN Gonzalo de Berceo s.XIII
editado abril 2011 en Terror
CAPÍTULO XL


El desgraciado biólogo fue dejado en la costa de la isla por los marinos. Luego de verlos ir a estos de regreso al bergantín, caminó por la playa, que era de arenas negras, y cuando encontró un grueso tronco que estaba tendido y medio enterrado en el suelo, se sentó en él.
El calor era intenso, pero una palma que junto a él se erguía, le dio regazo cobijándolo con su sombra. De entre las pobres pertenencias que llevaba en el saco, extrajo una vasija que contenía agua y sació su sed.
Al otro extremo del tronco que le servía de asiento, se hallaba otra palma que se elevaba inclinada y curva. James la observó y apreció el defecto que tenía. Bebió un poco más de agua y, dejando a un lado la vasija, se propuso treparla; a esa, la palma vecina.
Primero fácilmente y después con más trabajo, llegó a una considerable altura, donde pudo admirar el paisaje que lo rodeaba.
Era regocijante a pesar de todo. Estaba en lo que parecía ser una planicie muy vegetada, donde, agrupaciones de palmeras cerca y bosques de pinos más lejos, pincelaban con sus copas, senos y crestas irregulares, a diferentes niveles. Cruzando el verde, un pequeño riachuelo acarreaba humildemente su carga de agua, para volcarla en el mar, cerca; a la derecha de James. Por detrás, destacando, figuras montañosas cerraban majestuosamente el endénico espacio.
Al joven le pareció una isla bonita. Había sido abandonado en el medio del océano, sin dinero y sin comida, pero su ánimo no había decaído; por el contrario, estaba, hasta se podía decir, confortado; un poco por la esbeltez del lugar, y otro poco por el ojo, que ya no le infligía, con saña, crueles dolores. Además estaba en las Canarias y sin dudas la isla en la que se hallaba debía estar habitada.
Bajando de regreso por la palma hasta un poco más de la mitad de su recorrido, se colgó con ambos brazos de ella y, soltándose, cayó en la arena oscura. Luego de recobrar nuevamente las fuerzas, comenzó a estudiar que camino tomar. Ir por la playa o internarse tierra adentro.
Miró a lo largo de la costa. Constató así que la playa estaba delimitada, en ambos lados, por escabrosos promontorios rocosos que probablemente le dificultarían el paso. Por otra parte, el dirigirse a través de los bosques tampoco parecía tarea fácil. Al final se decidió por transitar la rivera del riacho y ver si en ella podía encontrar algún indicio de actividad humana. Entonces comenzó a andar.
Caminó y caminó por el transcurso de varias horas bordeando el curso de agua, hasta que la fatiga lo freno. Bebió agua nuevamente recostado a un pino, pero el cansancio que ahora tenía no era solo consecuencia de la deshidratación causada por el calor y el caminar, y no se saciaba con agua solamente. Tenía hambre; y mucha.
Acostumbrado el inglés a situaciones, no iguales, sino algo similares a ocasionales vivencias de sus viajes, se encausó de inmediato en el trabajo de buscar algún alimento.
Pensó que cazar un animal silvestre o pescar peces del arroyo, le insumiría un importantísimo tiempo. Tendría que construir instrumentos o artefactos para procurarlos, y además tener la debida suerte para poder atraparlos. De modo que desistió de intentarlo, y en cambio se aplicó a la tarea de recolectar otro tipo de alimentos. Unos que él conocía muy bien. Insectos.
Sus amplios conocimientos al respecto eran fruto, tanto de los largos años de estudio realizados, como de los contactos que había tenido con comunidades consumidoras de dichos alimentos. Sabía que en el sitio en el que estaba tenía que haber especies comestibles. Solo debía hallarlas. Y quien mejor que él para realizar esa particular búsqueda.
Con la daga comenzó a hurgar en el suelo; por entre la hojarasca y bajo la tierra. Luego lo hizo en un tronco hueco cercano y en el ramaje de los árboles aledaños. Finalmente y de igual manera, buscó en la costa del curso fluvial, en un recodo donde el agua descansaba lejos de la corriente y unas plantas acuáticas cubrían la superficie.
Cuando terminó, depositó todo lo que había obtenido, en el suelo, como si fuera una mesa, y miró el resultado.
Tenía ante sí diversos manjares para la degustación. Como entrada, regordetas orugas verdes que, bañadas en su jugo, se revolvían en un amasijo irregular. Tres crocantes saltamontes encerrados en el paño protector de su ojo, estaban destinados a ser el plato principal. Y acompañando, a modo de ensalada, unos oscuros y frescos hongos marrones.
Igual a un gran dignatario de selecta y alta clase, que concurre a una cena de gala, el hambriento biólogo se aparejó un gran atracón.
La tarde se consumió con ligereza y, con las últimas luces, James preparó una fogata para pasar la noche, y a la vez para utilizarla como medio de llamar la atención de algún nativo que anduviera cerca.
Tan pronto encendió el fuego, se recostó al lado. Apoyando su cabeza en la vasija, miró las estrellas a través de la enramada móvil de los pinos.
Los titilantes astros se mostraron esquivos debido a la negrura del bosque. Evitándolos, cerró los ojos. Entonces, la sensación del calor irradiante de las brasas y el suave murmurio del agua, se brindaron más cercanos.
Complacido, se dejó llevar; y cuando su cuerpo se fue durmiendo, su mente soñó en volver; junto a Ana.

Comentarios

  • HORACIO VICTOR ROCHÓNHORACIO VICTOR ROCHÓN Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado abril 2011
    ACLARACIÓN: Donde dice “endénico”, léase “edénico”
    Gracias por seguir leyendo mi trabajo. Espero sus críticas.
    Un saludo a todos. Chau
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