[FONT="]4[/FONT]
[FONT="]Ada Falcón caminó sin dificultades incluso antes de lo esperado pues tenía enormes deseos de conocer y explorar el mundo que la rodeaba. Habló con asombrosa facilidad y fue práctica a la hora de comer, aprendió a vestirse sola y a valerse por sí misma sin necesidad de preguntar nada a nadie. Con su hermana se llevaba bien y su madre siempre resaltó que no tenía celos de ella sino que por el contrario, la cuidaba como si fuera una segunda madre. [/FONT]
[FONT="]En el colegio se integró muy bien y se relacionaba normalmente con los otros niños. Había momentos en los que se aislaba del resto porque según ella, necesitaba tener su propio espacio en donde poder ser auténtica y expresarse sin censuras. No tenía problemas con los profesores, los cuales destacaban que se trataba de una niña muy responsable para su edad.[/FONT]
[FONT="]-¿Ada Falcón? Si, la recuerdo. Una niña muy educada, centrada, seria; siempre participaba y prestaba atención, tal vez un poco tímida, pero nada importante. Tengo una imagen de ella dibujando todo el tiempo… ¡aviones![/FONT]
[FONT="]Cuando cumplió seis años su mamá Adelma tuvo que ser operada y permaneció internada en el hospital varios días por lo que las niñas se quedaron al cuidado de los abuelos, Ada se enfermó y levantó fiebre sin que los médicos pudieran relacionarla con ninguna enfermedad orgánica, la cual sólo remitió espontáneamente cuando su mamá regresó a casa.[/FONT]
[FONT="]Se destacó por su definida actitud para el estudio y el buen trato con sus compañeros, era una buena amiga, sociable y muy querida en el colegio aunque seguía atrayéndole pasar algunos momentos del día a solas. Había días en los que apenas si salía del aula y de su casa, sólo por las tardes tomaba coraje y se vestía para hacer deporte o participar de competencias aeróbicas en donde obtenía buenos resultados. [/FONT]
[FONT="]Tengo diecinueve años, ocho meses y dos días, en total doscientos treinta y seis meses de larga y tediosa existencia. Me pidieron en terapia (en una de las tantas clínicas a la que me llevaron) que escriba una especie de resumen de mi vida y por eso es que me encuentro sentada en este momento frente a la computadora.[/FONT]
[FONT="] Tuve un transcurrir deshilachado, con remiendos; una historia personal que rehago desde ahora y mientras me la cuento siento como si en cada episodio faltara algo fuera de foco, como si me salteara en forma deliberada algún elemento propiamente humano que reconozco en las vidas de los demás. Y que mas dá; así la padecí, y aún para agregarle lógica, credibilidad, comprensión, sería necesario que la relatara otra persona, pues yo misma no puedo ir mas allá de mi vista y aunque soy Ada nada tengo de encantadora.[/FONT]
[FONT="]Cuento con algunos altibajos en mi carácter y fluctuaciones en mi personalidad; alegrías (pocas), tristezas (incontables) y alguna que otra tontería también formarán parte de mi relato. Aún así, y cerca de mis veinte años sé que por lo menos tengo dos cosas en claro: la primera es que estoy destinada a fracasar como mujer y la segunda es que no me quiero morir sin haber viajado en avión.[/FONT]
Comentarios
[FONT="]Tengo mucho para pensar sobre mí. Sé que no fui una persona perfecta pero tampoco diría que soy la peor, hay noches en las que no puedo conciliar el sueño por culpa de mis pensamientos y hay días en los que desearía dormir eternamente. Quisiera liberarme de todo lo que atormenta pero por mas que lo intente no puedo controlarlo (y juro que los intentos fueron reales). La manera mas saludable que encuentro de canalizar mi angustia es la que aquí propongo, o por lo menos, la única con la que creo que nadie saldrá lastimado.[/FONT]
[FONT="]Estoy aburrida de la vida, o para ser mas exacta, estoy cansada de vivir. Tengo miedo de lo que las personas puedan llegar a hacerme, miedo a que me lastimen, pero lo que mas me aterra es lo que yo pueda llegar a hacerle a ellos. Me asusta el futuro y no necesariamente porque me niegue a crecer; quisiera poder irme ya de mi casa, vivir por fin la tan ansiada vida de soltera y valerme por mi misma aunque debo reconocer que me quedo petrificada ante el hecho concreto de “madurar”.[/FONT]
[FONT="]Me preocupa el no poder ser lo suficientemente útil para el mundo, quisiera llegar a sentirme una gran persona, trascender, dejar algo detrás de mí que me recuerde; trazar una huella y hacer algo realmente bueno con mi tiempo, quizás donar mis órganos o dedicar mi vida al arte.[/FONT]
[FONT="]Reconozco que soy una verdadera contradicción andante: por un lado me consideran humilde de corazón y servicial, pero por otra parte me comporto de manera egoísta; me llaman inteligente y capaz pero hay veces en las que no entiendo nada, siento que soy fuerte de corazón pero mientras escribo estas líneas tengo ganas de llorar, podría ser buena y servicial pero soy malvada y mezquina.[/FONT]
[FONT="]Tengo mis momentos de felicidad, pocos, pero efusivos. Me pone de buen humor que mi papá pase tiempo con nosotras, él siempre trabajó duro y vivió preocupado por darnos lo mejor mientras que mamá nos ahogaba con su presencia. Es verdad que discuto bastante con ella y la mayoría de las veces porque yo no quiero salir de mi habitación o me dá asco la comida pero… ¿acaso que esperaba de una hija adolescente?[/FONT]
[FONT="]Llevo demasiadas preocupaciones e interrogantes en mi cabeza. Me asolan pensamientos autodestructivos que no me dejan dormir; no me siento triste, mas bien diría que resignada. Estoy tranquila aunque inquieta por lo que pasará. De todas maneras ya tomé mi decisión: no voy a remar contra la corriente, me voy a dejar llevar adonde Dios quiera que vaya. [/FONT]
[FONT="]Y ojalá pueda viajar alguna vez en avión.[/FONT]
[FONT="]Empezando los recuerdos por el principio, en el principio estuvo el dolor, esa amarga sensación en el transcurrir de mi infancia, de mi solitaria infancia a solas con el dolor.[/FONT]
[FONT="]-Al finalizar voy a tener ganas de vomitar- me digo[/FONT]
[FONT="]No importa. Mi historia ya está lanzada, lista, dispuesta y se desarrollará inevitablemente.[/FONT]
[FONT="]Era de noche por el silencio y todo en el ambiente olía a oscuridad, había cumplido seis años y vaya a saber que bestialidad había cometido para que me encerraran en un armario. Claro está que me latía el corazón igual que ahora; aquella vez era por miedo, ahora por emoción. [/FONT]
[FONT="]Nunca lo olvidaré. Mi mamá estaba internada en el hospital y nadie podía ayudarme en ese momento como nadie puede hacerlo ahora contra este recuerdo en mi memoria. La claridad que penetraba por la cerradura se esforzaba por darme esperanzas pero yo nunca pude descifrar el misterio de la luz; sus efectos brillantes, fantasmales y deformantes me atormentaban dejándome como era costumbre, lejos de lo real; como siempre lejos de Dios.[/FONT]
[FONT="] Las sombras húmedas y crueles me remontaban al espanto de las historias de terror y se incrementaban ante mi terrible sufrimiento en ese momento de abandono. No lloraba, lo aceptaba sin lamentarme, sentada en el suelo, acurrucándome las rodillas bajo el mentón y con mi Yo interior enrollado en sí mismo. Me apoyé en la puerta para ampararme en aquella línea de luz que se reflejaba en el piso pero cuando quise apretarla en mi puño, se me apareció intangible como mi vida sobre mi mano cerrada. No conforme con semejante frustración, respiré profundo, ¡Ah! Claro, eso era la muerte. No cabía dudas de que estaba muerta. Fué la primera vez que pensé en la muerte como posibilidad y aunque a todo al que se lo cuento me dice que es imposible, quiero decirles que los niños tenemos la real dimensión de lo que es morir. Casi que lo descubrí en ese instante para toda la vida y se me hizo inevitable llamar a mi mamá, aun cuando sabía que ella no estaba en casa. Nadie respondió, sólo escuché una voz que me decía:[/FONT]
[FONT="]-Esto te pasa porque sos mala[/FONT]
[FONT="]Abriendo los ojos me encontré en mi habitación. Tirada en la cama y a lo lejos, oía sonar un piano ejecutando una dulce melodía.[/FONT]
[FONT="]-Esto te pasa porque sos muy mala, te enfermás de maldad y Dios te castiga.[/FONT]
[FONT="]Entendí que era mala de una maldad que no se inició conmigo sino que ya estaba instalada en el mundo y a la que nos adherimos sin saberlo. Entonces quedaba inmersa en ella sin justificación, porque el sentimiento de culpa existía y era real; sin esperanzas porque nací así, de esa manera.[/FONT]
[FONT="] Me deslicé hasta mis zapatos para ponerme de pie y el paño que cubría mi frente hirviendo cayó violentamente al piso. Bajé por las escaleras tomada de la baranda y al llegar a la planta baja encontré a mi abuela sentada frente al piano; la casa temblaba ajena al universo, vibraba deleitándose en las notas que derramaban un sentimiento milagroso. Me encontré luego frente a frente con un Cristo clavado en la cruz observándome en silencio y allí frente al pequeño altar que tenía la abuela descubrí un sentimiento nuevo, endulzado en el sopor de mi propio dolor. La imagen de Jesús sangrando y desamparado frente a la voluntad de los hombres no necesitaba rezos ni adoración sino comprensión, no pedía que se postren ante él sino sólo que lo mien a los ojos.[/FONT]
[FONT="]-Yo te comprendo, Señor. Te castigaron porque naciste con maldad igual que yo, así que ya ves, a mí también me van a castigar al final de todo- me sorprendí gritando.[/FONT]
[FONT="]La música del piano cesó y unas manos suaves cargaron mi cuerpo moribundo. Me sequé el sudor de la frente con el revés de una mano y pude ver a Dios sentado frente a mi cama mientras temblaba y la melodía volvió a sonar hasta quedarme dormida. [/FONT]
[FONT="] Llegados a la adolescencia el colegio, el deporte y los amigos le resultaban a Ada, demasiado absorbentes y como no podía satisfacer a todos se ponía de muy mal humor. [/FONT]
[FONT="]A los quince años conoció a un chico, se enamoró perdidamente, era un compañero de atletismo alto, morocho y muy delgado. Como ya casi no le quedaba tiempo libre para estar con él, deja el deporte y engorda un poco; lo siente primero en su ropa y también en los comentarios a escondidas de sus compañeros. Al cabo de ese mismo año su abuela paterna, muere. La persona que la había criado en sus primeros momentos de vida y por la que sentía un afecto muy especial, ya no estará junto a ella. El muchacho con el que salía la abandona sin darle ninguna tipo de explicación y poco tiempo después se entera que anduvo comentando por ahí que ella se había puesto un poco gorda y egoísta.[/FONT]
[FONT="]Como consecuencia de estos acontecimientos empieza a faltar a clase, pierde el interés por el colegio, por el deporte y por la gente; ya no le encuentra sentido a vivir. Comienza a tener problemas de atención y concentración, se encierra en su casa durante días y no quiere salir ni en compañía de sus amigos, a pesar de que la llaman insistentemente. Poco a poco sus seres queridos van perdiendo el entusiasmo y aunque añoran su presencia, ya casi no la tienen en cuenta. [/FONT]
[FONT="]Se inician en esta época también los comportamientos restrictivos en torno a la comida. Decide hacer una dieta mágica de adelgazamiento que leyó en una revista de modas para sentirse espléndida, con miras al próximo verano y por este motivo la ingesta pasa a ser mínima. Aumentan las obsesiones en torno al tema de la alimentación y no quiere participar en las reuniones familiares porque le produce asco ver como se devoran todo lo que está a su alcance; siente que sólo se reúnen con la excusa de comer y que no existe otro tipo de diálogo entre ellos por fuera de la comida. Le causa repugnancia comer y le parece una especie de sacrilegio tener el estómago lleno cuando hay personas en otros países que no tienen nada para poner en su mesa. [/FONT]
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[FONT="] Adelma y Antonio Falcón deciden finalmente recurrir a la ayuda profesional.[/FONT]
[FONT="]La primera vez que consulté con un profesional tenía catorce años y fue con un psicólogo particular recomendado por un amigo de la familia. En esa época me sentía nerviosa, no podía dormir y ante la menor amenaza me ponía a rezar porque eso era lo que mi abuela me había enseñado a hacer cada vez que me sintiera sometida por pensamientos perturbadores. Recuerdo que comencé a sentirme angustiada sin motivo y lloraba todo el tiempo, tenía miedo de todo pero especialmente de que me viniera la regla y morirme desangrada. Ir al analista me hizo bien al principio porque me ayudó a reconocer mis temores y a descargar mi bronca con alguien por fuera de mi círculo familiar pero también me perjudicó a nivel social porque entre mis compañeros se extendió el rumor de que iba a un loquero (así era como ellos le llamaban) y me torturaban diciéndome todo el tiempo: “Ahí va la loca, tengan cuidado”. Terminé abandonando el tratamiento y con mucho esfuerzo fuí recuperando mi rendimiento escolar aunque, de vez en cuando, seguía sintiéndome invadida por pensamientos que no podía dominar ni tampoco quitar de mi cabeza. Llegué a pensar con indudable certeza que a mi mamá y a mi hermana les podía pasar algo malo de un momento a otro, cada vez que sonaba mi celular pensaba que podía ser alguien avisándome que habían tenido un accidente y que ambas habían muerto. Durante el día, mientras estaba en el colegio, no pensaba tanto, pero al volver a casa los temores aumentaban; me aferré a las prácticas religiosas como a un bálsamo para la protección de mi familia y aunque me proponía rezar sólo unos cuantos rosarios, cuando finalizaba, volvía a inundar mi corazón el incontrolable sentimiento de que si no dedicaba una oración mas, algo terrible iba a pasarle a algún ser querido. En definitiva, terminaba pasándome horas suplicando y aunque todo aquello me resultaba en extremo torturante, no podía dominarlo. Casi no salía de mi habitación y tenía tan pocas ganas de vivir que podían pasar varios días sin ni siquiera bañarme y viviendo sólo a líquidos. Mis amigos me llamaban por teléfono pero yo no estaba en condiciones para hablarles, sabía que me entenderían y que cuando estuviera mejor, podría contar con ellos. Cuando dejé de hacer deporte empecé a engordar un poco y fué por eso que comenzó el tema de hacer dietas sumamente complicadas y traumáticas; recuerdo que una vez llegué a tomar sólo caldo y agua mineral durante un mes entero.[/FONT]
[FONT="] En su primer ingreso a nuestra institución, Ada Falcón tenía diecisiete años. En los meses previos a su internación había realizado un seguimiento con un psiquiatra privado que, según cuenta la madre, le había diagnosticado esquizofrenia y le dijo que era necesario internarla lo antes posible antes de que se hiciera daño; habían pautado además un plan de medicación que la paciente siguió de manera irregular.[/FONT]
[FONT="]La acompañante responsable era su madre Adelma, maestra de profesión. Su padre Antonio, pese a ser citado en repetidas oportunidades, nunca concurrió a una consulta argumentando que no tenía con quien dejar su negocio de compra y venta de muebles; aparentemente era un personaje periférico en la dinámica familiar.[/FONT]
[FONT="]Se acercó a la Institución derivada de una clínica privada a la cual ingresó por emergencia tras una intoxicación medicamentosa con aparente finalidad suicida. La valoración psiquiátrica inicial realizada por el médico de guardia nos habla de ideación suicida por transformación corporal de dudoso origen, sin resonancia afectiva y sin conciencia temporo-espacial; en aquel momento tenía nula conciencia de enfermedad y negaba la intencionalidad fatal de la sobredosis de ansiolíticos argumentando que sólo buscaba tranquilizarse y dejar de pensar un poco.[/FONT]
[FONT="]Hogar y hospital son palabras. Comida, familia, animal, también son palabras que por no cubrir del todo la superficie de lo que representan hay que repetirlas, estirarlas y hasta escribirlas, con el fin de poder abarcar todo el objeto; así como se cubre a un muerto porque no puede ser enterrado desnudo. Sin las palabras quedamos desnudos. [/FONT]
[FONT="]Para mi modesto entender, lo importante era el significado, lo implícito; para mi familia el significante, la forma. Para mi gusto la sangre, para mi mamá la tinta; ella las miraba desde afuera, y las veía tristes, angustiosas, y detrás me veía a mí; las veía escritas en mi frente, en el papel de mi historia. Para mí eran mi propia esencia, mi motor, mi destino, la madera misma en la que estaba tallada mi vida.[/FONT]
[FONT="]Hogar y hospital. Mi mamá desconocía el terror de estar encerrado, el vértigo, la absorción de uno mismo por un otro que nos consume piel adentro, ella ignoraba la angustia que desgarra. La angustia también era sólo una palabra para mi mamá, igual que hogar y hospital; para mí era mucho mas que eso. [/FONT]
[FONT="]Cuando me quedé sola en la palabra hospital deambulé unos instantes por la fría habitación, indecisa y movida por vaya a saber que misterioso impulso; luchando contra la fatiga de lo ocurrido aquel día e intentando poner en orden mis sentimientos. Tenía ganas de gritar, ah si, sí. Para esa época hablaba tan poco que cada vez que abría la boca tenía que contenerme ante la posibilidad de reflotar inesperadamente asuntos antiguos, ya asimilados y perdidos en mi recuerdo; como aquella vez que me encerraron en un armario mientras volaba de fiebre. [/FONT]
[FONT="]Me sentía aplastada contra el suelo, aturdida, al borde de estallar por culpa de la medicación que me dieron en la entrada; horribles náuseas me lo recordaban a cada rato. Arrojé el cepillo contra la ventana y tuve una instantánea sensación de extrañeza, de que ese no era un suceso actual sino que ya lo había vivido antes, en ésta o en alguna otra vida. Sentí que se abría un abismo de tiempo sin conexión con la actualidad, que el presente sólo existía para justificar mi presencia física. Allí comencé a ser yo misma, sólo palabras; únicamente estaba mi nombre. Me llamaba y nadie respondía, no tenía cuerpo ni alma, era efímera y sólo existía en la mente de quien me nombrara.[/FONT]
[FONT="]Suspiré tensa, en medio del incesante agitar de mi corazón. Mi sangre corría detrás de mi frente, la esencia de una situación de abandono, de una idea pasada; el recuerdo de mi encierro cuando pequeña, terminaba tomando por asalto mi conciencia. Comenzó a salirme sangre por la nariz. Para mi gusto la sangre, para mi mamá la tinta. [/FONT]
[FONT="]A lo mejor se trataba de una pesadilla que espantaría mediante el feroz esfuerzo de despertar o cambiar de posición en la cama, tal vez fuese algo impuesto por un ser superior diabólico, fijado de antemano por sus ocultas leyes, ¡quién podría saberlo! Empujé mi cuerpo hacia atrás y me recosté en el piso de madera, acorralada como en un ataúd, me pregunté con desesperación:[/FONT]
[FONT="]-¿Qué hago acá? Y me quedé profundamente dormida.[/FONT]
[FONT="]El verano de ese mismo año nos fuimos de vacaciones en familia y paseando descalza por la playa me pinché accidentalmente con una jeringa que había tirada en la arena, en ese momento los pensamientos que me atormentaban pasaron a ser la seguridad de que me había contagiado HIV. Luego de hacerme toda una serie de estudios y que dieran negativos, la idea se atenuó un poco, pero cada tanto vuelve a emerger. [/FONT]
[FONT="]A esto le siguieron algunos momentos de felicidad, en gran parte debido a un proyecto que tenía de estudiar algo que tuviera que ver con la psicología para poder ayudar a otras personas o algo relacionado con el arte. [/FONT]
[FONT="]Poco tiempo después se instaló en mi cabeza una nueva idea centrada, esta vez, en una horrible transformación que se estaba produciendo en mi cara. Una mañana en el colegio me toqué la nariz y la noté un poco mas hinchada, al llegar a casa me miré al espejo y comprobé que efectivamente esto era cierto y que el aspecto de todas mis facciones habían cambiado. Enseguida comencé a presionar con fuerza los huesos de mis pómulos hacia afuera y a doblar mi tabique nasal hacia un costado, sentía como mi rostro se modificaba y se estiraba quedando de esa manera mas fino y mas delgado. Luego de varios días de hacer esto me dí cuenta de que tenía la cara toda marcada y me sentí culpable por haber hecho semejante estupidez, pero la obsesión por mi apariencia física no se detuvo allí. Me miraba al espejo cada vez mas seguido y la idea de que mi aspecto exterior se iba modificando se extendió a todo mi cuerpo, podía sentir que los huesos se desarrollaban de manera desproporcionada y que las glándulas hacían que mi humanidad creciera descontroladamente.[/FONT]
[FONT="]Volví a insistir a mis padres para que me llevaran a hacer estudios de todo tipo y así comenzó una recorrida por especialistas en traumatología, endocrinólogos, ginecólogos y hasta un oftalmólogo. Como ya no creía en los hospitales públicos, complementamos los resultados con lugares privados en donde me volvían a repetir que todo estaba normal. A partir de ahí empecé a creer que entonces todo lo que me pasaba tenía que ver con un fenómeno paranormal. Tal vez algún espíritu maligno se había apoderado de mi cuerpo y dominaba mi mente impulsándome a someterme a torturas incomprensibles que me llevan a una certera destrucción. Todo esto contribuyó a que mi atención decayera y tuve que volver a abandonar mis estudios por no poder pensar en otra cosa que en mi cuerpo. [/FONT]
[FONT="]Recuerdo cuando esa madrugada me llevaron al hospital, me senté en la guardia a esperar y noté que el asiento estaba muy frío, casi tanto como mi alma. Giré mi cabeza y ví a mi mamá; su semblante era de devastación, el pelo revuelto y despeinado, su vestido a medio poner y su mirada perdida. Pensé que la gente que allí esperaba tal vez sufriría igual o peores tormentos que yo, temí no salir mas de aquel lugar, que pensaran que estaba loca y que me durmieran para siempre. [/FONT]
[FONT="]Percibí el calor de unas gruesas lágrimas surcando mi rostro desventurado; nuevamente oí la música de un piano a lo lejos y me adormecí. Las imágenes en mi mente se confundían como las personas que en tumulto abandonan el patio de una iglesia luego de finalizado el sermón. [/FONT]
[FONT="]Estaba sola, libre y mía, mas muerta que viva. Percibía el fresco del pasillo. Tranquila a pesar de los temblores que de a ratos me sacudían, impasible y sin moverme de mi lugar. Sonrisa irónica la que me había dibujado en el alma algún Dios entrañable. [/FONT]
[FONT="]Alguien abrió la puerta del consultorio y nos pidió que entráramos. Era un doctor de unos cuarenta y largos años con cara de dormido, que no dejó ni un segundo de mirarme las piernas. Me hizo una serie de preguntas que no pude responder e insistió varias veces en cuestionarme por qué había hecho tal cosa. Me interrogó acerca de si sabía porque me habían llevado y yo le contesté que sí con voz serena. Me pidió que le explicara lo sucedido con lujo de detalles.[/FONT]
[FONT="] Le conté que me encontraba tranquilamente diciendo mis oraciones en la habitación cuando mi hermana entró abruptamente sin golpear. Es bien sabido en mi familia que nadie puede molestarme en ese momento puesto que mi comunicación con Dios es muy especial, al punto que siento su presencia acompañándome en cada plegaria. Me levanté furiosa y sin mediar palabra me abalancé sobre Amanda increpándola y maldiciendo su existencia. [/FONT]
[FONT="]El médico seguía mi relato con atención y sin hacer comentarios. Seguramente sería un señor casado porque su guardapolvo estaba espléndidamente planchado y limpio, me imaginé que debería tener por lo menos dos hijos varones que seguirían sus pasos; una esposa mucho mas joven que él, le prepararía la comida para cuando regresara a casa y un perro saldría a esperarlo a la puerta todos los días. Luego de cenar se daría un baño de inmersión con agua tibia, le haría el amor su mujer y se iría a dormir soñando con repetir su aburrida rutina al día siguiente.[/FONT]
[FONT="] Ambas nos caímos al piso y fuimos a dar contra un enorme espejo que tenemos en la puerta de nuestro placard. El vidrio estalló en mil pedazos produciendo un estruendo que despertó a todo el vecindario; yo sólo sufrí cortes en los brazos y las piernas pero a mi hermana le sangraba mucho la cabeza y eso me asustó. Ella nunca se enojó conmigo ni me guardó rencor, sólo se angustió bastante al verse toda ensangrentada como en una película de terror y yo recordé la imagen de Jesús crucificado con una corona de espinas rasgando su cuero cabelludo, castigándome por mi maldad.[/FONT]
[FONT="]Desde entonces, la paciente Ada Falcón no ha estado en tratamiento psiquiátrico aunque ha presentado sintomatología diversa tales como: alteración del ritmo sueño-vigilia, despertándose sobresaltada por las noches y con pesadillas recurrentes que le impiden descansar normalmente; episodios de llanto injustificado sin demasiada coherencia ni clarificación de causa o motivo aparente; evitación de contacto con personas desconocidas; se somete a excesivos rituales de limpieza previos a la comida que se han modificado a lo largo del tiempo e incluso han sido abandonados espontáneamente durante días o meses cambiando abruptamente a apatía y abandono total del cuidado personal.[/FONT]
[FONT="]Su rutina de actividades desde la última internación fue casi nula con breves temporadas en las que se integró en talleres de actividades manuales donde se trabajaba el cuero y la madera, complementados con algunos cursos de pintura. Su vida cotidiana se reducía a la lectura incansable de libros de divulgación científica, realización de bocetos para futuros cuadros y a sus prácticas religiosas. Sus relaciones sociales no se modificaron: siguió negándose a salir con sus amigos y apenas si asomaba la nariz fuera de su cuarto. Las referencias a la sexualidad no existían, es mas, la única vez que se tocó el tema apenas por encima, la paciente se ruborizó y se apartó rápidamente del asunto porque según su consideración religiosa esta práctica era vista como pecaminosa. [/FONT]
[FONT="]Se produjo una nueva demanda de atención, esta vez en guardia de oftalmología por sensación de malestar en la vista. [/FONT]
[FONT="]-Veía todo agrandado, las cosas a mi alrededor tenían el doble de tamaño; la gente parecía mas gorda, los autos mas grandes y amenazantes. Me costaba asimilar la verdadera dimensión del espacio y el tiempo, mi cuarto a veces se agrandaba haciéndome sentir insignificante como persona y otras veces me asfixiaba por lo pequeño. [/FONT]
[FONT="]Se le sugiere interconsulta con un psiquiatra y la derivación a la institución en donde se le sugiere un ingreso voluntario para su valoración diagnóstica. [/FONT]
[FONT="]Ada tenía en ese momento diecinueve años.[/FONT]
[FONT="]La doctora Mercedes Simone fué quien realizó la consulta de aproximación en el tercer ingreso de la paciente a la Institución y a posteriori sería quien continuaría con el tratamiento. [/FONT]
[FONT="]Mas allá de ser doctora, además era una mujer; una rara mezcla entre presente y pasado. Observando sus facciones podría llegar a decirse que su perfil era bello. Vista de frente todo cambiaba. Sus ojos eran pequeños y la nariz, diminuta, desaparecía al subir hacia la frente de una manera abrupta, pareciendo esconderse tras una roca maciza. Era algo irritante comprobar cómo su semblante cambiaba al ser mirado de distintos ángulos. [/FONT]
[FONT="]Sus padres habían muerto siendo ella aún muy pequeña, allá en la provincia de Río Negro; recordaba que la crió una señora a la que llamaba tía, una mujer extremadamente fea, que no quería que a su sobrina le dijeran “la niña bonita”. La pequeña Mercedes creció sin afecto. Cuando llegó a los doce años se quedó definitivamente sola y pobre, pues sólo poseía unos cuantos papeles en donde figuraba su nombre y una fotografía, la misma que aún cuelga en el centro de su consultorio en donde se observa su cuerpo de niña prometiendo esfuerzo y sufrimientos.[/FONT]
[FONT="]Desde entonces se embarcó en el duro viaje del trabajo y el estudio. Poco sabía de la vida pero soñaba con algún día ser doctora. Lo primero que hizo fue colocarse como niñera, pero como ella misma era una niña lo único que hacía era jugar. Al poco tiempo la despidieron. Cambió de casa; mas niños, mejor trato y paga, hasta que un día cansada de no sentirse libre para disponer de sus horas libres para ir al colegio, se escapó. Marchó por las calles desconocidas hasta que dió con la salvaje noche. No sabiendo a donde ir, preguntó algo a una mujer bonita y bien vestida que pasó a su lado. Hablaron pocas palabras y sin contarle su historia, la mujer le prometió llevarla hasta su casa en donde le daría trabajo, alimento y educación. [/FONT]
[FONT="]Por obligación y por agradecimiento limpió la casa, la pieza, lavó la ropa e hizo la comida durante un par de años, pero al darse cuenta que ese tampoco era su destino, comenzó a trabajar en una casa de modas. Ahí no le fue tan mal. Ya era casi una señorita de diecisiete años y rendía muy bien en el colegio. Cuando perdió ese trabajo, buscó otro y luego otro. Una serie de lugares dejados atrás por diferentes motivos fueron desfilando por su suerte. Al terminar el colegio secundario no lo dudó y se vino a Buenos Aire a estudiar medicina con los pocos pesos que le quedaban.[/FONT]
[FONT="]Escuchándola contar su historia pensé que en algún punto nos parecíamos: los dos padecíamos del mismo mal, infancia triste, ansias de libertad, soledad adquirida y quejas contra el destino. Desde entonces comencé a aceptarla con un sentimiento maternal; pobre sentimiento pues yo mismo carecía de fortaleza afectiva. [/FONT]
[FONT="]-En mi vida jamás dí una limosna- me dijo un día mientras se quejaba de la cantidad de personas que había pidiendo en las calles- y te voy a decir por qué. Me ceo el mas pobre de los habitantes de la tierra. No sólo no me sobra el dinero, vamos a decir material sino que también carezco de fé, no creo en nada ni en nadie. No tengo nada, ni siquiera aquella olvidada libertad que me daba el deambular de un trabajo a otro. Solo me dediqué a estudiar para no quedarme además de todo, analfabeta. [/FONT]
[FONT="]En cuanto al amor… ¡bah! Tomé lo que pude alcanzar en su momento sin necesidad de estirar demasiado el brazo, todo lo que supo caber en el hueco de mi mano; no me hizo falta mas.[/FONT]
[FONT="]-Habla del amor, doctora, como algo que aún no le ha llegado al corazón[/FONT]
[FONT="]-Creo en el amor platónico[/FONT]
[FONT="]-¿?[/FONT]
[FONT="]-Algo así como que en este mundo de sombras no existe la idea o sentimiento en estado puro sino que se alcanza algo que se le parece bastante. ¡Vamos, Agustín, no me pongas esa cara! estoy tratando de decirte que nunca encontré a nadie que fuera como vos. (Se ríe) Eso es todo. Sos un buen muchacho Agustín ¡demasiado bueno![/FONT]
[FONT="]-Todos ponderan mi bondad, echándomela en cara como si fuera un defecto.[/FONT]
[FONT="]-Sos transparente, no tenés pasiones fuertes. Siempre estás calmado como si nunca te pasara nada fuera de lo normal. Pertenecés a esa clase de personas que sienten los cataclismos de un modo inalterable o que los ven hasta como una liberación.[/FONT]
[FONT="]Aunque aquellas palabras me causaron fastidio, no tenía ganas de profundizar sobre el tema y me callé, siempre callaría; siempre sería el hombre sumiso, apocado, brindando fuerzas y soluciones a los demás, sin aparentar poseerlas.[/FONT]
[FONT="]Mantuvo todo el tiempo una actitud de desprecio hacia la doctora y rechazaba por completo el contacto visual, sólo de vez en cuando lanzaba una mirada furtiva y recelosa mientras jugueteaba con una trenza de su peinado. Soportaba bien los silencios, permaneciendo cabizbaja como reflexiva, salvo en los momentos en que salía de su trance para revolverse en su asiento y lanzar comentarios acusadores.[/FONT]
[FONT="]-Ya sé que usted no cree nada de lo que digo porque lo veo en su cara, pero… ¡aún así no me importa! Mientras yo sepa que es verdad lo que estoy contando, me basta; tengo a Dios como testigo y ante él hago mi juramento de que no estoy mintiendo. [/FONT]
[FONT="]El efecto de la penumbra avanzó llenando el espacio de sombras, cerré los ojos y percibí una luz deslumbrante atravesando la telaraña de mis párpados. Me zumbaban los oídos, los apreté entre las palmas y entonces se calmaron. El sudor helado corría por mi frente, la habitación de repente se quedó muda como si alguien la hubiese matado, ahora parecía una cárcel. Tenía miedo y la agitación casi me impedía respirar, decidí agredirme, clavé mis uñas en las palmas para sentirme viva, para hacer cesar el avance de la muerte. Volví a escuchar el sonido de un piano deslizarse ahora aquí, luego allá o quizás era a la inversa.[/FONT]
[FONT="]Caminé hacia la ventana. Se me trababan las rodillas y mis pasos se desplegaban con dificultad, no obstante, llegué y antes de caer me aferré al marco de madera. Las gotas de lágrimas se juntaban con las de transpiración como ríos confluyentes. Había alcanzado por fin el secreto. Hacía tiempo que lo sospechaba, quiero decir, lo presentía desde aquel suceso a mis seis años recién cumplidos, se llamaba locura. Locura, si y reí, reí golpeando con fuerza mi frente helada, luego mi pecho, y mis rodillas. No, allí no daba lo mismo irse o quedarse internada, sabía que allí adentro se moría sin eternidad. [/FONT]
[FONT="]Grité. Palabras, alaridos, sonidos guturales elementales, salvajes, arrancados de los orígenes de la especie con el terror del hombre primitivo que no se explica las fuerzas acosantes de la naturaleza y cae muerto de desamparo y de inconsciencia.[/FONT]
[FONT="]Me sequé la cara, por lo menos tocaba un rostro vivo que me respondía, el mío, al que todavía le faltaba abandonarme. El atardecer entraba ya por mis ojos hasta mi cerebro, la neblina trepaba y avanzaba una espantosa ceguera de realidad que siguió a la desconexión. [/FONT]
[FONT="]La incoherencia de las respuestas fué por un instante realmente llamativa y su discurso se tornaba monótono por momentos. Se expresó apáticamente y de manera pausada, sin embargo cuando en el transcurrir de los encuentros se le solicitó que realizara por escrito un mínimo relato de su vida, ella lo llevó a cabo con excelente claridad y riqueza de lenguaje. Reconoce abiertamente su lugar en el mundo y dice no poder creer hasta el límite que ha llegado; se incorpora y extiende con suavidad su larga cabellera, la dura realidad la ha golpeado a bofetadas. [/FONT]
[FONT="]-Recuerdo una anécdota de cuando era pequeña y corría por el campo de mis tíos en Chascomús; el viento y el polvo se arremolinaban a mi paso y yo me sentía libre, dueña de aquella inmensidad. [/FONT]
[FONT="]Miré la laguna y la superficie parecía una capa de gelatina oscura. La costa descampada ofrecía de vez en cuando el refugio de unos troncos carcomidos, que podían servir de asiento. La tarde se oscurecía y tibia bailaba al compás de las pequeñas olas que recién al llegar a la orilla rompían en bordes desiguales. Por un instante, quien miraba aquella escena iba a tener la sensación de que su fondo no era de agua, mas bién parecía una pista de patinaje bordeada de tierra.[/FONT]
[FONT="]Le confesaba mi amor allá, en el fondo del agua en donde nadie alcanzaba a verme ni escucharme, ni adivinarme; me lo repetía teniendo miedo, sí sí, miedo, pues cuando uno dice las cosas en el fondo de las aguas debe ir luego al fondo de las cosas a buscar la respuesta.[/FONT]
[FONT="]Nunca mas pude volver a sentir aquella placida felicidad, sé que no puedo regresar a mi infancia pero estoy cansada de vivir abrumada; daría lo que fuera por poder volar y ser parte de la naturaleza. [/FONT]
[FONT="]Olinda me llamó esa tarde para avisarme que se iba unos meses a vivir a la costa. Solo me dijo que sus padres habían comprado una propiedad allí y que se iban a estrenarla. No quiso darme mayores explicaciones y mi olfato percibió que había gato encerrado. Apenas terminé mi guardia me fui hasta su casa sin dudarlo. Su madre salió a recibirme.[/FONT]
[FONT="]-A mi hija le hace falta este descanso y a nosotros también, vive todo el año encerrada en esta ciudad y necesita aire fresco.[/FONT]
[FONT="]-Pero… a ella no le gusta la naturaleza [/FONT]
[FONT="]-Sabemos que le va a hacer bien. Me dijo que te va a escribir desde allá, que te quedes tranquilo.[/FONT]
[FONT="]Su primer y único correo electrónico me decepcionó, no le gustaba el lugar, odiaba la soledad y el frío, se quejaba de la falta de ruidos; tenía pesadillas por las noches y ansiaba volver. Al cabo de tres meses regresó junto a toda su familia y en cuanto pude me acerqué a saludarla. A pesar de que casi no había estado al sol, estaba mas broceada, tenía los cabellos recogidos tras la nuca como una dama antigua lo cual la hacían parecer de mayor altura. Un leve polvillo entre rosa y dorado le cubría apenas las mejillas, en donde dos hoyuelos que no había percibido antes le enmarcaban la sonrisa. No dí mayor importancia a aquellos aparentes cambios pues me interesaba volver a verla después de tanto tiempo y retomar nuestros silenciosos encuentros suspendidos luego de aquel episodio en el tigre. Necesitaba sentirla junto a mí, como a una hermana; su compañía me era necesaria tanto como el aire.[/FONT]