1
-¿En dónde está mamá? –Preguntó Charlo tras un expectante silencio con vocecita aguda, abriendo bien grande los ojos y clavando en mi rostro una mirada por demás escrutadora.
-¿Querés ir con mamá? pronto, en cuanto lleguemos- Contesté apurado pues me había tomado desprevenido cuando aún no había terminado de acomodar mis emociones.
-¿Adónde vamos?
-A Chascomús.
Al notar que con sus casi cuatro años no había comprendido del todo mi respuesta, intenté clarificarle las cosas
–Vamos al campo.
-¿Para qué vamos a ese lugar?– exclamó con absurda emoción, que enseguida se fue apagando -¿mamá va a estar ahí?
Esta vez no obtuvo respuesta porque nadie en aquel vehículo se atrevía a contestar aquella terrible pregunta. Su hermana mayor, Tania, aunque había acusado mejor el impacto y el dolor al enterarse de la trágica muerte de su madre, tenía la mirada perdida en algún punto del horizonte; era visible en su rostro el esfuerzo por ser valiente y no llorar para no angustiar a su hermano. Noté que mis propios ojos se llenaban de lágrimas y que mis facciones se volvían mas hoscas aún.
Hace poco, en el marco de una sesión de terapia con un colega pudo por fin Charlo contar cómo había vivido aquella época y de qué manera comenzó a comprender que en torno a su mamá, giraba el misterio de ese precipitado viaje y de todas las extrañas situaciones que estaban ocurriendo a su alrededor.
“Todavía recuerdo haber oído claramente durante la noche llantos y gritos de dolor en la casa de la abuela, luego llegó el abrupto despertar viendo aparecer a mi papá como un fantasma en plena madrugada y la intempestiva partida hacia aquel extraño lugar sin preparar siquiera una valija. Me habían vestido con ropa nueva antes de salir y tuvieron mucho cuidado en elegir colores oscuros; se notaba que todos habían llorado porque tenían los ojos hinchados y el rostro extremadamente pálido.
Papá armó un pequeño bolso con algo de ropa y colgó un traje en la puerta del viejo Mercedes Benz familiar. La hermana de la abuela que había venido a cuidarnos, nos observaba desde la puerta y cuando me tomaron fuertemente de un brazo para que subiera al auto, supuse que algo malo había pasado. Quise volver, correr nuevamente hacia la casa y refugiarme en el regazo de aquella amable señora pero cuando atiné a moverme ya me encontraba en el interior del vehículo y al mismo tiempo unas espesas lágrimas rodaron por mis mejillas.
Al llegar a aquel lejano y maldito lugar al que juré jamás regresar, me aferré con ambas manos a la pierna de mi papá pues temía ser devorado por ese mundo nuevo y caótico que se me imponía. Cuando salimos del auto caía ya la tarde y una fina llovizna nos azotó en el rostro, nos instalamos en un modesto hotel que tenía unos ventanales enormes con vista a un descuidado parque; nuestra habitación estaba en la planta baja y si aguzaba el oído podía llegar a percibir todo lo que ocurría en la sala contigua.
Notando que nadie había emitido una sola palabra desde que llegamos, volví a insistir con mi preocupación.
-¿Y mi mamá? – pregunté sin llegar a darme cuenta aún de lo que realmente sucedía. Nuevamente nadie contestó y papá sólo atinó a ocultar su cara entre las manos, mi hermana Tania me dirigió apenas unas pocas palabras pero cuyo efecto fue fatal para el resto de mi vida.
-Mamá se murió, ¿no te das cuenta?
Ahogado por los sollozos que brotaban de lo más profundo de mi ser, sin saber por qué, oculté la cabeza entre los pliegues de la cama y lloré desconsoladamente; por primera vez percibí que las sábanas eran frías, con olor a otro cuerpo. La pieza se me antojó demasiado grande y volví a sentir el temor de ser fagocitado por aquel lugar.
Ví llegar el alba, mitad rosa, mitad gris. Escuché el canto de los primeros pájaros, esos que parecen no dormir nunca, oí el trajinar de las gentes que salen a trabajar de madrugada y cuando el sol pretendía entrar por la rendija de la ventana, recién entonces me quedé dormido. Cuando desperté ya casi era mediodía.
Miré en torno a la habitación y me di cuenta de que me encontraba en una fría y antigua cama matrimonial, a mi lado debía haber dormido alguien a juzgar por el desorden de las sábanas; pánico, tristeza e incertidumbre se apoderaron de mí hasta que un cauteloso caminar hizo que recuperase la cordura, reconocí una figura familiar concluyendo su vestimenta de pie junto al armario y uno a uno los recuerdos del día anterior se aclararon en mi mente.
-Papá… - llamé con voz temblorosa.
El se dirigió hacia mí sonriendo y yo me sentí reconfortado con su presencia que parecía no conservar vestigios de la angustiosa jornada anterior. Al rato apareció mi abuela y aunque siempre me acosaba con excesivas demostraciones de cariño hasta el punto de dejarme los cachetes colorados, aquel día no fue el caso; pese al desagrado con el que recibía cotidianamente estos apretujones, en mi interior los necesitaba ahora mas que nunca. Sentía con ese instinto seguro de la infancia, la sinceridad y el cariño que emanaban de esa exagerada y espontánea muestra de afecto.
Me vistieron en medio de un clima tenso y silencioso, en el comedor me sirvieron un breve desayuno que consistía en una taza de mate cocido con leche y unas tostadas con manteca y mermelada. Cuando hubo finalizado aquel ritual, salimos junto a Tania y mi abuela hacia un pequeño edificio que estaba justo enfrente del hotel, recuerdo que tenía la fachada adornada con granito oscuro y en la puerta se habían congregado montones de personas. Reconocí algunos rostros familiares y hasta me pareció ver a la hermana de mi abuela entre la gente pero como todo sucedió tan rápido, apenas pude mantenerme lúcido un breve lapso de tiempo; sentía aún el desayuno dando vueltas en mi estomago y se me partía la cabeza a causa de la tensión nerviosa.
Sin decir una palabra me subieron nuevamente a un auto con vidrios polarizados, luego giré la cabeza y percibí que nos seguía una larga fila de vehículos iguales, igual de silenciosos, igual de perturbados. Llegamos a un enorme parque arbolado que olía a una mezcla de jazmines y eucaliptos en donde nos esperaban todavía mas personas; mi papá seguía aún sin emitir sonido y sin derramar una sola lágrima aceptaba sereno el abrazo de cada asistente; de vez en cuando me apretaba fuerte contra su pecho y yo luchaba por liberarme. Lentamente me alejé de la escena y me fui acercando hasta donde estaban mi hermana Tania junto a mi abuela tomadas de la mano, luego quise sentarme en un banco solitario y alejado para poder observar mejor la situación y así retener cada detalle.
Al volver a casa todo fue desolación.
Del perchero que estaba detrás de la puerta colgaba todavía un sweater de lana color marrón con el que mi mamá se abrigaba por las noches cuando refrescaba. Estuvo a punto de llevárselo a aquel trágico viaje pero a último momento decidió dejarlo allí como mudo recuerdo de su partida, esa triste prenda me dio a entender la medida real de mi destino y aunque todos creían que aún era pequeño para comprender, reconocí la terrible desolación que sobre nosotros se había precipitado. Viéndola ahí, olvidada, en inútil espera de quien ya nunca la podrá vestir, pude reconocer cara a cara la dimensión real de la muerte.
Comentarios
Recuerdo que los días posteriores fueron seguramente los más tristes de mi vida. Papá casi no estaba en casa porque decía tener mucho trabajo y la abuela era quien venía a cuidarnos; en esos momentos de inexorable soledad era cuando un oscuro sentimiento de melancolía me hacía añorar intensamente la imagen de mi familia tal y como había sido hasta hace unos meses atrás y de mi mamá.
De cuclillas en un rincón de mi habitación y manipulando mis juguetes, sentía derrumbarse mi cara en amargas lágrimas que silenciosas, se deslizaban por la palidez de mis mejillas; adquirí siendo apenas un niño y aunque nadie pueda creerme, plena conciencia de mi soledad, de mi insignificancia y fragilidad. Calor de brazos maternales era lo que ahora necesitaba y sabía que nada podría llenar tan fácilmente ese enorme vacío en mi corazón.
Por las noches, cuando papá regresaba del trabajo podía llegar a sentirme un poco menos deprimido, pero no era lo mismo, él no me estrechaba entre sus brazos, acunándome contra su pecho, ni me cantaba canciones infantiles, tampoco me narraba historias fantásticas sobre feroces criaturas. Si bien podía comprender que en aquella angustia que traslucía su rostro se hallaba la continua preocupación por nuestro bienestar, no podía dejar de sentir rencor por su fría actitud hacia nosotros.
Era en la cena cuando de repente se distraía de la charla general para sumergirse en inabordables silencios, o al hallarse a solas en su dormitorio, los párpados se le llenaban de oscuro pesar hasta que alguno de nosotros entraba sin avisar; allí ponía su mejor semblante y nos arropaba en nuestras camas. Estos arrebatos de explícito dolor me acobardaban porque me hubiese gustado preguntarle algo sobre ella, necesitaba conocer cosas de mi madre; deseaba saber porque no habíamos ido todos juntos de vacaciones o quizás consultarle que sería de nosotros en el futuro pero su triste imagen me lo impedía.
Al principio nos quedamos en nuestra pequeña vivienda y la abuela se vino a vivir con nosotros pero luego, y como ella extrañaba mucho su lugar, decidieron que fuéramos Tania y yo a instalarnos a su casa. Nos levantábamos temprano y salíamos para el colegio en doble turno, al volver hacía la tarea y miraba televisión hasta tarde; la rutina y el abatimiento fueron obrando de manera casi enfermiza sobre mi escasa sensibilidad y poco a poco fui perdiendo la alegría natural que debería haber tenido en mis primeros años de vida.
Así de iguales fueron sucediéndose los días y mi cabeza se fue adaptando a la añoranza de mi mamá, mi vida se hizo suave y su recuerdo pasó a ser inconsistente como una visión. Dejé de hablar de ella y fui separándome voluntariamente de la realidad, apenas algunas veces, al cerrarse mis ojos ya pesados de sueño, la veía hermosa y sonriente pero a la distancia, envuelta por un halo irreal.
Mi papá acosado por el fantasma de la preocupación, era incapaz de notar en mí nada extraordinario; estaba siempre ocupado con algún paciente y los pocos momentos que compartíamos en casa (por lo general en la cena), se agitaba de un lado a otro como un árbol azotado por una furiosa ráfaga de otoño. Se frotaba las manos con nerviosismo y daba lástima observarlo, algunas noches volvía a casa cuando estábamos ya acostados y pasaba por nuestra habitación a saludarnos, se quedaba observándonos con una rara expresión en su rostro y balbuceando palabras cercanas a la incoherencia, los ojos hinchados y un ardiente olor a alcohol en la boca. Al verlo así, mi corazón se llenaba de espanto y no lo perdía de vista hasta que desaparecía por la puerta y oía finalmente que se desplomaba sobre su cama para hundirse en un letargo profundo y febril.
La impotencia que me inundaba se fue diluyendo en tristeza, incoherente pero letal como un veneno que inevitablemente lleva a la muerte.
Luego, cuando la vida se trasladó a la casa de la abuela todo pasó a ocurrir en medio de una frialdad abrumadora que hacía a cada cual aislarse en su propia pena e inquietud. Una noche durante la comida, cuando apenas habíamos intercambiado algunas pocas palabras se oía solamente el ruido de los cubiertos al desafiarse entre sí y el entrecortado respirar de la abuela vibraba en el aire; aunque ella se esforzaba por ocultarlo, sabíamos que era presa de un profundo dolor y que su salud le estaba pasando factura. Mis ojos escrutadores recorrían la escena y pasaban de los labios resecos de mi papá, hasta la mirada perdida de mi hermana sin saber que decir o hacer.
-Dios tiene designios misteriosos que no siempre estamos preparados para comprender – murmuró la hermana de la abuela mientras nos servía un poco mas de jugo.
No había advertido su presencia hasta ese momento y podía jurar que ni siquiera sabía cuándo había llegado a vivir con nosotros.
-¡No, no! – grité, y dejando caer el vaso al piso junto con todo su contenido me fuí corriendo a refugiar en mi oscuro cuarto.
Si mi mamá se hubiera muerto de cáncer o de alguna otra terrible enfermedad yo lo hubiera aceptado pero, morirse en vacaciones, no; esa imagen era algo espantoso e intolerable para mi escaso entendimiento. Sentí nuevamente mi cabeza a punto de estallar y al no poder esta vez, encontrarle una explicación coherente a todo ese asunto, decidí darme por vencido.
A partir de ese momento no quise hablar nunca mas”.
Apenas cumplieron los veintiún años se casaron y poco después de la sencilla boda, se trasladaron a la Capital Federal porque pensaban que en aquella ciudad no había muchas oportunidades para jóvenes de espíritu emprendedor y entusiasta como ellos.
-La nueva vida nos recibió con el corazón, las risas y los oídos cerrados. Llegamos de noche. Era una ciudad como casi todas, físicamente agotada, durmiendo sobre sus tareas y anhelos. La encontramos inhóspita y lúgubre.
Al llegar al nuevo hogar lo primero que hicieron fue pedir un préstamo en el Banco Provincia y con lo obtenido pusieron una mueblería ya que Antonio era muy habilidoso con sus manos. Adelma, por su parte, consiguió trabajo de maestra suplente en un colegio estatal pues le faltaban pocas materias para terminar el magisterio y además le gustaban mucho los niños. Muy pronto quedó embarazada de su primera hija y si bien se puso muy feliz con la noticia, no podía dejar de sentir ese extraño sabor a soledad en su boca, debido en parte a que aún no había podido establecer vínculos con aquella inabordable y bulliciosa ciudad. Extrañaba mucho su pueblo, su gente, las amigas con las que se juntaban a tomar mate en la puerta, los atardeceres bajo los árboles y el incesante sonido de los grillos por la noche; reconoce que nunca quiso decirle nada de eso a su marido porque temía angustiarlo con estupideces.
Ella se sentía desorientada en ese ambiente agresivo y hostil en donde nada de lo que veía encaja con sus ideales de felicidad. Le parecía estar viviendo en una especie de planeta artificial en donde las personas simulaban ser protagonistas de una película de cine mudo pues los veía moverse y caminar a gran velocidad sin siquiera dirigirse la palabra. No se diferenciaban mucho entre sí, eran una gran masa uniforme (o mas bien deforme como le gustaba llamarles) que se movía siempre hacia un mismo lugar sin detenerse a pensar un segundo el por qué lo hacían. A pesar de hallarse inmersa en ese mundo de seres absurdos, ella se sentía sola, alienada, sin saber que decir o hacer.
No alcanzaba a distinguir en qué idioma hablaban ni como se comunicaban, quizás fueran inteligencias superiores y ella no estaba a la altura de las circunstancias o tal vez ellos no tenían ni idea por qué estaban allí. Salía a trabajar todas las mañanas un poco después que su marido, se tomaba el trasbordador subterráneo repleto de gente y lo que allí le asombraba era el hecho de que día a día los observaba interactuar unos con otros de manera muy extraña, empujándose y sin hacer contacto visual como si usaran la telepatía. Llegaba luego al colegio en donde daba clases para niños robots y luego se marchaba a su casa tan sola y desconectada como había venido.
Estos terribles seres se reunían en grandes centros comerciales pues gran parte de su vida transcurría en aquel lugar; ya no se usaban mas las carreteras porque los autos volaban, tampoco los barcos pues los ríos y los mares estaban contaminados, los parques estaban cercados con un complejo sistema de rayos láser al igual que las casas. Los niños no jugaban mas a la pelota en las calles con arcos improvisados con ropa en desuso, había seres viviendo bajo los puentes, con bebés recién nacidos conectados a una realidad virtual, descalzos y sucios conviviendo junto a fumadores de droga sintética y rodeados de pordioseros suplicando por un poco de agua que ya casi no existía.
Antonio vivía agobiado por sus obligaciones con el negocio y la noticia de su paternidad no hizo mas que incrementar esa situación; sufrió una regia crisis de inseguridad que le hizo refugiarse aún mas en su trabajo en donde llegó a pasar catorce horas diarias con la excusa de que lo recaudado todavía no era suficiente para contratar a un empleado que pudiera ayudarlo.
Durante el cuarto mes de embarazo Adelma sufrió la terrible noticia de la muerte de su padre al que estaba muy apegada. Continuamente se le venían a la mente recuerdos de su infancia junto a él en su ciudad natal, ya que solían compartir largas charlas y atardeceres contemplando el esplendor del cielo rosado y respirando el aire húmedo de la laguna perfumado a tilo. Se sintió culpable por no haber estado en sus últimas horas de vida pues si alguien le hubiese avisado que su papá estaba internado y en estado grave, ella se hubiese tomado hasta un avión para ir a verlo. Con su madre nunca pudo contar para elaborar el duelo porque era una mujer de carácter muy cerrado, poco afecta a sentimentalismos y grandes muestras de cariño; esto le provocaba una fuerte sensación de vacío y una angustiosa ambivalencia entre el dolor por la muerte de su padre y la ilusión de tener a su primer hijo.
-Cuando colgué el teléfono luego de enterarme de la muerte de mi papá, me senté en una de las esquinas de la habitación y lloré silenciosamente, sabía que todas las esperanzas que tenía puestas en que él conociera a su nieta se habían roto de la manera mas cruel e inesperada. Sorpresivamente solo una única palabra quedó grabada en mi cuerpo mientras me desgarraba en aquel piso helado: “muerte”.
Ahora ya me siento como el agua pura y cristalina sin sabor amargo o dulce, insípida, híbrida, estéril, sin saber si seguir llorando o seguir viviendo; no sé si comenzar a reír hasta enloquecer o maldecir a Dios, no sé si agradecerle o reprocharle por mi desdichada suerte.
Una voz interior que comenzó a hacerse presente ese día y que aún continúa, me aconseja hacer lo que nunca hice ni ahora ni por ese entonces: tener paciencia y refugiarme en aquel espacio interior en donde pueda sentirme segura para aguardar a que el color rosado renazca sobre mis heridas.
Nuestra hija, a la que pusimos el nombre de Ada, sin hache (aclara) no presentó ningún trastorno al nacer salvo el bajo peso por lo que tuvo que pasar unos días en la incubadora. Era una bebita hermosa, de piel blanca y grandes ojos marrones, muy simpática pero que ante el menor ruido o movimiento brusco se sobresaltaba y se ponía a llorar.
¡Tenía tantas ganas de tenerla por fin entre mis brazos, estrecharla contra mi seno y hacerle sentir mi calor! Contarle todo lo que había soñado junto a ella y decirle que ahora la familia sería diferente y que ella aliviaría mi dolor. La espera se me hacía insostenible pues sólo podía verla un par de veces al día para darle de comer y cambiarle los pañales.
De vuelta a su casa los padres de Antonio se mudaron a Buenos Aires, vendieron todos sus bienes en su ciudad natal y se fueron a vivir muy cerca de su nieta. La abuela paterna ayudaba en la crianza de la beba que de a poco comenzaba a engordar y a balbucear pequeños sonidos. Si bien era ella una mujer mayor, aún conservaba ese distintivo toque de elegancia que daba a suponer su juventud como una muchacha muy hermosa y distinguida, de carácter amable y servicial aunque a veces agotaba con su incansable parloteo. El único defecto residía en suponer que por haber criado ya a tres hijos, tenía algo de autoridad en la materia y por lo tanto siempre quería tener razón.
Desde el comienzo la lactancia fue materna aunque pronto buscaron apoyo en las mamaderas ya que la niña no se desarrollaba como debía de acuerdo a su edad. Lloraba mucho durante el día y le costaba dormirse, Adelma estaba exhausta pero hacía todo el esfuerzo posible por seguir el ritmo de sueño-vigilia de su hija, incluso poniéndose a veces de muy mal humor si no podía decodificar lo que quería la bebé.
A los pocos meses y como por arte de magia comenzó a dormir mejor y los berrinches ya no fueron tan frecuentes, Antonio sólo aportaba su presencia en lo material ya que era el encargado de proveer el dinero para la crianza de su hija pero no participaba de ella; no se animaba a alzar a su bebé y tampoco a cambiarle los pañales porque se sentía emocionalmente excluido de ese estrecho círculo que conformaban madre e hija.
Cuando llego el momento en que Adelma tuvo que reincorporarse a su puesto al frente del aula, se planteó la idea de dejar de trabajar por un tiempo para poder estar cerca de su hija, anhelaba poder dedicar exclusivamente su atención al servicio de su familia pero por el momento ese era un lujo que la pareja no se podía permitir ya que estaban muy endeudados con el banco y su ingreso era fundamental para mantenerse al día. Se había ilusionado con una situación ideal, poniéndose ella al frente de los quehaceres domésticos, cocinando para cuando su marido regresara del trabajo y compartir una romántica velada en donde comentarían lo hermoso que era estar juntos pero, un poco por los compromisos con los acreedores y otro poco por la presencia de su hija, nada se daba como lo había soñado.
Sufrió mucho mas el abrupto destete la madre que la bebé. El día en que tuvo que separarse de su hija la tomó entre sus brazos y le habló susurrando al oído, la niña parecía escuchar con atención el vibrar de las palabras como si realmente comprendiera lo que su madre le decía. Extendió sus regordetas manitos al cielo para acariciarle la cara y Adelma tomó aquel fenómeno como un signo de aprobación al hecho de que volviera a trabajar. Comenzó solo por la mañana mientras la pequeña se quedaba un par de horas al cuidado de su abuela quien estaba por demás satisfecha con la decisión y por poder pasar tiempo a solas con su nieta.
Ada volvió a tener crisis de llanto en donde parecía ahogarse por falta de aire y sueño irregular, se despertaba en plena madrugada sobresaltada y temblando como una hoja; esta situación era vivida con mucha angustia por parte de Adelma y por eso decidió pasar el resto del día cuidando de cerca a su hija encerrada en su casa después del trabajo (o sea que pasaba de un encierro a otro).
La bebé aceptó de buena gana el cuidado materno y todo pareció encaminarse hacia una sensación de tensa pasividad, la vida a partir de allí se asemejó a algo normal, con los desajustes habituales, con pequeñas discusiones casi siempre por temas de dinero y con Adelma reclamando a su marido un poco mas de compromiso con relación a su hija.
Hasta que Ada cumplió los tres años, la familia vivió una época realmente buena y conforme fueron pasando los meses, Antonio fue mejorando en su negocio y adquiriendo una mayor estabilidad económica; contrató a un empleado de tiempo completo y pudo pasar mas tiempo en su casa. La pareja se sintió mas unida y su relación afectiva fue mas profunda, pudieron encontrar mas lugares comunes y disfrutar de estar juntos como cuando eran jóvenes aunque sin lograr el compromiso que Adelma hubiese deseado de su marido.
Al final de aquel año tuvieron a su segunda hija a la que llamaron Amanda, cuando la primera tenía casi cuatro años. Esta vez los padres decidieron acercarse a una clínica privada en donde se respetara el parto natural fisiológico y tanto el embarazo como el nacimiento transcurrieron de manera normal. Ada, que ya para esa época hablaba bastante fluido, se mostró tranquila e ilusionada con el nacimiento de su hermanita al punto que aseguraba: “siempre la voy a cuidar”.
Hablamos un poco en la puerta de su casa, es decir, ella hablaba mientras yo desmenuzaba sus palabras y su cuerpo con arteras miradas. Dijo algo así como “odio la naturaleza” con su característica voz ronca e intenté imaginarla junto a otra persona que bien podía ser yo, siendo conducida hacia otros horizontes, otras experiencias; me puse contento al descubrir que cada uno había seguido su propio camino sin cometer ninguna estupidez.
Marchamos cómo pudieron haberlo hecho dos ángeles cuando Dios los envía a vigilar el movimiento de los hombres en la tierra, sin estruendos y pisando el suelo con delicadeza, como queriendo encontrar el camino de vuelta hacia el paraíso terrenal.
Yo era un bicho de ciudad y no sabía bien cómo era el río, nunca me había detenido a escuchar el sonido de sus olas producidas por la brisa, al andar de un insecto aquí o allá o el vuelo de algún ave solitaria pero intuía, como se lo confesé luego a Olinda, que el río me seducía justamente porque en él creía poder inundarme de esa calma conformada por rumores que no marean. Así caminamos largo rato, empecinados en descubrir cosas nuevas, distintas a la que nuestros ojos veían todos los días. Luego nos sentamos sobre la hierba tibia, estiramos las piernas y mirando fijamente el cielo nos confesamos que era poderosamente delicioso sumergirse en el espacio sin fin de la humanidad, dudando de la existencia del mundo, de los hombres, las obligaciones, los calendarios y las obligaciones
- ¡Olinda! - llamé al cabo de un rato y mirando aún tenazmente el horizonte - ¿Podés decirme por qué no te gusta el mar, el campo, la naturaleza en sí?
-No me gusta y así será por siempre, que le voy a hacer. Igualmente esto no es natural ni mucho menos, es distinto, esto parece un oasis y una liberación incrustado en el borde de una ciudad como cualquiera. De lo que yo estoy hablando es de la inmensidad abrumadora que lo hace a uno darse cuenta de lo poco que somos para el universo, eso es triste, decepcionante, solitario.
-¿Por qué le tenés tanto miedo a la soledad?
-No sé cómo explicarlo, luego del accidente y la internación, algo se apagó en mí.
En un gesto espontáneo alargué mi mano para tocarle el cabello. En ese instante no era un hombre ni un niño, ni el demonio, ni siquiera el licenciado Agustín; era nada mas que un ser impuro acariciando a una virgen. Olinda no se movió, pareciendo que ella también dejaba de ser una mujer por ese momento, de ser algo humano, para divinizarse en la transformación de una diosa que, aún siendo inaccesible, permite que la divulguen.
-¡Olinda!- volví a llamarla como queriendo cerciorarme de que ella estaba aún a mi lado. No me respondió, se había dormido. Viéndola así me animé a acariciar sus brazos, sus labios, hasta que el cansancio corporal me venció a mí también.
Despertamos cuando el crepúsculo se volcaba sobre el río y los grillos ensayaban sus primeros sonidos.
-¿Puedo sacarte el broche del pelo? Quiero ver cómo te queda el pelo suelto.
Me arrastré sobre la espesa alfombra verde. No había tocado a una mujer desde hacía mucho tiempo. El césped, la brisa fresca, la tierra y el sol ocultándose convocaban alrededor nuestro las fuerzas del verano. Mi tormento se disipó al sentir el cuerpo que se estremecía a mi lado, Olinda rodó despacio hasta donde estaba y se quedó con una mano apoyada en mi pecho.
-Quiero que nos quedemos un poco mas- le dije.
-No deseo otra cosa en la vida- me contestó.
Era una maravillosa sensación, un reposo celestial, la conjunción de la dulzura y la posesión. “Ahora me siento bien”, pensé.
Atraje su brazo y me puse a acariciarla en la parte mas suave del pliegue del codo.
-No, eso me hace cosquillas- me dijo. Quiso retirar el brazo y yo la retuve con fuerza por la muñeca.
-Mi pulsera- gritó ella
El círculo de finas sogas que la rodeaban se abrió bajo mis dedos y sentí deslizarse las pequeñas baratijas que estaban allí ensartadas.
-No te preocupes, vamos a buscar bien y vas a ver que encontramos todo. Acá está San Cayetano, la Virgen María, San expedito y además…
En ese momento me detuve para contemplar asombrado la pequeña sortija cuya brillante presencia relucía en la palma de mi mano.
-¿Esto es tuyo también?- le pregunté
-Todavía no crece oro entre la hierba- me dijo sonriendo
Tomó el anillo en su mano y lo anudó junto a las demás imágenes.
-¿Puedo saber por qué tenés todavía tu alianza de casamiento?
La muchacha se apretó contra mi pecho y yo la tomé por los hombros haciéndola mover hacia atrás con una salvaje brutalidad.
-Te hice una pregunta
-Pero, ¿Qué te pasa?- gimió.
-No me toques, le dije, si me volvés a tocar, te…
No pude hallar una amenaza a la medida de mi vergüenza y me callé.
-Yo…yo lo necesito, extraño a mi marido, me hace falta, le hago falta, no sé vivir sin él, perdoname.
Estaba dicho pensé, con amarga emoción que jamás merecería esas palabras de una mujer. Yo me sentía un ser invisible del que nadie advertía la sombra. Olinda amaba aún a su ex marido, y lo amaba de un modo sincero, consagrado. Lo amaba a pesar de saberlo lejano, habiéndole entregado aquellos años de juventud y la compañía que me negaba a mí. Creo que se dió el gusto de verme sufrir y me duele enormemente saber que otros poseen sin merecerlo aquello que hemos ambicionado toda la vida; un amor íntegro, sin exigencias, difícil de conseguir y, mas que nada, de mantener cautivo en el tiempo.
Me deslicé trastabillando hasta el último asiento del colectivo y me dejé caer entre una colegiala de rostro amargado y un viejo que suspiraba y murmuraba con la mirada fija en la numeración de las casas. Aquí es cuando me pregunto y no entiendo aún por qué tuve que vender el viejo vehículo familiar solo para no tener recuerdos materiales de mi antigua vida. Todas las ventanillas estaban cerradas y sólo en las esquinas una ráfaga de aire fresco se colaba con el ascenso de nuevos pasajeros. Miré hacia el cristal de la ventana y me ví flaco, nudoso como una nuez, barbudo, con ese aspecto de hombre que nunca echará raíces en ningún lugar; difícil de soportar, alguien que sufre por los demás pero no por sí mismo; como me dice la doctora Simone en tono de broma “usted, licenciado debe ser de los que ven un drama en el cine y lo analiza como si se tratara de algo real…”
El tiempo lo cambia a uno, hace algunos años creía que podía conseguirlo todo con sólo proponérmelo, envidiaba los triunfos de los otros; me sentía con fuerzas y ansias de superación, era joven y no me asustaban los desafíos; creía en los buenos consejos, en las palabras de aliento y si tropezaba cien veces, cien me levantaba, me sacudía el polvo y seguía adelante diciendo que la próxima vez será la definitiva, que tomaría a la vida por el cuello y la obligaría a servirme. Eso fue hasta que comprendí que existe una coraza intangible contra la cual es inútil arremeter, una barrera que defiende celosamente todo lo que me había propuesto conquistar; está ante nosotros, a los costados, atrás, no tiene fin ni principio. Comprendí que no había sido hecho para esta pelea áspera por la supervivencia de la especie y que debo acostumbrarme a permanecer quieto en un rincón y conformarme con cualquier descuidado bocado. Nunca sabré participar del gran juego del deseo y la demanda, y de otra vez la insatisfacción y el aplacamiento, encendidos como una sed que nunca se apaga, ni de la voluntad que se hace obsesión y absorbe al corazón.
Sé que mi nombre difícilmente se hundirá en el mas allá que nada dice, como sucede con aquellos que sólo saben hablar de Dios, de paz y prosperidad. A veces soy levemente feliz con estos pensamientos algo disparatados para la mayoría de la gente pero, me sé distinto y esa desigualdad debo pagarla.
¿Podrías confirmar o aclarar?
Te cuento que lo que dices es correcto en cierto sentido y hasta inevitable. La idea de contar mi vida siempre estuvo presente pero nunca se me apareció como algo lineal y ordenado. A medida que cuento las historias me vienen a la mente recuerdos y situaciones que veo necesarias volcar en ese momento. Me llegan por lo general de boca de otras personas y yo solo soy el receptor pero luego las hago mías. No creo que haya contradicciones sino detalles nuevos que se suman a los que ya fueron contados, es como un rompecabezas que se va armando con el paso del tiempo y sin solución de continuidad. No sé si es clara mi explicación pero tranquilo porque tampoco lo está para mí.
La verdad es que, llevada por las sensaciones que me produce este relato, no me he fijado en cuestiones formales; creo que si hubiera alguna incorrección notoria, no se me habría pasado por alto. Tú mismo pudes revisarlo buscando la perfección, pero tal cual como lo has escrito, llega a conmover.
Enhorabuena.
Un saludo amistoso.
Sinrima.
Me pone muy contento saber que algo de lo que intento expresar llega a ustedes de la mejor manera.
Siempre serán bienvenidas sus criticas y observaciones.