Capítulo I
“Has decidido ir por aquel camino sin eferentes, pero todavía tienes el anhelo de llegar al vasto océano que te espera. El río no se seca, el río inunda, con lágrimas y sin ellas, y duelen, y no duelen, pero existe la pena. Y sin embargo la esperanza, hermana de la voluntad, sigue en pie, aguardando el azote del destino con el que siempre algo aguarda. Bueno o malo, los hombres todavía creen que son superiores a otros, y no se dan cuenta de que el hado es aún más poderoso que un ejército de nosotros. ¿O acaso no? El hombre nace con la expectativa del bien, y en el camino, su camino, se desluce. Pero ¿qué está bien y qué está mal? El hombre bueno no busca beneficio propio, el hombre bueno busca la verdad, y aquel que subestima al débil, qué cobarde es. Pero el hombre bueno tolera al saber que muchas cosas se hacen por amor, amor que por defecto debe conocer, pero no necesariamente le concede a una sola persona. El hombre bueno ama al prójimo, a todos por igual, y se detiene al ver que puede hacer daño, porque sólo busca la paz. Pero los demás hombres no entienden la paz común, sólo la propia. Entonces hermanos, ¿a dónde vamos? La venganza es resultado de la ira, el odio, el miedo, y qué triste es aquella, pero qué ciega la gente que a ella se entrega. Perdonar es divino dicen, pero si soy hombre ¿Por qué debería perdonar? Es una pregunta que me ha venido a la mente todas las veces que he tenido que hacerlo. Porque es lo correcto. Setenta veces siete hay que perdonar, así lo he leído de las sagradas escrituras. Y aunque no llevo la cuenta, sé que cada vez que ello hago, soy feliz. Quisiera ser una buena persona, quisiera encontrar mi camino, uno con o sin eferentes, pero que sea el que me otorgue felicidad. No el que pretende saberlo todo, porque de esos hay muchos, de esos sobran en el mundo. Necesitamos trabajar juntos. A la larga sé que aprenderé, aprenderé a ver las cosas de otras maneras, me arrepentiré de mis errores, y seguiré en pie por una sola razón: el amor. Pero ¿Qué ironía, verdad? Pues es cierto. Amo al prójimo, ¿y qué? Amo ver contentas a las demás personas, de verdad lo siento así, y me he privado del beneficio propio muchas veces sólo para ver feliz a otros. Siempre creí que era una enfermedad, pero luego comprendí que no. Entonces tal vez estoy por buen rumbo, y sólo debo de esperar. Esperar es pasivo, así que mejor digo que tengo esperanzas. Porque mientras el mundo sea un lugar mejor, y la esperanza abunde en el espíritu de la gente, mientras sepan que aún quedan seres honestos, entonces caminaré de frente, sin mirar atrás, porque sabré que mi destino está cerca.
Muchas gracias."
Algunos de los hombres aplaudieron, mientras otros se hacían los indiferentes. Otros lo veían como si fuese un personaje apocalíptico procedente de la Santa Biblia. Otros fingían o de verdad se reían para sus adentros. Y algunos más que se habían quedado sentados unos segundos tras el hechizo de sus palabras, también comenzaron a aplaudir. El hombre no dejaba de sonreír, mientras señalaba con el dedo índice hacia arriba. Mucha gente ya lo conocía, pero la mayoría allí nunca antes lo había oído. Lo cierto es que todos ahí, no perdieron la pista de sus frases, y no olvidarían jamás aquellos dos minutos de iluminación. El hombre se retiró de la escena luego de un breve lapso de tiempo. Entre el público, había un pequeño niño que había quedado prendido de su verbo. Aquel que veinte años más tarde, sería quien cambiase el mundo para siempre. [...]
De “El último apóstol” (proyecto de novela)
Comentarios
Pinta bien la historia. El capítulo combina eficazmente diferentes planos narrativos y, con la última frase, capta el interés del lector y le incita a seguir leyendo la obra.
Tras las disquisiciones místicas de los primeros párrafos, se intuye un relato que ganará en acción… No sé si estoy en lo cierto. Sería interesante saber algo más del argumento.
En cualquier caso, adelante.
Saludos
Saludos