¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

El Dios Hereje [Cap II]

EddgomezEddgomez Pedro Abad s.XII
editado febrero 2011 en Fantástica
Toljora, capital del reino de Tírico.

El barco circulaba con suavidad por las fétidas aguas grasientas del rio. Ser Antón Alba roja, observaba el agua con rostro pensativo «Hacía diez años la suciedad no llegaba hasta aquí» Tampoco la ciudad llegaba hasta ese punto. En una década Toljora de había hinchado ocho kilómetros tierra adentro. La mayoría de las construcciones eran fabricas de armas y plantas procesadoras que convertían el cristal en combustible para maquinas.

«Las maquinas conquistaran el mundo» recordó que Arpegio siempre lo decía, y al parecer el maldito bastardo no se equivocaba. Los hechiceros y arcanólogos continuaban allí, pero cada vez eran menos aquellos que decidían iniciarse en las artes arcanas, sin duda era más fácil apretar un gatillo que conjurar una bola de fuego. La magia, lo arcano había dirigido el destino de toda Kimerian y de sus habitantes desde siempre, la forma de vivir y pensar de cada ser estaba íntimamente ligada a los flujos de poder etéreos que controlan el universo, pero las maquinas estaban ganando terreno y con ello la forma de pensar de las personas iba cambiando, los valores y creencias se hacían diferentes con el pasar de los años. Hasta qué punto llegaría todo aquello, hasta dónde un ser vivo puede alejarse de sus orígenes « ¿En qué nos estamos convirtiendo?» Pensó amargamente Ser Antón Alba Roja.

Ser Antón pisó tierra, más de diez años sin estar en su ciudad natal era mucho tiempo. En su cabeza se repitió el momento de su partida y los motivos que le llevaron a abandonar la comodidad de su hogar por un futuro incierto junto a dos individuos que a base de golpes le hicieron ver que la vida era dura y que él aún era una mierda. Sonrió al recordarlo todo y al pensar en esos malditos bastardos que se convirtieron en sus en sus profesores y por qué no, en sus hermanos.

Las calles estaban abarrotas de transeúntes y mercancías. Los niños se le acercaban como fieras ofreciéndole servicios de guías y recomendándole posadas, tabernas, tiendas y mil cosas más. Él tenía claro a donde quería ir, a casa. También se aproximaron mendigos, no recordaba que en la ciudad hubiese tantos. Les vio por montones, tirados en las aceras, sucios y hediondos, de pieles pálidas y agrietadas. Algunos le sonreían mientras le pedían limosnas, sus dientes estaban partidos y deformes, al menos los aquellos que aun conservaban dentadura.

La desembocadura del rio se unía al puerto. Sí, allí seguía en puerto, inabarcable a la vista, rebosado de buques mercantes provenientes de todos los puertos de Kimerian. En muchos de los navíos ondeaban las banderas de la compañía mercante Milnor. «Milna y Nora» el recuerdo de los nombres iba acompañado de cierto relato que le contó alguien, en el cual figuraba una de ellas electrocutando a un hombre. Sin duda eran mujeres peligrosas.

Caminó por las anchas calles atiborradas de quioscos, vendedores ambulantes, prostitutas, fanáticos religiosos, marineros, ladrones y estafadores a la espera de algún despistado. Era imposible dar dos pasos sin tener que esquivar a alguien. Según avanzaba hacia su destino, las calles eran más desahogadas y limpias. Las tiendas y las personas tenían mejor aspecto, y había menos ruido. También se veían uno que otro soldado del reino patrullando la zona. Después de varios minutos todo era silencio. Entonces lo vio de nuevo, el gran portón de acero. Como siempre, era custodiado por una docena de soldados bien armados.

— ¿Qué desea? Si no tiene un permiso firmado o es residente, no puede pasar. — Dijo uno de los soldados a la vez que posaba su mano sobre la empuñadura de su espada. Ser Antón abrió la pesada capa de piel que le cubría desde el cuello hasta las grebas. El soldado al ver el emblema en la armadura de caballero se apresuró a hacer el saludo marcial —Disculpe Ser Alba Roja. Puede pasar ¿Desea que llevemos su equipaje?— Ser Antón no profirió palabra, se limito a negar con la cabeza y continuar caminando. Los soldados abrieron a toda prisa el portón. «Es él, es la Espada Roja» la mayoría eran muy jóvenes como para haberle conocido antes de su partida, pero llevaba el escudo de los Alba Roja, no podía ser otro.

Ser Antón se detuvo, alzó la vista. Frente a él se erguían ciento nueve escalones que separaban la plebe de los nobles. Ciento nueve escalones tallados en piedra, de peldaños anchos y seguros, pero desde los cuales se podía caer fácilmente y por donde era muy difícil subir al menos que se dispusiese de los medios y la astucia suficiente para llegar hasta la cima.

Subió con paso calmado, a su derecha estaba el puerto, más allá el horizonte lejano y apacible. Hacía tiempo que no veía un mar de agua; dejó que los ojos se le llenaran de ese azul verdoso incontenible e infinito. Con cada paso avanzado, la brisa se tornaba más fuerte y refrescante. La barba y su cabello amarillento danzaron torpemente al compás del viento. Al llegar al último escalón volteó la mirada, vio los techos de la ciudad baja, sus calles, el rio, los edificios, los barcos en el muelle «El bosque de los “civilizados”» farfulló. Lo que tenía en frente no le agradaba más. Calles impolutas adoquinadas con placas de piedras pulidas. Fuentes majestuosas, esculturas casi vivas. Farolas que se alimentaban cada noche con cristales y carbón. Parques y jardines llenos de vegetación exótica. Mansiones de siete niveles. Todo en estado de perfección pura y casi antinatural. El tiempo no había pasado allí arriba. Era algo asqueroso. Tal vez había vivido demasiado tiempo como un nómada, vagando entre bosques y ruinas, compartiendo cerveza y placeres en tabernas de pueblos que apenas se sostenía en pie y sin embargo eran lugares felices, mucho más de lo que jamás será todo Tírico.

Se detuvo frente a un palacete, hace tiempo lo consideró su hogar, ya no estaba del todo seguro que continuase siéndolo. Un amplio jardín plantado con flores y árboles frutales rodeaba todo hasta el borde del acantilado que estaba detrás de la casa. Una anciana atendía las plantas. Vestía una túnica holgada de colores vivos, Ser Antón sonrío al verla. Avanzó hasta ella, la mujer le observó con mirada tranquila, como si le hubiese visto el día anterior antes de ir a la cama.

— Ya era hora de que regresase, Ser Antón. — La vieja Jertru nunca fue muy expresiva ni habladora, al menos no con los humanos, prefería conversar con las plantas, los animales o cualquier cosa incapaz de divulgar lo que se le dijese. —Esas barbas, ese pelo… de no ser por la armadura, diría que es un mendigo— Observó con más detenimiento la panoplia — Bueno, tampoco es que la armadura esté muy presentable, ya le diré a Neko que la pula. No, mejor no, ese tarado no sabrá hacerlo correctamente, lo haré yo misma. Sí, lo haré — A sus muchos años, Jertru conservaba una vitalidad animal envidiable, sólo equiparable con la sabiduría que dan los años y la virtud de la observación.

— ¿Ni un abrazo, ni nada? Cualquiera diría que no te caigo bien Jertru— Lo dijo con media sonrisa en la boca y un tono exageradamente dramático. La anciana tenía los ojos verdes, descolorados por el pasar de los años, cansados, tristes, esperando ver la oscuridad final que alivia de todas las cargas.

— Eres más viejo. Sí, lo eres. Tu mirada ya no es la de ese joven necio y petulante que se pavoneaba con su camada de amigos idiotas. Tu armadura ya no brilla de vanidad, está arañada, incompleta, con partes nuevas acopladas a las viejas— Pasó los dedos sobre la pechera, allí donde había una hendidura, como si una bala de cañón le hubiese hecho diana— Tu armadura está adolorida, pero más viva que nunca. Sí, más viva — Mostró sus encías sin dientes, era una sonrisa de alegría y orgullo— Has vivido… y has matado, ya eres un hombre.


El palacio de los señores Alba Roja se llenó de júbilo. El hijo mayor estaba de vuelta. La señora Beatriz Alba Roja contuvo el llanto «Las lagrimas son para la plebe, además dañan el cutis» Dijo mientras pensaba en si abrazaría a su hijo «…Es que no quiero que se me ensucies el vestido, es nuevo» Sólo después de que Ser Antón se hubo despojado de su pesada y sucia indumentaria bélica, la señor le estrechó brevemente entre sus brazos, realmente estaba emocionada de ver a su primogénito de vuelta. Nunca estuvo de acuerdo con la idea de que su niño fuese un paladín, prefería que se educara en los oficios comerciales como lo hizo Sergius, su segundo hijo «Antón debe encargarse del patrimonio familiar» le dijo una y otra vez al señor Maximiliano Alba Roja «Debe prepararse para heredar tu cargo en el concejo del reino, y no perder el tiempo en una escuela de paladines» A Maximiliano no le agradaba la idea más que a ella, pero siempre sostuvo que un hombre decidía que camino deseaba recorrer. Además, confiaba en que Sergius seguiría sus pasos políticos, el segundo hijo de los Alba Roja siempre mostró una animadversión a los oficios físicos. Era imposible que le pasase por la cabeza la descabellada idea de empuñar una espada y mancharse de sangre.

Comentarios

  • EddgomezEddgomez Pedro Abad s.XII
    editado febrero 2011
    Sergius estaba de pie, recargado en el marco de la puerta. Observaba en silencio como Jertru ayudaba a ser Antón a despojarse de la pesada armadura. Una panoplia común y corriente solía pesar entre veinticinco y treinta kilos, la de Ser Antón sobrepasaba los cincuenta y cinco, aún así, la anciana la montaba en un armazón de hierro sosteniendo las piezas de metal como si careciesen de peso. Sergius contempló con admiración la desnudez de su hermano mientras éste se sumergía en una tina con agua caliente. Era la estatua de un dios tallada en carne marmórea. Cada musculo de su espalda, torso, brazos y piernas estaba perfectamente definido, proporcionado. Sergius recordó un tratado de anatomía humana que había leído hacía tiempo.

    — Tened cuidado con las mangueras de presión, si la dañáis Arpegio vendrá y te electrocutará, o peor aún, me electrocutará…de nuevo— Antón se sumergió por completó en la bañera, así que no escuchó la replica sarcástica de la anciana mientras empujaba el armazón hasta la habitación contigua.

    El agua caliente le sentó de maravillas. No recordaba el último bañó en una tina, en verdad no recordaba su ultimo baño. Deseaba quedarse sumergido todo el día. Vio la imagen de su hermano distorsionada por el manto líquido, el sonido de sus palabras le llegó diluido. Sacó la mitad del cuerpo del agua y se quedó recostado con la cabeza echada hacia atrás. El cabello se extendió chorreando agua de dudoso color. Entre la cabellera rubia destacaba una única y fina trenza anudada por una tuerca y varias cuentas de cristales coloridos.

    — Te decía que…

    — Que pensabas que no volvería. Te escuché. — La relación entre ambos no era mala, el problema radicaba en que no tenía nada en común a excepción del parentesco familiar. — No te preocupes, no vengo para quedarme.

    — ¿Por qué habría de preocuparme?— preguntó Sergius mientras se retiraba un mechón de cabello que le caía entre las cejas. —Nuestro padre se alegrará de verte. No paraba de hablar sobre su hijo, el paladín que se fue a combatir al oeste. Leía cada carta que enviabas unas mil veces. Le preguntaba a los mercaderes y mercenarios sobre ti. Cuando leyó en una gaceta que te llamaban La Espada Roja y que habías combatido en la batalla de Las Minas Regzul, no paró de presumirlo durante un año. Lo único más grande que su orgullo era su preocupación por ti.

    — ¿Dónde está ahora?

    — Salió muy temprano a una reunido con otros concejeros en el…— un sirviente entró repentinamente al baño. Estaba agitado y las palabras se le amotinaban en la garganta — ¿Qué sucede Neko?

    — Esvuestropadreseñor Losheraldosletienenprisioneroenlaoficinaportuaria — Dijo el joven en una apresurada exhalación. Antes de que Sergius preguntase de nuevo, Ser Antón ya estaba entrando a la habitación en donde Jertru terminaba de lustrar la armadura.

    — Lo habéis hecho rápido — dijo calmadamente. Sabía que la anciana era bastante veloz cuando se lo disponía y que ocultaba muchos trucos debajo de las mangas de su túnica, y de su piel. —Ayudadme a ponérmela— Dijo mientras se abrochaba el pantalón. La vieja le ayudó a colocarse las piezas a la vez que él acoplaba y regulaba un extraño sistema de mangueras y bombas de presión. Al final presionó un botón en el lado interno de una de las piezas, sonó un agudo silbido. Fue como si la armadura respirase usando como nariz una serie de huecos distribuidos sobre su superficie.



    Maximiliano Alba Roja intentó permanecer calmado ante la situación, a diferencia de sus compañeros que estaban al borde de la histeria. Analizaba la situación con detenimiento; sus captores apenas habían emitido palabra alguna y no parecía interesarles el dinero que en más de una ocasión les habían ofrecido generosamente los otros rehenes. «Si quisiesen dinero, entrarían a un banco, no a una oficina portuaria» Pensó. Eran sujetos extraños, no parecían peligrosos, en ningún momento se mostraron agresivos ni indicios de que pensasen hacerles daño. No obstante los diez cadáveres destrozados en el primer piso podían tener una opinión un poco distinta.

    Uno de los intrusos entró a la habitación, llevaba consigo un tomo que seguramente extrajo del archivo principal, lo entregó a otro de los heraldos quien lo examinó confirmando que era lo que buscaban. Dio dos taconazos en el suelo de madera. Su propia sombra, o lo que parecía ser una sombra, comenzó moverse con voluntad propia, mutándose en una figura constituida de oscuridad liquido-gaseosa con una vaga forma de hombre. Era totalmente ingrávido, de contornos ondulantes y difusos. Su estado material no le impidió sostener el libro.

    « ¿¡Eso es un chaide!?» Maximiliano estaba más que sorprendido, nunca había visto a un elemental de sombras. Incluso creía que se habían extinto, obviamente estaba errado. Algunos de los rehenes hicieron la señal del sagrado triangulo, tocaban su frente luego su hombro derecho, después el izquierdo y finalizaban en la frente. La imagen le resultaba sacrílega, aterradora. El tiempo y las creencias les habían hecho olvidar que esos seres también formaban parte de la naturaleza tanto o más que ellos.

    Maximiliano intentó ver las letras grabadas en la tapa de libro, pero desde su posición le fue imposible. Quiso no fijar su vista en la figura amorfa, pero la curiosidad y admiración le traicionaban. Era una criatura de extraña belleza, etérea como el viento, oscura cual noche sin luna. Un fragmento de la naturaleza con conciencia y vida propia.

    Cuatro de los heraldos se juntaron espaldas con espaldas. Tomaron una bocanada de aire y contuvieron la respiración. El chaide les envolvió con una sabana de oscuridad que los evaporó como el vapor que desafía al viento. Se esfumaron sin dejar rastro de su presencia. El quinto heraldo se quedó allí, de pie expectativo como quien espera la llegada de alguien. Su rostro era cálido, de mirada alegre y despreocupada. Se tocaba inconscientemente una cicatriz en la nariz. Miró la habitación con rostro pensativo, como si algo estuviese mal en ella.

    La habitación era amplia, de forma circular con un techo alto rematado en una cúpula de cristal. Justo debajo, rodeada por un círculo de luz solar, una mesa tallada en roble de seis metros de largo por dos de ancho cercada por sillones tapizados en terciopelo, se extendía libremente. Los tres rehenes estaban sentados en un extremo de la mesa, el heraldo les observó desde el otro extremo. — Pónganse de pie junto a esa pared. No, más pegados. Sí, ahí está bien. — Empujó la pesada mesa hasta un lateral de la habitación sin apenas esforzarse. El rechinar de la madera contra las baldosas de granito fue agudo, prolongado y molesto. Los prisioneros le observaban intrigados mientras movía las sillas y las amontonaba en un rincón dejando todo el centro de la habitación tan libre que parecía un salón de baile. Levantó la mirada, expectativo observó la cúpula de cristal....
  • EddgomezEddgomez Pedro Abad s.XII
    editado febrero 2011
    Algo atravesó el cristal repentinamente. Los trozos de vidrio volaron por los aires mientras una masa de metal descendía en caída libre. Impactó estruendosamente contra el suelo reventando las baldosas. Era un paladín ataviado con una extraña armadura que le daba apariencia de coloso. La caída no le afectó en lo mínimo. Observó a su alrededor, los rehenes seguían vivos y se encontraban en el lugar más seguro en el que podían ubicarse en ese momento.

    — Eres más grande de lo que pensaba — Dijo el heraldo con sincera cara de sorpresa—, El famoso Ser Antón Alba Roja, la Espada Roja. El Amanecer Sangriento. Campeón de las minas de Regzul. Discípulo y tanqueador del actual portador de El Dedo del Caos, Criptus Aldajaskary. Es un honor para mí estar delante de su insigne presencia, mi nombre es Oustedh, primer heraldo de Ukamaru el renovador, quien le envía saludos y le desea un prospero porvenir. — Las palabras fluyeron con una soltura y alegría despreocupada. El rostro de Maximiliano se iluminó con una sonrisa, su posible defensor llevaba un yelmo que le cubría la cabeza por completo así que no podía verle la cara. Pero quien más llevaría el escudo de los Alba Roja en su armadura. Sí, ese era su hijo, estaba seguro. Su cuerpo avanzó unos pasos movido por los sentimientos paternales, sus compañeros tuvieron que sujetarle « ¿Qué haces? ¿Estás loco?».

    Caballero y heraldo se miraron fijamente. La diferencia de tamaño era más que evidente, el heraldo parecía un niño en comparación con el caballero, quien le sacaba dos cabezas de ventaja. Sin embargo a Oustedh no parecía preocuparle en lo absoluto. Ser Antón tomó la espada que llevaba sujeta a su espalda. La hoja media casi un metro y medio de largo y apenas unos ocho centímetros de ancho, hecha de acero impregnado esmalte rojo negruzco.

    — ¿Atacarás a un hombre desarmado?— Preguntó Oustedh a la vez que mostraba sus manos vacías. Ser Antón apretó y giró la empuñadura de la espada. La hoja del arma estaba compuesta por tres placas de metal tan unidas que pasaban desapercibidas a la vista. Dos de las placas se deslizaron a los lados dándole más anchura a la hoja, que pasó a medir veinticuatro centímetros —Tomaré eso como un «Tal vez» — En la cruz formada por la hoja y la empuñadura se observaba una gema de color rojo, Ser Antón la presionó. La hoja emitió un subido grave, el metal se calentó como si estuviese en plena fragua— De acuerdo. Es un «Sí» rotundo— El caballero dio un primer paso. El cristal y el granito crujieron bajo sus pies.

    Era impensable que algo de apariencia tan pesada pudiera moverse con tanta velocidad. Los pasos de la armadura eran propulsados por sonoros golpes de aire que le hacían avanzar casi a saltos. En un abrir y cerrar de ojos la espada candente descendía mortalmente sobre su cabeza del heraldo, quien dio un paso veloz y preciso a la derecha. La hoja se clavó en el suelo como un cuchillo caliente en la mantequilla. Ser Antón no se preocupó en retirar la espada, simplemente la movió con suavidad dejando un surco ardiente en el suelo.

    El movimiento fue inesperado, Oustedh giró sobre su talón izquierdo para esquivar el ataque ascendente de la espada. Enlazó el movimiento con un avance suave, elegante, ligero. La palma de su mano chocó contra el peto de Ser Antón. La coraza vibró con intensidad. El cuerpo del caballero fue expelido, rechazado por una fuerza invisible que le hizo deslizarse sobre sus pies más de siete metros como si estuviese montado arriba de un raíl.

    Los movimientos de ambos contrincantes fueron rápidos, precisos, directos. Pura maestría de combate en vertientes distintas. La armadura de de ser Antón rugió, pequeños fragmentos de granito y cristal volaron. El caballero atacó de manera idéntica a la primera vez. Oustedh esperó el ultimo instante para ejecutar su esquive. El filo rozó su cuerpo en movimiento hacia la derecha. Ser Antón lo tenía previsto. Su mano izquierda ejecutó un fugaz movimiento que terminó atrapando la cabeza del heraldo. La parte trasera del cráneo se incrustó con violencia en la pared, debió aplastarse entre el metal y la roca, pero no lo hizo.

    El cuerpo de Oustedh pendía de la garra metálica cono un muñeco de paja. Ser Antón dirigió la punta de la espada en línea recta al abdomen de su presa. El heraldo atrapó la hoja con ambas manos como aquel que ora a alguna deidad. La piel sucumbió al calor abrasador, pero Oustedh no parecía sucumbir ante los fantasmas de la carne. Hubo una breve competencia de fuerza en la que ninguno cedió un ápice. El caballero estrelló el cuerpo varias veces contra la pared. En edificio tembló hasta los cimientos. Oustedh no soltó la espada. «No es humano, no puede serlo» murmuró Maximiliano con mirada atónita mientras Ser Antón cambiaba de estrategia.

    El cuerpo del Heraldo dibujó un arco en el aire guiado por el brazo del caballero. La hoja de la espada se escapó de las manos de Oustedh mientras su cuerpo colisionaba contra el suelo de granito. Sin dilación fue levantado y arrojado contra la pared más lejana. Fue lanzar un almohadón relleno de plumas. La armadura volvió a rugir. El cuerpo de Ser Antón salió despedido en persecución del heraldo, el caballero se avanzaba sin mover los pies, como si flotase impulsado por alas invisibles que bramaban al batirse.

    Mientras Oustedh volaba por los aires, ejecutó una voltereta imposible y apoyó los pies de la pared haciendo caso omiso de la gravedad y cualquier ley física. Se impulsó proyectando su cuerpo en sentido horizontal, era una flecha humana. Antepuso las palmas de sus manos antes de chocar contra la coraza de Ser Antón, su cuerpo se detuvo en seco a la vez que el caballero salía despedido con una fuerza bestial hacia atrás.

    El heraldo cayó con la elegancia de un felino, mientras el paladín destrozaba una pared con su cuerpo y era sepultado por los escombros. Oustedh examinó las palmas de sus manos. El olor a carne quemada le produjo una mueca. Los escombros se removieron, Ser Antón se puso de pie sin muestras de daño alguno. Se disponía a iniciar otro ataque pero detuvo el movimiento — Espero poder enfrentarme contigo otra vez— Dijo con estentórea voz.

    — No le quepa la menor duda insigne caballero del amanecer sangriento…y de la espada ardiente— profirió con tono alegre y cordial mientras la sombra bajos sus pies cobraba vida y ascendía por sus piernas como una mancha de aceite negro — Aunque sinceramente preferiría que no ocurriese, y en caso inevitable, — Su cuerpo fue cubierto por la etérea oscuridad— Espero que pase mucho tiempo— Sin más, la oscuridad se lo tragó.
  • EddgomezEddgomez Pedro Abad s.XII
    editado febrero 2011
    Si lo habéis leído completo....muchas gracias.
    Me gustaría sabes vuestra opinión ...para mi es importante.
  • JanoJano Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado febrero 2011
    Muy bueno, amigo. Los personajes muy bien descritos, asi como los escenarios. Muy original la idea de dividir Toljora en dos niveles, y la armadura de Ser Antón es genial. Muy buen estilo y mucha imaginación.
    Apuntate un 10.
  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado febrero 2011
    me gustó mucho, se lee con mucha fluidez, muy bien narrado.:):p
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com