Su madre le llamó para que la acompañara al entierro de una prima suya. “¿No puedes ir sola?” dijo restregándose los ojos en la cama, ya que era sábado y el viernes había salido. Su madre le contestó que no, que llevaba mucho tiempo sin verla, y que tenía miedo de no poder soportarlo. Desde que había muerto su padre, a su madre le había venido eso de la muerte como de nuevo, como si hubiera sido un invento del siglo XXI. Le dijo que se preparara que en veinte minutos la recogía.
Fueron directos al tanatorio, que estaba a las afueras de Valencia. Nada más subirse al coche, dijo que olía a alcohol. No dijo nada, pero tenía razón: llevaba la misma ropa de ayer, y el coche olía por culpa de una copa que le derramaron en el maletero.
Nada más llegar, aquello fue incómodo: todos estaban llorando y al verlos entrar, se les tiraron al cuello a abrazarlos. La hermana de la fallecida le dijo que siempre se iban los mejores, y mi madre le dijo que sí, a pesar de llevar más de cinco años sin verla.
Tenían a la fallecida en el féretro, allí expuesta, como si fuera un cuadro. La habían pintado para la ocasión y vestido con las galas que la difunta quería. Había llegado el momento de acompañar a su madre a que le dijera adiós. La llevaba cogida del brazo. Su madre nada más verla, le dio un beso en la frente, mientras él miraba a todo el mundo con incomodidad. Debía llevar aún las ojeras bien marcadas.
De pronto vino el marido de la fallecida con un sofoco visible y le arrancó a su madre del brazo. Se quedó allí plantado, frente a la pobre mujer sin saber muy bien qué hacer. Puso cara de circunstancias y le tocó la frente mientras trataba de poner cara de afligido: no la había visto en su vida. El contacto le resultó estremecedor: nunca había tocado un cadáver. El problema era que juraría que le había visto mover una ceja. Se fijó de nuevo y sí, estaba moviendo una ceja. Se acercó al oído y le preguntó si estaba de verdad muerta. En un hilo de voz le dijo que no, que era un regalo de cumpleaños de su marido, para ver cuánta gente iría a su entierro y así repartir la herencia a conciencia y le pidió que guardara el secreto. Se quedó perplejo y sorprendido de que nadie más se hubiera dado cuenta, por lo que le preguntó que cómo pensaba explicarlo luego, pero ya no le contestó. Mientras se levantaba, vio acercarse otra persona al ataúd. Miró de nuevo a la mujer, y estaba tiesa como un ladrillo y había dejado de mover la ceja. Cuando se fue la nueva visitante, le puso con disimulo la mano en el cuello para tomar el pulso y comprobó que realmente le latía. Se alejó despacio y fue a recoger a su madre que aún estaba llorando con otros familiares. Para colmo, en el tanatorio habían tenido el “detalle” de sacar unas pastitas y agua. Todos habían acudido allí como las abejas al polen. La tuvo que desenganchar de allí casi arrastras, y le dijo que no se iban a quedar al entierro, que tenía un cumpleaños por la noche y quería buscar un regalo original. Su madre cogió tres pastas para el camino y salieron discutiendo.
Espero comentarios.
Edite la obra hace 2 días, os dejo el link, gracias.
http://www.obrapropia.com/Obras/337/CUENTOS-PARA-LEER-EN-EL-VATER
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Su madre le llamó para que la acompañara al entierro de una prima suya. “¿No puedes ir sola?” dijo restregándose los ojos en la cama, ya que era sábado y el viernes había salido. Su madre le contestó que no, que llevaba mucho tiempo sin verla, y que tenía miedo de no poder soportarlo. Desde que había muerto su padre, a su madre le había venido eso de la muerte como de nuevo, como si hubiera sido un invento del siglo XXI. Le dijo que se preparara que en veinte minutos la recogía.
Nada más llegar, aquello fue incómodo: todos estaban llorando y al verlos entrar, se les tiraron al cuello a abrazarlos. La hermana de la fallecida le dijo que siempre se iban los mejores, y mi madre le dijo que sí, a pesar de llevar más de cinco años sin verla.
Tenían a la fallecida en el féretro, allí expuesta, como si fuera un cuadro. La habían pintado para la ocasión y vestido con las galas que la difunta quería. Había llegado el momento de acompañar a su madre a que le dijera adiós. La llevaba cogida del brazo. Su madre nada más verla, le dio un beso en la frente, mientras él miraba a todo el mundo con incomodidad. Debía llevar aún las ojeras bien marcadas.
De pronto vino el marido de la fallecida con un sofoco visible y le arrancó a su madre del brazo. Se quedó allí plantado, frente a la pobre mujer sin saber muy bien qué hacer. Puso cara de circunstancias y le tocó la frente mientras trataba de poner cara de afligido: no la había visto en su vida. El contacto le resultó estremecedor: nunca había tocado un cadáver. El problema era que juraría que le había visto mover una ceja. Se fijó de nuevo y sí, estaba moviendo una ceja. Se acercó al oído y le preguntó si estaba de verdad muerta. En un hilo de voz le dijo que no, que era un regalo de cumpleaños de su marido, para ver cuánta gente iría a su entierro y así repartir la herencia a conciencia y le pidió que guardara el secreto. Se quedó perplejo y sorprendido de que nadie más se hubiera dado cuenta, por lo que le preguntó que cómo pensaba explicarlo luego, pero ya no le contestó. Mientras se levantaba, vio acercarse otra persona al ataúd. Miró de nuevo a la mujer, y estaba tiesa como un ladrillo y había dejado de mover la ceja. Cuando se fue la nueva visitante, le puso con disimulo la mano en el cuello para tomar el pulso y comprobó que realmente le latía. Se alejó despacio y fue a recoger a su madre que aún estaba llorando con otros familiares. Para colmo, en el tanatorio habían tenido el “detalle” de sacar unas pastitas y agua. Todos habían acudido allí como las abejas al polen. La tuvo que desenganchar de allí casi arrastras, y le dijo que no se iban a quedar al entierro, que tenía un cumpleaños por la noche y quería buscar un regalo original. Su madre cogió tres pastas para el camino y salieron discutiendo.
Un saludo