La nueva vecina
A nuestro edificio llegó una vecinita nueva, y yo, como presidente que de la comunidad me presenté para explicarle las reglas de la vecindad. La chica era guapísima: morena, alta, de ojos grandes y con un culo, ¡oh!, pechos grandes y firmes y cara de muñeca. ¡Y caliente, que eso se veía! Tenía 19 añitos, y me dijo que era universitaria. Ese día vestía vaqueros muy ajustaditos y camiseta negra. Había traído a su nuevo piso una bicicleta estática, de esas bicicletas para mantenerse en forma. Se despidió de mí con un beso en la mejilla apretado y me dejó cliente perdido.
Pero, a los dos días, problemas. Porque resulta que durante las noches recibía a hombres en su casa. Las viejas del edificio eran quisquillosas y empezaban con sus cosas: "que si gente rara en los pasillos, que si los coches ocupaban todos los estacionamientos, que si tanto ruido". Mi esposa me dijo que antes que tuviera que soportar un desfile de vecinos protestando que se iba con su madre.
Un día llegué más tarde de lo habitual a mi casa y andaba en mi busca un tipo cuarentón. Cuando, al fin, nos vimos me preguntó por '"a chica que atendía".
"¡Ay, que la muñequita es putita", pensé.
Entonces, hablé con ella.
Vestía esta vez un traje ceñido con un generoso escote. "Lista para atender". Me rehuía mientras decía que sí, que se prostituía durante las noches para pagarse sus estudios universitarios. Seis meses llevaba en el oficio y ya se había mudado ocho veces de piso, por lo mismo, por los vecinos.
Le sugerí, por su bien, que "se lo hiciese" en otros sitios y que en lugar de recibir gente de fuera, se publicitase entre los vecinos del edificio. Me sonrió y me respondió que no era mala mi idea.
Súbitamente, alargó la mano derecha hasta mi miembro y me preguntó, con voz sensual y ojos pícaros: "¿quieres ser tú el primero del edificio en degustar los productos de mi negocio?".
Sin pensarlo, le bajé el escote y, dejando sus grandes pechos al descubierto, le chupé los mamelones. Después me llevó al sofá. Terminé de desnudarla y disfruté de lo lindo de su diminuto tanga. Se lo quité con los dientes y después saboreé su entrepierna, poblada de vellitos negros y rizados.
-¡Ay vecinito, esto no estaba incluido en el servicio! -me dijo.
Pero ya nadie, ni con pistola en mano, quitaba mi fogosa lengua de su encharcado pilón. Sobre la marcha poco a poco subía hasta sus pechos y le dije:
-¡Qué cuernecitos más afiladitos tienes, vecinita!
Me desvistió, y me hizo una felación. Para sólo tener 19 añitos, sabía bien cómo sacarle punta al lápiz. Más tarde nos fuimos a su cuarto: un auténtico burdel. Había instalado espejos en las paredes y el techo, y luces rojas y pantalla con canal porno. Me puso el forro, y primero misionero, perro después, y rematamos la faena con un sincronizado galope, mirándonos en los espejos.
-Vecinito, espero que me ayudes con los otros -me dijo, cuando "acabamos".
-No te preocupes, vecinita, te voy a ayudar y será nuestro secreto.
Y empecé a vestirme de nuevo, pero siguiendo ella sin soltarme mi miembro, como si lo quisiese para sí. Es que además de ser una preciocidad y con un buen cuerpo, era más lista que el hambre.
Pocos días después, acabó con la gente de fuera y empezó a "hacérselo" con los vecinos del edificio, incluido un abuelete, que parecía revivir. Las viejas remilgonas ni piaban ya, de lo bien que nos lo montábamos, teniendo nuestro propio burdel en el que gozábamos de un sexo joven y oculto, mientras la despampanante universitaria ganaba sus buenos dividendos. De hecho, 50 euros por barba, pero a todos les regalaba minutos extras. Y a mí por ser el presidente me lo hacía gratis varias veces a la semana. Es que yo la había ayudado en lo de la publicidad y le había comprado una docena de tangas, además de juguetes sexuales.
Los sábados por la noche nos reuníamos los vecinos puteros en el piso del único soltero del edificio, que mientras él "se lo hacía" con ella, los demás tomábamos unas cervezas, a la vez que veíamos el partido e fútbol en la tele. Las viejas pensaban que éramos unos fanáticos del fútbol. Y si las cosas se alargaba por más gente de la previstas, poníamos vídeos con el sonido más alto de antiguos partidos para despistar. Y para acostarnos con la guapa vecinita sorteábamos el orden y así dábamos morbo a la cosa.
Todos éramos sumamente discretos, y jamás llegó a oídos de ninguna esposa nuestros reiterados devaneos sexuales.
Y así, tres años. ¡Qué delicia! Me la tiré tanto que conocía cada palmo de su cuerpo, cada lunar, cada peca, cada pliegue de su increíble anatomía...
Ganó ella dinero y nuestra amistad. Cualquier problema y ahí estábamos todos nosotros. No tenía de qué temer.
El último año fue el no va más. Se implantó siliconas en los pechos e incluyó el griego en su ya amplio menú
¿Y saben por casualidad quién fue el primero en colarla en su ojete? Jajajajaja…
Mucho lo sentimos los vecinos puteros, con disgustos incluidos, cuando nuestro objeto del deseo más preciado terminó su carrera, se tituló y cambió de ciudad.
A Chávez LópezSevilla nov 2025
Comentarios
¡Buenas, como las de la 'vecinita'!
Apenas empiezo en este foro y voy paseando por los textos de todos. Buenas las imágenes y creo que no hay mucho que comentar al respecto. Fácil y divertido de leer, como un libro vaquero mexicano.
Nos seguimos leyendo. ¡Un saludo!
Gracias por leerme, PaletadeCarne98.
¡Un saludo cordial y Feliz Año nuevo!