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Muerte

Aprendí a convivir con la muerte como un miembro más de la familia, así pude desprenderme de aquello que más quería, hoy en día duermo poco por el simple hecho de que cualquiera de estos días pudiera ser mi último.

Aprendí que por más que te esfuerces en ganar, a través del cerrojo de tu puerta te mira la muerte, en el último asiento del transporte público, en el asiento trasero de tu auto, en el trabajo, en plena calle, siempre está presente, esperando tu momento. Ya no digo que temo a la muerte, ahora le escribo a la vida lo que la muerte me inspira, puedo hacer las paces con la vida cuando sienta que ya no le importe, cuando vea que ya la tengo perdida, sin dudarlo abrazare a la muerte y le hare el amor hasta que desee estar viva.

Estaba perdiendo mi vida, mi esencia, por estar peleado con la esencia de la vida, por estar en desacuerdo con el hecho de morir algún día, de no volver a ver a los míos, de no volver besar, a abrazar, a hacer el amor, de no volver a sentir ese escalofrió al dar el primer sorbo de café por las mañanas, de no volver a respirar ese aroma después de un día lluvioso, ese aroma al abrir un libro nuevo, de no volver a escuchar las aves cantar, el sonido de los pinos al ser meneados por el viento, la música, los atardeceres anaranjados y los amaneceres rosados, tan pequeño e insignificante me volví, que por estar preocupado por algún día no volver a disfrutar lo que tanto me gustaba de esta vida, estaba desaprovechando justamente eso.

Un buen día y respetando su agenda, la muerte toco a mi puerta, abrí con gusto y la invité a pasar. Vestía tan elegante que me dio pena recibirla en fachas, antes de ese día yo no sabía cuándo era la cita, pero por alguna razón ese día lo sabía, y aun así no me esforcé por verme bien, se sentó en mi sala a platicar conmigo, o al menos eso esperaba yo, pero no, de un maletín negro y como si de un contrato se tratara, saco todos mis recuerdos, me mostro todo el avance que tenía, lo bueno y malo de mi vida, estaba tan emocionado como niño en una mañana de navidad, justo así es como me sentía. En ningún momento me preocupo que esos fueran mis últimos minutos, al contrario, estaba tan alegre de que ese momento por fin llegara, ella me miraba sonriendo, sin moverse de ese sillón, como una madre orgullosa de su hijo, pues por fin entendí el verdadero sentido de la vida, ¿tarde? para nada, justo. No debía entenderlo antes puesto que no la habría vivido como lo hice, y de esa manera habría faltado a ese contrato que firme con la muerte al momento de nacer, todo sucedió tal y como debía suceder, ni antes ni después, justo.

Pase toda la mañana hojeando esos recuerdos, hubo recuerdo buenos y malos, algunos me hicieron llorar de nuevo, pero otros tantos me hicieron sonreír también, levante la mirada y le pregunte, «¿debo darme prisa?», negó con la cabeza, ahora que lo escribo noto que la muerte no habla, es más silenciosa que el silencio y más fría que el invierno, en ningún momento me dijo nada, pero yo sabía entenderla perfectamente, seguí con lo mío, me prepare algo para el almuerzo y en un estúpido momento pensé en preguntarle si tenía hambre, solo lo pensé, pero era más que ovio que no se alimentaba, me reí conmigo mismo por pensar eso, y seguí con lo mío, toda la mañana y hasta el mediodía, ella estuvo sentada en mi sala, inmutable, yo tenía que hacer mi rutina normal pero me intrigaba dejarla sola en mi casa, sabía que cuando volviera seguiría ahí, pero por alguna extraña razón no quería dejarla sola, otra vez los nervios me traicionaban, después razone, ella es quien nunca me ha dejado solo durante toda mi vida, siempre estuvo ahí, y ahí seguirá. Sali de mi casa, tenía que, hice lo mío y al regresar, ahí seguía, en el mismo sillón, en la misma posición, como una estatua, en este punto ya me empezaba a fastidiar su presencia, ya no estaba emocionado, pues ya había disfrutado de todos mis recuerdos, ya había hecho mi día normal y ya me sentía preparado. La dejé sola en la sala y me fui a ver televisión al cuarto, y como siempre me sucedía, me quedé dormido viendo mi programa favorito.


Diego Mora.

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    Y la muerte esperando, asi deberiamos todos de tener una buena relaciòn con ella, es lo ùnico seguro que tenemos, entretenido.
  • Lo he acabado de leer , me ha gustado mucho esto: Ya no digo que temo a la muerte, ahora le escribo a la vida lo que la muerte me inspira, puedo hacer las paces con la vida cuando sienta que ya no le importe, cuando vea que ya la tengo perdida, sin dudarlo abrazare a la muerte y le hare el amor hasta que desee estar viva.
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