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La sala de espera


         Todavía faltan veintiocho minutos para las cuatro y acabo de cruzar el umbral del consultorio. «Quizás fue un error llegar con tanta anticipación», pienso mientras entrego el carné y el documento a la secretaria. Ella me mira por encima de sus anteojos; debe pensar que vengo por algún problema de ansiedad, pero no dice nada y yo lo agradezco. Ni siquiera se molesta en sonreír. Yo tampoco.

          Para llegar he tenido que atravesar la ciudad de punta a punta en hora pico, con bocinas, puteadas y milicos incansables. «Qué ciudad de mierda», me he repetido todo el camino. Creí que llegaba tarde, puteé todo el camino.

          Al llegar a este edificio, el desastre se ha negado a ingresar y la calma absoluta se ha apoderado del ambiente. En esta sala todo es serenidad, excepto yo. Mi cuerpo entró a una velocidad que desentonaba con el resto del espacio, y tanto la secretaria como la mujer que yace en la silla del frente parecieron notarlo. No importa.

          Recibo el documento y el carné de vuelta de manos la señorita de cabellera rubia y prolija. «Lo van a llamar por el apellido», me dice con voz nasal. Asiento con la cabeza y me dispongo a tomar asiento, no sin antes suplicar interiormente que aquel intercambio de papeles haya durado veintiocho minutos. Miro el reloj que descansa sobre la pared blanca impoluta de este templo; las agujas rebeldes se niegan a atravesar la frontera de las tres y cuarenta. «La puta madre», pienso al tiempo que intento pensar cómo haré para distraerme.

          Tomo una revista de la mesita ratona; esta se tambalea con el movimiento. Sigue la estupidez del Wandagate, los cruces políticos que me irritan y la ilusión de ganar una copa del mundo. «Las cosas no cambian», suspiro mientras vuelvo la mirada nuevamente hacia el tic-tac eterno. Todavía faltan veinte.

          «Las cosas no cambian», repito. Mi mente se deshace cuando cruzo miradas con la señora mayor, que continúa sentada frente a mí. Lleva el cabello blanco y la mirada apagada; aun así, no se ha volteado a mirar la hora. Su cuerpo parece tranquilo entre estas cuatro paredes, casi diría que ha encontrado consuelo en este lugar. Entonces pienso en que estoy aquí, que he cruzado la ciudad con todas sus peripecias, buscando que las cosas cambien. Ya no quiero más discusiones, gritos o lágrimas. Basta de levantarme con esas lagunas mentales, con esa irritabilidad que me lleva a contestar de formas que antes nunca había imaginado. Ya no quiero seguir depositando mi angustia en el fondo de una botella, que nunca es una sola.

          Incluso si los famosos, los políticos o las noticias se mantienen iguales, yo estoy ansiando un giro en mi vida y esta es la forma de comenzar.

          Se abre la puerta del consultorio cinco. «Acosta», se escucha una voz femenina. Mis ojos se levantan hacia ella y me pongo de pie. Antes de cruzar la sala de espera, observo el reloj con disimulo. Las agujas marcan las cuatro de la tarde.





®Lourdes Vera Rueda

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Comentarios

  • Marcelo_ChorenMarcelo_Choren Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    Lo que más me gusta de este relato es lo que no se dice; un puntazo muy al gusto de Hemingway.
    Borges sostenía que un relato cuenta dos historias, una visible y otra apenas vislumbrada. Aquí Lourdes nos da la pista del rompecabezas casi al final, para que podamos armarlo en nuestra cabeza.
    Otra cosa que me agrada mucho es el estilo sin florituras, casi sin adjetivos, que da un ritmo excelente.

    Saludos cordiales,
    Marcelo
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado enero 2023


    Un relato que, desgraciadamente, se ha convertido en una rutina. Bien empezado, mejor llevado, para culminar con un excelente final no esperado. Coincido con Marcelo_Choren en eso de las florituras, lo que me da a entender que sabes manejar el vocabulario y aplicarlo en tus historias. Cuentas mucho y bien en apenas ocho párrafos. Enhorabuena.

    "Año nuevo, vida nueva"

    Saludos desde Sevilla

     :)

     
  • Marcelo_ChorenMarcelo_Choren Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    Lo que nos dice Lourdes es que "afuera llueve", en vez de "las nubes derramaban lágrimas sobre los cristales del ventanal".
    Omite los artificios que tanto aprecian muchos escritores noveles, en la creencia (errónea) de que eso significa una escritura "literaria", por eso el texto me resulta tan redondo, tan bueno.

    Saludos,
    Marcelo
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado enero 2023


    por eso el texto me resulta tan redondo, tan bueno.

    Efectivamente, así es. En la escritura, todo vocabulario rebuscado resulta chocante.

     :) 
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