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Mi herida no para de sangrar

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


(Este escrito mío ha ganado al primer premio de un concurso de "Literatura libre" para escritores noveles organizado por el Ateneo de la ciudad de Sevilla)


Mi herida no para de sangrar


Después de pensar y de leer acerca de este asunto que me ocupa, llego a la radical conclusión de que todo lo trascendente tiene su origen en hechos banales. Es difícil, a veces imposible, recordar el principio, la causa primera de los fenómenos que nos marcan de por vida. Solamente podrían ser dos o tres los más importantes, y esto es una cosa irrefutable.

Recuerdo perfectamente bien cómo descubrí mi herida. Pero no creo que mi caso sea un caso singular, lo que pasa que no todas las personas se observan a sí mismas, con una frecuencia que debe ser obligada.

Una mañana cuando entré al cuarto de baño de casa, vi que en el espejo se reflejaba un rasguño, no mayor que una uña de un adulto, que de pronto había aparecido en mi pecho, más arriba del corazón. En un principio no le eché cuenta porque no recordaba cómo me la había hecho, y además por su perfecta posición vertical. Al otro día lo olvidé por completo.

Hasta que al cabo de una semana, una sensación molesta, que no llegaba a picor, me recordaba su presencia. Me sorprendía a mí mismo frotándome por encima de la camisa, como en un acto reflejo similar a ese que causan los insectos sobre la piel. Pero cuando me miré de nuevo al espejo, no podía ocultar que me quedé estupefacto; el rasguño se había extendido hasta la medida de un dedo índice de adulto, y la piel de su alrededor aparecía enrojecida. Desinfecté esa parte a conciencia, más sorprendido que preocupado, porque estaba pensando en una pregunta para la que no tenía una respuesta. “¿Cómo se ha alargado de esta forma sin que me haya dado cuenta de nada?”.

Lo cierto es que en esa etapa de mi vida tenía mucho trabajo; siempre estaba con decenas de pequeñas, y no tan pequeñas tareas pendientes, de toda índole. Por eso y porque yo soy poco dado a las hipocondrías, este caso quedó en un segundo plano, debido también a la acelerada rutina de días cargados de responsabilidades, días que parecían manojos misérrimos de horas conseguidas en la beneficencia, en lugar de días verdaderos.

La preocupación me llegó por sorpresa en mi oficina, y ocurrió al intentar bajar un archivador de una estantería; un perfecto círculo de sangre, pequeño pero evidente, crecía en la pechera de la camisa. Presuroso me fui hacia los aseos impulsado por la angustia; ya allí, me desabroché los botones de la camisa, e involuntariamente di un paso atrás. El rasguño era ahora una ranura en la carne de un horrendo color purpúreo. En su parte media, gotas de sangre manaban, deslizándose por la ranura hacia abajo. Me la limpié como buenamente pude y volví a mi trabajo, pero con la cabeza como si fuera una centrifugadora desrielada. Quedaba ya poco tiempo para salir de la oficina. Nadie me hizo ningún comentario sobre mi camisa mojada de agua y manchada de rojo.

Cuando llegué a casa, de nuevo tuve que afrontar, ahora desde un prisma lastimero y absurdo, las relaciones con mi mujer. Estábamos atravesando una de nuestras fases de distanciamiento; en los últimos días no nos hablábamos: encontronazos, discrepancias, chillidos, insultos, faltas de respeto… conformaban el meollo de nuestra crisis, la cual se había enrevesado y casi solidificado de tal manera que no había por donde cogerla. Y a todo esto llego yo con mi camisa manchada de sangre por una herida que no dejaba de crecer, pero que no tenía un motivo claro.

—Mira cómo me he puesto la camisa –me atreví a decirle a mi esposa.
—Yo la veo bien –dijo tras un leve vistazo, casi sin mirarla.

Volvíamos de nuevo a las trincheras. Un día más.

-¡¿Y esto también lo ves bien?! -grité, a la vez que mostraba el sangrante tajo púrpura.
—¡Oye, a mí no me chilles! –reaccionó con ira-. ¡Si has tenido un mal día lo pagas con otra! ¡ ¿Te enteras?! ¡Eres un hombre insoportable! –y, sin más, se encaminó hacia la puerta de salida a la calle, cogió su bolso, dio un portazo y salió. ¿Quizás a su trabajo?, pienso que no, porque era demasiado temprano. Pero ni ella me dijo a donde iba, ni yo le pregunté. Total, para qué…

La realidad es que me quedé solo en la casa, desorientado, en pie, sin saber qué hacer; pero, eso sí, como un patético Cristo mirándose una línea de sangre que rodeaba desde el esternón hasta el ombligo.

Volví a curarme, pero al ver la herida más de cerca no pude evitar un repentino escalofrío. Era una herida salvaje, que no se parecía en nada que antes hubiese visto, como si la carne se hubiese abierto hacia afuera; ni cortada, ni quemada, abierta. Y en todo este tiempo atrás, no había dejado de sangrar; de hecho, sangraba más todavía.


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Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
    editado 24 de agosto


    Pero para una mayor extrañeza, no me sentía débil ni mareado, lo que hubiese sido normal por tanta pérdida imparable de sangre. En un segundo transformé la blancura del lavabo en una siniestra carnicería. Mi anatomía se activó con mil alarmas. Presioné la herida con las vendas que encontré, y después salí de casa corriendo e invadido por el pánico, y al mismo tiempo calculando mentalmente cuánto tardaría en llegar a urgencias, e intentando adivinar la cantidad de sangre que una persona puede perder antes de caer desplomada, muerta.

    Pero no fue una buena idea echar a correr, porque mi corazón empezó a bombear con fuerza, y la sangre se disparaba como un cañón del infierno al exterior. Las vendas pasaron a ser un asqueroso amasijo sanguinolento que chorreaba al compás de mi carrera desesperada.
    • —¡Socorro, socorro! ¡Ayúdenme, por favor! –gritaba tan alto como podía-. ¡Estoy desangrándome…!

      Pero la gente, en lugar de acercarse para prestar auxilio a alguien en riesgo de muerte, se apartaba. ¿Qué era lo que temía de un hombre herido? ¿Cómo se supone que uno debe pedir ayuda cuando está a punto de morir, sin sobresaltar a nadie?

      Mientras corría, se me iban saltando las lágrimas, de puro miedo, de impotencia. La sangre manaba sin control, como un río innatural. Nadie en la Tierra ha albergado tal cantidad de sangre en su cuerpo. Algún transeúnte se había parado, pero solo para mirarme, a mí, no al caudal aterrador que iba vertiendo, encharcando todo a mi paso cual horror imposible escapado de un inframundo. ¡Me miraba a mí, como si fuese un pobre loco! Nunca antes había sentido tan palmariamente la profunda soledad en la que nos encontramos en momentos así.

      Me paré a recobrar un poco de aliento frente a la puerta de mi ambulatorio, con las manos sobre las rodillas, mientras que de mi pecho seguía manando un inagotable manantial de sangre. Jadeando entré al edificio, casi sin fuerzas ya.

      —Un médico, por favor –me escuché decir.

      Ahora me atendieron urgente, llevándome sin pérdida de tiempo a una consulta médica. Creo que sería por mi aspecto de desesperación por entrar con el pecho al descubierto y un caminar tambaleante, y no por lo horrible de mi herida, a la que nadie hacía el más mínimo movimiento por impedir un masivo desangramiento. Solo las vendas, empapadas, que seguían apretando, se interponían entre la sangre y el exterior.

      Tras sentarnos en su consulta, el médico me habló:

      —Dígame, señor. ¿Qué le ocurre?

      “¿Han perdido todos la cabeza o la estoy perdiendo yo?”, pensé.

      —¿Usted tampoco ve este chorro de sangre que brota de mi herida? –le dije al médico, mientras las paredes me daban vueltas-. ¿Es que no está viendo cómo estoy poniendo todo? ¿O es que me están tomando el pelo? ¡Haga usted algo, por favor! –ya no podía más.

      Durante largos segundos, aquel médico me escrutaba con ojos analíticos. Eran ojos que habían visto a cientos de pacientes, a lo largo de los años de su vida profesional.

      Después de esa extensa observación, me dijo con rotunda determinación:

      —Usted no tiene ninguna herida en el pecho, señor.
      —¡¿Qué?! –no podía creer la ofensa que estaba escuchando.

      Sin pensar, cogí toda la bola de vendas y la estampé con todas mis fuerzas contra la mesa, haciendo un tremendo ruido el impacto húmedo, que salpicó toda su consulta y a nosotros, y más aún al médico. Mi mano izquierda ocupó el lugar de las vendas, pero la sangre seguía escapándose entre mis dedos.

      El médico no se esperaba mi grosera e insolente reacción. Creo que, gracias a su profesionalidad, tardó poco en recuperarse de la impresión.

      Con voz pausada, tranquilizadora, me propuso una oferta:

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  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    • —Si usted me lo permite, le daré una prueba irrefutable de que no tiene ninguna herida y de que, por supuesto, no estamos aquí para divertirnos a su costa. Si después de esta prueba sigue pensando lo mismo, no tendré más remedio que reconocer esa enorme herida que no deja de sangrar y que por lo tanto debía haberle matado hace unas cuantas horas.
      —De acuerdo, doctor.

      De pronto tuve la sensación de que todo esto era una vuelta de tuerca más en esta confabulación, en esta broma inhumana, pero decidí seguirle el juego, y tal vez así, de él consiguiese ayuda.

    • —¿Cuál es esa prueba, doctor?

      Abrió las puertas de un armario vitrina para guardar el instrumental que tenía en las manos. En la cara interior del armario, cada una de las puertas estaba revestida de una lámina de espejo.

      Mi propia imagen me impactaba de lleno. Estaba demacrado, mostraba un aspecto francamente horrible, veía mis manos, una sobre la otra, haciendo presión; las costillas se me marcaban en la piel. Pero no había herida y ni gota de sangre por ninguna parte. Y mientras observaba, atónito, aquel reflejo, seguía sintiendo un fluir de sangre entre los dedos. Sangre que no aparecía en el espejo.

      —¿Me cree usted ahora? –me preguntó, sonriendo débilmente.
      — No hay sangre... –musité.
      —Claro, hombre. Tranquilícese, su vida no corre peligro.

      La evidencia irrefutable que mostraba la imagen del espejo, contradecía con la sensación que me transmitían las manos, los antebrazos y el resto del cuerpo, que eran bañados por la sangre que seguía manando.

      Eché la vista abajo, y la sangre seguía ahí, tan roja ella. En modo alternativo me miraba el cuerpo y el espejo, mis manos y el espejo, mi apelmazado pantalón y el espejo, repetidas veces, y los resultados persistían. Estaba percibiendo dos realidades contradictorias a la vez.

      —¿Co…có...mo... es… po...si...ble…? –tartamudeé-. ¿Qué me está ocurriendo, doctor?
      —No se preocupe más. Dígame, ¿cómo se ve en el espejo?
      —Sin sangre por ningún lado.
      —Bien, eso es lo más importante. Yo también lo veo así.
      —Pero sigo sangrando. Es lo que siento, es lo que veo ahora mismo, apenas dejo de mirarme al espejo.
      —¿Puedo preguntarle si consume drogas?
      —Nunca, ni siquiera fumo, ni bebo alcohol.
      —Vamos a ver, señor… ¿En estos últimos meses está viviendo usted una fase de su vida especialmente estresante?
      —Sí, doctor, eso sí.

      El charco bajo mi silla se extendía a una velocidad inexorable.

      —Ya… Entiendo…
      —¿Cómo es posible ver y sentir en forma permanente algo que no existe? –mi voz temblaba. Estaba muerto de miedo.
      —Verá usted, señor, el cerebro no es un órgano infalible. A veces yerra. La mente puede sufrir un muy amplio abanico de trastornos de gravedad y sin posibilidad de tratamientos. Comprendo que esta alucinación que le aqueja es, además de particularmente elaborada, angustiosa en extremo. Pero no tiene que preocuparse. Hay casos con peor pronóstico que el suyo. Usted debe saber que de ser real su hemorragia, sería mortal de necesidad, ¿verdad?

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  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    • —Eh… sí, claro.
    • —Y usted ve en el espejo que se trata de un error subjetivo en la percepción de su cuerpo. ¿No es así?
      —Aún me cuesta creerlo, pero sí, así es, doctor.
      —Por eso le digo que no tiene de qué preocuparse. La elaboración podría haber sido catastrófica de seguir viendo la herida también en la imagen del espejo.
      —¿Cree usted que algún día dejaré de ver todo esto? –me volví a mirar, asqueado, en el espejo.
      —Seguro. Pero tiene que darse tiempo, tener paciencia por nítida que sea su percepción. Tiene que acostumbrarse, quitarle importancia hasta que desaparezca. Esto es más normal de lo que la gente piensa. Se trata de una reacción psicosomática, causada por un estrés y puede adoptar muchas formas: ceguera, parálisis, tartamudeo… En su caso se ha manifestado así, pero podría haber sido de cualquier otro modo. Un estrés puede llegar a ser terriblemente dañino.
      -Es increíble -susurré, mientras el suelo se alfombraba de rojo.
      —Ahora lo pasaré con un colega –dijo levantándose del sillón-. El doctor López. Es bueno en su trabajo, y no lo digo porque sea mi amigo –sonrió amable-. Siga al pie de la letra las indicaciones que él le dé, y ya verá como pronto todo esto quedará en un susto.
      —Gracias –le tendí la mano, pero sabía que lo ponía en el compromiso de ensuciarse con el apretón, como de hecho ocurrió. Pero eso parecía no importarle.
      —Venga, le acompaño -sus pasos chapoteaban en el suelo.
      —Disculpe, doctor. ¿Podría prestarme una bata suya para cubrirme? -me sentía indefenso y estúpido-. Mañana se la traeré. Limpia, por supuesto.
      —Claro, hombre, y así de paso me cuenta usted que tal le ha ido con mi colega.
      —Gracias por todo, doctor.

      Me llevó hasta la consulta de su amigo López, que era médico-psicólogo. Él entró antes para conversar en privado con él, y poco después me hizo pasar.

      —Cuídese –se despidió al pasar junto a mí con una palmadita en el pecho, dejando su huella de sangre en la reluciente bata que me había facilitado.

      Pasaron meses y muchas cosas desde aquel aciago día, que no debió existir. Meses de terapia, fármacos, cambios vitales… Me divorcié, me despidieron del trabajo, y además tratamientos variados. Aseguro que he puesto mi mayor empeño en este trabajo: curarme. Empero, el médico de mi consultorio se equivocó. La herida no ha dejado de sangrar en ningún momento desde el día que se abrió. En todo este tiempo, sin duda, he crecido como persona. En esto sí que puedo decir que todos los terapeutas me han ayudado grandemente, que no en devolverme a mi estado de conciencia anterior.

      Puede uno llegar a acostumbrarse a ensangrentar todo a su alrededor, siempre que la gente que te rodea actúe sin prestarte atención. Dicen que a todas las personas, en algún momento de su vida, le toca padecer una herida que transforma todo lo que llega después. Dicen que la cuchilla que la abre puede ser un hecho pequeño, un pensamiento inconsciente, residuos de un sueño, y que desde entonces dejamos de ser quienes estábamos destinados a ser.

      Esta mi herida es interna, aunque puede que sea yo una extraña excepción de una regla inexistente, y es el cuerpo el que se encarga de que seamos ignorantes a la hemorragia, fagocitando la sangre de nuestra identidad originaria, la cual malvive moribunda junto a nosotros, hasta que dejamos de vivir. Un lamento sempiterno y sin consuelo. Solo cuando el cuerpo falla o la sangre es mucha, llega a nuestra consciencia en forma de tristeza, pero sin causas aparentes.

      Creo firmemente en esa teoría, pero no por su sentido poético, y tampoco por una afinidad con mis creencias, sino por la experiencia trascendente que viví; visión que no volvía a repetirse, como única oportunidad que se me otorgaba para ver la realidad, más allá de mis sentidos, y que fue así:

      Estaba los primeros meses de mi tratamiento, una tarde del mes de junio. Caminaba por la calle enseñando de nuevo a mi mente a pensar y a dirigir la atención hacia ideas y hechos diferentes a mi perpetuo y constante derramamiento de sangre. Como si un velo, que solamente yo veía transparente, hubiese caído encima de mis ojos.

      Ante mí, descubrí un mundo superpuesto, el que conocía y moraba. Al igual que mi herida siempre había estado ahí, aunque no lo percibiese, me quedé paralizado frente a la gran revelación. En pocos segundos mis fosas nasales se convertían de una vaharada de hedor a un plasma sanguíneo, como cobre quemado; las ventanas de los edificios lloraban un fino manto de un líquido viscoso rojo, que fluctuaba a la luz del Sol; de sus balcones, cornisas, tejados o de todo a la vez, como en los días de tormentas, chorreaba sangre con estrépito, transformando las calles en ríos espesos. Y excepto los niños, los adultos que yo alcanzaba con la vista sangraban profusamente.

      Algunos, como mi caso, desde una herida en el pecho; otros, desde la mitad de la frente, bañándose desde el pelo a los pies en una siniestra ablución. Las mamás empujaban los cochecitos de sus bebés como si fueran unas mártires lapidadas, los autobuses circulaban como depósitos rodantes de sangre, cuyo nivel máximo se podía ver en los cristales de las ventanillas, y cuando llegaban a alguna parada se liberaban de pasajeros, como una suerte de menstruación aberrante; salpicaban los vehículos a los transeúntes, sin que ninguno protestase por ello; las alcantarillas vomitaban un exceso inasumible, aviones cruzaban el cielo con su estela blanca y fina nube rojiza adherida al fuselaje.

      La imaginación no puede construir por sí misma esa oscura grandiosidad de lo que vi. Imposible. Y allí, en la mitad de un escenario infernal e inconcebible en otros tiempos, me sentía, por primera vez desde que esta pesadilla mía dio comienzo, acompañado. Hasta ese momento sabía que era un miembro de la sociedad, pero no era hasta ese momento que me sentía irrevocablemente dentro de ella. Tras estas imágenes, el velo retornó a mi visión. Ya no volví a ver nunca más a mi ciudad sangrar.

      Aquel amable médico de mi ambulatorio, que indudablemente tenía sus propias teorías, se equivocó con mi caso (hasta la gente más docta yerra). Mi herida no ha desaparecido con los años, ni mi sangre ha dejado nunca de verter. Y mi visión no era un trastorno de la percepción o de los sentidos, sino un don, un don único y desconocido y solamente concedido por el don de la Naturaleza (o un Don de Dios, según los creyentes como lo soy yo). Y de cuyo don ignoro su propósito final, como también ignoro el mensaje último que contiene, pero sé que voy a dar las gracias al cielo todos los días por haber sido un privilegiado por ver lo que el resto de la humanidad por sí misma jamás podrá llegar a ver.


      LA CAJA DE MSICA 10 UN RINCONCITO PARA COMPARTIR - Pgina 26 Herida13


      Antonio Chávez López
      Sevilla

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