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La LISTA 6ª edición (Fuera de concurso) Llega al pueblo sevillano el nuevo notario

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado marzo 2022 en El oficio de escribir


Llega al pueblo sevillano el nuevo notario

De todo lo que ocurrió desde la llegada al pueblo del nuevo notario Víctor López no tengo conciencia plena, y temo que lo escriba en adelante va a resultar confuso e inconexo. El estado de nervios en que estaba, debido al violento enfrentamiento con el alcalde, dificulta reconstruir los hechos de una forma racional y ordenada. Pero sí recuerdo el día en que López llegó para cubrir la vacante de notario.

El otoño se había ido ya, sin pena ni gloria, y el invierno entró de pronto, con frío y lluvia. Nos reuníamos, como siempre, en la casa del médico forense Ruiz, en torno a la mesa-camilla, a jugar unas cuantas partiditas. A veces, cuando no hacía frío, paseábamos por la carretera. Las hojas de los árboles se hallaban ribeteadas de un hilillo de hielo. Llegaba a dudar si había hecho calor alguna vez.

Ahora recuerdo con cariño y nostalgia aquel Sol estival, casi hiriente, de las mañanas domingueras. Escuchábamos misa de doce. No era precisamente yo de los más practicantes, y creo que alguno más, como Ruiz, tampoco, pero íbamos al templo con la despreocupada docilidad rutinaria de las fuerzas vivas. Intenso era el calor. Ardía el escaso cemento de las aceras de las calles: "sentencia de una pésima administración local". Entrábamos a la capilla después del último toque de campana. Del calor del exterior, al frescor de la capillita de las monjas. Las siervas de Dios eran pobres, y su capillita también. Se alzaba al fondo un tímido altar. Las monjas se encontraban en un pequeño anfiteatro de madera, en lo más alto de la parte delantera, tras la espesa celosía de la clausura. Cantaban con voz falsete, al acorde de un órgano cutre y desafinado. No sabía por qué extraña asociación de ideas la capillita me recordaba a algunas casas del pueblo que, como éstas, sus paredes lucían un rojo chillón, que allí le llamaban "chachi". Sobre sus endebles muros, habían cuadros de Cristo en purpurina y algunas litografías de María. Aguardaban afuera, en la plaza, los feligreses, en amena espera conversadora, la última campanada. Esto era algo que lo imponía la tradición desde tiempo inmemorial.

Pero yo había empezado a hablar de López.

Le vi por primera vez mientras se bajaba del autobús, ajustándose el cuello de su abrigo y poniéndose unos guantes negros de cuero. Enseguida se ocupó de su equipaje, y luego saludó, entre presuntuoso y amable, a todas las personas que habían ido a recibirlo. Daba la sensación de un hombre muy metódico, seguro de sí. Era un poco más bajo que yo; rubio, delgado, y con facciones más agradables que correctas: ojos azules, nariz fina y dientes desiguales. Usaba gafas con montura de carey. Era inteligente y se jactaba de su sólida cultura. Sus juicios eran a la vez ponderados y ecuánimes. En su trato con aquellos pueblerinos, actuaba enérgico o blando, según las circunstancias. No toleraba nada que fuese en contra de su decoro, y se encogía de hombros ante los tiquismiquis locales. Su actitud, hábil, le granjeaba respeto y estima entre la gente del lugar. Era un conversador infatigable, raramente ameno, y sus criterios estaban a igual distancia de lo común que de lo original.

No obstante sus buenas prendas, no llegué a estimarlo ni a considerarlo siquiera. Un pálpito me ponía en guardia contra él desde el primer día. Presentía a mi rival. Había en él mucho de escurridizo, de poco sincero, aun sus formas circunspectas. Oyéndole hablar, nadie dudaba de su sinceridad. Pero en mí, tan torpe de ordinario en juzgar a mis semejantes, quedaba un extraño pesar, como un tilín abejorrero, como si callase algo, como si lo que callaba era más trascendente que lo que decía. Otro detalle que chocaba del "impecable dios de la fe" era su presuntuosidad, la cual la ejercía con aires de una ponderación desdeñosa. Pero no podía escapar de la mirada atenta y penetrante de un espectador tan enconado y tan atento como éste médico suscribiente.

López era un sujeto al que le complacía ser conocido, destacar en todo ámbito y ambiente, incluso ruines; estar en primera fila, presidir los actos públicos, ir al frente de las procesiones, dirigir una comisión que debía recibir a altas personalidades y dejar oír su parla, elocuente en verdad, con cualesquiera de ésos motivos. Su familia era rica, pero de baja extracción. Había asistido a los más afamados colegios, incluso hasta del extranjero, y sabía usar y, quizá, abusar de las prerrogativas de ser el único heredero de una enorme fortuna. Acabó la carrera con brillantez, siendo el número uno en su promoción, y pensaba encumbrarse pronto. Era millonario, y no necesitaba trabajar, pero quería sumar al brillo de su dinero el lustre de un cargo oficial que empavonase su ego hasta borrar su efigie de sangre plebeya. Se avergonzaba de sus orígenes y hasta trabas vería en ellos para ser el día de mañana gobernador, o algo similar en alguna ciudad provinciana, incluso en Madrid. Pero aun mis reparos, solo podía hacer elogio de él. Lo que le negaba era que fuera de la suficiente talla como para enamorar a Lola.

No me importaba que diese pie para que se dijera de mí que era petulante. Quizás ahora la vida de Lola sea feliz con López. Pero yo podía haberle dado más en un minuto que López en toda la vida. Puede que Lola sea ahora una autoridad en alguna capital de provincia, una triste y respetable señora; ¡sí, una triste y respetable señora!, noble y virtuosa, cargada de hijos y de amistades enojosas, a la vez que crucificada, en sempiterna admiración a su esposo, con una gratitud, cuya conveniencia le habrá recordado más de una vez. Porque en el supuesto de que López, en su vanidad de humano superior, haya permitido a su esposa guardar su pasado y no haya indagado sobre lo que le ocurrió conmigo, no es sino una repugnante generosidad de un hombre comprensivo con una afectación falsamente cristiana y con la desdeñosa ejemplaridad de su vida, recta, pero con los altibajos y las concesiones de un cabrón consentido.

-sigue y termina en página siguiente-

Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    No, no era López de esa clase de personas que perdonan fácilmente. Se habría casado con Lola porque la amaba. De acuerdo. Pero luego de los primeros compases de pasión, amargaría la vida a su esposa con injustificados recelos. Era López uno de esos sujetos que se erigen a sí mismos como archivo de rectitud, un modelo a seguir, uno de esos implacables hombres buenos.

    Lo que nunca le perdonaré a López es que haya convertido la vida de Lola en una cosa vulgar. ¡Dios, se puede mutilar El Giraldillo, en un acto de locura, o incendiar La Catedral, en una ansia por figurar, o arrojar La Torre del Oro al Guadalquivir, por esnob! ¡Pero no se puede convertir en una casa de vecinos!

    No sé qué vida reservaba yo para Lola, solo sé que sería distinta, quizás menos lujosa; menos razonable, tal vez, ¡pero más hermosa, seguro! No obstante, Lola hizo bien en elegirlo. Aunque López no sabía ver el oro espiritual y físico que había en Lola, hizo bien en elegirla.

    ¡Mentira, mentira cochina! ¡No supo elegir, ni había en ella oro espiritual! ¡Estatus, sí! ¡Dinero, sí! ¡Solo estatus y dinero! ¡Eras hielo! ¡Ni a López ni a mí nos has querido nunca! ¡De mí solo te interesaba mi honestidad, el cubrir la mierda de tu pretérito con una vida respetable, de la que yo iba a ser la tapadera! ¡Y de López, solo su estatus y su dinero! ¡Solo eso pensabas! ¡Oh amada mía, esposa nunca mía! ¡¿Qué era lo que secaba la fuente de tu ternura?! ¡¿Qué pasado te atormentaba?!

    Mi cáncer se ha agravado. Rememorar las veleidades de Lola me ha trastornado, y esto es mortal de necesidad para mí. Mi médico me ha dicho que deje de escribir, pero no le hecho caso. Mientras escribo, las horas transcurren más rápidas y, en cierta forma, estoy aprovechando lo que me queda de vida en algo que me satisface. Durante las noches me siento fatigado, y tranquilo también. En estos últimos días he repasado mi vida y ahora la escribo. En realidad no es tan intenso. La palabra apenas si es un tartamudeo irrisorio, pero la novedad resulta más atrayente.

    Sin embargo, ya no sé si es por Lola que escribo mis memorias, y tampoco sé quién era el culpable. Tal vez los dos. Pero dejo esto ahora. No quiero tentar a la suerte y se agrave más mi cáncer. Lo que realmente quiero es acabar pronto mis memorias, apagar de una vez por todas todos los fuegos que queman mi garganta.





    Antonio Chávez López
    Sevilla marzo 2022


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