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La LISTA (6ª edición - Fuera de concurso) ¿Era la mujer de mi vida?

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado marzo 2022 en El oficio de escribir


¿Era la mujer de mi vida? 

Primavera del 2000. La cita era en la ciudad de Sevilla. A los médicos que logramos sobrevivir al interrogatorio inquisitorial y al programa de capacitación, nos compensaron con un viaje a la África profunda, a arriesgar nuestras vidas con la remota esperanza de salvar otras. Era mi primer viaje como profesional.

Nuestro vuelo llegó poco antes del amanecer al aeropuerto de San Pablo. Ocho mil metros abajo, la urbe del sur de España comenzaba a despertar, cual mujer sensual que se sacude de la languidez de los primeros rayos del Sol. Una vez pasada la revisión de mi equipaje en la terminal, empecé a subir los escalones de dos en dos, y ya fuera, en la calle cogí el metro hasta el corazón de la ciudad, que palpitaba con el ruido concreto del intenso tráfico matutino. Miré mi reloj de pulsera y a la vez el mapa de la ciudad. Un taxi me llevó al "Centro Médico Internacional"; una reliquia arquitectónica anquilosada, situado en la Plaza de España de la capital andaluza. Y allí fue cuando la vi por primera vez. Me quedé asombrado. Ella era una mujer diferente a cuantas otras mujeres había visto con anterioridad.

El jefe de expedición me fue presentando a todos los colegas médicos, hasta que llegó el turno de Aitana, la chica que tanto me había impresionado. Contuve la respiración unos segundos. Era un poema sin palabras; bellísima, exquisita, maravillosa. Vestía vaqueros ajustados y una blusa verde de cuadros. No iba maquillada. Su pelo negro azabache estaba recogido en una cola de caballo. “No juzgues a Aitana por su apariencia física, es una médico tan acertada en sus diagnósticos que por eso la seleccioné, aunque su abuelo era un matasanos y su padre provoca cáncer en los pulmones', me dijo el jefe, al percatarse de mi rendida admiración. “Hola”, me las arreglé para decir, y añadí: “puedo entender el pecado del abuelo, ¿pero qué convierte a tu padre en u carcinógeno?”. “Simple, sonreía burlona, se apellida Barreiros”. “¿Te refieres al dueño de la fábrica de autos?”. “¡Bingo! Él es el mayor contaminante de autopistas, carreteras y caminos, por no nombrar los infinitos desperdicios químicos que vierte”. Miraron profundamente a mis ojos marrones dos luceros grises, y de nuevo la ama de los luceros sonrió, se dio media vuelta y comenzó a caminar con un contoneo, que igual sería natural, pero que yo lo veía insinuante.

A medida que pasaban los días, más anhelo en mí por besarla, y por algo más. Iba a ser ese sábado de asueto un sábado de una cena inolvidable. La sonrisa de Aitana me calaba hasta lo más recóndito de mi ser. Sus dedos, adornados con anillos de bisutería fina y con uñas rojas, movían la cucharilla, haciéndola rechinar contra las citaras de la taza, a la vez que mis labios se veían atrapados entre mis dentinas, y mis miradas encadenadas entre sonetos de amor. Mis ojos, de cuando en cuando se posaban en su hermoso busto, causando a su guapo rostro un ingenuo rubor que quitaría la cordura a todo hombre. Una de las cosas por las que me enamoré de Aitana era por su actitud, que causaba en mí igual reacción, pero triplicada. Terminada la cena, solté la bomba: “te amo desde que te vi por primera vez en el Centro Médico, te amo por ser una buena colega, y te amo más por lo que quiero que seas esta noche en mi habitación del hotel; ahora, ante nuestro inminente encuentro, que seguro me dejará marcado para los resto, veo mis ojos del color del castaño incrustados en los tuyos grises”.

Desde esa "indescriptible" noche, nuestra amistad tomaba un nuevo rumbo. Pero me sentía confuso. No me atrevía a pedirle una relación formal por miedo a no sé qué. Pasábamos las tardes de nuestros días libres sentados en un café bohemio, con amplias vidrieras, removiendo el café, aguado, que nos servían. Pero qué decir, aun la escasa calidad del café, el tomármelo en compañía de semejante bombón, hacía posible que su sabor supiese a gloria bendita. Casi todas las noches dormíamos juntos, y era entonces cuando mis manos exploraban su anatomía, buscando nuevas sensaciones. Sus suspiros acelerados animaban a jugar con sus intimidades más íntimas. Me suplicaba que parase y que no siguiese, pero mi cerebro me daba la orden de no obedecer. Sus gemidos iban aumentando de intensidad, dando la bienvenida a una diabólica faceta de disfrute sexual por parte de ambos.

Y, al cabo de una semana, con todos los colegas nos fuimos a África, concretamente a Etiopía y más en concreto a su capital Addis Ababa. La hambruna y las enfermedades en toda Etiopía, arrasaban. A los pocos días de estancia allí, Aitana empezó a sentir un extraño malestar, que, no por falta de asistencia médica, obviamente, empeoraba por momentos. Había contraído una enfermedad infecciosa, degenerativa y galopante. Falleció a los tres meses, y mi amor se fue para siempre con su amor. Hasta su último aliento estuve a su lado. Fue repatriada a España, y yo rogué a su poderoso padre que no fuera incinerada, que fuera enterrada, pero en la necrópolis de mi ciudad. Accedió. Después de este enorme palo, pedí al jefe de la expedición que me dejase regresar a España, a Sevilla, hasta restablecerme un poco. Iba a diario a visitar la tumba de Aitana, y siempre me despedía de ella con las misma palabras en mis labios: “Ojazos, que sepas que eras la mujer de mi vida”.




Antonio Chávez López
Sevilla marzo 2022
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