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Poderes innecesarios

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


Poderes innecesarios

Eva descubría a sus ocho años que era una niña heroína, pero eso era algo que no la entusiasmaba porque sus poderes eran una soberana estupidez. Consistían en que, si se concentraba e iba caminando dejaba tras sí un reguero de zapatos, iguales a los que llevaba puestos ese día. Es decir, en lugar de huellas dejaba zapatos, y todos del mismo número, pero de disímiles colores y uno de cada pie. Esto sería magnífico para montar una zapatería, pero su madre tenía una tienda de ultramarinos, y no quería cambiar de negocio. Además, le dijo a su hija que lo que le estaba pasando era extraño, que no lo hiciese nunca más porque la gente del pueblo no lo iba a entender y tendría problemas. Así que Eva se vio obligada a ocultar sus poderes inútiles, de los que nunca había hablado con sus amigos, pero por miedo a que se mofasen de ella.

Pero Eva, aun niña siendo, veía mucha tele, por lo que sabía que un súper héroe no tenía por qué menospreciar sus súper poderes, por ridículos que fuesen. Tal vez llegase un día en el que se encontrase con una niña con los mismos poderes que los suyos, y entre las dos consiguiesen unos súper, súper poderes, y con ellos terminasen las armas de destrucción masiva, con el calentamiento global, con todas las alergias, con el cáncer, con el sida… o con todo junto a la vez.

Así que por la noche antes de cenar se iba a un patio de detrás de su casa y allí practicaba a escondidas, oculta entre la ropa tendida.

Con el paso de los días, iba consiguiendo que los zapatos cambiasen de color; los había verdes, azules, amarillos, rojos…, y siempre del mismo número y del mismo modelo. Luego de acabar, recogía su rastro de zapatos de colores y salía del patio portando una enorme bolsa de plástico, que después tiraba al contenedor más próximo de su vivienda.

Cuando una mañana en su cole su maestra y tutora le preguntaba qué pensaba ser de mayor, Eva respondía que montaría una zapatería.

-¡Pero Eva! -dijo, sorprendida la maestra-. Eres una niña y tendrías que aspirar a algo de más nivel que una zapatería.
-No -contestó ella-. Sé que eso es lo que quiero -añadió.

Desgraciadamente, nunca encontró a ningún otro niño con súper poderes.

Ser una heroína no podía evitar que fuese creciendo, y que por tanto dejase de ser una niña. Su adolescencia fue difícil, por los permanentes enfrentamientos con su madre, que le decía todo el tiempo que la ayudase en la tienda y en los trabajos en la casa, mientras que su padre y sus hermanos mayores no parecía que tuviesen más obligaciones que comer, beber, dormir y salir y entrar con sus amigos, y hablar como cerdos.

Eva veía que sus amigas y amigos salían y se divertían, y a ella le parecía que la vida se le estaba escapando entre las manos. En los pocos ratos libres que tenía, tras sus estudios y sus deberes del cole y el cumplimiento de sus otras tareas, quedaba embobada viendo la tele. Se enganchó a las telenovelas, y soñaba con un príncipe que la rescataba de un mundo en que se sentía prisionera. Dejó tan de lado sus poderes que le parecían más estúpidos que nunca, e incluso llegó a pensar si alguna vez los había tenido. Más tarde, con el paso de los años, recordaría esta etapa de su vida como un borrón negro.

Pasaban los cursos de su cole, hasta que finalmente llegó el momento de la temida Selectividad, a la que Eva se presentaba, con un nudo en el estómago. Fue entonces cuando se producía un incidente, que no solo le recordaba su rara habilidad, que había permanecido agazapada esperando a poder manifestarse de nuevo, sino que, por primera y única vez era consciente de hasta qué punto el asunto de los zapatos podía ser un engorro.

El examen de Matemáticas resultó ser una trampa, lleno de problemas ininteligibles de difícil resolución, que la hacían sufrir de nervios. Cuando quería darse cuenta, se había medio comido el boli. Y si esto fuese poco, al levantarse, para entregar su examen en blanco, tropezó con una hilera de zapatos rojos que empezaba bajo su pupitre y llegaba hasta la puerta del aula. La maestra, que pensaba que estaba frente a una nueva técnica en el noble arte de gestación de chuletas, suspendía a Eva, sin siquiera dejarle tiempo para parir una mentira que pudiese explicar tamaño desmadre.

Tras pésima nota en Selectividad, llegó la bronca de su madre y luego un fulminante castigo: fue condenada a otro año de trabajo forzoso en la tienda, de un nombre tan largo, y tan absurdo que detestaba: "Aquí tienes de todo pagando". Entonces maldijo al cole, a su maestra, a su madre, a la tienda, a sus estúpidos súper poderes y a todo el calzado en general.


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Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    En un largo periodo de tiempo se sumía en un mar de lágrimas y de auto conmiseración, y en sus sueños la perseguía un implacable ejército de zapatos. De noche despertaba sobresaltada, con pesadillas inundadas de unas sandalias amarillas. Al incorporarse veía que las sandalias estaban encima de la cama, por el suelo, incluso se perdían de vista bajo la puerta de su cuarto. A duras penas se hacía paso entre ellas y lograba llegar hasta la puerta, tras la que continuaban las zapatillas avanzando emparejadas, como marcando una vereda de baldosas. Seguía su rastro por el salón, el pasillo incluso más allá de los muros de su casa. Cuando salió a la calle, cayó en la cuenta de que iba en pijama, pero no hacía frío ni tampoco había vecinos que la espiasen, así que siguió caminando con pasos rápidos. Poco a poco, las sandalias iban alejándose de su barrio, y Eva tras ellas. Seguían la carretera un trecho y se desviaban por un carril de tierra que se adentraba en lo más profundo del campo. Al echar la vista atrás, veía que el camino se había ido desdibujando a su espalda porque tanto las sandalias como sus pasos parecían haberse esfumado como por magia.

    Pensaba que no sabría volver a su casa, pero no le importaba porque lo único que dejaba atrás era el lastre de un pasado sin el cual caminaba ligera, casi sin apoyar los pies sobre el suelo. Cuando divisaba el último par, veía que había llegado al final del camino, que allí, en un claro del campo, poco iluminado por la tenue luz de media luna, se halló con el par de zapatillas más grande que jamás había visto. No era un 40, ni un 50; como mínimo era un 90. Y para colmo, hablaba en un marcado acento andaluz, casi indescifrable.

    -No nos curpe a nojotro, miarma –le decían los súper zapatos-. El esamen lo suspendería siempre. Estudiá es un callejón sin salía. Tenéi una tienda, pero vendéi el produsto equivocao. Recuerda que tienes to los sapatos der mundo a tu disposisión.
    -Pero… –dijo Eva a los súper zapatos-: ¿Qué súper poderes de mierda son estos?

    A lo que le respondían con una risa hueca, que resonaba en su cabeza con tanta fuerza que Eva volvía a despertar, pero esta vez en el mundo real.

    Esa mañana, desayunando, la familia de Eva la veía más extraña de lo normal. Hablaba sola, y llevaba una sonrisa boba en la cara que no auguraba nada bueno. Cuando salía de su casa para irse a la tienda, porque había que abrir a las ocho, hacia lo impensable: se quitaba los zapatos, se agachaba para recogerlos, los lanzaba lo más lejos que podía y los seguía con la mirada hasta que aterrizaban en el jardín de uno de sus vecinos.

    -¡Se ha vuelto loca! –exclamaba su hermano mayor.

    Eva se volvía hacia él, que la miraba asustado desde la cocina, pero miró a su madre y le dijo:

    -Acabo de percatarme de que la auténtica súper heroína de nuestra casa eres tú, mamá, que nos trajiste al mundo, nos has criado, te has ocupado de todo, del inútil de tu marido, de tu puta tienda. Pero ¿para qué quiero mis súper poderes si no te ayudan a ser feliz?

    Y sin decir nada más, descalza se alejaba calle abajo, como si caminar sin zapatos fuese algo natural. Nunca más regresó a la tienda de su madre. Como si el perder sus zapatos le hubiese dado la facultad de salir volando a otro mundo.

    Durante algún tiempo circulaban rumores sobre su paradero. Algunos decían que la habían visto en la ciudad, Sevilla, donde había abierto una tienda que vendía zapatos parlanchines. Otros, la situaban en un chiringuito de la playa de Rota, currando de camarera. Con el tiempo, los rumores se fueron apagando y solamente su madre seguía recordándola cada día durante las labores de la casa y en el trabajo en la tienda de ultramarinos.

    El desespero de Eva por esperar comprensión por parte de su familia, la llevó a ser una terrible contestataria, hasta el punto de decirse para sí algo, que en realidad iba dirigido a su madre:

    Tener súper poderes es una tarea dura. Sobre todo, si tu marido y tus otros cuatro hijos son unos auténticos cerdos, que no tienen ni pizca de sensibilidad ni comprensión.

    SLO ESCRITOS DE CIENCIA FICCIN - Pgina 2 Podere11

    Antonio Chávez López
    Sevilla diciembre 2000


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