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Buscando la Inspiración perdida

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


Buscando la Inspiración perdida

A mi vecino, que le llaman "el loco", pero que su nombre Segismundo, el otro día lo vi por los aledaños de nuestro barrio. Ahora está en su casa, porque está enfermo; una gripe rebelde lo tiene en la cama, pero él se escapa al Sol de un parque cercano y, ya en él se lía, como no lo he visto hacer nunca a nadie, sus cigarrillos.

Segismundo es un hombre que tiene unos 87 años, con un pelo largo y canoso, una barba larga y canosa y unos enormes mostachos canosos. Realmente, su apariencia no es la de una persona loca, pero sí es la apariencia de una persona con serios problemas de nervios.

Con tranquilidad, como un rito antiguo, se saca del bolsillo una vieja petaca de cuero oscuro y agrietado, vierte un poco de picadura en un papelillo y afina los dedos y enrolla el papelillo de tal manera que en dos segundos un fino cilindro está listo para ser encendido. Desde la lejanía, esta escena me recuerda a cuando mi abuelo hacía lo mismo.

Pero para saber más de Segismundo -la realidad es que los vecinos somos grandes desconocidos, solo nos ocupamos de cuidar de nuestros perros, nuestros jardines, nuestros automóviles... en fin, de todo menos de interesarnos por la salud de nuestros vecinos que, después de todo, son personas con los mismos problemas y felicidades que nosotros- siempre digo que es un buen vecino, pendiente de todos. Es un señor educado, respetuoso y complaciente.

Me acerco a él con un poco de desconfianza, más por su gripe que por él, que es una buena persona, maltratada por la vida, como más tarde él mismo me contaba.

-Buenos días -lo saludo.

Segismundo me mira desde la lejanía de su cordura, como pensando que me conoce, seguro que sus fantasías se mezclan con sus pesadillas y sus realidades y tiene que hacer un esfuerzo para coordinar y saber en cuál de ellas se encuentra. Al fin, como saliendo de una concentración o recuperando un poco de cordura, me responde.

-Hola vecino. ¿Tú eres el vecino del 4º C, el que escribe que el tiempo nunca se para porque el reloj nunca se detiene y que el mar te llama cuando te acercas y que tú le saludas con un hola ola?

-Bueno...

Dije eso encogiéndome de hombros, pero sorprendido por escuchar esas cosas, que en lo que decía del tiempo no andaba muy desencaminado. Y también pensando que, al fin y al cabo, nada conseguía con desmentirlo; si él pensaba que había dicho eso, me daba igual, tampoco era cosa de ponerme a discutir con un señor mayor y, además, enfermo mental. De toda la vida se sabe que a los locos y a los borrachos hay que darles siempre la razón.

-¿Cómo que no está usted en su casa, Segismundo? ¿Acaso ha mejorado de la gripe?

Le pregunté, aparentando naturalidad y con ganas de sacarlo de su estado de semi shock.

-¡Qué va, vecino, si usted supiera…! Ahora me paso todo el día y toda la noche escribiendo sin descanso. Quiero decirle al mundo entero la verdad que no conoce.
-Bueno, mejor dicho, escribía porque usted sabe que para eso es necesaria la inspiración. Y mire por dónde que ahora esta buena señora no me visita como lo hacía antes -se apresuró en añadir.
-¿Y cómo es eso?

Seguía yo demostrándole un falso interés porque estaba claro que mi vecino y también mi amigo, me estaba contando algún episodio de sus delirios.

-¿Pero sabe usted qué hice para que me visitase de nuevo y me iluminase con sus clarividencias?
-¿Qué hizo usted?
-¿Qué hizo usted para que le visitase? -repetí, matizando.
-Que me quedé diez días sin comer y me debilité tanto que tuve una especie de sopor, y en él rodé por los mundos de los Sueños y las Estaciones. Hice afecto con el Otoño y la Primavera, me quemé con el Verano y me enfrié con el invierno, hasta que vi un payaso loco, que daba vueltas en redondo, que me indicó dónde estaba la Inspiración. Y la encontré en una vieja estación de ferrocarril con varios trenes de madera, que tenía infinidades de vías hacia direcciones inimaginables, y cuando la vi me di cuenta de porqué no había venido a visitarme como siempre; estaba tan atareada, tan cansada y tan anciana que no podía estudiar y para resolver las ideas, los proyectos y las realidades de la gente importante de nuestro planeta Tierra: gente iluminada: inventores, soñadores, y todos esos sabios tenedores de Células Grises que pululan por todo el Universo.

Y seguía....

-A su alrededor, en un maremágnum de nuevos inventos, pinturas y creaciones, proliferaban todo tipo de sueños, iniciativas y proyectos, que ella, tan anciana y tan decrepita ya, no podía hacer nada por ordenarlos. Así que cuando me vio llegar, notó mi sorpresa. La imaginaba una soberbia dama de una esplendorosa y brillante hermosura y con una majestuosidad de reina. Pero lo que vi era una vieja achacosa, llena de arrugas y de trabajo, tantísimo trabajo que la superaba y la agobiaba. Así que, mirándome pero sin hablar me dijo que la ayudase y que si aprendía pronto la podría relevar en su agotador trabajo.
-¿Y qué hizo usted entonces?
-¿Qué qué hice? Pues creo que está claro: irme de allí a todo gas. No quería un trabajo de tan alta responsabilidad.
-Y fue entonces cuando despertó usted de su letargo.
-Si, pero los médicos, esos sabelotodo que hacen las normas de cordura a su capricho y te tratan de loco si no cumples las normas establecidas por ellos mismos de antemano, me diagnosticaron que mi estado de postración era debido a la fiebre de la gripe.
-Pero algo influiría, ¿no cree usted?
-¡De ninguna de las maneras, vecino! Conocí a la Inspiración y estoy muy orgulloso de ello.

Observé sus ojos brillantes y llorosos por la fiebre, los labios y el pulso temblorosos, y pensé, y no estaba errado, que su enfermedad de nervios se había agravado con su convencimiento de la irrealidad.

Pero, reconociendo y admitiendo las circunstancias que rodeaban a Segismundo, si él se creía sus propios sueños... ¿Quién era yo para tratar de apearle de ellos?


SLO ESCRITOS DE CIENCIA FICCIN - Pgina 2 Inspi10


Antonio Chávez López
Sevilla enero 1999


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