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Desaparición

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


Desaparición

La pareja se palpaba y se manoseaba apasionadamente, amparada por la oscuridad de la noche, oculta entre las sombras. En aquel cementerio viejo y mohoso, el único sonido que se escuchaba era el sonido de besos y respiraciones aceleradas. Pero, de pronto, también se pudo oír un crujido seco.

-¡¿Qué ha sido eso?! -gritó la chica, sobresaltada.
-Nada. Será el viento o algún animal -le dijo el chico.

El joven seguía sobando a la chica mientras le besaba el cuello.

-¡He visto algo! -gritó de nuevo la chica, apartando al chico de un fuerte empujón.
-¿Pero qué haces?
-Ahí, entre esas lápidas algo se ha movido! ¡Una sombra se ha movido!

Él miró tratando de enfocar su visión hacia las tumbas donde ella decía haber visto algo. Pero ni allí ni por las inmediaciones se veía nada, ni se oía nada. Se levantó y se abrochó el pantalón, se arregló un poco la ropa y avanzó unos pasos.

-¡No vayas!
-Tranquilízate. No pasará nada. Será algún animal, algún chucho callejero.
-¡Tengo miedo, siento escalofríos! ¡Vámonos ya de aquí!
-¿Te dan miedo los muertos? -soltó una carcajada.
-¡No hagas bromas con eso!
-No te asustes, Andrea, voy a echar un vistazo. Espera.

Avanzó, aunque quería hacerse el valiente y vacilar un poco delante de su chica, también sentía un escalofrío inquietante que iba más allá del frío húmedo del viejo cementerio. No veía nada ni oía nada. Era un silencio sepulcral, sobrenatural.

Anduvo entre lápidas de granito pulido. Las cruces e imágenes religiosas miraban al intruso, con manchas negras de moho que caían por las mejillas de las estatuas y que simulaban lágrimas. Pasó por delante de unos nichos, de los que colgaban flores marchitas.

El corazón se le disparaba y, aunque seguía sin ver ni oír nada anormal, sentía como si alguien le estuviese observando, y no sabía quién podía ser.

-¡¿Hola?! ¡¿Hola?! -gritó al aire.

Pero su voz se perdía en la negra noche, y todo volvía a quedar en el más absoluto de los silencios. Su imaginación le estaba jugando una mala pasada y los asesinos aparecían tras las tumbas, y los fantasmas se lamentaban por ver que aquel intruso osaba pecar en un lugar santo. Empezó a sentir un pavor por caminar solo en la noche por aquellos parajes. Un remolino de viento gélido apareció de la nada bufando, y con la misma rapidez desapareció. El joven se santiguó y decidió ir en busca de su chica, a la que había dejado sola. En su camino de regreso temió haberse perdido entre las tumbas, pero enseguida halló el camino. Empero, su chica no estaba donde la había dejado, solo su chaquetilla vaquera, que él recogió.

-¡Andrenaaaa! ¡Andrenaaaa! -comenzó a llamarla gritando.

No hubo respuesta. Lo que faltaba. Andrea se habría escondido para asustarle, como solía hacer.

-¡Andrea, déjate ya de bromas! ¡¿Dónde estás?! -insistía.

Ni un susurro, ni una respiración, solo el sonido de su propio corazón latiendo cada vez con más fuerza. Metió su mano en el bolsillo de la camisa y sacó el móvil. Marcó a Andrea y esperó. Pero el de Andrea no sonaba por ningún lado; sin embargo, daba señales de llamada. Aguardó y agudizó más el oído por si ella lo hubiese puesto en vibrador, para así continuar con la broma. Nada.

-¡Bien, Andrea, sal ya, hostia! -su miedo se iba enfureciendo.

Silencio. Empezó a caminar de nuevo entre las tumbas, buscando a Andrea. Ni rastro de ella. Se asomó por la verja para ver su coche aparcado en la entrada. En el coche no había nadie. Estaba vacío. ¡Qué tontería! Si había cerrado con llave y él tenía la llave. No habría podido subir al vehículo. Miró por debajo de la valla por si veía piernas, por si estuviese escondida detrás. Nada. Por fuera del cementerio no estaba, ni a uno ni a otro lado de la valla. Entró de nuevo al cementerio, cada vez más nervioso, y dio otra vuelta entre las numerosas tumbas.

-¡¡Andrea, leche puta, déjate ya de cachondeo!! -gritó de nuevo, más enfurecido.

Volvió a llamarla por teléfono. Nada. Daba señal, pero no lo cogía ni se oía. Estaba empezando a perder la paciencia, mitad cabreado y mitad asustado por si aquello no era precisamente una broma, aunque de ello intentase auto convencerse.

-¡¡Ya está bien por hoy este jueguecito, ¿no, Andreita?!! -no había ya mitades, estaba al cien por cien asustado.

Miró lápida por lápida, la zona de los nichos, la entrada, el perímetro, el tanatorio contiguo... Ni rastro de la chica, ni el más mínimo ruido. No tenía sentido. ¿Dónde se había metido para no verla ni oírla? ¿Dónde habría ido? La carretera se adentraba hacia las lejanas luces del pueblo, pero dudaba que se hubiese ido andando por allí. "¿Por qué coño la habré dejado sola?", pensó.

Comenzaba a estar terriblemente asustado. Volvió a recorrerse el cementerio por dentro y por fuera, llamándola a gritos y al móvil, y los resultados eran idénticos. No sabía qué hacer. ¿Debía coger el coche e irse dejando a su chica allí sola? ¿Debía seguir buscándola por si le hubiese ocurrido algo malo? ¿Debía recorrer el camino hasta el pueblo? ¿Debía esperarla allí?

Lo cierto y verdad es que de la chica nunca más se supo...


LA CAJA DE MSICA 2 UN RINCONCITO PARA COMPARTIR  - Pgina 10 Arr30510

Antonio Chávez López
Sevilla agosto 2001

 >:)

 
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