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El sujetador malva

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


El sujetador malva
 
La última vez que vi a mi mejor amiga del colegio, Curra, fue en una fiesta que ella misma organizó en la casa de campo de sus padres, teniendo ambos la misma edad: 16 años, y de esto hace ya un porrón de años, 8 exactamente.
 
Entré presuroso a una tienda de ropa de caballeros buscando alguna prenda de abrigo que me defendiese de la gran bajada del mercurio que azotaba ese enero Sevilla.
 
Y, para mi sorpresa, allí estaba Curra, doblando trapos y tarareando una copla. No había nadie cerca, así que me acerqué por detrás, apoyé mis manos en sus hombros, y grité: ¡Curra! Se dio media vuelta y emitió un grito de quinceañera. Se colgó de mi cuello y me dio un fuerte beso en la mejilla. Seguía conservando su guapísimo hoyuelo al sonreír.

Me contó que llevaba poco trabajando en esa tienda, que había fallecido su padre y que, a consecuencia de la depresión que cogió, había abandonado su carrera de Abogacía; que había roto con su novio, con quien había convivido. Desilusionada de la vida, salió del piso en común y se fue a vivir con su viuda madre.

 
Al hilo de su relato, regresé mentalmente a aquella fiesta en su casa del campo, y más concretamente al cuarto de baño, en donde me metió de un empellón. Rabiosas avispas zumbaban alrededor nuestro, seguro que atraídas por el néctar de las reminiscencias. Ella las espantaba de un simple manotazo.

 
Volviendo de nuevo a la actualidad en esa tienda, seguía contándome cosas; que había empezado a salir con un chico y que solo se veían los fines de semanas, porque él vivía en Huelva con sus padres. Me contó también que ese chico era una buena persona y me hablaba de él con un cierto entusiasmo, pero no le veía cara de una mujer enamorada.

De pronto se llevó una de sus manos al hombro, para rascárselo, dejando ver parte de un sujetador malva, que pensé si no sería el mismo sujetador malva que se quitó delante mía, ambos tapados con toallas y con besos inocentes de por medio.
 
— ¿Y qué prenda buscas? -me preguntó, sacándome de mis pensamientos.
— Una que me abrigue más que esta cazadora –respondí, tirando de una de las mangas de la prenda.

Me llevó a la sección de abrigos. Había allí diferentes modelos, que ella misma se ocupaba de descartar o reservar, para mi juicio posterior. Estaba detrás de ella, con lo que podía recrearme en sus caderas, sus piernas, su culo... y a la vez rumiaba el recuerdo de sus pronunciadas curvas. A veces, Curra giraba el cuello, y entonces perdía yo la referencia de una luna llena que llevaba tatuada a lo ancho de la nuca. Pasados unos minutos, se vino hacia mí con una trenca verde suave con capucha, y una amplia sonrisa en su boca, la cual mostraba unos dientes blancos, perfectamente alineados.

— Esto te va a quedar de rechupete. Te va a favorecer muchísimo -me dijo.
 
Abrió de par en par sus ojazos verdes y me envió una dulce y penetrante mirada.
 
— Ven al probador, y allí puedes ver si te gusta y si te queda bien.
— Vamos -respondí, sin dejar de admirar su esbeltez.

Ya en la entrada del probador, abrió la cortina y me invitó a pasar. Dentro olía a ambientador de los caros. Frente al espejo, en primer plano yo, y tras de mí Curra, que me ayudaba a ponerme la trenca.
 
Sus deslumbrantes luceros verdes miraban cómo me quedaba la prenda de abrigo, y de vez en cuando se posaban en mis ojos, con una risita entre burlona y seductora
 
Con suavidad, me giró y fue que entonces enfrentamos en un espacio sin aire nuestras caras. Nos miramos largamente. Sus manos repasaban los pliegues, tiraban de las dos mangas, bajaban la capucha, pero al rozarme un poco el cuello, sentí un fuerte escalofrío. No dejaba de escrutar, cual detective Colombo, la perfección de su anatomía.
 
Una vez que acabó de ajustarme la trenca, me miró y me preguntó:
 
— ¿Qué te parece? ¿Te gusta?
— Claro que me gusta. Y tú también me gustas.
— ¿Te la quedas entonces? –me miró y me sonrió pícaramente.
— Me la quedo. Y contigo también me quedaría...
— Oh, nunca te me habías insinuado, y sabes que me gustabas mucho...
— Tonto que fui entonces. Pero pienso que ya es tarde.
— Bueno... nunca se sabe...
 
Me acompañó hasta la caja, pagué mi compra, y después nos dimos nuestros números de móviles. Finalmente, con iguales besos y abrazos de cuando llegué, nos despedimos.





Antonio Chávez López
Sevilla junio 2003

 :)

 

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    Le gusta el color malva, muy resistente el sujetador, si fuera el mismo :) nunca es tarde cuando las ganas están a flor de piel  B)
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    En el pequeño diálogo de al final del relato dejo entrever que se buscarían. Lo que tú dices: "las ganas a flor de piel", a pesar de los años pasados.

    :)

     
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