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¡Qué hambre tan atroz!

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


¡Qué hambre tan atroz!

Esta historia ocurrió en el siglo XIX, en Irlanda. En el Condado Fermanagh nació el protagonista, Pears, un joven campesino,, que, para medio ganarse la vida, compaginaba su tarea en el campo con pequeños hurtos. Hasta que un día todo cambió para él. Corría el año de 1886 cuando…
 
Un momento, un momento, antes os voy a poner en situación.
 
El Imperio Británico era el dueño y señor del mar, y entre los más recónditos rincones de este Imperio: Australia, y entre los más recónditos rincones de Australia: Tasmania, por nombrarla de alguna forma, la gran cloaca del Imperio. Pero el Imperio británico necesitaba urgentemente colonizar hasta las cloacas, y los colonos eran los presos: borrachos, ladrones, asesinos, violadores, traidores, estafadores... y toda esa gente de mal vivir. Algunos de ellos, después de cumplir sus condenas, alli se quedaban con un trozo de terreno donde construir una granja o un huerto en medio de una inmensa zona despoblada.
 
Ahora sí, retomo la historia del Pears.
 
Corría el año de 1886, cuando Pears cometió "un gravísimo error": robó una gallina, y no fue el único que cometió, ya que lo pillaron. La pena por ese "enorme" delito fue cinco años de trabajos forzados en Australia.
 
Si habéis tenido la oportunidad de ver la película Papillón, podéis haceros una idea. El penal de Macquarie, en donde fue enviado Pears, no era precisamente un lugar de recreo; a un lado estaba el océano, y al otro, miles de hectáreas de selva despoblada, con grandes zonas pantanosas, ciénagas, donde los guardias eran más canallas aún que los presidiarios, que morían a consecuencia de trabajos forzados, malos tratos, hambre, sed, o de alguna enfermedad irreversible.
 
¡¿Qué le esperaba a Pears?! No era de sorprender que los presos tuvieran permanentemente en su mente fugarse, aunque de ese lugar decían que los carceleros no se molestaban en perseguir a los fugados, ya que el propio terreno se encargaba de ellos, porque allí nadie sobrevivía. Pero Pears sabía que su condena era desproporcionada y no estaba dispuesto a cumplirla, si podía evitarlo. Pasó diez largos años encarcelado, hasta que llegó el día de la fuga. La planeó con otros 7 presos: Dalton, Boe, Ken, Trav, Brown, Green y Mother. De manera que los 8, que se llamaban unos a otros como "amigos”, se fugaron de madrugada.
 
Las provisiones que consiguieron duraron tres días y cuando se acabaron, los 8 "amigos" ya no lo eran tanto. A Green se le ocurrió decir: "como siga esto así, no tendremos más remedio que comernos los unos a los otros". Ninguno de los otros le hizo caso, pero con el paso de los días... ¡qué hambre tan atroz!
 
Llegó un momento en que Green y Trav se fijaron en Dalton. El delito que había cometido para acabar así, fue la traición; era un chivato, así que qué mejor candidato, siendo Dalton la víctima, seguro que no podría contar lo que pretendían hacer. De modo que sin mediar palabra, Green cogió su hacha y… ¡zas! Le cortó la cabeza.
 
Cuando Green y Trav contaron lo ocurrido a los demás, se horrorizaron. Pero, ¡qué hambre tan atroz! "Si ya está muerto, por lo menos que su cuerpo sirva para que nosotros podamos seguir viviendo", dijeron. Dicho y hecho. Green lo abrió en canal y… bueno, me ahorraré los detalles. Su cadáver fue repartido a partes iguales entre todos. Ese fue el final de Dalton, uno de los ocho, pero, claro que aún quedaban 7…
 
Seguían pasando los días y no encontraban por ninguna parte granjas, ni asomo de civilización, ni que decir, alimentos. Con lo cual, el hambre volvió a aparecer. ¡Qué hambre tan atroz!
 

-pasa a página 2 y última-



 

Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Entonces se fijaron en Brown y en Ken, que parecían débiles y seguro que no aguantarían. ¿Y si…? ¿Cómo debieron ser las miradas de las que fueron objeto Brown y Ken, que se les encendieran todas las alarmas? No lo dudaron un segundo. Ambos echaron a correr como locos, sin siquiera pararse un segundo para descansar
     
    Entonces, apareció una cosa dantesca: Brown y Ken, desesperadamente corrían para salvar sus vidas en medio de aquellos pantanos, mientras que los restantes 5 los perseguían en una alocada carrera, con la idea de darles caza para comérselos. Tal persecución duró un día. Finalmente, lograron escapar, pero al poco tiempo fallecieron por desnutrición. Pero, al menos, salvaron sus cuerpos... quedaban 5…
     
    Green, con su hacha afilada, no volvería a perder una oportunidad. El hambre les atenazaba. Y la ocasión no se demoró. Boe se separó un momento del grupo, situación que aprovechaba Green para seguirle, sigiloso se acercó por detrás y… ¡zas! Le cortó la cabeza. Esta vez, el resto del grupo no tuvo tanto escrúpulo. Del tirón los cuatro se abalanzaron sobre el cuerpo de Boe, caliente todavía, cual manada de lobos salvajes, y dieron cuenta de él... Por lo tanto... quedaban 4...
     
    Un día después se hallaban en la misma situación. El siguiente en el punto de mira era Mother; de los 4 era el más callado, el más sumiso, el más gregario, y eso fue su final. Green se acercó a él por la espalda, pero hora no tan sigiloso. Mother se dio cuenta e intentó evitar el golpe, pero no lo consiguió del todo, quedó herido, con un tajo en el cuello, tirado en el suelo. Los otros 3 se acercaron lentamente y no retrasaron su agonía, Green se aproximó más a él y... ¡zas...! quedaban 3...
     
    Como era natural, Trav ya no se fiaba de los dos que lo acompañaban.  Pero el astuto de Pears precipitó una fuerte discusión y… ¡zas!... quedaban 2...
     
    Había transcurrido un mes del canibalismo, y solo quedaban 2. Ni que decir que Green y Pears no se quitaban ojo. Pasó un día de tensión hasta que durante la noche del segundo día, Green no pudo soportar más el cansancio y el sueño y dio una cabezadita: su última cabezadita, que Pears aprovechó para quitarle el hacha y.... ¡zas! quedaba 1...
     
    Precisamente el protagonista de esta historia: Pears, que secó al sol un brazo de Green y se tiró a la aventura y así estuvo un tiempo, hasta que la policía dio con él y volvió de vuelta al penal.
     
    Aunque corrían rumores de canibalismo, no lo pudieron demostrar, de modo que, antes de cumplirse un año de su captura, volvió a escaparse y esta vez acompañado de un joven preso, de nombre Cox.
     
    Nueve días más tarde, la policía volvió a cazar a Pears. Y esta vez sí fue acusado del asesinato de Cox y de haber practicado canibalismo con sus restos. Lo curioso del caso es que cuando lo pillaron no solo llevaba en su zurrón lo que quedó de Cox, ¡también llevaba embutidos! Es decir, ahora no mató por hambre... ¡le había cogido el gusto a comer carne humana!
     
    Ante tal situación, Pears confesó todo; se había comido a seis personas. Lo declararon culpable y lo condenaron a morir en la horca. El ahorcamiento que se llevó a cabo en el patio de la misma cárcel de donde se fugó.
     
    Sus últimas palabras antes de ser ejecutado eran estas: “la carne humana es deliciosa, su sabor es más exquisito que el del pescado o el de las carnes de cerdo o ternera.




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