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Lazo de Sangre

El pequeño Ángel se encontraba agitado, las voces en su mente otra vez atormentaban su calma. La noche lo despertaba cada dos por tres con los refucilos y estruendos, parecía que el mal tiempo era cómplice de su pesadilla.  Se estremecía en su cama angosta, su habitación oscura y el tic tac del enorme reloj de pared  lo llenaban de un miedo profundo.

No aguantando más y bañado en el sudor de su cuerpo, se dirigió por el pasillo hacia la habitación de su madre y con un  gemido la despertó – mami, otra vez, otra vez pesadillas– dijo el pequeño entre dientes. La madre,  un poco confundida, levantó la mirada hacia el niño y con la voz débil dijo – ¡ho! Hijo ven duerme a mi lado… oraremos – el niño, se cobijó entre los brazos maternales y escuchando la suave voz de ella que le pedía a Dios por protección, se quedó dormido.

La joven madre, al ver a su pequeño hijo sumido en un sueño tranquilo, pensaba en los sucesos de la vida del pequeño. Intentaba comprender por qué tenía que pasar por todo esto una criatura. Su marido era camionero, y por suerte lo veía una vez a la semana. Muchas veces atribuyó las pesadillas de Ángel a la ausencia del padre, pero mientras pasaban los años, todo empeoraba.  Siempre trataba de tener una relación estable con Dios y su familia, les pedía constantemente a los pastores que oraran al pequeño. Pero todo seguía igual, y lo peor era que nunca el niño se atrevía a decir la naturaleza de las pesadillas. Cuando la noche llegaba a su fin y el sol brillaba obsequiando a la vida un nuevo día, el pequeño se olvidaba de la noche y todo seguía como si nada pasara.

Alberto, el padre de Ángel, propuso un psicólogo para que lo tratara, pero después de meses, todo seguía igual. El psicólogo argumentaba que era normal, que los miedos infantiles desaparecerían en la adolescencia y que si no presentaba problemas de conducta, no había de qué preocuparse. Eso decía el profesional, pero María,  comprendía que su hijo no era normal. Ella tenía bastante con lo que le había sucedido en su juventud para atribuirle a la casualidad los sucesos de su vida. Sólo le quedaba aferrarse a Dios, como medio para ahuyentar los miedos de su pasado.


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