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EL PEDERASTA: VOLUMEN UNO Primera Edición

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Matthew Anderson, el detective a cargo de la investigación se encontraba fumando un cigarrillo de su marca preferida, mientras los forenses realizaban la minuciosa tarea de encontrar las coordenadas sobre el pantano Corkscrew en el suroeste de Florida. Anderson tenía la esperanza de encontrar los cuerpos de esos niños, pero al mismo tiempo algo muy en el profundo de su ser le gritaba que no lo hiciera. Pero Anderson no debía escuchar esa vocecilla, la vocecilla que toda persona posee ante una situación desconocida y teme encontrar algo terrible y perverso. Anderson no podía darse el lujo de escucharla, por eso la nicotina y el alcohol eran necesarios en su vida cotidiana, apaciguaban sus pesadillas y las sombrías formas que los esperaban al llegar a su departamento.
Desde el primer momento en el que Anderson fue asignado al caso, sintió como un nudo en la garganta trataba de ahogarlo. No era la primera vez que lidiaba con este tipo de situaciones. Era el mejor detective para este tipo de casos. Sin embargo Anderson comenzó a comprender que posiblemente fue error hacerse de tal reputación. Mientras fumaba su cigarrillo y observaba como los forenses clavaban unas líneas de plástico con banderillas de color rojo para indicar las coordenadas, el clima se hizo presente y una leve lluvia les complicó la tarea. Las líneas predispuestas comenzaron a moverse de lugar y los forenses debieron volver a colocarlas, pero estaba vez usaron un martillo para clavarlas en el suelo pantanoso de aquel lugar.
Anderson espero a que la lluvia se detuviera para poder encender otro cigarrillo, pues el estrés de esta investigación lo estaba volviendo loco. La prensa, los medios de comunicación de internet, la ciudadanía, sus jefes y todo el maldito mundo, lo estaban presionando hasta más no poder, pues todos querían conocer la verdad.
Aunque Anderson también ansiaba conocer la verdad. En ciertas ocasiones la ignorancia es una bendición. Pero no tenía opción, así que volvió a prender otro cigarrillo en cuanto la lluvia se detuvo repentinamente.
Anderson espero casi toda la noche a que todas las líneas de los forenses fueran puestas en su lugar, pues había mucho trabajo por delante. Eran más de doscientas líneas que debían ser revisadas y cada una de ellas podía contener la maldita caja de pandora y desatar todos los males de este mundo podrido que ha perdido el juicio.
Anderson estaba a punto de fumar su último cigarrillo cuando uno de los forenses exhausto por el arduo trabajo se le acercó y le pidió un cigarrillo antes de comenzar a cavar en cada una de esas líneas.
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