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CRÓNICAS DE LA RETAGUARDIA III

Abu Dabi, año 2049, 5:00 pm.

El Qasr al Watan o «Palacio de la Nación» es el palacio presidencial de los Emiratos Árabes. Como todas las residencias de los monarcas del golfo, es una edificación impresionante, de 380 mil metros cuadrados, ubicado a orillas del Golfo Pérsico, el cual cuenta con sus propios jardines que componen el perímetro del palacio, plazas al norte y al sur, una gran piscina interior que rodea el centro del palacio, un puerto privado al norte y hasta una playa propia al oeste.

El jeque Kadir bin Sultán al Zayed, de cuarenta años, viste con la tradicional túnica blanca árabe y un guante en su mano derecha para ocultar su marca de arxorista, se halla sentado en el balcón sur del palacio, y acompañado por oficiales de alto rango del ejército emiratí. Llama la atención de que algunos de ellos parecen ser extranjeros. Esto se debe a una política de vieja data de los presidentes emiratíes, de contratar oficiales de otras tierras para mejorar el rendimiento de sus tropas, aunque con la inclusión del país en la esfera de influencia de la orden, se ha tenido preferencia por oficiales provenientes del Brasil y sus aliados.

Uno de estos oficiales es Zarina Arshavina, quien usa un uniforme diferente al de los demás oficiales y se halla justo a su derecha, hablando con el jeque:

—Cuénteme, su alteza ¿Qué parecen los soldados que la orden entrenó para usted?

—Debo decir que me siento maravillado con este nuevo ejército, aunque no negaré que tendré que acostumbrarme a que haya tantas mujeres en mi guardia, sahirat makira[1] —expresa el jeque Kadir, maravillado al observar a su flamante guardia de hechiceros, realizar actos de magia tendientes a demostrar sus destrezas en el combate.

Contrario a los ejércitos de otras monarquías del golfo, la milicia emiratí cuenta con una creciente presencia femenina entre sus filas. De hecho, descontando a Zarina, hay otra mujer entre los seis oficiales de alto rango que lo acompañan en el balcón de su palacio, algo impensable en otros ejércitos de la región, aun regidos por normas patriarcales, que impiden que las mujeres tomen una presencia en áreas alejadas de sus roles tradicionales.

—Su alteza —responde Zarina—, garantizo que estas tropas no lo decepcionarán. Hemos seleccionado cuidadosamente a estos muchachos, para asegurarnos de que sean leales a nuestra causa. Y por supuesto, a usted.

—¿Me garantiza que estos hechiceros no me traicionarán? —pregunta el jeque Kadir, un tanto intranquilo.

—La Orden del Libro Verdadero se precia de saber defender a sus aliados y castigar a sus traidores. No tema, su alteza, nuestros hechiceros serán leales a usted y lo defenderán de lo que sea.

Como Zarina explica, para asegurar la lealtad de sus líderes aliados, la Orden del Libro Verdadero inicia un reemplazo paulatino de las tropas regulares de un país por hechiceros, adoctrinados en la ideología de la orden y entrenados para proteger al gobernante de turno, siempre y cuando éste se mantenga alineado a sus intereses; si dicho líder los traiciona, será «reemplazado» por uno más fiable.

Ella entonces señala un detalle en el discurso del jeque:

»Aparte de eso, ¿por qué insiste en llamarme «sahirat makira», su alteza?.

El jeque Kadir suelta una leve carcajada.

—Porque lo que es usted, lo tiene hasta en el nombre, Evelin Makar. Hechicera, autómata, militar, espía y sacerdotisa arxorista. Todo un personaje.

Los halagos hacen que ella se contagie de un contenido ataque de risa, tras lo cual expresa:

—Bueno, ¿qué puedo decir? Se puede decir que, como yo, no hay ninguna.

«Zarina Arshavina», la espía que infiltró la embajada rusa en Colombia para asesinar al senador Abimael Uribe hace más de un año, es en realidad Evelin Makar. Aunque se sabe que nació en algún lugar del Líbano, todo sobre su pasado es una completa incógnita. De hecho, ni siquiera se sabe su edad, ni desde cuando ella ha estado al servicio de la Orden del Libro Verdadero, convirtiéndola en uno de los miembros más enigmáticos de la organización.

Buscando cambiar de tema, al jeque le viene a la cabeza una revelación que lo ha dejado muy intranquilo desde el día en que la recibió:

—Aunque también es cierto que todo esto de la guerra contra la Atlántida me molesta. ¿No hay forma de evitarla?

—Es imposible. Si no atacamos primero, ellos nos destruirán.

—No sé cómo tomará usted lo que voy a decirle, pero a veces quisiera no haber recibido la verdad de boca de la princesa Umayyad en esa cumbre del 42 —revela el jeque Kadir, tras un suspiro de resignación.

Corría el año 2042 y, en una cumbre de la Liga Árabe —la organización que reúne a todos los países árabes— realizada en Beirut, la capital libanesa, Kadir al Zayed, entonces príncipe heredero y representante de los intereses de su país, se reunió con la Princesa, tras años de contactos secretos entre ambos. En dicha reunión, realizada al margen de la cumbre, ella le reveló la verdad que todos los líderes mundiales aliados de la orden reciben tras haber demostrado su valía: el mundo se halla regido secretamente por el Emperador de los Atlantes, quien recibe todas las plegarias que la humanidad envía al ser divino que llaman «Dios», mientras dirige a sus fieles por toda la Tierra, a que se maten en su nombre para su entretenimiento personal.

—¿Por qué lo dice, su alteza? —pregunta Evelin, sin sobresaltarse.

—¿Cómo convenceré a mi pueblo de que ellos no adoran a un ente divino que se preocupa por ellos, sino a un ser egoísta y caprichoso? Han vivido bajo las reglas impuestas por el islam toda la vida y, a despreciar los cambios que suceden en el mundo moderno; ahora me veo obligado a decirles que todo en lo que han creído, es una vulgar mentira. Y si no los despierto, serán esclavizados por el Emperador y sus esbirros ¿Qué debo hacer para quitarles ese velo de mentiras que han puesto sobre sus ojos? —expresa el jeque Kadir, con claros signos de consternación.

Evelin, como libanesa y sacerdotisa arxorista, es una liberal a ultranza, y le resultan estúpidas las estrictas reglas sociales y las tradiciones emiratíes. No obstante, al tratarse de su aliado, hace un esfuerzo por ser prudente y relata:

—Este cambio no tiene que ser inmediato. ¿Sabe cómo los arxoristas de antaño preservaron su fe mientras el monoteísmo se impuso en el mundo entero?

—No, pero ya que lo pregunta, me muero por conocer la respuesta —menciona el jeque Kadir, recordando que, a pesar de que el islam se impuso por todo Medio Oriente, la religión arxorista nunca abandonó la región.

Evidenciándose lo mucho que adora responder esa pregunta, Evelin mira fijamente al jeque y revela:

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