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Braindea Año 1800 prólogo pt3

Federico soltó la pechera del capitán al recibir el golpe, patinó sobre su vómito saliendo del camarote, y mientras trastabilla dando pasos hacia atrás tropezó con la jarra que antes había derramado, haciendo que acabara a unos cinco metros de Ricardo, golpeándose la espalda contra el primer mástil del barco. Cuando la gravedad dejó de ser un problema, sentado en el entablado y apoyado en el mástil, fijó la mirada en el interior del camarote y vio cómo Ricardo se cobraba su venganza.

El capitán siempre guardaba un pequeño puñal en una funda adherida al tobillo, tan largo y delgado como mortal. Y mientras Federico zancadilleaba como si actuara en un teatro de comedia, Ricardo se había agachado a recoger su arma con su única mano. Se había acercado al hombre negro, que permaneció inmóvil en todo momento, y le había atravesado la cabeza con el estilete. El puñal había entrado por encima de la oreja izquierda, y la punta salía roja por encima de la oreja derecha.

El negro se convirtió en peso muerto en un par de segundos. La gravedad hizo que la cabeza del fallecido se deslizara por el estilete atravesado. El cuerpo cayó al entablado, y enseguida se formó un charco de sangre alrededor del cráneo.

Ricardo dio media vuelta, con la mirada clavada en Federico. Éste observaba atónito la escena. El capitán salió del camarote con paso firme, echando fuego por los ojos.

–Has permitido que me corten la mano –dijo Ricardo blandiendo su muñón, sin dejar de avanzar–. ¡Eres un bastardo!

Ni Narciso, ni Aquilino, ni el joven de melena rubia impidieron el avance amenazador del capitán. Todos ellos se mantenían a distancia, y si el capitán tenía intención de matar a Federico, tal como parecía, adelante.

Federico tragó saliva mientras veía como Ricardo se acercaba con los dientes apretados y el puñal bien agarrado en su única mano. No quería matarlo, no quería llegar a eso. Era su capitán. Era su amigo.

Ricardo aceleró en los últimos metros y se abalanzó sobre Federico, blandiendo la punta del arma en dirección al rostro. Federico logró esquivar el ataque desplazándose hacia su derecha. El estilete se clavó en la madera del robusto mástil. Ricardo soltó su empuñadura, y con el revés del brazo atizó a Federico en la cara. Federico cayó al suelo, y para cuando quiso incorporarse recibió una patada en la barbilla. No se esperaba tal lluvia de golpes, el capitán demostraba más pericia en combate manco que con ambas manos.

Federico se giró, le dio la espalda a Ricardo, y comenzó a arrastrarse con los codos hacia el banco en el que bebía un rato antes. Le dolía la barbilla y notaba el sabor de la sangre en la boca. El capitán del barco parecía haberse calmado un poco, se acercó al mástil y desclavó el estilete con ritmo paciente.

–Hay que ver, Federico –comenzó Ricardo, apoyado en el mástil, de espaldas también a su interlocutor–. Todo lo que hemos pasado. Todas nuestras historias… Me has hecho olvidarme de todas ellas. No debimos haber ido nunca a aquella isla, ni haber capturado a esa maldita cosa, ni haberla subido a este barco. Esta misión acaba aquí, Federico, amigo. Y como sé que no estarás de acuerdo...

Ricardo se abalanzó de nuevo sobre Federico. Al mover el muñón por delante de su cara le salpicó sangre en los ojos y calculó mal su último movimiento. Aun así la punta del estilete estuvo a escasos centímetros de la cara de Federico, y le hubiera alcanzado de no haberse girado a tiempo y haber levantado ambas piernas, balanceando el cuerpo de Ricardo hacia atrás con fuerza.

Federico vio volar el cuerpo del capitán por encima del suyo y desaparecer después por la baranda del barco. ¿Había arrojado a su capitán y amigo por la borda? Se incorporó a toda prisa y vio la bota derecha del capitán apoyada en la esquina de la barandilla, haciendo palanca contra la madera. Federico estiró rápidamente los brazos, cogió la bota y notó como el pie se deslizaba dentro de ella. Se asomó rápidamente al mismo tiempo que Narciso, Aquilino y el joven rubio, que se dieron toda la prisa del mundo por alcanzar al capitán cuando lo vieron volando hacia fuera de la nave.

El cuerpo de Ricardo cayó al océano en menos de dos segundos. Los cuatro hombres miraban expectantes, esperando que el capitán surgiera de las aguas soltando improperios. Tardó en salir, un tiempo que se hizo eterno. Pero era imposible que de su boca saliera palabra alguna, porque lo que emergió del agua era un trozo de Ricardo, mucho más mutilado que antes de caer. A los hombres se les paró la respiración. Entonces un enorme tiburón surgió del agua, capturando entre sus afilados dientes el pedazo de carne humana, masticando, desgarrando, y tiñendo el agua de un rojo oscurecido por la noche.

–Mierda –dijo Federico.

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