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CAPÍTULO 2
Cuando vi el mapa del campus ya sabía que la universidad era grande, ¿pero tanto? A finales de abril no vine a visitar el campus tal y como mi carta de admisión me invitaba a hacer. Sabía qué me encontraría en una visita guiada para futuros estudiantes: familias. En concreto padres acompañando a sus hijos a conocer donde se desarrollaría la próxima etapa de sus vidas. Me ha costado mucho dejar Miami, pero todavía me habría costado más hacerlo a finales de abril y con futuros estudiantes acompañados de sus familias. Decidí hacer todos los trámites por Internet desde casa y dejar el papeleo físico para mi primer día en la ZU. No quería que me recordaran que estoy haciendo este paso sola, ya hay demasiadas cosas que lo hacen.
Después de alejarme de Grayson Luzio, nombre de modelo como ya había previsto, he descubierto que detrás del polideportivo hay un enorme edificio. Es un juzgado sin funcionalidad legal alguna, donde los futuros abogados, fiscales y jueces entrenan para el futuro. Paralelo a los juzgados hay un enorme parking que ahora mismo está lleno de coches. Y presencio precisamente lo que no estaba preparada para presenciar: familias enteras despidiéndose. Recuerdo que hace unos años me horrorizaba la idea de que mis padres me acompañaran a instalarme en la universidad. Ahora daría todo lo que tengo para que pudieran estar aquí conmigo.
Estoy tan atenta observando estas familias que me cuesta darme cuenta de que a mi derecha hay un enorme lago semicircular con un puente rojo que lo cruza por medio. Es hermoso e incluso algunos patos están bañándose tranquilamente. Patos, sí. Si me preguntaran si estoy dentro de una película asentiría con mi cabeza.
Finalmente, el enorme edificio principal se impone ante los campos de césped. Ya me lo había imaginado así, pero me quedo maravillada. A cada lado se abre una calle de edificios con un pasillo central ajardinado que quizás hace cincuenta metros de ancho. Todos estos edificios son los diferentes departamentos y clases. Sin perder más tiempo porque llego tarde empiezo a subir los escalones blancos hasta llegar a las enormes puertas de cristal con inscripciones doradas que me recuerdan de nuevo donde estoy. Las puertas son circulares, como las de los centros comerciales, pero el interior parece la consulta de un médico. Qué silencio en comparación al exterior. Escucho sólo suaves murmullos y algún teléfono lejano, eso sí, las recepcionistas del enorme mostrador enseguida me miran. Sonrío intentando verme nerviosa y me acerco. Cuando estoy a punto de abrir la boca ellas se me adelantan.
-La señorita Brown, supongo. - me dice la del centro.
Es una mujer con el pelo rizado y bien recogido con un moño. Dudo que tenga diez años más que yo. De hecho, creo que ninguna de las tres recepcionistas llega a la treintena.
-Sí. - afirmo con prudencia.
-Sus maletas han llegado correctamente al despacho de la decana Bailey, señorita Baker. - se burla. - Si es tan amable de subir con el ascensor hasta la planta 3, la decana le hará el gran favor de atenderla personalmente.
-De no ser así se quedaría sin maletas, señorita Baker. - se burla la otra.
-Gracias. - agradezco sin creerme lo que me acaban de decir.
Rápidamente localizo el ascensor al otro extremo de la recepción y me apresuro tanto como puedo, sin correr, para ir hacia él. Una vez estoy dentro respiro tranquila, pero entonces me doy cuenta de que todo el mundo me está observando. ¡El ascensor es de cristal! Cuando subo por la segunda planta una rubia de pelo liso que está esperando el ascensor niega con la cabeza, claramente burlándose también de mí. ¿Pero qué les pasa a todos estos?
Cuando llego a la planta 3, que es la última, me tranquilizo a mí misma diciéndome que antes de entrar en el despacho de la decana tendré unos momentos para respirar. Pero no, cuando llego una recepcionista está esperándome en la puerta y me acompaña hacia el fondo, donde sé sin lugar a dudas que se encuentra el despacho de la Decana Vivian Bailey, la decana. ¿Quién iba a pensar que yo acabaría en el despacho de la decana el primer día? Increíble.
Cuando entro hacia dentro no me imaginaba que el despacho de la decana sería como el despacho de un broker de Nueva York. Cristales, acero, última tecnología, cuadros de arte que son una raya y un círculo, estatuas que no entiendo, en fin, de todo menos el despacho de una decana. Una vez se cierran las puertas me quedo completamente sola allí dentro y no sé exactamente qué debo hacer.
-Puede tomar asiento, señorita Baker.
Me sobresalto al escuchar una voz femenina y entonces me doy cuenta que a mi derecha hay un enorme sofá negro con un sillón delante, donde la Decana Bailey está tomando un vaso de, ¿whisky? Ella es, bueno, como la vi en las fotografías oficiales de la universidad. Alta, con una melena rubia que cae ligera en un lado, tremendamente operada, pómulos que parecen estar a punto de salir disparados, labios soplando un beso incluso cuando ella no lo envía, un cuello con todos los tendones marcados, sí, la Decana Bailey vaya. Y me había olvidado de sus ojos azules que me miran fijamente, tal vez lo único de ella que no está operada.
-Buenos días, Decana Bailey. - la saludo.
-Buenos días, señorita Brown. Bienvenida. - me corresponde. - Sus maletas están en un rincón. Puede sentarse, ¿por favor?
-Por supuesto. - le digo mientras me aproximo al sofá.
Ella observa cada uno de mis movimientos y realmente me intimida. Aun así, no dejo que se me note y levanto bien orgullosa mis hombros.
-Su prueba de admisión fue formidable pero no toleraremos ningún tipo de bromas, ni una. - me advierte.
-Me disculpo por mi comportamiento, pero yo...
-Oh no, señorita Brown. Sé cómo trabajan en la Universidad de Miami, pero aquí un profesor camina y los alumnos le ceden el paso, ¿entiende? Porque si no la excelencia intelectual de nuestro país serían un grupo de mal educados, impertinentes y ...
En ese momento, las puertas de su despacho se abren de nuevo y las dos nos giramos sorpresas por la interrupción.
- ¿Quién demonios...? - empieza la Decana Bailey.
Y calla cuando ve que Grayson Luzio entra en el despacho. Él ni sonríe, y continúa con las manos en los bolsillos de los pantalones. Su rostro serio funciona igual de bien que una sonrisa burlona.