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Los Zuccarelli- Capítulo 1 (parte 1)

CAPÍTULO 1

Los viajes no son mi pasatiempo favorito. Es por eso que cruzar todo el país no es lo que me gusta hacer un lunes a primera hora de la mañana. Era muy oscuro cuando me he levantado y casi me he dormido en el taxi que me ha llevado desde casa hasta MIA. Después de pagar por exceso de peso en mi equipaje he esperado mi vuelo pacientemente mientras calmaba mis nervios. Cuando me he subido al avión apenas he tenido tiempo para sentarme en mi asiento y atarme el cinturón. He estado durmiendo durante todo el vuelo desde Miami hasta Charlotte. Después he hecho escala en North Carolina y entonces he cogido mi segundo vuelo que me ha llevado hasta Portland, OR. He llegado medio dormida, muy cansada, con mucha hambre y desorientada por el cambio de horario y las horas que he pasado en aviones y aeropuertos durante toda la mañana. En Florida hace ya mucho rato que hubiera comido. En Oregon son apenas las once de la mañana.

Portland es una ciudad que apenas conocía porque nunca antes había estado en el noroeste del país. Oregon me recuerda al orégano, y el orégano me recuerda a una pizza, aunque no sé si en esta fría y húmeda ciudad saben qué es una buena pizza delante del mar. Es una ciudad bonita, por lo que he podido ver a través de las ventanas del autobús, que sea extremadamente fría para mi gusto ya es otra cosa. Pero no me he quedado en Portland, de hecho, no he tenido ni tiempo de quejarme del frío que hacía porque he corrido hacia el primer taxi que he encontrado. Cuando le he dicho al taxista donde me tenía que llevar se ha quedado mirándome a mí y en mis maletas como si fuéramos extraterrestres y me ha pedido una cantidad de dinero impresionante por su servicio. Probablemente habría protestado otro día, pero necesito llegar a tiempo. Entendedme, una persona como yo que sigue pensando que la puntualidad es un misterio debería haber cogido un vuelo dos horas antes de lo que he hecho, pero lo siento, no había. Quizás habría podido volar ayer o la semana pasada, pero dejar Miami no ha sido nada fácil.

Así que ahora estoy retrasada. La I-5 es muy diferente a las interestatales por donde he conducido alguna vez. Aquí no hay palmeras ni el océano, sino que hay árboles, campos de cultivo y mucha hierba. Parece que se esté acabando el día porque el ambiente es oscuro debido a las nubes que tapan los rayos de sol. Yo ya sabía que dejar Miami era lo mismo que dejar el clima cálido y el buen tiempo, pero es la primera decisión importante de mi vida y estoy muy orgullosa de ella.

Todo el mundo estaría orgulloso de recibir la carta de admisión de la Zuccarelli University. Creo que entrar aquí dentro es más difícil que entrevistar al presidente. No os podéis imaginar las preguntas de la prueba de admisión, había algunas que pensé que realmente eran pruebas de excelencia para gente superdotada. Todavía no sé cómo fui admitida, pero lo he conseguido y estoy preparada para afrontar mi decisión. En las últimas noches, inmersa en el nerviosismo, me he dado cuenta de un pequeño detalle: si yo he superado estas pruebas y encontré que eran escandalosamente difíciles, quiero imaginar que todo el resto de estudiantes pensaron lo mismo el día que las hicieron. Si por ellos era un puro trámite para entrar en la mejor universidad del país acabo de convertirme en el aperitivo de doce mil cerebritos. La Zuccarelli University tiene un límite de trece mil estudiantes. Cuando intentaba informarme de mi nueva universidad leí que desde siempre ha sido así y por lo visto quieren mantenerlo de ese modo.

El taxista sale de la I-5 unas cuantas millas al sur de Portland. Se desvía hacia una carretera mucho más secundaria y mucho más estrecha. Ahora todavía hay menos luz porque estos inmensos árboles oscurecen todo el bosque que estamos cruzando. En un momento dado, el taxista detiene el taxi en medio del bosque y enseguida miro curiosa qué es lo que le ha hecho detenerse. Me inclino hacia delante y todo lo que puedo ver son unas inmensas puertas de hierro negro que se levantan, como mínimo, tres metros. No sé si tendré ganas de escapar de aquí dentro, pero, aunque tenga no podré hacerlo.

En un lado de la puerta hay un gran monolito negro con letras doradas que anuncian donde estamos a punto de entrar: en la Zuccarelli University. Al otro lado hay una pequeña cabaña de madera de donde salen dos hombres altísimos vestidos completamente de negro y con un auricular en la oreja. ¿En serio? Ostras me lo debería haber imaginado, si es más fácil una entrevistar al presidente que ser admitido aquí, también debería ser más fácil entrar en la Casa Blanca que entrar aquí dentro.

-Buenos días. - saluda el taxista.

-Buenos días. - responde uno de los hombres. - Necesitamos que se identifiquen, por favor.

-Por supuesto. - responde él como si fuera lo más normal del mundo.

Enseguida le alarga una tarjeta y entonces uno de los hombres la coge. Después le dicta toda la información a su compañero. Acaban muy rápido, supongo que, acostumbrados a hacer este trabajo, y luego me miran a mí. Están esperando mi identificación.

-La nueva estudiante. - sonríe el que apunta cuando recibe mi nombre.

Me extraño muchísimo que un vigilante de la puerta sepa que soy nueva en el campus. Y creo que debería estar más asustada que sorprendida.

-Bienvenida a la Zuccarelli University, señorita Brown. - me dice el guardia volviéndome la tarjeta.

-Gracias. - respondo todavía muy asombrada.

Entonces ambos asienten y poco a poco las puertas negras se abren. La sincronización llega a un nivel tan alto que me sobresalto cuando el hierro resuena por todo el bosque. Los dos guardias sonríen, no perdona, se ríen de mí en silencio y entonces vuelven a la cabaña mientras el taxi arranca de nuevo.

Esperaba ver algún edificio detrás estas puertas, pero no es hasta pasados ​​dos minutos que a mano derecha veo dos impresionantes campos de soccer. Luego, un poco más adelante y a la izquierda, veo un enorme polideportivo. Cuando digo enorme quiero decir enorme, de verdad, creo que los doce mil estudiantes podemos entrar aquí dentro sin robarnos el espacio unos a otros.

-Pobre chico...- murmura el taxista- Siempre odié los chicos fuertes y musculados de la escuela.

Sus palabras me sobresaltan y miro hacia donde él mira, que debería ser en la carretera, pero por lo visto aquí en Oregón no es necesario. Se está fijando en un grupo de chicos que se encuentran ante unas enormes escaleras del polideportivo. Son cinco, como mínimo, pero me fijo con el que está en el centro. No creo que se lo esté pasando muy bien.

-Deténgase un momento, por favor. - le pido al taxista.

-Pero ...- dice él sorprendido.

-Le recompensaré.

Después abro mi puerta y avanzo a paso rápido por el césped. Acabo de ver que paralelamente hay un camino de grava blanca que conduce donde quiero ir, pero no tengo tiempo. Mientras me acerco al polideportivo me fijo con el chico que ahora mismo es el centro de las miradas y las burlas. Viste impecablemente, como un modelo de una revista, pero muchos pensarían que pertenece a una revista de hace treinta años.

- ¡Mira qué jersey, mira, mira! - se burla uno de los chicos.



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