No. No sé qué cosa rara y rica habrá sido, pero no nos alcanzó el amor. Tal vez lo nuestro fue una lúgubre nebulosa en tiempos terribles. No sé qué hago recordando lo de la Anto. Que sí, que no. O tal vez lo nuestro sí que fue amor, pero aún no lo sabemos. Quién sabe.
Cuando me da la migraña, ese collage de epilepsias, sobreviene en mí algo así como un sentimiento filantrópico si me permitís la palabra Cami; como que me reconcilio con la vida misma y con sus putas desdichas; siento un inmenso amor hacia todo lo humano, y me repito lo bien que me la pasaba contigo, y no me explico qué hago ya solo. Ay, es que yo no sirvo para tí, creo a estas alturas. Tu mirada titánica, esa nariz soberbia, esa eso tus bocas el pelo el diente las lenguas esa risa tus nos perdiamos enteros en la noche. Te me apareces, Camila. En los sueños sobretodo, en esos bastardos de los deseos... ahí te vuelvo corpórea y dejas tu velo fantasmal para yo poder tocarte con mi ansiedad física y me baño y me vuelvo loco por el lapso de veinte o dos segundos que es lo que me dura el sueño y despierto afligido por estar cuerdo.
Suena la endiablada tecla del pianista, poseída. Tanto la melodía como estas palabras se pierden en lo que llamamos tiempo cuya subjetividad es tus aparaciones. Tanto la melodía como estas palabras responden a un impulso más elevado que la conciencia, es un llamamiento del alma, un grito desesperado de los sentidos. Lo nuestro. ¿Qué fue lo nuestro? ¿Y es que debo acaso ponerle etiqueta a las camisas, a la estrepitosa risa, al beso militar? ¿Acaso no será mucho cuando el poeta se queda sin palabras, el pintor sin formas, el astrónomo sin espacio? Ya paró la música, y yo que
me quedé
varado en
la nada,
Camila.
Comentarios
Le felicito.