Estuve todo el tiempo demasiado ocupada intentando merecer una vida, demasiado ciega para darme cuenta de lo que estaba pasando. Pero he tenido estos días, al fin y al cabo lo único que necesitaba.
Sé que todavía me miras con ese miedo; que poco a poco la perspectiva de librarte de mí, de la amenaza que represento, irá cambiando el miedo por el ansia. Y se abrirá ante ti un mundo de posibilidades, un futuro luminoso, años llenos de promesas que sólo esperan a que yo desaparezca de tu vida para empezar a materializarse.
8 de noviembre. La primera fecha que todos hemos recordado inevitablemente año tras año, pero que nadie celebra. Uno de esos días que hubiera dado cualquier cosa por borrar, si no de vuestra memoria, al menos de la mía. Pero que por desgracia fue a dar muy cerca de un día señalado: exactamente la víspera de nuestro cumpleaños.
Aquella mañana los gritos de pánico de nuestra madre fueron lo que marcó una triste inflexión en nuestras existencias. Porque, aunque todavía éramos pequeñas, el entendimiento ya nos alcanzaba para comprender el significado de todas aquellas palabras que en un instante se atropellaron en su garganta y brotaron de su boca antes de que nadie pudiera evitarlo. Cuando papá consiguió que se callase, ya sabíamos más de lo que debimos haber sabido nunca.
Tras los gritos nos recuerdo contemplándote; estabas en la cama, inerte y sin color en las mejillas, y por unos instantes no parecía que respondieras a la voz de mamá, que te llamaba insistente y absolutamente desesperada. “Lorena, Lorena, por Dios!! Lorena!!!”
Papá no podía moverse y yo contemplaba la escena aterrada, más por empatía con ellos que por miedo real, hasta que tuviste el detalle de dirigirme la primera mirada cuando volviste en ti. Lástima que tardaste algunos minutos eternos en coger fuerzas para dar otra señal.
Mi sonrisa de alivio hizo saltar un resorte antiguo pero muy bien conservado en el corazón de mamá. Sus ojos me odiaron tanto que comprendí cuánto deseaba que yo no hubiera existido nunca. Y al fin, lo que llevaba tanto tiempo escondido escapó de sus labios y rompió para siempre el delgado hilo que unía a mi madre con su “otra” hija. “Chupasangre, maldita, maldita chupasangre... Qué terrible pecado habré podido cometer para traer al mundo un monstruo como tu...!”
“Mamá!” Tu voz todavía débil detuvo su ataque y por un segundo creí que ibas a replicarle: “Mamá, no digas eso, Alicia no ha hecho nada, no estaba aquí conmigo!” Pero no tuve tanta suerte.
Tú ni siquiera sabías que yo llevaba años esperando todas las noches a que te durmieras para bajar al comedor; jugaba con todos los juguetes, tocaba todas las cosas, hablaba con amigos invisibles y soñaba aventuras en las que yo era la protagonista. Aquella noche por lo visto debí de dormirme en el sillón, y mamá ni siquiera se dio cuenta de que no estaba cuando entró a despertarnos y te encontró en ese estado. Gritó, subí a ver qué pasaba, sonreí porque me habías mirado un instante y ya nada volvió a ser como antes. Mamá repetía: “Qué te ha hecho, qué te ha hecho ese monstruo!!!” Y tú te aferrabas temblando a su regazo sin dejar de repetir “Tenía miedo, tenía mucho miedo! Oh! Mamá, no me dejes! “
Así de fácil. Una hora después desayunaste como si nada y nos quedamos jugando porque mamá no quería perderte de vista. A mí tampoco me dejaron ir al colegio. Recuerdo que tú estabas peinando a la muñeca nueva. Cualquier otro día me habría parecido bien ayudarte a peinarla, pero en ese momento mi cabeza andaba muy lejos de entretenerse en juegos: “Mamá estaba asustada. MONSTRUO... Tiene que haber alguna explicación... MAMÁ NO PUEDE PENSAR QUE SOY UN MONSTRUO... Pero... ¿por qué? ¿Qué he hecho?”
Acudí a papá en busca de respuestas. Dijo algo para tranquilizarme, pero se lo veía abatido mientras recogía sus papeles y los guardaba en el maletín. Lo seguí al dormitorio y estuve observándolo mientras se vestía para ir al trabajo, cada vez más impaciente, deseando salir por la puerta para perderme de vista. Lo ví marcharse desde la ventana, con la sensación de que se alejaba, no por unas horas, sino para no volver. Entonces escuché la voz de mamá, que susurró tras de mí: “Te estaré vigilando”. Busqué algo en sus ojos con la esperanza de que fuera otra cosa, pero no había dejado sitio para nada más. Aunque sus labios hubieran recuperado la capacidad de silenciar el miedo y la ira, sus ojos me gritaban desde el fondo de su ser: MONSTRUO, MONSTRUO...
[ocultar]Iré subiendo todas las partes en el mismo hilo. [/ocultar]
Comentarios
Gracias por leer.
A ver si lo acabo de subir ahora.
(Esto... Aprovecho para dejar dicho que de referencias autobiográficas esto tiene 0, nada de nada. Casi todo lo que escribo puede llevar a preguntarse de dónde sale, y casi siempre tendría que contestar "ni idea"
Así que supimos por lo que tuvieron que pasar antes de nacer nosotras. Y no es que haya un momento bueno para decir según qué cosas, que no lo hay. Pero nuestra “verdad” llegó cruelmente pronto.
Nos contaron que se dio por muerta a una de las dos, antes de nacer, lo que en aquella época suponía la muerte inevitable de la otra, además de poner en riesgo la vida de la madre. Esperaban el fatal desenlace para intervenir de inmediato, ya que el aborto seguía siendo delito. Y sin embargo pasaban los días sin que hubiera cambios. El feto latía con normalidad, nuestra madre seguía bien y las pruebas no mostraban ningún problema. Un mes más tarde, los médicos hablaron con nuestros padres para decirles que el embarazo iba a llegar a término con uno de los niños y no se apreciaban signos de que mamá corriera ningún peligro más allá de lo normal. La única explicación posible, aunque bien documentada en la prensa científica más rigurosa, era bastante macabra: a veces el bebé que sobrevive es capaz de absorber al otro hermano. Es muy duro pensar que un hermano pueda alimentarse del otro. Y por otra parte parece milagroso que un ser tan indefenso, que ni siquiera ha abierto los ojos al mundo, tenga la fortaleza para seguir adelante. Por más que intentaron explicárselo, mamá no pudo aceptar que uno de sus hijos pudiera salvarle la vida de un modo tan terrible.
Eran otros tiempos, así que nadie se disculpó cuando descubrieron el otro latido en la siguiente revisión.
Papá intentaba explicarnos el dolor de aquellos meses, el temor a que en la siguiente consulta aquel latido tan débil pudiera haber desaparecido, y cómo vivieron el nacimiento. El tuyo. Porque a mi me esperaban, por mí no habían tenido que sufrir. Pero cuando la matrona les acercó aquella niña diminuta y les dijo “lo ha conseguido”, todo lo demás desapareció de su mundo para siempre.
Yo observaba a nuestra madre todo el tiempo y la ví morirse en una parte del relato, renacer en la siguiente, debatirse en la incertidumbre de la espera... como si todo aquello estuviera pasando todavía. No costaba demasiado entenderla, ni siquiera a una niña pequeña como lo era yo entonces. Cuando papá terminó ella seguía repitiendo: “Mi niña era tan débil, mi niña, tan pequeña, tan bonita...”
Ya me he acostumbrado. Aunque tú eres más alta y por nacimiento la mayor, yo nací con más peso y sigo así. Es evidente que no soy como tú, tan delgada, con tu cabello lacio, tu piel transparente y clara, tus rasgos finos y todo tu ser delicado. Cuando nos hicimos adultas siempre pensé que yo aparentaba diez años más que nuestra edad y tú diez menos.
Todavía me sorprende la naturalidad con que tú te tomaste todo aquello. No pareció afectarte en absoluto, ni siquiera cuando hablaron de todas las veces que enfermaste. Mamá dijo que tenías una salud muy frágil, que “yo te enfermaba constantemente”. No pretendo negar lo evidente. Apenas me dejaban en casa por un resfriado o una indigestión, era cuestión de horas que tu cayeras enferma con todo el aparato: la fiebre, las convulsiones, los sueños... Pero... ¡Cómo no lo habré visto antes!
Zanjaste la crisis con estas palabras: “Tenía mucho miedo, mamá, pero ahora voy a darle de cenar al bebé. ¿Vienes, Alicia?” Recuerdo que miré perpleja a nuestros padres, convencida de que después de todo lo que había escuchado nunca más me dejarían jugar contigo. Para mi mayor confusión ellos seguían cogidos de la mano y te miraban con ternura mientras asentían con un cabeceo resignado. Así que aquella noche volviste a darle su cena al muñeco y yo estaba allí, mirando, como siempre.
Me dormí pensando que no podía arriesgarme a que te volviera a pasar algo. Quería los juguetes y mi rato a solas, pero el miedo a perder a nuestros padres –y a tí, claro, pero en segundo lugar- pudo más durante toda una semana.
Ja, ja! Al final acordé conmigo misma que bajaría un ratito corto y con mucho cuidado de mantenerme despierta.
Recuerdo como la época más feliz de mi vida los años de facultad. La enfermería fue con diferencia lo que más me ha dado en la vida, incluidos los dos años en que asistí también a algunas de tus clases de medicina para que siguiéramos juntas. No te costó mucho convencerme, porque por entonces ya había conocido a Alejandro, y me costaba olvidar al futuro médico que me hacía soñar: una vida feliz a su lado, quizá incluso ser madre... Me encantaba charlar con él los ratos muertos en la cafetería. Pero los sueños son sólo eso.
Invité a Alejandro a nuestro veinticinco cumpleaños y volvió a ocurrir una vez más; al poco tiempo era más que evidente que el objeto de sus visitas era acercarse a ti. Fui la madrina en tu boda y padrina de tu hijo Miguel. Ésa era yo.
Después llegó la enfermedad de mamá. Tres años en los que tú estuviste a mi lado ayudándome a sobrellevar su encarnizada venganza. “No le hagas caso, sabes que está enferma, no se lo tengas en cuenta”. Ojalá se te hubiera ocurrido contradecirla alguna vez. Ella seguramente no se habría enterado, pero a mi sí me importaba, y mucho. Intenté cuidar de ella, lo sabes, pero me hacía tanto daño... Todas las palabras que había guardado a lo largo de los años las escupía con la licencia de quien delira. Y se fue con la mejor. Te dijo: “Cariño, papá y mamá te protegerán mientras vivas”. Luego me dirigió una de sus miradas febriles llenas de resentimiento, para despedirse de la vida con una especie de provocación, como si me retase a ver de lo que habían sido capaces para evitar que pudiera dañarte. Sólo pronunció una última palabra antes de cerrar los ojos para siempre: “Chupasangre...”
Dos meses más tarde, tras el infarto de papá, un testamento del que no teníamos noticia me dejaba al margen. Ya ves qué me importaba a mí el dinero, si acababa de perder a los dos seres que más he amado en este mundo.
¿Sabes?... Incluso tiene sentido que, justo a la semana de perderlo a él, un análisis de rutina dictase mi sentencia. Al fin y al cabo ellos ya me habían juzgado y condenado... Bueno, qué más da. Se acaba el tiempo.
Necesito sacar fuerzas para abrir los ojos por última vez.
Quiero verlo en tu cara. Cuando has llegado hoy sabías a lo que venías. Has hecho que todos se quedasen fuera, te has sentado a mi lado y me has cogido la mano. Yo sólo he podido decirte: “Lo siento”. Tú has contestado: “Está todo perdonado, Alicia”.
Pero no sabes de qué estamos hablando, ¿verdad?
Tus ojillos ávidos te delatan. Por fin todo será tuyo, de verdad, para ti sola, sin necesidad de compartirlo conmigo, libre por fin para que tu vida sea tuya y sólo tuya, tus hijos sólo tuyos, tu hombre sólo tuyo... todo, todo tuyo. Te he dicho que lo siento de corazón, pero me está costando, ahora que por fin he visto lo que eres, lamentar que esto tenga que terminar así. Estoy débil, se acerca el momento, y tu mano me dice que también lo estás sintiendo.
He tardado mucho tiempo en ver las cosas como son. Toda una vida en que creí ser tu sombra y no entendía que tú eras la mía.
Abro los ojos y por fin te veo. Ya no me queda nada que darte, ¿verdad? Ahí estás tú, y ya no brillas. Sí, Lorena, ya veo que lo notas. Ya sé que tienes miedo.
Su relato me ha dejado la sensacion de haber estado leyendo un libro, literalmente.
Mi más sincera enhorabuena. Nada que objetar. Me gusta ser crítico, pero en este caso no puedo más que felicitarte. Un relato duro y precioso al mismo tiempo.
Un abrazo.
Gracias, Starks! Ya es más de lo que esperaba.
.
Es uno de esos que ni podría decir de dónde salen (como siga pasando me plantearé revisar en serio lo que leí antes, la película que ví, en qué estaba pensando... de algún lado saldrán, imagino). Y me doy cuenta de que tiendo mucho a colar historias duras de esa manera, "como si no". Si de fuera también se percibe, quizá esté encontrando un registro, algo propio (aunque espero hacer cosas diferentes, claro).
Como siempre, me aportó mucho tu comentario.
Saludos!:)
Un abrazo,
Una historia que atrapa por la crudeza de lo cotidiano, pudiste crear el clima con simpleza arrolladora.
De verdad que tu cabeza esta en gran sintonía con tus sentimientos, me uno a la idea de que tienes un gran material para novela si lo trabajas con dedicación.
Agustin
Lo de la sintonía suena bien (tengo mis dudas, jaja!).
Para cosas más largas me temo que me voy por otros lados. No me divierte contar "vidas cotidianas", y aquí casi toda la historia se construiría sobre eso: escenas de la vida normal.
Y tampoco puedo decir que haya sido capaz de cerrar ningún proyecto, todavía. Un libro, por lo menos para mí, es un gran reto, no es fácil conectar todo, harmonizarlo y hacer que funcione.
Saludos!
Desde el punto de vista de la técnica, te mueves espléndidamente en la exposición y perspectiva del narrador y de las otras personas o interlocutores, con esos "yo", "nosotras", "tú", "ellos" que van cambiando agilmente a lo largo de la narración y que despiertan el interés del lector ante un acontecimiento tan íntimo y familiar, trascendiendo las páginas de lo que podría haberse quedado como un mero diario.
Chapeau!
Ha sido un placer leerte,me has trasladado hasta esa vida,con su angustia y su desesperación por momentos y al igual que Barton yo también he sentido esos gritos desgarradores de la madre.
espero que sigas regalándonos joyas como esta,enhorabuena.
un beso
Una parte de ellos porque siempre intento salirme de la realidad, que no pueda implicarse nadie y... bueno, siempre salen cosas, lo acabo de comprobar. La otra parte por ser tan buenas, porque seguro que flojeo por muchos lados.
Tema a parte: Mira por dónde, a partir de vuestros comentarios he recuperado la memoria. Definitivamente la imaginación se hace a base de retales. Sí hubo una historia, una confidencia entre adolescentes en la que no había vuelto a pensar. La chica era gemela, pero la otra hermana murió y menguó sin dañar ni a la madre ni a la hija. Ella se sentía a veces como si viviese acompañada, como si mantuviese vivo el espíritu de su hermana. Y por muchas vueltas que le di, hasta hoy no pude recordarlo.
Sin embargo salió. Qué curioso... La deja a una pensando qué más habrá olvidado.
Más besos!
Besos!