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Proyecto Weimar - Capítulo 1

koljaiczekkoljaiczek Pedro Abad s.XII
editado enero 2010 en Ciencia Ficción
Hace unos semanas, se me ocurrió una idea para un relato corto. Cuando me puso a escribir, el asunto se me escapó de las manos, y ya llevo un centenar de páginas. :D

Lo cuelgo aquí porque me interesa conocer vuestra opinión, sobre todo si es negativa.


Capítulo 1

Supe que estaba muerto. Eso ocurrió en la noche del dos de Diciembre, a sólo un día de cumplir los treinta y cuatro años.

El dolor fue impreciso y lejano, como una imagen subliminal en la pantalla del televisor. Morirse no duele. El cerebro no dispone del margen suficiente para interpretar las señales enviadas por el resto del cuerpo. Apenas un picor en la sien derecha, seguido de un sordo rumor en el temporal izquierdo. Anna me dijo que tenía poco seso, antes de arrastrar mis maletas camino de la puerta. Quise que me dejase regresar. No para amarla, como lloré todo un verano, ni tampoco para hacerle ningún reproche. Bastaría que lo viera. En mi hombro, en el suelo, en la ridícula camisa de mi ejecutor. Mi seso. Lo salpicó todo.

En la ficción, los fantasmas creen estar vivos. Continúan con su rutina en los escenarios que les resultan familiares. Como niños obstinados, ignoran la información que no les conviene o recurren a su cólera sobrenatural. Se desvanecen en el tiempo, como una pintada expuesta a los elementos, y no llegan a comprender que la tierra o el fuego devoraron sus huesos.

Yo lo supe en el acto. Experimenté un sobresalto y un momentáneo vértigo, como si hubiera perdido todos mis puntos de apoyo y me hundiera en el vacío. Creo que fue la última sacudida de mi sistema nervioso. El estallido de la pólvora llegó con mi último pensamiento humano. Estoy muerto. El proyectil, diseñado para inyectar un embudo de metralla en su objetivo, desintegró gran parte de mi cráneo. No me envió contra la pared, como sucedería en una película. Los especialistas usan cables para dar espectacularidad a los impactos de bala porque, en la realidad, resultan decepcionantes. Mi cabeza se inclinó un poco, nada más. Y mi cuerpo, ya sin vida, se derrumbó despacio, como el de un hombre que toma asiento después de abusar del alcohol. Sólo la sangre y los trozos de masa encefálica demostraban lo obvio. Era un cadáver.

Seguía pensando. Esa fue mi segunda revelación. Durante un segundo, creí que mi verdugo había errado el tiro, pero me desengañé enseguida. Me contemplé a mí mismo. Un físico vulgar y poco llamativo, estropeado por dos días de interrogatorios. Tenía una mano encadenada a la pata de la mesa y la otra aún sujetaba la taza de café. Iba a darle un sorbo cuando me sorprendió la muerte, y comprobé que no había derramado su contenido. En mi cara, vuelta hacia una esquina del techo, se congelaba la perplejidad. Un ojo se escondía bajo unos párpados tan hinchados como nueces, y el otro miraba incrédulo a su fantasma. La boca, deformada por los golpes, gemía sin ruido.

La estampa no me impresionó. Ni miedo, ni lástima ni tampoco sorpresa. Al fin y al cabo, seguía cavilando y en posesión de mis sentidos. La carcasa que tenía delante me resultaba tan indiferente como una prenda vieja. Ví a mi asesino arrastrar la silla para levantarse, y llamar luego al centinela para que le abriera la puerta. Me asaltaban las narices los hedores de la sangre, el sudor y la mugre. Sentía el peso familiar de mi organismo sobre mis pies. Apreté un puño delante de la cara y luego extendí los dedos. Me toqué la cabeza a uno y otro lado. Sacudí las piernas, como un corredor en la línea de salida. Todo estaba en su sitio y funcionaba normalmente.

Los dos hombres, el de la pistola y el que guardaba el exterior, encaraban mi posición pero no parecían verme. Uno le daba instrucciones al otro para despejar la estancia. Iban a llevar a mi cuerpo a un sitio denominado Depósito Especial. Todo debía estar limpio en menos de una hora, joder, que no es fácil pasar del palo a la zanahoria si el prisionero ve fragmentos de hueso y de masa encefálica. Yo no quise cooperar, de ahí mi suerte, pero el próximo tal vez lo hiciera.

Me quedé solo. La habitación era lúgubre y diminuta, como una sala de interrogatorios de la Gestapo. Sospecho que no era un efecto casual. Desde el principio del siglo XX, las dictaduras saben crear el ambiente propicio para sus fines. Quizá dispongan de funcionarios dedicados exclusivamente a esa labor. Toman ejemplo del trabajo realizado por otros gobiernos, y de los escenarios ideados por los guionistas de Hollywood. El lugar debe ser ascéptico y sin adornos. De ese modo, el prisionero recuerda salas de cura, jeringas como punzones y toda suerte de tratamientos dolorosos y humillantes.

Incluir un flexo siempre es buena idea. Permite eclipsar al interrogador y adormecer la voluntad de su víctima. No sería efectivo en circunstancias normales, pero aquellas no son circunstancias normales. La estancia es el epílogo de un largo proceso, en el que se incluyen palizas y encierros en espacios tan estrechos y oscuros como ataúdes. Cada poro de la piel reacciona a la bombilla, como si luz estuviera penetrando en los tejidos. No se puede mentir, porque la verdad está expuesta. Más vale confesarlo todo para no prolongar el castigo.

La mesa tiene que ser de metal y de buenas dimensiones. El interrogado puede usarla de apoyo y de trinchera. Si hay mesa, no se deja espacio para el torturador y sus instrumentos. Por supuesto, la cara del infeliz sigue al alcance del puño, y es sencillo sortear el mueble si necesita un trato más expeditivo. Pero no quiere pensarlo. Cree en las promesas del otro hombre. Necesita confiar en la taza de café, el primer alimento después de varias horas, y en el tono amable de la conversación. En ese momento, el arresto y el maltrato se desfiguran y pierden su fuerza. Constituyen un triste malentendido. Para zanjarlo y volver a casa, sólo basta pronunciar las palabras adecuadas. Lo que yo no hice.

Suspiré, aunque no había aire en mis pulmones. Lamentar mi suerte no era una labor productiva. Estaba muerto, de acuerdo. Pero aún no comprendía lo que eso significaba. Engañado por una vida de laicismo, la tumba se me antojaba como un sueño sin despertar. Era la única opción que me parecía lógica. Los gurús venden espiritualismo en tapa blanda, en cantidades tan industriales como una cadena de comida rápida. Hablan del karma, de otros planos de existencia, de espíritus bienintencionados ejerciendo como lazarillos. Desprecian a los hombres como yo, que confíamos en la razón, porque les parece un punto de vista materialista y vulgar. Qué sabrán ellos. El mundo sería un lugar mejor si la humanidad dejara de confiar en los dioses y en la promesa de otra vida.

Pero había otra vida.

Esperé durante varios minutos, cada vez más inquieto y aturdido. Si había un túnel de luz y un comité de bienvenida al más allá, no aparecieron. Arréglatelas solo, Jean Michael. Tu destino es pasear por esa sala de interrogatorios por los siglos de los siglos, y no tienes ni familia ni amigos dispuestos a amenizar tu condena con una sesión de ouija. De hecho, nadie sabe que estás allí y pasará mucho tiempo hasta que te echen de menos.

Las historias de fantasmas empezaban a tener sentido. Sin poder interactuar con el mundo ni otros interlocutores, pasan años manoseando sus propias memorias, hasta volverse locos. Se encolerizan o se entristecen, y a veces lo hacen con tanta violencia que pueden perturbar a los vivos. A medida que su razón se degrada, se vuelven más perezosos. Duermen, si a eso se le puede llamar dormir, durante periodos cada vez más largos. Son intervalos en blanco, como los producidos por el exceso de alcohol. Al final, se atascan en ese punto muerto. Se apagan para siempre.

Aparté esos pensamientos. No sabía cual sería mi destino, pero no iba a pasarlo encerrado en el sótano del Ministerio. Necesitaba salir de allí. Si podía.

Toqué la pared. Sentí la textura de la pintura plástica bajo la yema de mis dedos. Apreté un poco más. Esa no era mi verdadera mano, me dije, sólo una construcción mental, un simple recuerdo. Y funcionó. La hundí hasta la muñeca. El muro parecía tener una consistencia líquida. Podía palpar el hormigón y el ladrillo que tenía en el interior, pero eso no entorpecía los movimientos de mis dedos. Retiré el brazo y volví a estirarlo. Pared sólida. Aumenté la presión. Mi mano volvió a desaparecer.

Podría salir al exterior. Pero antes, necesitaba saber algo más. Rodeé la mesa, sin prestar demasiada atención a mi cadáver, y me acerqué a la silla que había usado mi asesino. Tiré de ella para derribarla. El metal se quejó al golpear al suelo, y me permití una sonrisa de alivio. También podría interactuar con el mundo físico.

Me permití una prueba adicional. Si estar muerto tiene alguna ventaja, es disponer de todo el tiempo del mundo. Ja, ja. Me habían reventado la cabeza por pasarme de listo y ya estaba haciendo el tonto de nuevo.

No quise tocar la taza que sujetaba mi viejo cuerpo, pero el interrogador había dejado la suya. Aún contenía café. La levanté para llevármela a la boca. Dudé un instante y luego dí un pequeño sorbo. El líquido estaba tibio y le faltaba leche y azúcar. Pero podía beberlo.

En ese momento, también reparé en otros detalles. Mis labios no estaban dañados. No conservaba ninguna señal de las torturas que había sufrido. Mi estómago agradecía el café, pero ya no reclamaba el alimento negado en las últimas sesenta horas. No tenía ni hambre ni sueño. Doblé la pierna derecha, hasta unir el talón con la nalga. Luego estiré la pierna. No me dolía. Cinco años atrás, un conductor despistado se metió en dirección contraria, buscando un aparcamiento libre, y se me echó encima. Pude evitarlo, pero me estrellé contra un coche detenido en doble fila. Mi moto terminó en el desguace y yo en el hospital. Me esperaban cinco meses de rehabilitación y tres operaciones de rodilla. Volví a caminar e incluso a correr, pero determinados esfuerzos y movimientos quedaron prohibidos.

Comentarios

  • koljaiczekkoljaiczek Pedro Abad s.XII
    editado enero 2010
    La puerta se abrió, y dos hombres con uniformes militares invadieron la sala. De tener aliento, lo hubiera perdido en ese instante. Casi dejo caer la taza en el suelo.

    No me vieron.

    -Joder -exclamó uno -Vaya desastre.

    -¿Este no es Martin, el periodista? -preguntó el otro.

    -Creo que sí, aunque vete a saber. Le han dejado la cara hecha un mapa.

    -Por no hablar de la cabeza.

    -Vaya mierda. Vamos a estar pringando hasta la hora de la comida. ¿Traes la bolsa?

    -Claro.

    -Primero lo metemos dentro y nos lo llevamos. Ya volveremos a limpiar.

    Eran cachorros jóvenes y sin graduación. Quizá no tuvieran la edad necesaria para comprar alcohol o conducir un vehículo. En un mundo diferente, estarían disfrutando de un videojuego o repasando los apuntes para el siguiente examen. En el nuestro, eran la mano de obra del regimen, y pocos lamentaban su papel.

    Mientras observaba trabajar a los dos soldados, mi instinto emitió un aviso. Necesité todo un minuto para poder interpretarlo. La taza ya no estaba en mi mano. Había vuelto a la mesa. La silla también había recuperado su posición original. No había visto ni sentido nada. Simplemente, me olvidé de ambos objetos y, cuando volví a mirarlos, estaban en su sitio.

    Era extraño e interesante.


    Los soldados derribaron mi cuerpo sin demasiados miramientos, y luego lo hicieron rodar hasta una bolsa negra, de un grueso plástico negro. Un grumo lechoso y envuelto en sangre, salió de la espantosa herida de mi cabeza. También asomó algo de sangre de mis fosas nasales y mi boca. Cerraron la bolsa. Adios, Jean Michael Martin. Que descanses en paz, si es que puedes.

    Volví a mover la silla. Los soldados no se dieron por aludidos. La arrastré un par de metros, la levanté y la arrojé por encima de sus cabezas. No pestañearon, a pesar del escándalo. Porque la silla permanecía junto a la mesa, y no el fondo de la sala. Si tocaba cualquier cosa, deduje, volvería a su lugar tan pronto dejara de mirarla.

    No todo iba a ser perfecto, Jean Michael. Qué quieres que te diga. Han convertido tu cabeza en una ensalada de arroz con mayonesa y aquí andas todavía, sin un demonio para pincharte el culo y pedir cuentas por tus pecados. No puedes quejarte.

    Y no me quejaba. Una ligera euforia, si acaso, totalmente fuera de lugar dada mi situación. Una vez, me tragué una papelina de coca. Con una cámara escondida en el bolsillo de la cazadora, había retratado los exteriores de varias discotecas de moda, y el intercambio de drogas era el plato fuerte. Escogí una mala noche. La policía cacheó a un buen número de sospechosos y detuvo a la mitad. Yo iba en el primer lote, pero estaba limpio. Al menos, por fuera. Unos minutos más tarde, me arrodillaba en un baño, provocándome el vómito. No lo expulsé todo. El plástico estaba abierto, y dejó lo suficiente para mantenerme alegre y excitado hasta el amanecer. La muerte me había causado un efecto similar. Perdí los hematomas, los cortes producidos por mis propios dientes al ser golpeados, la irritación causada por sogas y cadenas, y el malestar del plástico que me servía de rótula. Tal vez el milagro también fuera por dentro, limpiándome del horror de la tortura, de la febril incertidumbre de la celda, de las promesas y amenazas tan venenosas como un vial de ántrax, de la estampa de mi propio cuerpo encerrado en una bolsa para cadáveres.

    La ignorancia nos hace felices. Lo decía un actor de tercera categoría en una película de acción, pero no se me ocurre una cita más apropiada para ilustrar mi estado. Me había mostrado simpático y cooperativo con los soldados en el hotel, porque las porras y las pistolas no me pasaban por la imaginación. Luego llega un disparo, te transformas en ochenta kilos de abono ecológico, y crees que las cosas no pueden ir a peor. Qué diablos. Ya no podría negociar una hipoteca, ajustarle el anillo de bodas a ninguna mujer y mis compañeros de juerga se limitarían a los pitonisos de emisoras locales, entre bloque y bloque de porno. Pero no sería el fin del mundo, amigos.

    Estaba muy equivocado. Daba mis primeros pasos en un bosque salvaje, y los depredadores ya empezaban a captar mi aroma. De ser un poco más listo, lo hubiera intuído allí mismo, en el umbral de aquella habitación. Un rumor todavía remoto, atrapado entre comillos y belfos fruncidos. Durante nuestra breve existencia, encerramos a un monstruo en una jaula de piel y de hueso, y él sólo se basta para alimentar nuestras pesadillas y afear nuestra esperanzas. La muerte lo libera y nos arroja a su territorio. No atacará de inmediato. La venganza es más satisfactoria si se prolonga. Permite también la competencia de sus iguales, porque eso añade emoción a la caza.

    Creemos que la muerte es el fin de todas las cosas. No es del todo cierto. Nuestra destrucción ocurre un poco más tarde, en el universo del que proceden todos nuestros miedos. Nuestra existencia se acaba entre dientes y zarpas, y es un proceso tan largo y doloroso que perderemos la cordura mucho antes de terminar.

    No saberlo fue una ventaja. Me ayudó a mantener el optimismo y a romper determinadas reglas.

    Mi historia había comenzado.
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