¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

¡Atención! Para conocer y opinar sobre la nueva plataforma de Foro de Literatura por favor haz clic aquí.

"Esperanza", Fernando Vinuesa.

JavincyJavincy Fernando de Rojas s.XV
editado marzo 2008 en Ciencia Ficción
Aquí os dejo otro magnífico relato que ha enviado Fernando Vinuesa.


ESPERANZA
Un relato imposible para un mundo posible.



Martín Hidalgo era, lo que se dice, un hombre solitario. Como un ermitaño, vivía aislado del mundo, en una antigua propiedad, medio kilómetro al noroeste de Trevélez, en la Alpujarra granadina, que adquirió poco después de que su esposa, su única compañía, falleciera repentinamente, mientras dormía. Cuando Martín despertó aquella mañana y vio a su esposa, Esperanza, con aquella expresión de placidez dibujada en el rostro, supo que estaba muerta. Desde entonces, cada vez que el sueño le vencía, dormía con el último y único pensamiento de no despertar nunca más, de morir igual que ella, con el fin de que su sufrimiento y melancolía le abandonaran, y así él pudiera ir al encuentro de ella, de Esperanza.
En verdad fue un matrimonio feliz, aunque incompleto. La medicina había hecho grandes progresos hasta la fecha, mas fueron insuficientes como para permitir que una mujer estéril concibiera una criatura en su vientre. Ni siquiera lo consiguieron aunando toda su fe en Dios y la Virgen María. Esperanza sabía del ferviente deseo de Martín de tener hijos, y puesto que todavía eran jóvenes cuando supieron tal desgracia, Esperanza rogó a Martín que buscara a otra mujer, pero éste nunca lo hizo.
Así, con el rápido paso del tiempo, llegaron a viejos. Habitaban en Trevélez, pacíficamente, en armonía con los demás y consigo mismos. Hasta que la muerte los separó.
Para Martín, continuar en aquella casa significaba una tortura diaria. Cada rincón, cada ventana y más aún, la cama que compartieron durante más de cuarenta años, le recordaba a ella. Todo le recordaba a Esperanza, como si su olor se hubiera impregnado en todas y cada una de las cosas de la casa. Y su voz. La recordaba cada día, desde la más tierna caricia hasta la más desagradable discusión. No podía soportarlo durante más tiempo, de modo que vendió la casa y compró otra, fuera ya del pueblo, una casa ruinosa cuyo propietario se deshizo de ella con gusto. Allí, en la soledad más absoluta y dramática, Martín esperaría a la muerte.


Ciertos pueblerinos, viejos amigos del matrimonio, visitaban a Martín con frecuencia, apenados por la muerte de Esperanza. Sin embargo, ironías de la vida, ellos también encontraron su descanso, uno por uno, quedando con vida el único que no la deseaba. Y los que no murieron, se olvidaron de él.
Únicamente los lunes, Martín bajaba al pueblo, comprando lo necesario para toda la semana. Pero no hablaba con nadie, excepto lo justo y necesario para poder comprar. Tal comportamiento le llevó a ganarse el sobrenombre de el loco. Todo pueblo necesita un chivo expiatorio sobre el que descargar sus frustraciones, proyectadas a modo de burlas, y el chivo expiatorio de aquella época del pueblo de Trevélez era Martín. Los más imaginativos aseguraban que Martín, a ojos vista, enloqueció con la muerte de su mujer, y que todas las noches trataba de comunicarse con ella mediante la práctica del espiritismo. Colocaba velas por toda la casa, decían, en torno a una foto de la difunta, y su espíritu se le aparecía en mitad de la noche, convocado por el único pariente que le quedaba en el mundo de los vivos.


Nadie se atrevía ya a merodear por la descuidada casa de Martín, con las paredes de piedra derruida, las ventanas rotas y el techo hundido. Y en su tétrico interior, Martín subsistía a base de pan, queso, algo de fruta y un poco de carne, pagado con su pensión y lo que le restaba de los ahorros de su vida.
El silencio permanente del lugar habría desquiciado a cualquiera, pero no a él. Su mente estaba en otra parte, quizá en un lugar entre el mundo de los vivos y el de los muertos, en tierra de nadie, atrapado para toda la eternidad, lejos del alcance de la muerte. Probablemente, allí nunca encontraría la paz que le era esquiva en vida.
Hasta que un buen día de invierno, la rutina se vio alterada, a modo de inesperada visita. Unos golpes en la débil puerta de la casa alertaron a Martín. Tres golpes propinados con una fuerza considerable, que a poco estuvieron de tumbar la puerta. Martín ignoró tal invocación de su presencia y continuó engullendo el queso, sin hallarle el sabor. Inmediatamente después, volvieron a tocar tres veces, con idéntica fuerza y el mismo ritmo. Las bisagras de la puerta pugnaban por resistir aquellas fieras embestidas.
Por primera vez, Martín fue consciente del silencio con el que convivía. Una inexplicable aprensión le invadió mientras caminaba hasta la puerta, sintiendo la mirada de quien estuviera tras ella, leyendo el miedo reflejado en sus ojos. “Es la muerte, que ha venido a buscarme.” Con esta convicción permaneció inmóvil ante la imagen cada vez más aterradora de la puerta de su casa. Recreaba en su mente la visión de las bisagras cayéndose repentinamente, tras lo cual la puerta se derrumbaba, levantando una nube de polvo que ocultaba una silueta. Ésta se acercaba, le tocaba con su dedo marcador y todo se volvía negro.
Tres golpes le hicieron volver a la realidad. Si era la muerte, después de todo, ya tenía lo que buscaba. Su mano temblorosa le recordó lo aterrorizado que estaba. Al fin y al cabo, uno nunca está preparado del todo. “Allá voy, Esperanza.”
Con cada centímetro que ganaba la puerta en su abertura, dejaba entrar un poco más de luz. Un último impulso le animó a enfrentarse por fin al “visitante”, fuera éste quien fuese.
Se encontró frente a un hombre castigado por el frío y la nieve, que no había cesado de caer en todo el día; iba ataviado con un abrigo negro, lleno de barro a la altura de los tobillos; ligeramente encorvado, la nieve se había depositado sobre sus hombros y sobre el sombrero que le cubría la cabeza y parte del rostro. No se movió ni pronunció palabra alguna cuando Martín abrió la puerta. Extrajo su mano enguantada de uno de los bolsillos del abrigo, mostrando un sobre viejo y gastado que tendió a Martín.
- Esto es para usted –dijo.
Martín no supo qué decir, así que se limitó a coger el sobre que le ofrecía aquel misterioso mensajero. Cuando éste cumplió con su cometido, se dio la vuelta en silencio, para desaparecer entre la nieve y la niebla.
No necesitaba abrir el sobre para conocer el contenido. En el largo período en el que Martín estuvo haciendo el servicio militar, Esperanza y él mantuvieron una constante comunicación por correspondencia, y su mujer utilizaba siempre el mismo tipo de sobre, aquél que tenía en sus manos. Su mente racional le indicó que el extraño mensajero, por casualidad, portó un mensaje con el mismo tipo de sobre que el que utilizaba su esposa, sin que ello significara que tenía relación con Esperanza. Pero la imperiosa necesidad de hallar el mínimo contacto, por insignificante que fuera, con el pasado de su amada, le hizo ver lo que no había.
“Mi querido Martín. Siento haberme ido tan pronto. Lamento el abandono al que te he arrojado con mi partida, pero la muerte es así, no pregunta, no avisa, no perdona. Sé que llevas mucho tiempo esperando tu muerte, y yo aguardando nuestro reencuentro. Por eso te envío este mensaje. Martín, esta noche vendré a buscarte. Espérame en el bosque que tú y yo conocemos.”
La hoja de papel osciló en el aire antes de caer, mientras un torbellino de sentimientos desordenaba aún más aquella mente confusa. La idea de que fuera una broma, tan sólo eso, apenas se atrevió a formarse en el razonamiento de Martín. Era su mujer, sin género de dudas, la que le había enviado ese mensaje desde el más allá, y por primera vez en muchos años, la espera tenía sentido; había luz al final del pasillo. Esperanza.


Pasaban las horas con extremada lentitud. Curioso que después de haber esperado tantos años a que la muerte le llegara, cuando al fin parecía que el momento se acercaba, despertaran esos sentimientos, tan arraigados en nuestra conducta. Era el miedo a la muerte. Martín se debatía en un conflicto intrapsíquico, entre el deseo de reencontrarse con su esposa fallecida y el natural miedo a la muerte. ¿Qué sentiría cuando llegara el momento? ¿Dolor?, se preguntaba. ¿Y si no le resultaba grato lo que se encontrara? Y lo más importante, ¿y si no había nada? Pero pronto recordó que algo sí debía haber, pues Esperanza le había enviado un mensaje después de morir. Y si no había nada, nunca lo sabría y nunca lamentaría haberse equivocado al creer lo contrario.


Abandonó para siempre su casa, sin reparar en que la puerta de entrada quedó abierta. El viento, el frío y el paso del tiempo borraron todo recuerdo de Martín, negando cualquier evidencia de su existencia. Paso a paso, se acercaba a la hora y al lugar de su muerte, un frondoso bosque más allá de Trevélez.
“Ya voy, Esperanza”, se decía a sí mismo. Iba tan excitado que no se percató del intenso frío que castigaba su frágil cuerpo; los rayos que arrojaba el sol en su ocaso fueron la última fuente de calor que aquel anciano recibiera en vida.
Anticipándose a las tinieblas, cruzó el lindero del bosque. La visibilidad era terrible, y más aún para un hombre de su edad, pero él conocía la dirección correcta. Caminó unos minutos, hasta que se encontró en el lugar citado. Un claro en aquella red de troncos, de poco más de diez metros. La luna alumbraba ese espacio imposible, con un resplandor extraído de un sueño.
Martín miraba a su alrededor, atento a cualquier ruido o movimiento entre tinieblas. Quizá el bosque sentía la misma expectación que él, pues ningún sonido, ninguno, se dejaba escuchar.
El corazón de Martín se aceleró al vislumbrar una luz entre los árboles. La luz en cuestión, blanca como la luna, se acercaba a Martín, describiendo una trayectoria zigzagueante. Pronto, muy pronto, alcanzaría su posición.
- Esperanza, ¿eres tú? –gritó el anciano, con voz temblorosa, a la oscuridad, siendo lo único que se oía en la noche-. Esperanza –insistió-, ¿has venido a buscarme?
Tras la luz, que había cesado su avance, se insinuaba una silueta. Permanecía fuera del claro, sin dejarse ver, como si pretendiera aterrorizar más aún a Martín, que en ese preciso momento se percató del frío invernal de la montaña. Y la figura, como si pasara de la noche al día, apareció ante los ojos del asustado anciano. No era su esposa, sino el mensajero que le entregó el sobre en mano, unas horas atrás.
- ¿Qué significa esto? –dijo Martín, no sin esfuerzo, pues le resultaba casi imposible controlar el temblor que sacudía todo su cuerpo, producto del frío y del miedo. El mensajero seguía sin responder-. ¿Es usted una especie de bromista?
El anciano creyó distinguir una sonrisa bajo el sombrero que todavía portaba el extraño sujeto.
- Ya tiene lo que quería –contestó.
- ¿Cómo dice?
- ¿No lo ve?
- Joven, déjese de estupideces. Si tiene algo que decirme, adelante. Si no, márchese y déjeme en paz. Un viejo como yo no debe exponerse a este frío.
- Exacto, no debe. Por eso está ocurriendo así.
- ¿Ocurriendo el qué?
- Veamos. Lleva usted solo mucho tiempo, ¿me equivoco?
- ¿Cree que voy a hablar de mi vida privada con un desconocido?
- Sí.
Había algo en ese individuo, en su extraña sonrisa, en su acento indefinible y en su rostro no desvelado que despertaron el interés de Martín. Si sabía algo de Esperanza, de su amada Esperanza, resistiría el frío.
- De acuerdo. Sí, mi esposa falleció hace trece años.
- Vive solo.
- Sí.
- Y añora mucho a su esposa.
Transcurrieron unos segundos de indecisión, que Martín aprovechó para suspirar.
- Sí, muchísimo.
- Desde entonces, sólo espera el momento de su muerte, viendo pasar un día, y otro, y otro, comprobando, irónicamente, que nunca llega. Su salud es inmejorable. Dígame, ¿nunca ha sentido deseos de…acelerar el proceso?
- ¿Qué insinúa?
- Sea sincero conmigo. Muriendo su esposa, quedándose solo en este mundo, sin ningún objetivo, sin encontrar razón por la que seguir viviendo, ¿nunca ha deseado poner fin a su vida?
- ¡Nunca! ¡Me ofende usted! –gritó Martín.
- Entiendo. Seguro que es usted muy religioso, y opina que la vida es sagrada. Por eso no ha puesto fin a todos esos años de soledad.
- ¡Basta ya! ¡No tengo por qué seguir escuchándole! –vociferó Martín, temblando con violencia. Lentamente, se dio la vuelta y comenzó a caminar penosamente, ya que sus músculos estaban contraídos a causa del frío. A penas sí podía andar.
- ¿No me va a preguntar nada de la carta?
- Me parece que no deseo oírle hablar más –aseguró el anciano, enfrentándose nuevamente al extraño.
- Yo creo que sí, pero me temo que no le va a gustar.
- Ya lo sabía. Esa carta no la escribió Esperanza, la escribió usted –dijo Martín, lanzándole una mirada llena de odio.
- Bueno, la escribimos entre usted y yo, ¿no es cierto?
- Pero, ¿qué necedad es esa?
- Martín, usted me creó. Yo soy una recreación de su mente, formada a su gusto. Esa carta a la que usted se refiere no existe en la realidad. Ahora, se encuentra hablando solo, en el bosque, congelado de frío. ¿Lo ve ahora?
Martín cayó de rodillas, abrazándose a sí mismo, para tratar inútilmente de darse calor.
- No…puedo…creerlo.
- Sin embargo, sabe que es cierto. Por un lado, deseaba la muerte, pero por otro, no podía provocársela, por sus creencias. Estaba atrapado. Así que su mente elaboró esta farsa, para engañar al lado creyente, de modo que, aunque se acabara enterando, ya fuera demasiado tarde.
- Demasiado…tarde…para…qué.
- Para arrepentirse. Mírese, ya no puede ni levantarse. La muerte por congelación es muy dulce, como ya sabe. Da la sensación de que uno se queda dormido, y eso es justamente lo que buscaba.
- Pero…yo no…quería…suicidarme.
- No lo vea como un suicidio. En cierto modo, ha sido más bien un accidente. Hasta siempre, Martín.
El hombre vestido de negro desapareció en la oscuridad, abandonando a Martín a su suerte. Quedó postrado en el suelo, entre hojas, barro y nieve. Lloraba. Era su fin, pero no se lamentaba por eso, no. En su lugar, lloraba porque ahora estaba convencido de que no había nada después de la muerte. Esperanza se había marchado hacía ya trece años, y nunca más la volvería a ver. Repentinamente, el dolor desapareció, y su sensibilidad le dejó. Se sorprendió al verificar que estaba sonriendo. Sentía calor, y notaba como sus párpados le vencían. No ofreció resistencia alguna. Sólo quería dormir.
Sin embargo, antes de abandonarse al sueño eterno, un resplandor iluminó la arboleda, cegando por un instante sus ojos envueltos en lágrimas. Una mujer caminaba hasta él, toda ella vestida de blanco. “Esperanza, has venido a buscarme.”


Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com