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Mujer para la eternidad

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII




Hay sobrados casos, repartidos en todos los rincones del globo, como el protagonista. de este relato. Hombres que, por los motivos que sean, se han separado de sus parejas, y esto les causa delirio e inestabilidad, y, aunque se muestren como seres inofensivos y la ciencia se pronunciará al respecto, ellos se marcan la pauta de una preocupante conducta. Los neurólogos llaman esta patología: “Paranoia grave”, que, como todas las enfermedades de carácter psíquico, se manifiesta a través de diferentes grados de intensidad, por ende, de diferentes escalas de comportamientos.

Mujer para la eternidad

Luchaba contra sí por no recordarla, por no traerla a su memoria, pero se obstinaba en visualizar su cara, su imagen, su figura, y hasta su indumentaria, siempre provocativa. Pero todo esto lo desechaba su mente.

Estaba desesperado por la ausencia de su esposa. En sus infelices sueños, aparecía la imagen de la mujer que quería que fuese, que dictaba de la que realmente era.

Se tumbaba en su cama y se cubría la cabeza con la almohada, tratando de desinhibirse. Pero no lo lograba. Le apretaba una presión en su pene, que por momento se endurecía más sobre el colchón, dándole, además de un desconcierto, puntuales alivios.

En su cabeza sólo había la figura de una mujer incompleta, y no porque le faltase algún órgano para ser una mujer completa, sino porque sabía que no era la indicada. Estaba atormentado, pero su pene seguía impertérrito.

Dejaba de martirizarse. Se levantaba de la cama y se iba al salón. Ya en él cogía cuartillas y un lápiz. Se le daba bien dibujar cuerpos de mujer. Pero todo lo que dibujaba ese día le parecía un asco. Rompía las cuartillas y las tiraba al cubo de la basura.

Decidía fumarse un porro, y abandonarse y dejarse llevar por los impredecibles caminos de la droga. Y a veces su actitud funcionaba. Inconexas ideas se mezclaban a su merced, y eso le hacía sentirse poderoso. La presión en su bragueta había cedido. Sonreía antes ocurrencias ridículas.

Se cansó de olvidar y optó por no recordar. Dilapidó todo intento de súplica. Se fue a dormir bajo los efectos de la marihuana, aún en su mente, y en su pene.

Al día siguiente, despertaba iluminado. Se levantaba de la cama y se iba al barrio chino de su ciudad, a recorrer tiendas de ropa de "mujer fatal", para reconocer la ropa que su esposa solía ponerse. Rememorar podría serle arduo; identificar no le era tanto.

Le resultaba embarazoso comprar ropa de mujer, sobre todo cuando le tocaba el turno a la ropa interior. Pero, salvado este escollo, regresaba a su casa con dos bolsas.

Sin embargo, faltaba algo: un cuerpo. De nuevo se iba al barrio chino a echar un vistazo en tiendas que vendían juguetes sexuales para la práctica del sexo. En una de las tiendas ofrecían una muñeca asiática hinchable con cara y rasgos de "mujer fatal" por 550 euros. La revisaba, la compraba y la pagaba, y salía presuroso de la tienda hacia su coche, con la muñeca hinchable en su mano, rumbo a su casa.

De nuevo en su casa con su muñeca y la ropa comprada: blusa roja, vaqueros ceñidos, bufanda azul, sudadera roja y ropa interior con tiras de disímiles colores (su preferida, la de él), y suecos negros con plataformas de madera.

La tenía ante sí, vestida e inerte, pero faltaba algo más: maquillaje. ¿Cómo podía ser tan irresponsable para olvidar el maquillaje?

Salía otra vez e iba a una perfumería próxima. Entraba y compraba un carmín rojo fuerte, como el que usaba su esposa. Pero no sabía cómo pedir a la dependienta que le vendiese eso negro que se ponen las mujeres en las pestañas. Pero, expresándose con gestos, lo conseguía.

Volvía de nuevo a su casa y maquillaba a su muñeca. Ponía música de cabaré. La besaba con en la boca y en los pechos. Le quitaba la ropa que traía de la tienda, y la vestía con la nueva comprada. La insultaba y la escupía decenas de veces, y su saliva, en una cara de goma, la recogía y la esparcía entre la boca, el sexo y el trasero de plástico.

Poco después la amordazaba con la bufanda. Volvía a quitarle la ropa de calle y la dejaba en tanga y sujetador. Acto seguido, la penetraba y besaba una boca inerte, guarreada de potingues. Le decía que la amaba y la odiaba, que estaba decidido y también arrepentido de besarla y hacerle el Amor, pero le juraba fervientemente que desde ese momento no la iba a dejar sola nunca más.

Pasados veinte minutos la penetraba un vez más, descargando en la boca de goma.

Pero, de pronto, le aparecía un punzante dolor en el pene. Le dolía, pero cogía en brazos a la muñeca y la llevaba a la cama. Ya en ella, la besaba infinidad de veces por todos las partes de su cuerpo, y cuando finalmente se veía que estaba agotado, cogía de la mesilla e ingería Bupropón (un veneno radical), y seguidamente se bebía un cuarto de botella de whisky y en el acto se quedaba dormido y abrazado a su "mujer" en un sueño eterno.

LA CAJA DE MSICA 10 UN RINCONCITO PARA COMPARTIR - Pgina 12 Mujere18

A Chávez López
Sevilla may 2026

 
 
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